jueves, 9 de enero de 2014

Huesos en la Arena.


Esa perra ingrata y demasiadas veces olvidadiza que es España, esa fiera herida y por tanto tiempo humillada, que no sabe si cantar a sus muertos o reírse del cruel destino que sufrieron y sufren los que por ella dan el pellejo y la vida, el alma y la voz, ha tardado casi un siglo en conceder a tan gloriosos caballeros como lo son los jinetes del Regimiento Alcántara Nº 14 la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración que el ejército concede a sus más valientes héroes. 

Casi un siglo de vergüenza, de olvido, de ignominia. Casi un siglo de silencio en cuyo vacío han soportado las familias de los jinetes lo insoportable. Que cuando uno da la vida por sus compañeros de tal manera, lo mínimo es que se les reconozca, que se les recuerde. Y ninguna de las dos cosas les dio esta nación. Ni recuerdo, ni reconocimiento; a pesar del clamor popular que en aquellos años se gritó por la gloria de aquellos hombres que lucharon y murieron un 23 de julio de 1921. O en el ''Desastre de Annual'', para los amigos, y para los que no lo son tanto. Políticos de tan diversa índole -como el dictador Franco o la ministra Chacón- han coincidido en no querer remover el tema. No vaya a ser que.

El Desastre de Annual no solo supuso una vergüenza abrumadora para un ejército que antaño se veía invencible y orgulloso, sino para un pueblo que vio como sus soldados -que también son padres, hijos, maridos y hermanos- fueron enviados a la muerte por la estupidez de un rey, por un puñado de politicuchos corruptos, y por otro de ineptos generales que no buscaban otra cosa que la gloria de la sangre por la sangre. Un ejército mal equipado, sin apenas líderes capaces, con una preparación insuficiente y conocimientos del terreno que llegaban al extremo de lo ridículo. Y ante estas pesquisas, de héroes se tuvo que tirar, como siempre. Y apuesto a que ninguno de ustedes, que están leyendo esto, sabe sus nombres.


                                                       Algunos oficiales del Regimiento Alcántara.


El Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14, que ya había luchado en Flandes en tiempos del Cuarto Felipe, que se pateó media Europa combatiendo y que incluso destacó en la Guerra de Independencia, tuvo que apechugar con una misión difícil. Una misión de la que todos y cada uno de ellos sabían que no saldrían airosos. Una misión en la que no había victoria posible. El éxito de ésta era solo el ganar tiempo, el entretener al enemigo para darle un respiro a sus compañeros que se batían en una humillante retirada, totalmente desorganizados y siendo masacrados por todas partes por las tropas rifeñas, que supieron aprovechar el bombón. Casi diez mil españoles dieron con sus huesos en la arena aquellos fatídicos días. Diez mil. Diez mil que son familias rotas, que son amores que no vuelven, hijos que se pierden y hermanos que no se verán de nuevo jamás. 

A los caballeros se les ordenó proteger las columnas de españoles que eran masacrados en la retirada hacia, entre otros lugares, la ciudad de Drius y el Monte Arruit -donde más tarde se produciría otro hecho trágico que en sucesivas líneas describiré-. Así, montaron y marcharon hacia las columnas, cargando en pequeñas unidades contra los rifeños que disparaban desde las alturas, y montando en la grupa a los heridos que podían llevar. Dos días se pasaron así, entre tiro y tiro, y sable y trote, solo para ver cómo, en una de éstas, al volver a la ciudad, se la encontraron ardiendo. Todo el trabajo y las bajas para proteger a heridos y soldados en retirada había sido en vano, pues ya estaban la mayoría muertos, y la ciudad devastada. Y aún no había llegado lo más difícil. 

Llegó, poco después, una nueva orden, que sería la última para este regimiento: debían cargar contra los marroquíes que se apostaban al otro lado del río Igan y que, desde sus seguras posiciones, masacraban a los españoles que salían de la ciudad en llamas en dirección a Arruit. Y de ahí no saldrían vivos, y lo sabían. Lo cual no les impidió montar de nuevo, por vez última, en sus caballos. Orgullosos caballeros que sabían de su final cabalgaron una última vez hacia el que sería su destino; disciplinados, silenciosos y con el corazón satisfecho. Qué mejor forma hay de dar la vida que por tus hermanos, por tus amigos. Sea, pues; debieron pensar. El Teniente Coronel, sabedor de la situación, se dirigió a sus hombres y les dijo:

''Caballeros, ha llegado para nosotros la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. ¡Por España! ¡Carguen!''

Dirigidos por el Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera -hermano del dictador de mismo apellido-, los 691 jinetes del Regimiento Alcántara cargaron contra los rifeños, a sable, sin armas de fuego; el escaso espacio del que disponían se lo impedía. Tras infinidad de escaramuzas, es en el seco lecho del río Igar donde se encuentran con su destino: casi cercados por los miles de marroquíes que disparan sin cesar contra ellos, el Teniente Coronel decide darles ánimos de la única manera en que, en vista de cómo están las cosas, se pueden dar. ''Si no lo hacemos, hombres, vuestras madres, vuestras mujeres y vuestras novias dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.''


                                                         La última carga del Alcántara, de Ferrer Dalmau.


Siete veces cargaron aquellos caballeros que se sabían muertos, siendo cada vez menos, estando cada vez menos vivos. Perdiendo una parte de su alma en cada carga, con su sable ensangrentado en mano y viendo morir uno tras de otro a sus hermanos, no cesaron en el empeño. Estaban tan diezmados y el agotamiento era tal que la octava carga tuvo que ser al paso; pues los caballos no podían dar más; y aún después volvieron a cargar, esta vez a pie, y todos a una: el trompeta -apenas un niño de quince años- que transmitía las órdenes, el capellán, los veterinarios. Y cuando no quedaba nadie a quien acudir, cargaron los maestros herradores, y los chiquillos de catorce y quince años que formaban la banda de música del regimiento. De los 691 hombres que componían el regimiento, solo 69 vieron anochecer ese día. Algunos murieron poco después, como el propio Teniente Coronel, fruto de las incontables heridas que sufrieron tras ocho cargas contra un enemigo que les sobrepasaba abrumadoramente en número y armamento, pero no en coraje. Nadie les pudo llamar cobardes. Ninguna madre. Ninguna esposa o novia. Los del Alcántara cumplieron con su deber aquel fatídico día de verano de 1921, cuando las trompetas tocaron al sacrificio, y ellos respondieron. 


                                                       El Teniente Coronel, de Ferrer Dalmau.


En 1966, en la sede de la Academia de Caballería, el Coronel Director de la misma, Conrado Carretero de Pablo diría: 
''Si en algún momento las fuerzas flaquearan, que condición humana es, volved a Valladolid y visitad este viejo solar (la sede de la Academia), contemplad el monumento que preside esta fachada y, cuando veáis la arrogancia marcial de los lanceros y el gesto viril y enfebrecido del pequeño soldado de Alcántara que, con su heroico desprendimiento y total entrega, logró sencillamente lo imposible, tengo la seguridad de que la sangre golpeará con más fuerza vuestras venas, que el corazón subirá a vuestras gargantas, que una nube de lágrimas inundará vuestros ojos y que, en lo más íntimo de vuestro ser, sentiréis el inmenso orgullo de ser los continuadores directos de tanta grandeza, de tanto heroísmo y de tanto desprendimiento; y caeréis de rodillas, pues el peso de tanta gloria no os permitirá permanecer de pie''.

                                 ''¡España!'', gritaban los de Alcántara, mientras cargaban y morían. Ferrer Dalmau.


Fernando Primo de Rivera murió en el Monte Arruit, a causa de una gangrena fruto de la amputación de su brazo derecho; amputación que tuvo que afrontar sin medicamentos ni anestesia alguna, debido a los escasos medios con los que contaban las tropas. De manera póstuma, se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando. A su regimiento de valientes, sin embargo, no. Tuvieron que esperar 92 años para ver condecorada tan valerosa hazaña. 92 años en que nuestros políticos -de derechas e izquierdas, si es que en este país ha habido alguna vez distinción entre una y otra- se han empeñado repetidamente en no remover el tema. De la misma forma en que se empeñan en no desenterrar las fosas comunes de la Guerra Civil. Su estrategia -la de privar al pueblo de la conciencia nacional imprescindible para echarlos- ha resultado ser obstinadamente eficaz con una nación cuya respuesta ante la responsabilidad histórica que acarrea su propio ser ni se ve ni se la espera. 

Pero, volviendo atrás, la historia no acaba ahí. Y debo hacer referencia a los sucesos ocurridos en el Monte Arruit por lo lamentables que resultan -hasta en la guerra se asume que se lucha contra caballeros, no contra salvajes-, y porque los escasos supervivientes de las cargas del río Igar encontraron su muerte en la defensa del lugar que, como tantos otros, resultó un auténtico nido de buitres. No obstante, será de una manera diferente, pues adjunto una carta encontrada hace poco en la tumba de un soldado muerto allí. Una carta dirigida a su novia -aunque sin esperanza alguna de que llegase a esta-, y donde puede leerse, palabra tras palabra, que es una carta de despedida. El soldado que la escribió sabía que iba a morir, y así lo reflejó en un documento que, después de tantos años, hicieron llegar a la nieta de la novia. Según cuenta ésta, la amada del soldado volvió a casarse, pero jamás quitó del lado de su cama la foto del soldado que marchó a defender arena y polvo, y nunca regresó ni se supo más de él. Fue enterrada con la foto de este soldado al que, como les sucedió a otras muchas mujeres con otros hombres, nunca más volvió a ver.

Lo del Monte Arruit es uno de los episodios más lamentables de la Guerra de África, pues los marroquíes olvidaron el significado del honor y de la vergüenza, y ejecutaron como a perros a una guarnición rendida y desarmada, cuando se había pactado la rendición y retirada del contingente por ambas partes.
El 9 de agosto de 1921, el General Navarro pactó con los jefes tribales marroquíes la entrega del Monte Arruit, ante la imposibilidad de seguir defendiéndolo -llevaban tiempo asediados, y la esperanza hacía tiempo que se había desvanecido-. Las condiciones de la rendición eran pocas pero claras: se permitiría que las tropas españolas abandonaran el lugar sin hostigárseles, y se daría transporte para los heridos. Pese al pacto, tan pronto como los 3.000 españoles salieron desarmados del fortín, los rifeños los atacaron desde varios flancos sin piedad alguna. Solo 60 pudieron contarlo. 


                                                            La destrozada puerta de Monte Arruit.


En 2012, un equipo de arqueólogos y antropólogos descubrió, en una excavación del que fue el fortín español de Monte Arruit (a 30 km de Melilla) el cuerpo y pertenencias de un soldado español muerto en la defensa del fortín. Debido a las condiciones climáticas, el cuerpo y las pertenencias -una pitillera de cuero y metal con las iniciales P.G., una foto de una mujer joven, una moneda de plata con la efigie de Alfonso XIII y una extensa carta aún legible- se encontraban en excelente estado de conservación. La carta se encontraba doblada y metida en un sobre. En éste, podía leerse: 
''Hermano de armas, si lees esto será porque yo habré muerto. Por favor, cumple la última voluntad de este soldado español que ha caído por la Patria y haz llegar esta carta a María [...], que vive en Málaga en la calle [...]. Sus padres se llaman Manolo y Antonia''.

Transcribo literalmente lo escrito en la carta:

''Mi dulce María, nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por el enemigo o por efecto del calor, y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria. 

Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que enviará refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de este monte no la he vivido. Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten.

En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, los oficiales nos recuerdan día tras día lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos. 

La verdad es que no sé por qué te estoy contando ésto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches y la única persona por la que suspiro día a día; me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.

Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que el sol africano y que son capaces de convertir a cualquier hombre en estatua de sal con solo regalarle una mirada tuya. 

Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas, pues venías del mercado y como yo, apoyado en la pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan; pero giraste tu preciosa cara, me miraste y sonreíste. ¡Bendito piropo aquel! Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste. Desde entonces fuimos inseparables; me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia ha sido siempre mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando recuerdo aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía. Se nos paró el mundo alrededor en ese instante. 

En fin, hay tantas cosas que podría contar... Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé en escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré. No quiero ser egoísta y por eso te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta, pues yo siempre estaré contigo, en cada momento de tu vida. 

Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti, y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté. 

Monte Arruit, a 8 de agosto de 1921. De tu soldadito, Pedro.''


                                                     La carta original encontrada en la excavación.

A veces la suerte es injusta. Lo que sucedió en Monte Arruit no debió jamás haber sucedido. Las Leyes de la Guerra marcan claro que no se le dispara a un hombre rendido y desarmado. Pero aquel agosto de 1921, todas las leyes parecieron importar una mierda. 

Este es mi pequeño homenaje a los valientes caballeros del Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14 y a los bravos que se dejaron el pellejo defendiendo un puñado de tierra que estaba lejos de casa, con un sol que no era el nuestro. Y para Pedro, el soldado cuyo testimonio nos cuenta que el hombre, aún en su estado más extremo y más aún cuando pasa por la crueldad de la guerra y la muerte, tiene en sus pensamientos el cariño y el amor. Pues hasta en la guerra, donde el hombre es más animal que nunca, los que luchan y mueren no son más que personas; más que padres, madres, hermanos, maridos y mujeres. En definitiva, la sangre que tiñe la tierra de los infinitos campos de batalla que escriben nuestra historia no es otra que la de seres humanos; como nosotros. Como todos. 

Zild.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Cartagena de Indias, Marzo de 1741.


Este es mi humilde homenaje a una de esas muchas figuras que vieron nacer un sol nuestro, y dieron el pellejo y la vida (o casi) por ese mismo país que después les traicionó y olvidó. Este es mi homenaje, que espero que disfruten, a uno de nuestros mayores héroes, un hombre que bien vale una superprodución de Hollywood pero que, como allí hablan inglés y aquí todo lo que tiene que ver con la cultura no gusta, se tendrá que quedar, como siempre, con las ganas. Ahí va la increíble y gloriosa historia de un marinero al que apodaban ''pata-palo'' o, más comúnmente y por mera cuestión de precisión, ''Medio-hombre''; don Blas de Lezo y Olavarrieta.

Que vuestras mercedes disfruten lo leído, así como yo lo he hecho escribiéndolo.

                                                                                  --*--

Era el 3 de febrero de 1689, y en Pasajes, Guipúzcoa, nacía el hombre destinado a humillar la mayor empresa jamás concebida por la Royal Navy, entre cuyos marineros y oficiales se le tendría por un verdadero cristal en el ojo (en el suyo, porque don Blas solo disponía de uno, y le sobraba). Soñando siempre con el mar junto al que nació, un joven Blas de Lezo se alistó como guardiamarina a los 15 años.
Y desde ese mismo instante, la suerte pareció abandonarle, pues en 1704, combatiendo en la Guerra de Sucesión en la batalla de Vélez-Málaga, perdió una pierna por un bolazo de cañón. No fue suficiente para que dejara combatir: ''pásame esa fregona que aquí todavía hay quedan hostias por repartir''. O algo así tuvo que ser. Debieron amputarle la pierna desde la rodilla, sin anestesia. Dicen que el marino no profirió ni una queja, ni un murmullo. La valentía que demostró en tan nefasto momento le valió a sus oficiales para ascenderlo a alférez.

Pero la cosa no terminó ahí. En el Sitio de Tulón (Francia), una esquirla de metralla se le alojó en el ojo, que explotó como un limón. Todo ello no le supuso impedimento: el Castillo de Santa Catalina, que estaba defendiendo, salió airoso del sitio. Un tiempo después, ya siendo capitán (otras hazañas le valieron los ascensos) y esta vez bombardeando Barcelona, se acercó tanto a los defensores a bordo de su Campanella que una bala de mosquete le destrozó el brazo, quedando éste inservible. Y nada, otro miembro menos. Pero los cojones los seguía teniendo en su sitio, que después buena falta le hicieron.

Había cumplido 25 años y ya había capturado una veintena de navíos ingleses. Entre estos, su sola mención provocaba rabia, miradas airadas y algún que otro pistoletazo en el estómago de quien lo pronunciara. Les podría a los pobres ingleses parecer que había llegado a un pacto con el mismísimo diablo, bien a riesgo de bolsa o de algún que otro miembro del que el almirante pata-palo tuviera a gusto prescindir. Pero Blas de Lezo decía que no estaba sino precalentando. Que no tenía suficiente.


                                                       Don Blas de Lezo; Museo Naval de Madrid.


Sería a raíz del conocido como ''incidente de la Oreja de Jenkins'' cuando Inglaterra encontró la excusa perfecta para declarar la guerra a España, guerra que sería conocida  también por ese pintoresco nombre: Guerra de la Oreja de Jenkins. ¿Que quién era Jenkins y qué le pasaba en la oreja? Pues pasaba y resulta que Robert Jenkins, británico de pura cepa, se dedicaba a piratear en las costas de Florida, hasta que fue capturado por un guardacostas español, el capitán Juan de León Fandiño. Éste le perdonó la vida, pero se cobró su precio: le cortó la oreja al pálido Jenkins, y con ésta en la mano, le dijo:

''Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve''.

Y se lió gorda. Jenkins acudió a la Cámara de los Comunes en 1738, con su oreja en un tarro, expuso allí el suceso (en medio de una maniobra política de la oposición, que lo utilizó), y exclamó que cómo iba Inglaterra a permitir tan magna ofensa al honor del país. Walpole, líder de la Cámara, no tuvo más remedio que declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739. La estrategia era sencilla: tras Utrecht, España había perdido posesiones en Europa, pero su poder en América estaba intacto. El objetivo de dicha guerra debía ser la destrucción del imperio español a toda costa. Y como ésta se libraría principalmente por mar, los ingleses no escatimaron en gastos: construyeron la flota más numerosa de la historia (a excepción de la utilizada para la invasión de Normandía, en 1944), compuesta por naves de combate y, en su mayoría, de transporte. Y partieron hacia el Caribe con brío y muchas ganas, ¡por fin iban a poder partir cabezas españolas!

El almirante Edward Vernon, que comandaba la colosal flota británica, atacó y tomó con éxito Portobello (Panamá). Cuando hubo hecho ésto, mandó una carta a don Blas, diciéndole que se fuera agarrando los machos, que iba para allá. Lezo, que no era presto a dejarse intimidar por un inglés relamido, contestó:

''Si hubiese estado yo en Portobello, no hubiera su merced insultado impunemente las plazas del rey, mi señor, porque el ánimo que le faltó a los de Portobello me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía''.

Y ya está. Vernon se dirigió hacia Cartagena de Indias y, cuando hubo llegado, el 13 de marzo de 1741, además de formar a sus navíos, quiso por varios modos averiguar en qué estado se encontraban las defensas de la fortificada ciudad. Tras varias intentonas fallidas, se le ocurrió bombardear la ciudad, esperando una respuesta de la artillería española, y así poder cómo andaba la cosa entre los defensores. Lezo, que era más 'avispao', se dio cuenta del tema, y ordenó silencio. Y eso fue lo único que se oyó desde la ciudad, a excepción de los cañonazos británicos. Cansado de intentarlo sin éxito, decidió coger el toro por los cuernos. Al fin y al cabo, no le haría falta sino esperar: la pérfida Albion contaba, según datos oficiales, que hay muchos y casi todos distintos entre sí, con ciento noventa y cinco naves, más de tres mil cañones y unos treinta y dos mil hombres (once mil soldados de asalto, quince mil marinos, dos mil jamaicanos macheteros y cuatro mil voluntarios de Virginia, comandados éstos por Lawrence Washington, hermanastro del que sería el primer presidente estadounidense). Por otro lado, los españoles no contaban con más de tres mil hombres, entre los cuales había tanto infantería regular como infantes de marina, y unos seiscientos indios libres flecheros; unas mil piezas de artillería y, atención al dato, seis navíos. En resumidas cuentas, la proporción de españoles y británicos era de diez a uno. Para Vernon, la batalla había acabado antes de empezar.


                                                                  Retrato del almirante Edward Vernon


Para la defensa, Lezo colocó sus seis navíos taponando las dos entradas por las que se accedía a la bahía (llamadas Bocachica y Bocagrande): el Galícia, la nave capitana; el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador. Su orden era simple: aguantar hasta donde fuera posible y, llegado el momento, quemar las naves y hundirlas, para dificultar la entrada de los navíos ingleses a la había. Por otra parte, una serie de fuertes defendían ambas entradas: Bocachica estaba defendida por el San Luis y el San Jorge, mientras que Bocagrande lo estaba a través de cuatro fuertes, llamados San Sebastián, Santa Cruz, Manzanillo y Santiago; y un castillo, el San Felipe, que sería el último baluarte. Sin opción a retirada, los españoles clavaron las banderas, dispuestos a vencer, o a morir.


                                     Maqueta de la batalla de Cartagena de Indias. Disposición de ambas partes.


Cabe decir que en España ya se conocían desde hace tiempos las intenciones de los 'british': los servicios de inteligencia habían conseguido infiltrar agentes en la corte de Jorge II y en el Cuartel General del almirante Vernon. Por ello, el virrey Eslava, que estaba al mando en aquellos lares, confiaba en que el almirante Torres, fondeado en La Habana, saldría de ella y llegaría a Cartagena, cogiendo a Vernon por la retaguardia y con el culo al aire. No obstante, Torres nunca se presentó.

El cerco inglés se completó dos días después de su llegada, hacia el 15 de marzo. Vernon dio la orden, y la batalla comenzó. A la atronadora artillería británica (la mejor del mundo, por aquel entonces), respondían a fuego los cañones de tierra y de los seis navíos españoles, que disparaban bolas encadenadas para causar el mayor destrozo posible a los británicos. Habiendo destrozado varias baterias, Vernon consigue desembarcar a parte de sus hombres, que toman posiciones en tierra. A ello le sigue un brutal bombardeo: los ingleses cañonean las posiciones españolas durante dieciséis días (mañana, tarde y noche), a razón de 62 grandes disparos por hora. Los españoles, acosados sin tregua, retroceden, abandonando el fuerte San José y Santa Cruz. Lezo debe entonces tomar una decisión difícil: ordena quemar sus barcos, para dificultar en lo posible la entrada de los británicos a la bahía. No obstante, la maniobra no se completa y, además de varios marineros prisioneros, los británicos consiguen apartar los restos aún flotantes de los barcos, y entrar en la bahía de Cartagena.


                                                          Combate en las playas de Cartagena de Indias.


Es aquí donde se produce un hecho insólito: Vernon, que de repente se hace la picha un lío, entra en la bahía con las banderas desplegadas, como si la victoria total ya fuera suya. Manda además una corbeta a Londres con el mensaje de la gloriosa victoria, y allí es recibido con júbilo y euforia. Tal fue la alegría en la pérfida Albion, que Jorge II mandó acuñar unas monedas conmemorativas: el célebre ''oro de Vernon''. En ellas, podía verse a Blas de Lezo arrodillado (curiosamente con todos sus miembros; díganme ustedes cómo iba a arrodillarse el pobre hombre con una pata de palo) ante un Vernon erguido y victorioso. En una inscripción, escrita por supuesto en inglés, podía leerse: ''el orgullo español humillado por Vernon''. Además, en la otra cara, la flota británica aparece frente a la ciudad, rodeando a un pequeño ''Don Blass'', con otra inscripción que rezaba: ''auténtico héroe británico, conquistó Cartagena en abril de 1741''. El oro de Vernon, señores, o cómo no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.


                                                         ''El oro de Vernon'', Museo Naval de Madrid.


Para cerrar adecuadamente la batalla, los ingleses desembarcaron a otros tantos miles de hombres para la toma del baluarte español: el Castillo de San Felipe, defendido apenas por seis centenares de supervivientes andrajosos, pero con la moral bien alta. De ahí no se iba nadie hasta que el último español en pie cayera, y aún quedaban suficientes para dar por saco a los británicos un rato más. El castillo, inexpugnable por el frente, obligó a éstos a darle toda la vuelta, atravesando la selva (donde murieron centenares de soldados debido a las enfermedades) y posicionándose en la retaguardia. Pero nuevamente, Lezo estaba más que listo: sus hombres ya gritaban improperios desde los muros esperando al primer valiente que saliese de la selva para poder darle un buen mosquetazo en el lomo. Además, aún quedaba la sorpresa final.


                                                    Artilleros abriendo fuego contra los navíos británicos.


Los británicos, decididos, organizaron a diez mil hombres en tres columnas, estando en primera línea los macheteros jamaicanos (que si tiene que caer alguien, que lo haga el más moreno), portando escalas para subir los muros y hartarse de cortar orejas. Cual es su sorpresa, cuando ya están casi bajo los muros del castillo, al ver que don Blas había mandado construir un foso que lo rodeaba, de manera que las escalas quedaban ahora cortas. El infierno cae sobre los británicos que, confundidos, no saben si avanzar o retroceder. Unas mil quinientas bajas se producen entre éstos, que no saben dónde meterse. Entonces Lezo, consciente de la confusión, se agarra los machos (si es que aún tenía los dos), y ordena calar bayonetas. Del castillo salen entonces los seiscientos españoles hechos una furia, chocando con los diez mil ingleses que huyen despavoridos. Se monta una auténtica carnicería, y los persiguen hasta casi su propio campo. Dándose la vuelta, los españoles vuelven al fuerte cubiertos de sangre. Afortunadamente, no era suya.

A este ataque frustrado se le suma otro que se produce por la información de dos falsos desertores, que convencen a Vernon de que uno de los lados del castillo está libre, sin defensores. Otro chasco: los españoles estaban ahí, esperándolos; y Blas de Lezo va de aquí para allá con su pata de palo y su espada en la mano. Debió ser un espectáculo medieval ver a aquel hombre, tuerto, cojo y manco, salir corriendo sobre su única pierna y sosteniendo su espada con su única mano, al frente de seis centenares de españoles cabreados y con ganas de estopa. Debió ser un espectáculo que, pese a lo dantesco de la imagen, los españoles volvieran al castillo victoriosos, mientras que los ingleses llenaban la playa con muertos y heridos, convertidos en comida para los cangrejos y las gaviotas.

Viéndose en un percal jodido (pero jodido de verdad), Vernon tocó a retirada y ordenó un  nuevo bombardeo masivo durante casi un mes; pero tampoco sirvió de mucho. Los españoles que quedaban tenían la moral inquebrantable, y su última victoria había dejado a los ingleses sin tripulación para muchas naves. Los navíos británicos, más que de guerra, parecían hospitales. La cifra es demoledora: más de nueve mil quinientos  muertos, llegando incluso a dieciocho mil según un libro escrito por un inglés que luchó allí, John Pembroke (True Account of Admiral Vernon's Conduit of Cartagena); siete mil quinientos heridos (algunos de los cuales morirían de sus heridas en su camino de vuelta a Jamaica), mil quinientos cañones que quedaron para los peces o los españoles y unas cincuenta naves, entre las destruidas por los seis navíos españoles y las que tuvieron que ser hundidas por no tener tripulación alguna que las manejara.


                                                           Castillo de San Felipe en la actualidad.


Entre los españoles no todo fueron cantos y rosas: ochocientos muertos y más de mil doscientos heridos habían caído en la defensa de la ciudad, además de las seis naves que tan increíble resistencia ofrecieron. Además, varios fuertes quedaron totalmente destruidos, incluidas sus baterías de cañones.

Se dice que, mientras se retiraba en su nave, Vernon tuvo a bien regalarle unas últimas palabras a don Blas: ''God damn you, Lezo!'' Por otra parte, envió una carta a éste, que rezaba:

''Nos retiramos para volver pronto a esta plaza, después de rearmarnos en Jamaica''.

El español, por su parte, contestó:

''Para volver a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra flota mayor, pues ésta solo le ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo que les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no podían conseguir''.

Ante la humillación sufrida en la batalla, cuando Vernon llegó con las malas noticias, Jorge II prohibió toda publicación acerca de lo acontecido. Los ingleses silenciaron el acontecimiento, y Vernon fue expulsado de la Royal Navy, viviendo en la más absoluta vergüenza durante años (hasta que las autoridades británicas consideraron menos humillante culpar al líder de la Cámara de los Comunes que a un almirante de la todopoderosa Royal Navy). A pesar de ello, cuando murió, en 1757, se le enterró con todos los honores en la abadía de Westminster, con un epitafio que reza:

''Sometió a Charges, y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria''.

Blas de Lezo, por  su parte, murió unos meses después de la que fue su mejor y mayor victoria, padeciendo la traición, que le debilitó el ánimo y la salud, y contrayendo la fiebre amarilla, fruto de los innumerables cadáveres que dejó tras ésta. No obstante, sus honores acaban tan pronto donde empieza su ser español: aún cuando había casi dado la vida por la defensa de imperio que se moría, en tan penosas condiciones y ante tan aplastante inferioridad, el virrey lo acusó de temerario y lo denunció ante la corte, perdiendo el favor real (pese a que sería nombrado marqués a título póstumo, muchos años después). Una tradición más española que el creer saber de todo. A día de hoy, ni siquiera conocemos el paradero de la tumba de uno de los mayores almirantes de la Armada Española, como tal es el caso de Velázquez, Cervantes... Nuestro almirante invicto, con 22 victorias y ninguna derrota, es casi un completo desconocido entre los ciudadanos por los que dio un ojo, un brazo, una pierna y, finalmente y porque no le quedaba más que dar, la vida.
Recluido en su casa, junto a su mujer, y sin poder moverse de la cama, Blas de Lezo moriría un 7 de septiembre de 1741. Y, con sus últimas fuerzas, pronunció sus últimas palabras, que dejó para la historia:

''''Me muero Josefa. Muy seguramente el Rey me concederá el título pedido, pero no olvides cobrar mis sueldos atrasados. Mira, cómprate un billete de lotería de esos cuyos números salen marcados en las ranas y los peces. Entiérrame con mi crucifijo, que me hará compañía. Ah, y con mis patas de palo, que me harán falta. Dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y del Imperio. Gracias por todo lo que me has dado, mujer. -Y por último, de forma casi imperceptible, en un susurro, dio sus últimas órdenes, como a cañones invisibles y buques imposibles que solo él podía ver-. ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!''

Ni para un ataúd le quedó, pues le debían dinero de cantidad de sueldos atrasados. Pidió a su mujer, poco antes de morir, que lo enterraran en la Capilla de Vera Cruz de los Militares. A día de hoy, no sabemos ni siquiera si esto pudo hacerse. Así acabó alguien que tanto dio, a cambio de tan poco; demostrando que en este país de cainitas y envidiosos, hay muchos más Sanchos que Quijotes. 

Hhablando ya de mucho tiempo después, y de algo menos triste; como curiosidad y recochineo mayúsculo, durante la celebración del 200º aniversario de Trafalgar, en 2005, Londres invitó a todas las armadas del mundo a una celebración. España envió a su portaaviones y, de paso y ya que estamos, la fragata Blas de Lezo (sí, al almirante se le concedió el mayor honor que puede la marina otorgar: un nombre en alguna de las naves de forma permanente). ¿Por qué? Porque los almirantes debían explicar el por qué sus naves poseían ese nombre, delante de todos los mandamases del mundo. Una pequeña patada en los huevos para quienes tantas nos han dado a nosotros.

Además, en 2009 se cumplió el último deseo de don Blas: que un grupo de españoles pusiese una placa allí donde acaeció tan enorme batalla. La placa, colocada en el año citado, reza:

''Homenaje al Almirante D. Blas de Lezo y Olavarrieta. Esta placa se colocó para homenajear al invicto almirante que con su ingenio, valor y tenacidad dirigió la defensa de Cartagena de Indias. Derrotó aquí, frente a estas mismas murallas, a una armada británica de 186 barcos y 23.600 hombres, más 4.000 reclutas de Virginia. Armada aún más grande que la Invencible Española que los británicos habían enviado al mando del Almirante Vernon para conquistar la ciudad llave y así imponer el idioma inglés en toda América, entonces española. Cumplimos hoy juntos, españoles y colombianos, con la última voluntad del Almirante, que quiso que se colocara una placa en las murallas de Cartagena de Indias que dijera: AQUÍ ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA Y SUS COLONIAS. Cartagena de Indias, Marzo de 1741''.

                                  Monumento a Blas de Lezo en Cartagena de Indias. De fondo, el castillo de San Felipe.


España siempre ha sido un país ideológicamente tan débil, que ha terminado por convertir en verdad suya las mentiras que contaron sus enemigos (por propio interés, huelga decir) acerca de Cartagena de Indias. Claro, lo tienen fácil: el monopolio de la historiografía se halla en manos británicas, y en España, todo lo que sea saber y cultura, historia y conocimiento, es algo vomitivo. ''Historiadores ingleses''... Jamás vi una ironía mayor en tan poco espacio. Esta entrada no es solo un pequeño homenaje a tan grande y olvidada figura que es tan nuestra como el fútbol o el jamón; es una llamada de atención a todo aquel que a bien tenga en leerla. La historia no se encuentra en un solo libro: hay que leer muchos para entenderla. Y sin historia, poco se puede entender de los tiempos presentes o predecir, en cierto, modo los hechos futuros. España tiene una historia demasiado apasionante como para dejarla comida de polvo y sufriendo las mentiras e insidias de ''historiadores'' interesados más por una verdad a su manera que por la verdad llana y resonante. Una historia demasiado bonita para permitir que otros la hagan trizas, solo para tener a un pueblo inculto y lleno de burros que desconocen por completo el por qué están aquí, y el nombre de aquellos que dieron su sangre por su patria para que así fuera. Hombres que lo dieron todo para que tengamos el inmenso placer de leer a Neruda, Borges o García Márquez en la lengua de Cervantes, y no en la de Shakespeare (también bella y compleja, pero peor para los insultos y, por tanto, insulsa para todo buen español). Hombres como don Blas de Lezo, que dieron su vida por un país que los deshonro y los olvidó.

Por mi parte y mi propia conciencia, no contribuiré a ello. Aquí tienen ustedes, lectores, una pequeña porción de historia que enseña que, aunque se sea más pequeño y no se las tenga todas consigo, basta con ser más inteligente para vencer.

Personalmente, y como conclusión, me quedo con este trozo de ''El Sol de Breda'', que si bien se refiere a mucho tiempo antes de los hechos acaecidos aquí, aquellos tiempos en que los Tercios Viejos provocaban temor, admiración y respeto hacia nuestro país en todo rincón del globo donde ponían pica y bota, bien podría trasladarse a los tiempos que nos ocupan:

''Porque donde las dan, las toman. Y si bien a la larga los súbditos de las reinas y los reyes de la Inglaterra nos fastidiaron bien, cumplido es recordar que despachamos a no pocos; y que sin ser tan recios mozos como ellos, ni tan rubios, ni tan vocingleros bebiendo cerveza, en lo tocante a arrogancia nunca nos mojaron la oreja. Además, si el inglés combatió siempre con el valor de su soberbia nacional, nosotros lo hicimos con el de nuestra desesperación nacional, que tampoco era -qué remedio- moco de pavo''.

Buenas noches.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Maestros de las Citas.

No puedo, en vista de cómo están las cosas, sino sentirme obligado moralmente a hablar de un tema tan espinoso como, a mi parecer, glorioso y romántico. Las letras han ilustrado a lo largo de los siglos las hazañas que nuestras voces chillaban ignorantes para silenciar; y nosotros, como siempre, sin darnos cuenta. Por ello, y por más aún, quedo por deber a escribir estas líneas, que les sirvan a ustedes, mis queridos lectores, para ilustrarse sus peludas cocorotas, y para henchir su pecho de orgullo y su cabeza de memoria, ¡que tanta falta hace!

Mas no esperen que sean todo letras mías; creo que más pueden servirles las de gente más sabia que yo, más prudente y, sobre todo, más veterana. Esta entrada pues va dedicada a todos los que tengan en bien leerla, siendo sobre todo para quedarme yo satisfecho para con el que considero que es mi deber como aficionado al arte de los escritos, la lectura y, sobre todo, mi deber como español. Quiero recalcar, y debo desgraciadamente hacerlo, que muchas citas que verán aquí pertenecen a figuras históricas más o menos célebres, algunas incluso más o menos oscuras. Pero tengan en cuenta una cosa, que es la única que en realidad importa: no deben tomar estas citas únicamente como voces del pasado; olviden el nombre de quien las pronuncia, porque quien les habla no es figura ni persona. A continuación, quien les va a hablar, es la historia.

Comencemos pues con este repaso histórico a algunas de las célebres citas sobre nuestra España, que hay de todo: unas les harán enorgullecerse, otras, reírse por las pesadas verdades que sin duda reflejan. Con otras más bien convendría echarse a llorar, pero como ya lloramos lo suficiente gracias al ilustrísimo gobierno que tenemos, nos las ahorramos para soltarlas después, cuando a bien se merezcan.

Decía Juan Pablo Mártir, allá por 1626, y con mucha razón:

-''Los españoles son ejemplo que no parece excepción, pues siendo generalmente de estatura pequeña, la grandeza de su corazón es tan grande que les da aliento, y los ha hecho dueños del mundo''.

A lo largo de la historia -de nuestra historia-, las penurias, la miseria, la ignorancia y la envidia han sido siempre o casi siempre una seña de identidad para nuestro país, donde el rico vive de excesos, y el pobre, si acaso, vive. Así ha sido siempre. Somos una nación que ha estado dirigida por la ignorancia y el odio, por el orgullo y la venganza. Así lo reflejaba (y con qué acierto), Joaquín M. Bartrina, poeta catalán del s. XIX:

-''Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del Sol; si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, será un francés; y si os habla mal de España, será un español''.

Por ello es precisamente curioso que siempre se nos haya conocido como bravos y orgullosos. Sólo hace falta leer algo sobre nuestra historia para darse cuenta de que es una auténtica pena que siempre hayamos renegado de nuestra identidad (salvo cuando un extranjero la cuestiona), en lugar de aprender de nuestros aciertos y errores, estando orgullosos de los primeros, y aprendiendo de los últimos. Además, me parece especialmente notable nuestra aversión hacia todo lo militar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro país es cuna de muchos héroes que bien valen más películas que la mitad de las representadas por Hollywood. Siempre lo he dicho: solo es necesario un pequeño vistazo a nuestro currículum para que, cada uno a su manera, recobremos esa identidad nacional que tanta falta nos hace. ¿Por qué? Porque un pueblo sin identidad nacional, un pueblo que se avergüence -sin motivos, dicho sea de paso- de ser lo que es; es un pueblo voluble, débil y manipulable. Sólo hay que ver la situación política actual: dirigidos por una casta de traidores cuyo único objetivo final es llenarse cuanto antes los bolsillos, sin importarles el bien del pueblo que, engañado como siempre y para siempre, decidió ponerlos en el poder.

Ésto sería totalmente imposible en un país donde sus ciudadanos son plenamente conscientes de su trayectoria histórica, ya que no permitirían que cuatro gatos sin honor ni vergüenza les ensuciaran el nombre y la memoria de tan penosa manera. Pero, queridos amigos, ese no es nuestro caso. Nuestro caso es que somos un país sin conciencia ni cultura. Aquí, todo lo que sea relacionado con la política o con nuestra historia es algo raro, algo lejano. Algo ''friki'', que se suele decir. Por eso somos los principales culpables de todo ésto. Porque no nos damos cuenta de que este desapego por la historia nacional y por la política (que te puede interesar más o te puede interesar menos, pero es una irresponsabilidad mayúscula renegar de ella) es precisamente obra de estos políticos tan interesados en poseer una nación de catetos y de borregos. Una nación a la que le importa más tener una buena televisión y un par de cervezas en el frigorífico para ver el ''clásico'' que dar vergüenza ajena a sus países vecinos, y a todo el globo, de paso. Las gentes, pues, desinteresadas por estos temas -que son casualmente las que se creen con derecho a indignarse después- son las más débiles y manipuladas; siempre a la espera de que la cosa cambie por sí sola. Como si eso fuera posible.

Pero, damas y caballeros, eso no siempre fue así. Si bien la distancia entre los líderes de la nación y el pueblo al que han representado ha sido siempre, o casi siempre, descomunal; los españoles nos hemos ocupado a diestro y siniestro de dar una imagen al exterior: que seremos unos iletrados y estaremos dirigidos por curas, sí. Pero aún con eso, nos basta y nos sobra para repartir estopa por cada centímetro del planeta. Como decía el libro de los Tercios Viejos:

-''No hay puñado de tierra sin una tumba española''.

Amigos míos, no hay que estar orgullosos, porque yo lo diga, de nuestros gobernantes -que alguno que otro justo y brillante sí hemos tenido; no obstante, es muy triste pensar que el concepto de España se limita al líder de turno-, sino de los héroes, humildes y caballeros, que han plagado nuestra historia. Gentes bien dispuestas a dar la vida misma si la situación lo requiere. Gentes que, si bien con toda probabilidad no sabían que ocuparían un lugar de la historia, por sus actos, sí podría parecerlo. Uno de estos ejemplos es el del Maestro de Campo de nuestros Tercios, Francisco Arias de Bobadilla quien, completamente rodeado y esperando su muerte, a la proposición de los holandeses de una rendición honrosa, contestó:

-''Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos''.

Bobadilla aguantó lo inaguantable. Pero, finalmente, venció; quedando su historia como una de las más gloriosas de la historia militar española, conocida -por si quieren leer sobre ella- como ''Milagro de Empel''. Decir que Hovak, el comandante de las fuerzas holandesas en la batalla de Empel, viendo como su segura victoria se iba a pique, dijo:

-''Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro''.

Pero sigamos con esas citas que nos ocupan, sigamos. Esta vez, otra de las grandes batallas en la que demostramos la pasta de la que estamos hechos: la batalla de Nordlingen. Dieciséis cargas aguantaron los tercios hasta decidir la batalla por su lado. Los suecos, al terminar la carnicería, dijeron:

-''Los españoles aguantaron seis horas enteras sin perder pie, atacados dieciséis veces, con furia y tesón no creíbles; tanto que decían los alemanes que los españoles peleaban como diablos más que como hombres, estando firmes como si fueran paredes''. A esto, un oficial sueco añade;
-''Nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español. No se derrumba, es una roca; no desespera y resiste pacientemente hasta que puede derrotarte''.

Diría además sobre nosotros el famoso Cardenal Richelieu:

-''Tan cierto es que los españoles aspiran al dominio mundial, como que solo su escaso número se lo impide''.

Una pequeña muestra de la imagen que hemos reflejado fuera -algo hinchada, creo, y dicho sea de paso, pues no siempre ni en todos lados fuimos considerados tales.- Si bien se nos reconoce el valor y la bravura de nuestros soldados, también se reconoce, ya en tiempos de Napoleón (aunque aplicable con matices a los nuestros), lo borregos que podemos llegar a ser. Nos dice así, el pequeño diablo gabacho:

-''Una chusma de aldeanos dirigidos por una chusma de curas''.

Sin embargo, su hermano, Jose I Bonaparte (o Pepe Botella, como se le conocía aquí), no pensaba lo mismo cuando fue enviado a nuestras tierras a gobernar en nombre de franceses, en un rincón del mundo que estaba lejos de ser suyo:

-''Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, sire; estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España''.

Y tal tuvo a bien de ser así, pues fue aquí donde, por primera vez, fue derrotado un ejército napoleónico (Batalla de Bailén).

Por otra parte, así escribían sobre nosotros Simón Bolívar, y un lugarteniente suyo, respectivamente:

-''Estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que solo ha sobresalido en fiereza, ambición, envidia y venganza...''

-''La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos me degollaría a mí mismo con tal de que así fuera''.

Este odio es, por supuesto, comprensible: éramos fieros enemigos, luchaban por su independencia ,así como nosotros lucharíamos por la nuestra. No obstante, hasta los enemigos pueden, por su valor, respetarse. Tal es así en el caso de Emilio Aguinaldo, presidente rebelde de Filipinas, allá por 1899, dirigiéndose hacia los soldados españoles que permanecieron un año entero aislados del mundo, en mitad de la jungla. Aún cuando la guerra había acabado hacía tiempo -no les llegó noticia alguna de ello-, permanecieron firmes esperando su muerte día sí y día también, con su arma en una mano, y su bandera en la otra. Dice así:

-''Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler; por el valor, la constancia y el heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia de los mismos hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los valores de los ejércitos de esta República, que bizarramente les ha combatido; a proposición de mi Secretario de Guerra y respaldado por mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente: los individuos que componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos''.

Y aquí escribo las letras de un nefasto personaje, por nombre Adolf Hitler, dirigidas hacia los soldados pertenecientes a la llamada División Azul. Pido a mis lectores que, en este punto -y cómo odio tener que aclararlo, a estas alturas- olviden los oscuros tiempos en que estaba sumida España, y vean solo la voluntad de unos soldados españoles pertenecientes al tiempo que les había tocado vivir. Ni eran todos nazis, ni eran todos unos extremistas ''anti-rojos''. Afirmar eso es cometer un fallo de principiante; así como lo es creer que los soldados alemanes que lucharon y murieron en la Segunda Guerra Mundial eran mayoritariamente nazis -como sí lo eran las cúpulas-. Si bien por supuesto había radicales de ultra-derecha en sus filas -así como los había de ultra-izquierda en las filas de la República-, ni todos eran así, ni compartían mayoría alguna dichos principios. Eran pues soldados españoles a los que les tocó vivir un tiempo difícil. Un tiempo muy jodido, donde en España se perdió mucho, y a muchos; por el deseo siempre intrínseco de las mentes huecas de acabar con el que piensa diferente. Decía el tercio-bigote:

-''Considerados como tropa, los españoles son una panda de andrajosos. Para ellos el fusil es un instrumento que no debe limpiarse bajo ningún pretexto. Entre ellos, los centinelas no existen más que en teoría. Jamás ocupan sus puestos, y si lo hacen, es durmiendo. Cuando llegan los rusos, son los indígenas (también rusos) quienes deben despertarlos. Sin embargo, jamás han cedido una pulgada de terreno. No tengo idea de seres más impávidos: apenas se protegen y desafían a la muerte. Extraordinariamente valientes, duros para las privaciones, pero ferozmente indisciplinados. En ellos, lo lamentable es la diferencia de trato entre los oficiales y la tropa. Los oficiales españoles viven de maravilla, mientras la tropa debe contentarse con la más exigua de las miserias. Por mi parte, solo sé que los nuestros están contentos de tenerlos de vecinos.''

Ésta, es especialmente curiosa. Pronunciada también por el tercio-bigote, en referencia a la propuesta que le hicieron sus generales de invadir España, una vez hubieron conquistado Francia. Aclaro que, en lo personal, dudo que la cuestión fuera así de fácil. Pero de cualquier modo, ahí va.

-''¡Ni hablar! Los españoles son el único pueblo mediterráneo valiente, y en seguida organizarían guerrillas en nuestra retaguardia. No, en España no puede entrarse si no es con permiso de los españoles''.

Y no es lo último que los alemanes del III-Reich nos dirigen, ojo. Ahí van otras perlas:

-''Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadráos ante él; es un héroe, es un español''. Jürgens, General del XXXVIII Cuerpo de Ejército de la Wehrmacht.

-''El heroísmo insuperable de los españoles que, despreciando el peligro, se entregan a la muerte cantando sus canciones de guerra antes de ceder sus posiciones al enemigo común''. General de la Wehrmacht Philip Kleffel.

Y ésta, damas y caballeros, con respecto a este tiempo histórico, es mi preferida:

Dice literalmente el libro ''Anecdotario de la Guerra Civil Española'', de Díaz-Plaja:

''Al día siguiente (de la Batalla de Brunete), visitó a Varela en Sevilla la Nueva un agregado militar alemán para felicitarle por su triunfo en la víspera. El general le convidó a almorzar con nosotros.
-Agregado: Yo estuve en la Guerra Mundial del 14 al 18, y puedo asegurarles que lo que presencié ayer no lo había visto nunca. Sus soldados, general, son los más eficaces y valientes del mundo.
-General Varela: Como sería una descortesía llevarle la contraria, yo tendré que decir que los segundos mejores son los alemanes.
-Agregado: No señor, perdone; los segundos, y quizás tanto como los que usted manda, son los rojos españoles.''

¡Pero continuemos! Las siguientes citas fueron pronunciadas por Lydia Osipova, una maestra rusa de un pueblo ocupado por la División Azul. Con ellas termino esta época para, con la siguiente -siendo de todas mi preferida-, cerrar el asunto.

-''Los españoles han destruido todo lo que nos imaginábamos de ellos, como un pueblo orgulloso, hermoso, generoso... Son pequeños, inquietos como monos, sucios y ladronzuelos como gitanos. Pero son muy bondadosos. Todas las bellezas alemanas pasaron rápidamente de los alemanes a los españoles, los que también demuestran una gran ternura y afición por las muchachas rusas. Entre ellos y los alemanes existe un odio que ahora crece a causa de las mujeres''.

-''Vi cruzar por en medio del campo de batalla a un soldado para sacar de él a un niño. Aparentemente, la conducta del capitán se considera como algo normal entre los españoles. ¿Cómo podría alguien no querer a estos chiflados?''

-''Los alemanes son valientes si así lo manda el Führer. Los españoles, en cambio, desconocen totalmente el instinto de conservación. En un ataque pueden perder al 50% de los hombres, mientras el otro 50% sigue combatiendo y cantando. Ésto lo hemos visto con nuestros propios ojos.''

Y he aquí el cierre de esta entrada, que espero hayan disfrutado leyendo tanto como yo escribiéndola. Y más importante aún: que les haya servido para quitarse de encima unos cuantos complejos. Complejos que, les recuerdo, nos han echado encima un puñado de interesados. Insisto: una nación libre, una nación fuerte, es indudablemente una nación que sabe su historia y ha aprendido de ella. Una nación que, en definitiva, se respeta.


''Bien sé a cuantos contradigo, y reconozco a los que se han de armar contra mí; más no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después''. 
                                                                                                   
                                                                                                                 Francisco de Quevedo.







Zild.


jueves, 4 de julio de 2013

Apunte rápido.

¡Buenas, aprendices de filibustero!

Venía a comentaros unas cuantas cosas rápidas y a avisaros que de aquí a -espero- máximo dos días, subiré los capítulos siguientes de la historia de nuestro amigo fotógrafo por las que tantas cosas tendrá que pasar,  Frank Mercer; y por supuesto del rudo Thomas Sullivan, cuyas aventuras y desventuras no han hecho más que comenzar.

En primer lugar sólo a deciros -y a rendir mis disculpas- que la poca o nula actividad que se ha apoderado de mi rincón es debido a unos exámenes que han ocupado todo el tiempo que tenía y el que no. Me ha sido imposible, a pesar de haberlo intentado, escribir nada, no porque no me saliera, sino porque no estaba contento con cómo lo estaba haciendo, y he preferido esperar y daros algo en condiciones a sacarlo a putazos y que sea una soberana mierda.

Además, quizás escriba en los próximos días algún artículo de opinión, de esos que os gustan, pero no lo tengo claro. Se me ha acumulado el curre y prefiero darle salida a los relatos antes que a los artículos. Pero tranquilos, que todo tiene cabida en mi rincón para mentecatos: relatos y artículos van siempre de la mano, o al menos así lo intento. Aparte, me gustaría escribir algo sobre videojuegos, pero no sé qué hacer, por lo que me gustaría que si tenéis alguna preferencia, lo dejéis en la caja de comentarios de abajo.

Por último y antes de despedirme, he observado que, pese a la inactividad, las visitas no han dejado de subir, y eso es algo que me alegra muchísimo y me anima a seguir. Por tanto, quería dar las gracias a aquellas personas que han estado pasándose por estos lares a ver qué se cuece y que, pese a no cocerse nada, ahí estaban ellos. ¡Gracias!

Sin más me despido y os dejo tranquilos de una vez. Esperad en los próximos días los dos capítulos prometidos, que estarán subidos lo antes posible, y vienen calentitos.

A juir, ¡contadores de piedras!

Zild

martes, 11 de junio de 2013

Un Nido de Cuervos. Capítulo I.



Saliendo del baño de aquel desconchado motel, Frank Mercer se dijo a sí mismo que algún día podría plantearse escribir un libro con las anotaciones de los baños masculinos -los que conocía- de aquí y allá, a cada cual más variopinta. Pequeños pedazos de poesía improvisada que darían fe, dentro de muchos años, de lo bajo que caemos cuando estamos solamente acompañados por un WC y nuestros más oscuros pecados. Fotógrafo 'Freelance', hacía años que había decidido cubrir las guerras de Oriente Próximo, pero encontrar la manera de trabajar allí era difícil. 

Por mucho que quisieras ser independiente, si nadie te pagaba por las fotos, terminabas lamiendo culos como todo el mundo, y Frank no era ninguna excepción. Además, nunca había tenido el talento para la fotografía de algunos de sus exponentes y colegas de profesión. Era bueno en su trabajo, sí, y tenía mucha paciencia, era aguerrido y constante. Pero por mala suerte o por torpeza, sus fotos no llegaban a convencer a nadie, muchas de ellas ni siquiera a él mismo. Frank buscaba la foto perfecta, sin encontrarla.

También escribía un diario de campo sobre sus salidas, al fin y al cabo, ser fotógrafo de guerra era uno de los empleos más peligrosos del mundo, y quizás a alguien le interese publicar el diario de uno de ellos. Seguramente nadie compraría su libro, por supuesto,  ni pagaría por sus fotos teniendo gente mucho mejor bajo firma, pero él no se rendía. Era ambicioso, y quería dejar su nombre bien grabado en alguna puerta trasera de la historia de la humanidad. Por el momento, la única puerta en que había grabado su nombre estaba en el baño del motel 'Berletz', en una carretera perdida de Eslovenia. 

El qué hacía en Eslovenia le era en realidad una cuestión harto confusa. Cansado de esperar una oportunidad que no llegaba, había contactado por correo con una vieja amiga suya, Nora Galván, también en el oficio, para ver si ésta le daba alguna buena noticia. Y la buena noticia, visto desde el lado del sacrificado currante, era que Nora había sabido por un colega suyo de la existencia de un viejo bunker alemán de la Segunda Guerra Mundial del que se hablaba en susurros. El qué se contaba no lo sabía, pero Frank, en un arrebato, estaba decidido a averiguarlo. Siempre había tenido debilidad por la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, cogió su equipo, su cartera -en la que metió el escaso dinero que había podido permitirse llevar consigo- y cogió el primer vuelo desde Canadá a Eslovenia. Cuando llegó, el frío le dio una agria bienvenida pero, como curtido canadiense, se acostumbró rápido. Le sorprendieron las bajas temperaturas de aquel lugar, tan cercano a la soleada Italia y, sin embargo, tan diferente. Estaba tan intrigado con aquel asunto que apenas pensaba en otra cosa. Se pasaba las noches en vela, nervioso, imaginándose haciendo un descubrimiento que cambiaría su vida, su estancada carrera, y le haría un buen bulto a su colchón, justo donde guardaba el resto del dinero. Lo que quedaba.

Aquella misma tarde había de reunirse con un ruso residente en el pequeño pueblo más cercano a aquel enigmático lugar. Cuando llegó, el poblado le pareció gris, empobrecido y triste. Lleno de ancianos, no vio a casi ninguna persona menor de los cuarenta o cincuenta. Paró a beber en un maltrecho bar que había sobre un paso elevado cubierto de secas hojas, frutos de un otoño frío y desapacible. Un descolorido cartel con el nombre del establecimiento -al que se le había caído la M y la Z final, seguramente hacía mucho tiempo- era la única invitación de aquel sitio, y a un hombre como Frank, acostumbrado a pisar poco sitios mejores, le pareció que esa invitación era tan buena como cualquier otra. 

Afortunadamente para él, podía fumar dentro tranquilamente. Sacó su paquete de Cross Road y se encendió el primer pitillo del día, mientras se tomaba un amargo café -que no le gustó demasiado, pero hizo el apaño-. Miró su reloj, y vio que aún faltaban unos largos treinta minutos para su cita. Se había adelantado saliendo del hotel, pero estaba demasiado nervioso para estarse quieto, sentado, esperando. Mejor allí, con esa arrugada compañía, rodeado de humo de tabaco y con un ¿café? caliente para alentar al corazón. O casi.

Cogió un  periódico que había a su lado, en una barra llena de círculos donde de adivinaban los culos de los vasos que se servían, pringosa también de los restos del alcohol derramado en ella y que no se limpió después. Se entretuvo mirando las fotos, ya que del texto no entendía absolutamente nada salvo que la prensa de aquel bar estaba de sobremanera desfasada. Si aquel lugar ya resultaba lo suficientemente lúgubre, las fotos de aquel periódico no ayudaron a solucionarlo. Decidió concentrarse en la sección deportiva, pero como no entendía nada de los artículos, prefirió dejarlo estar.

Apuró su taza de café y las últimas caladas del cigarro, pagó -sin dejar propina- el servicio y se fue, despidiéndose en un esloveno muy pobre que había aprendido, o creído aprender, de una revista de ''expresiones comunes'' que había encontrado en su asiento del avión. Probablemente ni tan siquiera dijo lo que quería decir, pues las gentes del sitio lo despidieron con una mirada hirsuta y sin una palabra. O bien tenía menos idea de la que creía de esloveno, o bien los tipos eran bastante rancios. Quizás, muy probablemente, fuera ambas cosas. Sea como fuere, Frank llegó a la plaza donde había quedado con su colega ruso alrededor de cinco minutos antes de la hora convenida. 

Aprovechó ese tiempo para sacar la cámara y hacer un par de fotos: una de un pequeño estanque mal cuidado, lleno de hojas y de agua estancada hacía tiempo, fruto del escaso mantenimiento de los espacios públicos del lugar, y otra de un monumento en el centro de la plaza, dedicado presumiblemente a  miembros de la resistencia local contra la ocupación alemana. Tres estatuas de cobre oscuras, representando a tres hombres con sus armas soviéticas en alto, rezando alguna frase en recuerdo de aquella gente.

Cuando hizo la segunda foto, la comprobó con la cámara, miró su reloj y vio que era exactamente la hora. Cuando se disponía darse la vuelta para volver hacia donde habían quedado, se encontró de bruces con un hombre alto, de pelo blanco, desgarbada postura y rojos colores en la cara, quizás fruto ésto último de un improvisado encuentro hacía no mucho con una botella de vodka medio llena -o medio vacía, pensó para sí-. 

-Siento haberle asustado, señor Mercer. No estaba seguro de que fuera usted y no me atrevía a llamarle.- Dijo el ruso entre risas, mientras él intentaba recomponerse del susto.

-Me llamo Juri Zaítsev.- Dijo, extendiendo su mano, protegida con guantes sin cobertura en los dedos.

-Frank Mercer.- Dijo él, dándole un fuerte apretón de manos con una, mientras sostenía la cámara, aún encendida, con la otra.

Juri Zaítsev era, como la mayoría de los habitantes de aquel pueblo, un hombre de unos cuarenta años largos, o cincuenta y pocos. Su forma física adivinaba un pasado de ejercicio duro, pero de eso hacía ya tiempo. No obstante, no impedía darle aspecto de tipo duro, como el de los espías soviéticos en las películas del telón de acero.

-Veo que tomaba fotos de la plaza.- Dijo con un acento ruso nada disimulado.- ¿Sabe a quienes está dedicado el monumento?

-La verdad es que no, tengo el esloveno un poco atascado.- Dijo, señalando a la placa.

-En 1941, con la ocupación de los fascistas italianos de Eslovenia, se creó lo que se llamó el Frente de Liberación de la Nación Eslovena, un grupo de resistencia que dio bastante por culo a los fascistas. Aunque éstos quisieron ponerle remedio, ni a las buenas ni a las malas apagaron la resistencia del todo. No obstante, cuando los italianos se rindieron, y aunque todo el mundo estuvo por un tiempo ilusionado, los alemanes pasaron a ocupar la zona; entonces las cosas se fueron a la mierda de verdad.

Un domingo de 1944, tres vecinos de este pueblo, al ver como se ejecutaba a un pueblerino por haber robado unos bollos de pan, salieron de sus casas armados y mataron a más de una veintena de alemanes, que se vieron sorprendidos por el coraje de los tres valientes. Durante dos horas, los alemanes quedaron tan desconcertados, que las gentes de por aquí decidieron ayudar, con palos, piedras o lo que fuera.

Desgraciadamente, el comandante en jefe de las tropas alemanas apostadas en la zona decidió tomar cartas en el asunto y envió refuerzos, que lograron acabar con dos de ellos. El tercero, que se quedó finalmente sin munición, atrincherado en un sótano, fue llevado a rastras a la calle y colgado de una gran farola que había en esta misma plaza, boca abajo, junto con sus dos compañeros.

El alemán instauró un reinado del terror en este pueblo, y cuando llegó la liberación, la gente se volcó sin piedad sobre los soldados alemanes. Se hicieron cosas horribles aquí. -Se paró un momento mirando la estatua-  Para recordar la memoria de los tres héroes locales, la gente lanzaba, a donde antes estaba la farola, sus boinas y sombreros, en señal de respeto. Finalmente el ayuntamiento decidió honrarlos con esta estatua, que se construyó a finales de los sesenta. Una historia pintoresca, ¿no cree?

-Es todo un cuento para niños...- Dijo Frank, pensativo, mientras, de reojo, se adivinaba el semblante sombrío de su nuevo compañero.

-Aquí las historias como ésa son como las películas de Disney. Total, en este pueblo hace años que no se ven niños pequeños jugando por las calles, o haciendo gamberradas. A veces me resulta muy extraño. La guerra y el dolor son oscuras manchas para la memoria de esta gente. Una mancha difícil de borrar.

Frank asentía, atento. Siempre había tenido un acérrimo gusto por las historias, más aún cuando las vivía, cuando podía verlas y tocarlas. Se imaginó cómo debió ser todo aquello, cómo debía ser el espíritu de esa gente que, con palos y piedras, se enfrentó en solitario a la Wehrmacht, el mejor ejército de su tiempo. Héroes del pasado, siempre a la sombra de una fuerza que Frank intuía, pero aún no podía ver.

Sacó otro cigarrillo y lo encendió, tendiéndole la cajetilla de Juri, quien la rechazó con un gesto.

-He visto cómo gente fuerte se quedaba hecha mierda por esos tubos humeantes. Casi que no, amigo. Debería dejarlo cuanto antes, hágame caso.

-Debería...- Le respondió, dándole una larga calada. Entre que era una persona nerviosa de por sí, y que la vida nunca le regalaba nada, fumar era un alivio cuanto menos necesario.

No hablaron demasiado durante el camino, Juri era una persona callada, y Frank no se atrevía a asediarle con todas las preguntas que le rondaban por la cabeza, así que cuando llegaron a un pequeño apartamento -y pequeño es ser optimista-, se preparó para hablar, sin atreverse a empezar el tiroteo de preguntas y respuestas.

-Dentro de unos minutos llega mi hermano Dmitri y nuestra amiga en común. Hasta entonces... ¿Hace un café?- Dijo Juri, mientras ya iba buscando la cafetera entre los muebles de la pequeña cocina.

Sin contestar, Frank quedó sorprendido por la presencia de Nora. No la esperaba. No era, ni mucho menos, que no tuviese ganas de verla, sino que simplemente esperaba ir sólo con Juri, una visita rápida a aquel lugar, sacar fotos hasta quemar la batería y volver a casa. Nada más. Su corazón antisocial y profundamente solitario le impedía disfrutar de visitas y reencuentros inesperados, aunque fuesen, como este caso, agradables. Secuelas, había pensado siempre, de una infancia difícil y retraída. Solitaria, como él mismo.

-Oh, Nora me dijo que quería verlo también. ¿No se lo ha comentado? Espero no haber hablado más de la cuenta...- Dijo, al ver la cara de sorpresa del joven canadiense.

-No se preocupe, me alegrará verla. —dijo, removiéndose algo inseguro en el asiento.

-¡Perfecto, entonces!

Sonó en ese momento el timbre, fuerte y desagradable. Ambos se miraron, y cuando Juri se dirigía a abrir la puerta, Frank se levantó del pequeño sofá donde se había sentado y, nervioso, miró hacia la puerta. Por ella entraron un hombre, de aspecto casi idéntico a Juri, salvo que rapado y más informal, si cabe, y Nora, que venía sonriente, como siempre. Se acercó rápida a Frank, dándole un cariñoso abrazo, que él respondió con sinceridad esta vez. La inseguridad había desaparecido, como pasaba siempre que que veía a alguien tan risueño, seguro y confiable como ella. Nora era, de seguro, una de esas personas que interesa tener cerca cuando las cosas se ponen feas. Lo sabía por experiencia.

-Quería darte una sorpresa, he venido desde Madrid en cuanto he sabido que habías decidido venir. Yo también siento mucha curiosidad por ese sitio. Es una gran oportunidad, ¡nadie ha conseguido publicar fotos de él! ¿Te lo puedes creer? En plena era digital, con tantos drones y cámaras de alta definición, ¡y a nadie le ha picado tanto la curiosidad como a nosotros! Estamos de suerte.

Frank asintió con una sonrisa, mientras saludaba con un cálido apretón de manos al hermano de Juri, Dmitri, que parecía aún más serio que su colega de sangre. Debía ser cosa de familia, eso de no contar chistes.
Estuvieron hablando sobre los trabajos, sobre el tiempo y sobre mil y un nimiedades más. Frank, aunque relajado, estaba impaciente porque abordasen el tema que los había arrastrado tantos kilómetros, pero el momento parecía no llegar.

Finalmente, y viendo que los hermanos  esquivaban el tema, decidió sacarlo de sopetón.

-Y ese búnker... ¿Qué misterio tiene? ¿Qué lo hace tan especial?

Los hermanos se miraron, algo que no pasó desapercibido, y Juri empezó a hablar, frotándose las manos, nervioso.

-No es que sea especial. Es algo más. Los militares guardan la montaña en la que se encuentra, y prohíben la entrada a todo el mundo en un área de al menos dos o tres kilómetros. Hacen revisiones periódicas, pero nunca están más de una hora dentro. Por lo visto el sitio tiene algo que te afecta el coco o algo así.

-Y, si no resulta indiscreto -comenzó, sacando su vena periodística, siempre al tanto-, ¿cuál es su relación con el búnker? ¿Han trabajado allí?

Contestó Dmitri, sacándose una pipa de fumar ya preparada del bolsillo del abrigo, al tiempo que encendía una cerilla y daba intermitentes caladas a ésta, soltando un espeso y sabroso humo, cuyo agradable olor impregno el piso.

-Estuve destinado allí durante unos años. Me prohibían hablar del tema con nadie. Pero cuando, después de tanto tiempo de servicio,  tuve aquel accidente, me retiraron del servicio sin pagarme absolutamente nada. Les importaba una mierda, claro. —dijo, con su fuerte acento del este. —Al día siguiente, ya había otro tío en mi puesto, y yo me pudrí en mi casa, sin sueldo ni reconocimiento alguno.- Terminó, con aire irsuto, enseñando una enorme cicatriz en el pecho y acabando con algo en ruso que, aunque no se entendió, tampoco hizo falta.

-Dmitri puede colarnos, no durante mucho tiempo, pero el suficiente para que veáis las instalaciones y toméis unas cuantas fotos. Este pueblo se ha ido a la mierda desde que ese sitio está ahí. El mundo debe saber qué es lo que sea que esconden con tanto cuidado. Yo, quiero saberlo.- Dijo Juri, con aire serio.

Siguieron la conversación durante al menos un par de horas, envueltos en la mezcla de olor a café y humo de pipa. Cuando estuvieron cansados, especialmente Nora, se despidieron y cada uno marchó a su hotel, menos Frank, que dormiría allí -en el desvencijado sofá- hasta que hubieran terminado el viaje.

Cuando Juri cerró la puerta de su cuarto, Frank se quedó embobado mirando al techo. De nuevo, tenía demasiadas cosas en la cabeza como para conciliar el sueño de manera fácil. Tampoco era una persona de dormir mucho, siempre le costaba más de lo que le gustaría, y cuando lo hacía, no descansaba bien.

Cuando se aburrió de intentar dormir, se incorporó y se encendió otro cigarrillo. No encendió la luz, por temor a despertar a su anfitrión, pero sí activo el flash del móvil y sacó su cuaderno de fotos. Asiduo ritual, a estas alturas, para aquellas noches de insomnio.
Pasando de una a otra veía como, pese a ser buenas fotos, siempre había un ingrediente que faltaba; no obstante nunca averiguaba cuál era, lo que le resultaba sumamente frustrante. Ser periodista bélico era un trabajo muy duro, y Frank había visto cosas horribles, espantosas. Era consciente de que cada persona tiene un monstruo en su interior, y de que no todos saben reprimirlo cuando tienen el poder de un arma en las manos.

Miró por la ventana, hacia un cielo precioso, imponente. En aquel pueblo, las luces eran pocas e iluminaban menos. No le pareció mal. La contaminación lumínica de las ciudades le ponía enfermo. Desde niño le había gustado mirar las estrellas, y siempre había sido consciente de que lo que veía era una ínfima parte de lo que había en realidad. Pero la luz, incómoda invitada, no le permitía ver más. Ante él se extendía una vasta extensión de pequeñas lamparitas colgantes del cielo oscuro de la vieja Europa. El espectáculo era asombroso. Abrió las portezuelas de la ventana y sacó su cámara.

Con el cigarro en los labios, la cogió con ambas manos y se puso a hacer fotos al estrellado cielo esloveno. Cada vez que, al volver a casa, no pudiese ver el cielo por la luz, cogería el portátil y vería aquellas fotos, recordando lo pequeño que es el ser humano, y lo grande que se siente. 

Y fue mientras hacía aquellas fotos, cuando una pequeña luz se iluminó en la encrespada montaña al oeste del pueblo. Cubierta de espesos bosques y vastas rocas, la montaña se mostraba amenazante, como un gigante dormido. Y de ella, en su cresta, salía ese... ¿Resplandor? Frank se quedó mirando durante un rato aquel lugar, pero no volvió a ver aquella luz hasta que, de pronto, aquel flash volvía a aparecer. Aparecía durante un segundo, y volvía a irse, sumiendo todo aquello en la profunda y homogénea oscuridad de la noche.
Apuntó con su cámara hacia allí, y aumentó el zoom al máximo. Por la pantalla digital, observó durante un buen rato. Pero la luz no volvió a aparecer. Intrigado, tomó varias fotos a la oscuridad, por si volvía a aparecer pillarla al instante, pero no lo hizo.

Cerró la ventana y volvió a sentarse. Apagó el cigarrillo en el cenicero y se puso a revisar las fotos en la pequeña pantalla de la cámara. Primero la plaza del pueblo, con su descuidado estanque y la estatua de bronce dedicada a aquellos tres hombres. Luego el cielo estrellado, tan inmenso, tan infinito.

Luego la oscuridad de la montaña. Pero pareció distinguir algo... Sacó de su mochila el cable para conectar la cámara a su portátil, y pasó todas las fotos a éste eliminándolas de la cámara, para ahorrar espacio. Abrió el archivo de las fotos, y allí estaban todas: el estanque, la estatua, el cielo... Y la oscuridad.

Acercó la cara a la pantalla, pero no logró ver nada. Subió el brillo de la misma. Nada. Encendió un nuevo cigarro, intrigado. Cuando lo encendió, y echó el humo sobre la pantalla...
Se quedó petrificado. Un sudor frío nada cómodo le recorrió la espalda y apretó la mandíbula como un resorte sin darse cuenta. 

Tras él, pegado a la ventana, había una figura alta y esquelética, sin facciones. Entre las sombras, distinguía que la figura no poseía rostro, no tenía nariz, ni boca ni pelo. Sólo una raquítica figura que, desde la oscuridad, clavaba sus fétidos ojos amarillentos en su espalda.

Al instante, aterrorizado, cerró de golpe la pantalla y se dio la vuelta lo más rápido que pudo, tirando al suelo el cenicero y desparramando todas las cenizas. Nada. Sentía el corazón queriendo salírsele del pecho, el temblor incontrolable de sus piernas, sus puños apretados de forma inconsciente (más tarde se daría cuenta de que se había clavado sus propias uñas en las palmas de las manos), sus ojos abiertos, de par en par, tanto que parecía que iban a caerse redondos al suelo, incapaz el párpado de soportarlos.

-¿Pero qué coño...?- Dijo para sí, con un miedo visceral que le recorría las entrañas y todo su cuerpo, frío, afilado.

No volvió a conciliar el sueño aquella noche. No se atrevió. Como un niño pequeño con miedo a la oscuridad, Frank Mercer, un joven fotógrafo canadiense sin demasiado talento, se sintió desnudo, solo. En aquel pueblo pasaba algo. Pasaba alguna mierda muy rara, y estaba dispuesto a averiguar qué coño era, y a sacarle una buena foto.


Pero antes tenía que mear. Aquella cosa, fuera lo que fuese, casi le hace orinarse encima, y si iba a relanzar su carrera con una historia como aquella, tendría que tener los calzoncillos limpios.