sábado, 4 de marzo de 2017

Crónica y relato de lo que pudo ser, y no fue.

Que las relaciones entre España e Inglaterra han sido siempre tirantes y conflictivas no es un secreto para nadie. Desde muy temprano, durante la Alta Edad Media, ambas naciones tienen sus primeros encontronazos: las alianzas entre Castilla y Francia encuentran el freno de sus ambiciones con el eje Aragón-Inglaterra, durante -por ejemplo- la Guerra de los Dos Pedros, entrado ya el siglo XIV. También durante la Guerra de los Cien Años (que como puede adivinarse duró mucho, mucho tiempo) hubo enfrentamientos entre ingleses y castellanos, que apoyaban a la corona francesa en sus reclamaciones territoriales sobre Inglaterra y las posesiones de ésta en el oeste y sudoeste de Francia, además del ambicionado ducado de Normandía. Sin embargo, no se trataba de la enconada enemistad que habría de ser después, sino de un conflicto de intereses. De los de toda la vida. Así, las relaciones entre la corona castellana (ya por entonces la más poderosa de la Península a expensas, quizás, de la portuguesa) y la inglesa no eran del todo negativas, sino más bien distantes.

         
          Batalla de La Rochelle (1372) entre la flota inglesa y la castellana. Todos los barcos ingleses son hundidos o capturados, y miles de hombres hechos prisioneros. 


Con la llegada al trono de Fernando II de Aragón y la unión de su reino con el de su muy querida Isabel I (ya sabéis, esa con la cara rara que sale en tantos cuadros), se produce un cambio de política encaminado a aislar al nuevo gran enemigo: Francia. Una serie de políticas matrimoniales y de campañas militares forjan toda una serie de alianzas cuyo máximo exponente lo encontramos en el matrimonio entre Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, y el príncipe Arturo de Gales, heredero del entonces rey de Inglaterra, Enrique VII. Con la muerte del príncipe, Catalina contrae matrimonio con el infante Enrique, el futuro Enrique VIII (el tipo gordo que sale también en muchos cuadros, y en un capítulo de Los Simpson). Este rey, tan pronto como puede una vez accede al trono, trata de situar a su país en primera línea internacional, mediando en el conflicto italiano entre España y Francia e incluso ejerciendo de mediador entre el Papa León X, el emperador Maximiliano I, Carlos I de España y Francisco I de Francia, para conseguir apaciguar los ánimos y despertar la alerta contra la amenaza turca.


Sin embargo, el imparable éxito de Carlos, que acuña no solo la corona de Castilla y Aragón, sino también aquella que lo convierte en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, comienza a despertar preocupación en Inglaterra. El distanciamiento entre ambas potencias llega a un nuevo punto de inflexión con el divorcio entre Enrique VIII y Catalina. Dicho monarca es excomulgado de la Iglesia de Roma y funda su propia Iglesia (la Anglicana) con tal de poder casarse con Ana Bolena sin el inevitable impedimento eclesiástico. Se inicia así un periodo convulso en Inglaterra, pues el pueblo sentía una gran simpatía por la que aún se consideraba a sí misma la legítima reina de Inglaterra; tal es su peso en la época que incluso el secretario mayor del Rey y su más acérrimo enemigo, Thomas Cromwell, diría de ella: ''Si no fuera por su sexo, podría haber desafiado a todos los héroes de la historia''. Pese a ello, Inglaterra apoya a España en las muchas guerras que mantendrá con Francia durante mediados del siglo XVI. Un nuevo acercamiento se produce cuando María I (hija de Catalina, a la que se conoce en la historiografía inglesa como María la Sanguinaria, por sus duras persecuciones religiosas después de someter de nuevo el reino a la autoridad del Papa) accede al trono y favorece su casamiento con el primogénito del César, Felipe. A pesar del matrimonio, nada cambia en la práctica para ninguna de las dos naciones salvo en que, por algún tiempo, no se combaten entre ellas. Cuatro años después, en noviembre de 1558, la reina fallece, muriendo con ella las aspiraciones de Felipe de reforzar su poder sobre la corona de la que era consorte. Sucediéndole Isabel I (hija de Ana Bolena), Felipe queda apartado de la política inglesa al ser la nueva reina reacia a contraer matrimonio con él: al contrario que su predecesora, Isabel no apoya la autoridad de Roma, por lo que rompe de nuevo el vínculo con el Papado y vuelve a ''independizar'' la Iglesia de Inglaterra. Las persecuciones, como no podía ser de otra forma, se dan ahora con el bando contrario, los católicos; persecuciones que serán aún más brutales durante el siglo XVII.



                             
                                                     Catalina de Aragón, representada por Michel Sittow (fecha desconocida)
             

Con el inicio de la rebelión en los Países Bajos se despiertan las simpatías de Inglaterra por los rebeldes, llegando a prestar ayuda en forma de voluntarios y pertrechos para la causa protestante, que sufre sonoros reveses tras la llegada del Duque de Alba con soldados veteranos de los tercios, bien fogueados en las guerras italianas. A pesar de esta ayuda descarada, España no mueve ficha todavía. Mientras tanto, los perseguidos católicos llevan a cabo una serie de levantamientos en Inglaterra contra la corona de Isabel I: la Conspiración de la Pólvora, con la ilustre aparición de Guy Fawkes -sí, el de V de Vendetta-, un conspirador que había luchado en Flandes enrolado en los tercios españoles. Todo ello despierta las sospechas sobre el papel de España en toda la cuestión, y se vuelca la ira sobre las embajadas españolas acusadas de promover, cuando no de organizar, dicho levantamiento. Así las cosas, Isabel usa la situación como pretexto para dar rienda suelta a los siempre recurrentes piratas ingleses: ataques contra el comercio español en las Indias, el asalto de Drake sobre Panamá y el saqueo, a al mando otra vez del susodicho, de Cádiz (1587).


Abiertas definitivamente las hostilidades, la respuesta española no tardó en llegar. Es aquí cuando se produce el desastroso episodio de la Gran y Felicísima Armada (la Armada Invencible, según la nombraron los anglosajones con no poca sorna) en 1588, tenido tradicionalmente por una hecatombe militar de enormes proporciones. La verdad, sin embargo, es muy distinta: que la nutrida flota del marqués de Medina Sidonia encontró su final muy precipitadamente es innegable; que la Monarquía Hispánica se recuperó pronto y con más fuerza, también. Se creó la Armada de Barlovento, se amplió la flota de la Armada del Mar Océano, se mejoraron diversas fortificaciones y las comunicaciones con Flandes y se impulsó un programa de construcción naval. Empujados por el optimismo de la fácil victoria (más fueron las tempestades las que tumbaron a la Gran Armada, aunque la Armada Real también colaboró lo suyo en el asunto cerca de Plymouth), los ingleses armaron la famosa Contraarmada, una flota dirigida por el propio Francis Drake aún mayor y más temible que la Armada Invencible que, sin embargo, encontró igual destino: su ataque se estrelló contra la heroica defensa de La Coruña gracias a María Pita y sus ovarios hercúleos; ya sabéis, peleando a los 12.000 ingleses al grito de ''¡quien tenga honra, que me siga!''). Corrieron la misma suerte en Lisboa, donde pretendían provocar una rebelión portuguesa contra Felipe II. Cayó así la Contraarmada, sin tormentas ni excusas. A este revés se suma la fracasada expedición de Drake y Hawkins en 1594 contra las Indias occidentales, perdiendo ambos la vida y 25 de sus 30 naves. Este respiro da a España una oportunidad: en Irlanda, a la retaguardia de Inglaterra, acontece una sublevación contra el dominio inglés en la región, vigente desde el siglo XII. Ahora que la corona inglesa estaba ocupada en sus asuntos, los españoles pudieron comenzar a forjar un nuevo plan de invasión, esta vez no a través del Canal de la Mancha, sino a través de Irlanda; en principio más sencillo por ser muchos irlandeses católicos y compartir con los españoles su animadversión hacia el inglés. Pero no nos precipitemos. Rebobinemos, y situémonos en la Irlanda de la alta Edad Media.




                                                  La Gran Armada, o Armada Invencible, al momento de su partida (1588). Autor desconocido.


Durante los siglos XII-XIII Irlanda había sufrido tiempos difíciles. El control de la isla había oscilado entre el inestable reinado de Leinster Dermot Macmurrough, el dominio de los nobles que lo depusieron, el control al que son sometidos por los normandos una vez éstos conquistan la región y el reinado de Enrique II de Plantagenet, rey de Inglaterra que tomó posesión de la región mediante las armas y una astuta política de asimilación de las élites irlandesas: creó así una nueva ''clase social'' en la región, señores anglo-irlandeses que controlaban el territorio a cambio del vasallaje a la Corona. La guerra entre la Inglaterra de Eduardo II y la Escocia de Robert de Bruce (un verdadero Braveheart, no ese de Mel Gibson) dividió la isla por cuanto unos nobles (el clan O'Neill de Ulster, por ejemplo) apoyaban las aspiraciones independentistas escocesas mientras que otros, los anglo-irlandeses (Leinster, Munster y Connacht), apoyaban a Inglaterra. El caso es que, mientras durante los siglos XIII-XIV los intentos de sumisión que se llevan a cabo desde Inglaterra tienen un resultado más bien tibio, para mediados del siglo XVI Enrique VIII crea formalmente el Reino de Irlanda (1541), con él como monarca. De este modo, Irlanda quedaba sometida al dominio no ya de un lord diputado inglés que sirviera como una suerte de gobernador en la isla, sino al mismísimo Rey de Inglaterra.


Aunque a ello siguieron algunos años de calma, hacia 1569 se produce la revuelta de los Fitzgerald de Desmond, que competían con los Butler de Ormonde por la hegemonía del territorio de Munster, al sur de Irlanda. Aunque vencieron estos últimos, la cuestión no quedó ahí y a esta revuelta le siguieron otras menores pero igualmente sangrientas que quedaron finalmente apaciguadas por un perdón general; no obstante, las condiciones impuestas por los ingleses (grandes impuestos, prohibición a los clanes de tener su propio ejército, etc.) despiertan la semilla del rencor y empeoran el ánimo de los irlandeses. En 1579 estalla una nueva revuelta que se extiende hasta 1583, inmiscuyéndose la Santa Sede mediante el envío de voluntarios católicos. Pese a que el resultado es el mismo, la situación es ya lamentable: se calcula que un tercio de la población civil de la provincia de Munster perdió la vida. Hacia 1590 Irlanda estaba prácticamente subyugada al dominio inglés, salvo la zona norte de los clanes O'Neill y O'Donnell y los hiberno-escoceses de los MacDonnell, controlando entre los tres la provincia de Ulster.




                                                   Hugh O'Neill, II Conde de Tyrone, pintado por William Holl.


Ese mismo año se da inicio a la Guerra de los Nueve Años, entre estos nobles y las tropas inglesas enviadas a someter esta provincia rebelde. Las fuerzas de Banegal -enviado por la Corona para sofocar la rebelión y asegurar el control de la provincia- sufren un hostigamiento continuo por parte no ya de una mera partida de guerreros armados con armas antiguas y roñosas, sino de un ejército en toda regla que poseía picas, arcabuces e incluso caballería. De estos embates los ingleses no salen bien parados. La autoridad inglesa decide parlamentar, aunque debido a las condiciones que exponen unos y otros las negociaciones se dilatan en el tiempo. Este cese de hostilidades es aprovechado ambos contendientes para rearmarse, mientras España intenta evitar la paz enviando oficiales a la isla (los alféreces Alonso Cobos y Domingo Ochoa), con intención de recabar información geográfica y política, además de tratar de convencer a los nobles irlandeses de seguir en armas contra Inglaterra. A esto acceden los irlandeses, siempre y cuando la Corona española se involucre con decisión enviando tropas y pertrechos.


Tras una breve tregua, los clanes rebeldes vuelven a la carga y derrotan estrepitosamente al ejército realista en la batalla de Yellow Ford, donde mueren más de 900 ingleses, refugiándose los restos del ejército en la fortaleza de Armahg, pese a lo cual son sitiados y terminan rindiéndose tres días después. Los irlandeses capturan todas sus armas y vituallas, además de conseguir el apoyo de más de un millar de anglo-irlandeses que desertaron del bando inglés. Muchos de los que se encontraban expectantes ante los acontecimientos se unieron a la rebelión, incluidos clanes importantes del sur de la isla (provincia de Munster), seguros ahora de que el ejército inglés en Irlanda estaba debilitado y podía vencerse. Tras un breve periodo de pánico, la Corona reacciona y envía a un nuevo líder, Robert Devereux (Conde de Essex), al mando de una formidable fuerza militar: 16.000 infantes, entre los que había 2.000 veteranos de las guerras de los Países Bajos, acompañados por casi 1.300 jinetes. Devereux buscó la aprobación de la Reina respecto a un plan combinado que permitiera la invasión por vía terrestre y naval; no obstante, el temor de Isabel I a una pronta invasión española le hizo imposible contar con buques para ello, pues eran todos necesarios para la hipotética defensa.




                                                        Robert Devereux, II Conde de Essex, por Marcus Gheeraerts


La campaña del conde de Essex comenzó con algunos éxitos propagandísticos sobre pequeñas plazas rebeldes; no obstante, nada reseñable consiguió. A medida que pasaba el tiempo, su persecución de las tropas rebeldes irlandesas mandadas por O'Neill era más y más cuestionada. Una victoria le era ya imprescindible, a tenor de sufrir la ira de la Reina (cuyo Secretario de Estado era, por cierto, enemigo de Devereux). Con el objetivo de cubrir más terreno, Devereux dividió la fuerza en dos columnas, mandando él el grueso del ejército y dejando a sir Conveys Clifford unos 2.000 hombres para proseguir la marcha. Hacia julio, las fuerzas realistas de este último convergieron en las montañas Curlew, donde el estrecho de Curlew Pass era la puerta de entrada. Se adentraron los ingleses por el desfiladero, encontrando en él un parapeto de ramas y piedras desde donde, parecía, una pequeña fuerza les hacía fuego. Creyendo que se trataba de una simple escaramuza, Clifford ordenó a la columna avanzar e iniciar la persecución de los rebeldes. El pobre diablo no sabía dónde se metía. Con toda su fuerza en el desfiladero, se encontraron los ingleses rodeados por todos los flancos por los irlandeses de O'Donnell, quienes disparaban con muchas ganas y sin parar. Privados de escape y con Clifford muerto en la refriega, solo la valerosa carga colina arriba del capitán sir Griffin Markham permitió abrir una brecha por el que escaparon algunos ingleses, evitando así un desastre aún mayor.


Firmándose en 1599 una tregua entre ambas partes, la Corona inglesa destituye del mando a Devereux por un nuevo lord diputado: Charles Blount, barón de Mountjoy, quien será de hecho uno de los más capaces líderes ingleses de la guerra. Blount, que no tenía un pelo de tonto, era tan consciente de que sus predecesores habían subestimado a los irlandeses como que la alianza de clanes que daba forma a la rebelión estaba sustentada en poco más que éxitos puntuales, teniendo por tanto unos cimientos relativamente débiles. De igual manera, un nuevo fracaso inglés similar al de Yellow Ford o Curlew Pass podía hacer desertar a los nobles irlandeses que apoyaban la causa realista. Mientras tanto, los irlandeses tratan de mantener el contacto con España, dando fruto sus esfuerzos poco después al recibirse en Ulster una serie de misivas informando de la preparación de una expedición española a Irlanda, acompañadas de grandes cantidades de armas y suministros. Reanudadas poco después las hostilidades, será en la batalla de Mory Pass donde ambas fuerzas se enfrenten de nuevo, aunque sin un resultado destacable para ninguno de los dos.


Después de estos embates Mountjoy decide reestructurar su ejército. Además, se diferenció de sus predecesores en que, a diferencia de éstos que operaban solo en verano, él no solo aprovechó los meses invernales sino que intensificó su actividad en dicha época. Ejemplo de ello son sus campañas durante el invierno de 1600, en las que logró destruir gran parte de las provisiones de los rebeldes de la zona de Ulster. Mientras tanto, en Munster, los realistas llevaban a cabo una política dura de detenciones de sospechosos, eliminando progresivamente todo atisbo de resistencia en el sur mientras Mountjoy hacía lo propio en el norte. Para finales de 1601 la situación estaba controlada en casi toda la isla, restando solo la preocupación por una eventual invasión española. Así están las cosas mientras España e Inglaterra se enfrentan aquí y allá, destacando con especial dureza la guerra de los Países Bajos. Tras algunos intentos en que España armó infructuosamente poderosas flotas de invasión, derrotadas todas ellas por los elementos naturales (1596 y 1597), en 1598 Felipe II ordenó planificar una nueva expedición. Es en estas que el monarca español muere, y todos sus planes quedan, al menos de momento, paralizados.


Con la subida al trono de Felipe III, se reafirma la voluntad española de doblegar Inglaterra. A este respecto, los historiadores no se ponen de acuerdo exactamente en porqué Felipe siguió los planes de su padre: quizás para darle un impulso militar a su reinado, quizás para vengar el sonado fracaso de la Gran Armada o, quizás, por una mera cuestión de reputación. Lo que está claro es que el nuevo monarca impulsó en sus primeros años una política basada en la consecución de los máximos méritos a través del mínimo gasto de recursos posible. Los beneficios de un éxito en la anexión de Irlanda eran muchos y variados: no solo un nuevo territorio al que extender la soberanía española, sino también y por ejemplo unos ricos recursos naturales, una amplia cantera de tropa para nutrir los ejércitos y tener una base desde la que ejercer presión en la retaguardia inglesa. Ya en 1596 se había declarado a los líderes irlandeses la necesidad y beneficios de declararse súbditos españoles; basando su argumentación no solo en razones políticas sino también en una reconocida leyenda, que había quedado recogida hacia el siglo XII en una obra pseudo-histórica (The Book of Invasions) según la cual un antiguo rey de aquellas tierras, de nombre Milesius, provenía en realidad de Cantabria.




                                                Felipe III, representado por Juan Pantoja de la Cruz (hacia 1606).

En ese mismo sentido habían obrado O'Neill y O'Donnell (recuerden, los más poderosos caudillos líderes de la rebelión irlandesa), enviando misivas a España en la que siempre se habían mostrado inclinados a reconocer la soberanía española sobre aquella tierra, firmando las cartas declarándose ''sus súbditos''. Quedaba claro así su interés en que el Imperio Español fuera garante de la independencia irlandesa. Esto se debe, entre otras cosas, a que el régimen multinacional del Imperio era menos autoritario que aquel que el inglés quería imponer en Irlanda. Podría haber quedado así encuadrado en el territorio como un virreinato -como era Nápoles-, o un territorio de soberanía propia, como Flandes.


Después de una serie de pequeñas expediciones de exploración, quedó claro que la situación de la rebelión hacia 1599 era desesperada. A estas vueltas de reconocimiento acompañan importantes envíos de armas, municiones y vituallas para los irlandeses, en cantidades nada despreciables que aumentaron aún más hacia el año 1600. Al año siguiente, solo la prudente reticencia del Consejo de Estado impidió que se enviara una nueva flota; pensaban con razón que era demasiado precipitado, teniendo en cuenta la cantidad de preparativos que requería la cuestión. En ese momento, una serie de reveses causan desconcierto en España: la humillante derrota de Nieuwport (2 de julio de 1600), la primera vez que un ejército combinado anglo-holandés derrotaba a un ejército español en batalla campal; y las infructuosas negociaciones entre España, Inglaterra y las Provincias Unidas en Boulogne (Francia) están cerca de dar al traste con toda la operación. Hay que tener en cuenta que, para aquella época, España mantenía abiertos cinco grandes frentes: la constante sangría en Flandes, la cruda situación en Milán y Saboya ante una posible invasión francesa, la guerra en Hungría contra el turco y la cuestión irlandesa. Sin embargo, entre 1600-1601 la situación da un pequeño respiroque es aprovechado para armar la flota y reclutar hombres, a cuyo frente se colocan individuos de probada reputación: por tierra tendría el mando Antonio Zúñiga, organizador de las anteriores empresas frustradas y, dirigiendo la flota, Diego Brochero, Capitán General de la Armada del Mar Océano. En los meses siguientes se reúnen numerosos barcos y se recluta tripulaciones profesionales en Galicia, Asturias y Vascongadas, sumándose también a la iniciativa irlandeses y escoceses reclutados en las costas de Irlanda en las expediciones de reconocimiento, además de desertores ingleses del anterior asalto a Cádiz. Sin embargo, como suele pasar, las estimaciones de la Corte no tenían nada que ver con la realidad. No se disponían ni de los hombres ni del dinero para reclutar una fuerza del tamaño deseado, que rondaría -según informes- unos 6.000 hombres bien cabreados y listos para repartir desgracias. Las continuas quejas a este respecto de Zúñiga le hacen ganarse su destitución, siendo relevado por Juan del Águila, quien se pone al mando de la menguada fuerza terrestre. Felipe III contaba con que, una vez llegados a las costas irlandesas, las tropas españolas despertarían el ánimo de los rebeldes y harían a muchos unirse a su causa, uniéndose también los ejércitos ya formados de O'Neill y O'Donnell y constituyendo, todo ello, una fuerza más pareja a las que el inglés podía presentar.



Posesiones de la Monarquía Hispánica durante la Unificación Ibérica (1581-1668). En rojo, los territorios españoles; en azul, los pertenecientes al imperio portugués. 


Con todos los preparativos hechos, el 26 de julio se da la orden de zarpar. Ante la ausencia en las órdenes recibidas de un lugar de desembarco concreto, tanto del Águila como su consejo de guerra se enzarzan en acaloradas discusiones sobre dónde dirigir su fuerza: al norte, y contar con la ayuda de los nobles irlandeses aunque a costa de carecer de recursos con los que abastecerse y quedar descartado el envío de refuerzos, o al sur, donde tendrían vituallas de sobra y podrían contar con un levantamiento popular contra el dominio inglés. Finalmente, dado que del Águila tenía la decisión última, se optó por desembarcar al sur, pese a los consejos de los miembros de la expedición que mejor conocían la situación real de los rebeldes y la topografía de las costas irlandesas. Una vez en tierra el ejercito se dirigiría a la localidad portuaria de Kinsale; reservando Cork (que debía, por su importancia, estar mejor fortificado) como segunda opción.


              Mapa de Irlanda: la zona de Leinster estaba bajo fuerte dominio inglés, siendo éste algo más tibio en Connacht; al norte y al sur, las provincias rebeldes de Ulster y Munster, respectivamente. 


El inglés, por su parte, recibía de todo esto información confusa. Además de suponer el desembarco español en la costa occidental (en Galway, más concretamente), recibieron datos erróneos sobre la fuerza invasora: según sus informes, a las órdenes de Pedro Enríquez, conde de Fuentes, marchaban unos 10.000 italianos y 15.000 alemanes, así como una vasta flota de más de cien buques, a las que se sumarían unas treinta galeras de Génova. La fuerza real, sin embargo, era mucho menor: la flota se componía de treinta naves -veinte de la Corona y el resto particulares, alquiladas o requisadas-, 1.383 marineros y 4.432 soldados. Además, se llevaban 164.481 escudos destinados a pagar las soldadas, adquirir provisiones y subvencionar a los rebeldes. En resumen: no siempre la inteligencia inglesa ha estado a la altura de James Bond. Los españoles, por su parte, haciendo gala de la escasa previsión que caracteriza habitualmente al país, no tardaron en darse cuenta de que iban faltos de casi todo. Provisiones, armamento, munición, ropas, etc. Vamos, lo usual.


En el trayecto hacia Irlanda, la escuadra es sorprendida por un temporal que dispersa las naves y obliga a algunas a regresar. Habiéndose decidido previamente que, de suceder esto, los barcos debían dirigirse hacia Kinsale y reunirse allí, llegan al punto convenido la mayoría de buques hacia el 2 de octubre. No obstante, a pesar de que la flota llega en buen estado, los buques rezagados no son poca cosa, pues en ellos van casi 700 soldados -otras fuentes elevan la cifra a 1.000-; que se pierden para la expedición con su vuelta forzosa a España. A pesar del serio inconveniente, la flota logra sorprender a los 400 habitantes de la ciudad, que ven cómo un buen número de chalupas (botes o lanchas, para los amigos) llevan hacia ellos a un montón de españoles barbados y con caras de mala leche. Rápidamente se hacen con el control de la plaza sin derramamiento de sangre. La guarnición, formada por 150 infantes a las órdenes de sir Richard Piercy, es desarmada y conducida un par de kilómetros hacia el interior, donde son liberados. Comienza desde ese mismo momento la fortificación de la ciudad, después de un discurso de Juan del Águila hacia la población donde cuenta un par de verdades y un par de milongas respecto a la intención con que han ido a parar allí. Se organizan trincheras y parapetos, se fortifican áreas claves reforzándolas con las escasas piezas de artillería con que cuentan (apenas dos cañones pesados y otros dos medios) y se prepara exhaustivamente la defensa de la ciudad a sabiendas de que se trataba de una posición poco propicia para resistir un ataque. La recepción de los irlandeses, por otra parte, fue mucho más gélida de lo que en principio se pensó. Apenas unos pocos rebeldes se sumaron a del Águila tras el desembarco, y ninguna respuesta se tuvo de O'Donnell ni de O'Neill, a pesar de los mensajes enviados desde Kinsale hacia el norte de Irlanda. Solo se tuvo respuesta de un tal Donal O'Sullivan Beare -su clan ocupaba el extremo suroccidental de la isla-, que ponía a disposición de los invasores sus 2.000 hombres, de los cuales la mitad tenían que ser armados por los propios españoles. Receloso del Águila de esta súbita amistad de la que no había tenido noticias antes, y que ahora le pedía enviarle una gran cantidad de armas, pertrechos y municiones a cambio de una eventual ayuda, le contestó que debía esperar instrucciones desde España (en resumidas cuentas, no se fiaba un pelo del tipo y le dio largas). Más tarde, para su desgracia, se comprobó que el ofrecimiento de O'Sullivan era sincero.


                                                                 Donal O'Sullivan Beare, autor desconocido


El inglés, por su parte, ya estaba -por fin- enterado de todo. Mountjoy da orden a todas las guarniciones de enviarle tantos hombres como estén disponibles para marchar sobre Kinsale y bloquearla, reuniendo a los pocos días en Cork una fuerza de más de 5.000 soldados. El 10 de octubre envía Mountjoy a 1.000 infantes y 500 jinetes hacia la ciudad para reconocer la fuerza y las defensas españolas, a lo que del Águila responde enviando a 500 de sus hombres para batirlos, cosa que hacen. Después de sufrir alrededor de cien bajas -por solo veinte españolas-, los ingleses se retiran. En esas fechas, O'Neill recibe las noticias del desembarco español y la alegría súbita da paso a una franca decepción, al ser consciente del escaso número en que se contaban éstos. A la petición de ayuda de Juan del Águila, O'Neill tiene difícil respuesta. Su propio territorio está ocupado y sus hombres carecen de entrenamiento. Además, para colmo de desgracias, ahora los españoles le piden que deje desprotegidas sus posesiones para marchar al sur, a expensas del mal tiempo y de los ejércitos ingleses que infestaban la provincia de Ulster, derrotando a los sitiadores con la ayuda española y reuniéndose con ellos en una región asolada por la guerra que, para más inri, poco podía aportar para el sostenimiento de la fuerza combinada de ambos ejércitos.  O'Donnell, por su parte, se encontraba en situación parecida: de poca fuerza podía prescindir en aquellos momentos para ayuda de los españoles, encontrándose como estaba con no pocos problemas en su propio territorio. Así, los dos grandes caudillos rebeldes se encontraban con una decisión imposible. Abandonar sus tierras en la peor estación del año, al mando de ejércitos poco o nada preparados, para auxiliar a una fuerza española escasa en número y que, además, había cometido el error -según pensaban ellos- de desembarcar en el sur, obligándoles a marchar una gran distancia llena de peligros para reunirse con ellos en una batalla de imprevisible resultado. Así, por el momento los irlandeses deciden no responder.


Hacia el 26 de octubre, con una fuerza de 7.000 infantes y 600 jinetes bajo su mando, Mountjoy pone sitio a Kinsale, estableciendo su campamento en una ventajosa colina que le permitía dominar los alrededores y recibir de forma segura y continua pertrechos para su ejército. Del Águila intentó repetidamente entorpecer sus trabajos, pero nada pudo hacer cuando los ingleses formaron con toda su fuerza en campo abierto: sabedor de su inferioridad numérica, rehusó el combate. Ambos líderes enviaron misivas a sus respectivos gobiernos en busca de ayuda, prometiéndosele a Mountjoy el envío de 4.000 hombres para noviembre, mientras que Felipe III ordenó el embarque urgente de 1.000 tropas para socorrer a Del Águila. Los refuerzos ingleses llegaron. A los españoles, sin embargo, no se les vio el pelo. Para principios de noviembre, las fuerzas inglesas comenzaron el ataque sobre Kinsale, tomando varias trincheras y cortando las líneas españolas, gracias a lo cual consiguieron aislar el fuerte que guarnecía la ciudad, al mando en ese momento del alférez Páez de Clavijo. Aunque un contraataque español a las posiciones inglesas hizo mucho daño, éstos se recuperaron pronto y expulsaron de nuevo a los defensores del terreno tomado. El brutal bombardeo contra el fuerte obliga a su guarnición a rendirse a finales del día siguiente, cuando no quedaba ya nadie en él capaz de empuñar un arma.


En estas que los clanes rebeldes deciden por fin marchar hacia el sur, al mando de 3.000 hombres y 600 jinetes, consiguiendo por una chispa de suerte evitar los ejércitos enviados en su contra. Para entonces, Mountjoy recibe refuerzos y suma ya 11.000 soldados y más de 800 jinetes. En España, la situación causa un intenso debate en el consejo: la falta de visión estratégica estaba acabando con toda posibilidad de éxito para Del Águila. Se acuerda enviar con urgencia un nuevo ejército de refuerzo desde Galicia, formado principalmente por veteranos gallegos y portugueses. El 6 de diciembre parten de La Coruña diez barcos con 900 hombres a bordo y gran cantidad de provisiones, al mando de Pedro López de Soto y Pedro de Zubiaur. De nuevo el clima se puso en contra de su suerte, y varias naves hubieron de dar media vuelta; sin embargo, al grueso de la escuadra le fue posible llegar hasta el pequeño puerto de Castelhaven, donde desembarcaron 650 hombres y esparcieron el rumor de que eran solo una avanzadilla de un ejército de más de 3.000 hombres -idea de López de Soto-; lo que resultó un acierto pues la voz se corrió como la pólvora y causó un gran impacto en los ánimos ingleses. Sin embargo, el asedio sobre Kinsale seguía en marcha, y pese a que las nuevas salidas de los españoles seguían destruyendo posiciones artilladas y causando gran número de bajas, no servían más que para negar a Mountjoy la posibilidad de un ataque frontal a la ciudad ante la evidente superioridad en el cuerpo a cuerpo de las tropas españolas. Según éstos últimos, dichas salidas habían causado casi 1.500 bajas al inglés, lo que junto con la promesa -ficticia- de ese gran ejército de refuerzo convenció finalmente a unos 3.000 irlandeses, de los clanes O'Driscoll More y O'Sullivan Beare (sí, el que se había ofrecido desde el principio), de sumarse a los españoles atrincherados en Castelhaven.



Mapa de la batalla: arriba en el centro puede verse Kinsale, rodeada de empalizadas y campamentos ingleses; además de ser cercada por mar por la flota inglesa, que ante la ausencia de buques españoles podía bombardear la ciudad a su antojo. De ahí hacia abajo la red de fortificaciones erigida por Mountjoy para garantizar su línea de suministro. A la derecha, el ejército irlandés de O'Neill y O'Donnell, a su llegada a las inmediaciones de la ciudad. 


Mountjoy estrechó el cerco aún más sobre Kinsale, y la desesperación en que se empezaban a ver los españoles los empujó a hacer una nueva salida, con 1.500 hombres -la mitad de la fuerza- que causaron más de 700 bajas y destruyeron 20 cañones. No obstante, no pudieron llegar a los campamentos ingleses, por lo que hubieron de retirarse sin causar más daño. Los combates siguieron desarrollándose tanto allí como en Castelhaven, con suerte favorable a las armas españolas, lo que hizo despertar a más clanes irlandeses que juraron fidelidad de Felipe III y aportaron más tropas, aunque no en gran número. Los rebeldes consiguieron, a base de muchas agallas, cortar las líneas de suministro inglesas que servían a los sitiadores de Kinsale, haciendo que casi desistieran del empeño por hambre. Para el 20 de diciembre, un recuento ordenado por Mountjoy evidenció la proximidad del desastre. Solo tenía operativos 6.000 hombres, habiendo muerto el resto o contándose entre los muchos heridos y enfermos. Más aún aumentó su preocupación cuando los irlandeses formaron frente a él, bloqueándolo entre su fuerza y la propia ciudad. Aunque se debatió un ataque simultáneo entre los dos ejércitos que pillara por sorpresa al inglés, nada se sacó en claro. Parece ser que una confusión hizo a los irlandeses - entre los que se encontraban los españoles de Castelhaven- avanzar contra el enemigo, para luego retirarse ante la ausencia de un ataque desde la ciudad que acabara con la retaguardia inglesa.


Mientras se retiraban con poco orden, Mountjoy ordenó al grueso de su fuerza perseguir a los rebeldes, que lo condujeron a un terreno pantanoso con la esperanza de anular así el poder de su caballería, formando la infantería irlandesa a la manera de un ''cuadro'' de tercio español. Después de detener una primera carga, O'Neill envió a su caballería a interceptar a los jinetes ingleses, que se habían reorganizado en mayor número y volvían sobre sus pasos. Pronto quedó clara la superioridad de la caballería inglesa, volviendo grupas desordenadamente los jinetes irlandeses quienes, en su alocada huída, cargaron contra su propia infantería. Mountjoy, que vio rápido la ventaja, ordenó cargar a toda su caballería contra el confuso ''tercio'' irlandés. Una desafortunada explosión de un barril de pólvora en el centro del cuadro hizo huir despavoridos a todos los hombres, siendo perseguidos sin miramientos por la caballería inglesa. Según la historiografía inglesa, unos 1.300 irlandeses perdieron la vida en la batalla, sufriendo ellos no más de 15 o 20 bajas; aunque otras fuentes afirman que las bajas inglesas ascendían al centenar. Hacia mediodía, Mountjoy regresaba a su posición y hacía pasear frente a las líneas de Del Águila las insignias capturadas, entre las que destacaban algunas españolas.



 Cuadros de tercios españoles en la batalla de Nordlingen (1634). Pueden apreciarse las cerradas formaciones de piqueros y coseletes (centro), así como las unidades de arcabuceros cubriendo las mangas (flancos de la formación). En conjunto, constituían un muro de fuego y picas que los hizo invencibles  en campo abierto durante casi un siglo.


El motivo de esta falta de cooperación no está claro: algunos historiadores opinan que Del Águila pensó que el fragor de la batalla que se oía desde su posición era un señuelo inglés para hacerlo salir, y por eso quedó defendiendo Kinsale en lugar de atacar el campamento inglés. Por otra parte, otros -no pocos- opinan que la falta de liderazgo militar de Del Águila fue causa principal de la derrota. Lo que está claro es que tanto los españoles como los propios irlandeses cometieron serios errores de planificación que dieron ventaja en todo momento a las tropas de Mountjoy. Los españoles, faltos de hombres y armas, arriesgaban quizás demasiado saliendo de la posición defensiva para enfrentar una batalla imprevisible (acerca del plan que trazaron tanto Del Águila como los clanes rebeldes para romper el cerco sobre Kinsale nadie se pone de acuerdo); los irlandeses, por su parte, sobreestimaron sus fuerzas y enfrentaron tropas poco entrenadas y armadas de mala manera a un ejército bien fogueado y perfectamente pertrechado de armas y munición. O'Neill trató en todo momento de combatir a la manera ''moderna'', cuando su ejército en realidad estaba solo preparado para luchar como lo habían hecho en Curlew Pass o Yellow Ford, mediante emboscadas y tácticas de guerrilla. Aún valerosos, de nada habían servido los esfuerzos irlandeses por socorrer Kinsale, que siguió sitiada y ya sin esperanza de socorro. De esto se culpaban los unos a los otros; ciertamente, Del Aguila no movió un pelo por salir de su posición en ayuda de los irlandeses, pero no hay que olvidar que éstos no atacaron las posiciones inglesas, como parecía estar previsto en un principio, sino que se retiraron y combatieron cuando ya la huida era imposible, y el socorro de los españoles improbable.


Aprovechando el desconcierto de la derrota, Mountjoy envió a sir William Godolphin a Kinsale para solicitar la rendición incondicional de los españoles, pero éstos le dieron un par de palmaditas en la espalda y lo mandaron de vuelta. Siguieron ofreciendo una resistencia extrema que causó, durante varios días, grandes bajas al inglés, que quedó convencido de que, aún con la ventaja, la toma de la ciudad pasaba por perder a una ingente cantidad de tropas. Ofreció entonces el caudillo inglés una rendición pactada y honrosa: se garantizaría la salida de la ciudad de forma segura, con todas las armas e insignias, y a cambio de la devolución de las plazas tomadas se facilitarían naves para el retorno del ejército a España. Consciente de las ventajas del pacto, Del Águila aceptó, con la condición de que se perdonase a las poblaciones irlandesas que los habían acogido y ayudado. El 12 de enero se firmaba la rendición, y el 2 de agosto de 1602 llegaban los primeros barcos al puerto de La Coruña. Los expedicionarios fueron mal recibidos por la opinión pública, siendo culpados de la pérdida de las plazas tomadas y acusados de no ofrecer una resistencia numantina contra el enemigo inglés; no obstante, nada pudieron hacer ellos contra todos los errores cometidos por la cadena de mando española. Ante el lamentable estado en que llegaron muchos de ellos, con ropas empobrecidas, delgados por las privaciones y la salud maltrecha, Del Águila donó los 59.600 escudos restantes de la expedición a la construcción de un hospital para asistir a los enfermos y mutilados.


Pronto se organizó una investigación para dilucidar quién tenía responsabilidad en el fracaso de la expedición, conociéndose el resultado el 12 de julio de 1603. Se culpaba a Del Águila, López de Soto y Zubiaur de la derrota de la empresa irlandesa, aunque ninguno de ellos sufrió las consecuencias de dicho veredicto: Del Águila murió poco después, y sus dos camaradas fueron absueltos por Felipe III. La guerra en Irlanda continuó algún tiempo, y hasta amenazó con quebrar económicamente a Inglaterra (el costo de la guerra entre 1594 y 1603 fue de más de dos millones de libras), pero poco después los restantes rebeldes se rendían a las fuerzas de Mountjoy con la condición de ser respetada su vida y sus posesiones, algo que garantizó el nuevo rey que ocupó el trono tras la muerte, en 1603, de Isabel I. Se cerraba así un capítulo que cerca estuvo de cambiar para siempre la Historia, no habiendo después una guerra o levantamiento con éxitos tan contundentes hasta la guerra de independencia de 1919.


Aunque la problemática irlandesa siguió latente, como se ha dicho, hasta bien entrado el siglo XX, nada tiene que ver con aquella vez en que Irlanda, por la gracia de sus líderes y para desesperación de la Corona inglesa, estuvo a un paso de ser española.

PD.: A este respecto, y para ampliar la información, recomiendo a quien interese la genialísima obra de Alberto Raúl Estéban Rivas y Tomás San Clemente de Mingo, ''La Batalla de Kinsale: la Expedición de Juan de Águila a Irlanda (HRM Ediciones).

ZILD

No hay comentarios:

Publicar un comentario