lunes, 2 de diciembre de 2013

Cartagena de Indias, Marzo de 1741.


Este es mi humilde homenaje a una de esas muchas figuras que vieron nacer un sol nuestro, y dieron el pellejo y la vida (o casi) por ese mismo país que después les traicionó y olvidó. Este es mi homenaje, que espero que disfruten, a uno de nuestros mayores héroes, un hombre que bien vale una superprodución de Hollywood pero que, como allí hablan inglés y aquí todo lo que tiene que ver con la cultura no gusta, se tendrá que quedar, como siempre, con las ganas. Ahí va la increíble y gloriosa historia de un marinero al que apodaban ''pata-palo'' o, más comúnmente y por mera cuestión de precisión, ''Medio-hombre''; don Blas de Lezo y Olavarrieta.

Que vuestras mercedes disfruten lo leído, así como yo lo he hecho escribiéndolo.

                                                                                  --*--

Era el 3 de febrero de 1689, y en Pasajes, Guipúzcoa, nacía el hombre destinado a humillar la mayor empresa jamás concebida por la Royal Navy, entre cuyos marineros y oficiales se le tendría por un verdadero cristal en el ojo (en el suyo, porque don Blas solo disponía de uno, y le sobraba). Soñando siempre con el mar junto al que nació, un joven Blas de Lezo se alistó como guardiamarina a los 15 años.
Y desde ese mismo instante, la suerte pareció abandonarle, pues en 1704, combatiendo en la Guerra de Sucesión en la batalla de Vélez-Málaga, perdió una pierna por un bolazo de cañón. No fue suficiente para que dejara combatir: ''pásame esa fregona que aquí todavía hay quedan hostias por repartir''. O algo así tuvo que ser. Debieron amputarle la pierna desde la rodilla, sin anestesia. Dicen que el marino no profirió ni una queja, ni un murmullo. La valentía que demostró en tan nefasto momento le valió a sus oficiales para ascenderlo a alférez.

Pero la cosa no terminó ahí. En el Sitio de Tulón (Francia), una esquirla de metralla se le alojó en el ojo, que explotó como un limón. Todo ello no le supuso impedimento: el Castillo de Santa Catalina, que estaba defendiendo, salió airoso del sitio. Un tiempo después, ya siendo capitán (otras hazañas le valieron los ascensos) y esta vez bombardeando Barcelona, se acercó tanto a los defensores a bordo de su Campanella que una bala de mosquete le destrozó el brazo, quedando éste inservible. Y nada, otro miembro menos. Pero los cojones los seguía teniendo en su sitio, que después buena falta le hicieron.

Había cumplido 25 años y ya había capturado una veintena de navíos ingleses. Entre estos, su sola mención provocaba rabia, miradas airadas y algún que otro pistoletazo en el estómago de quien lo pronunciara. Les podría a los pobres ingleses parecer que había llegado a un pacto con el mismísimo diablo, bien a riesgo de bolsa o de algún que otro miembro del que el almirante pata-palo tuviera a gusto prescindir. Pero Blas de Lezo decía que no estaba sino precalentando. Que no tenía suficiente.


                                                       Don Blas de Lezo; Museo Naval de Madrid.


Sería a raíz del conocido como ''incidente de la Oreja de Jenkins'' cuando Inglaterra encontró la excusa perfecta para declarar la guerra a España, guerra que sería conocida  también por ese pintoresco nombre: Guerra de la Oreja de Jenkins. ¿Que quién era Jenkins y qué le pasaba en la oreja? Pues pasaba y resulta que Robert Jenkins, británico de pura cepa, se dedicaba a piratear en las costas de Florida, hasta que fue capturado por un guardacostas español, el capitán Juan de León Fandiño. Éste le perdonó la vida, pero se cobró su precio: le cortó la oreja al pálido Jenkins, y con ésta en la mano, le dijo:

''Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve''.

Y se lió gorda. Jenkins acudió a la Cámara de los Comunes en 1738, con su oreja en un tarro, expuso allí el suceso (en medio de una maniobra política de la oposición, que lo utilizó), y exclamó que cómo iba Inglaterra a permitir tan magna ofensa al honor del país. Walpole, líder de la Cámara, no tuvo más remedio que declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739. La estrategia era sencilla: tras Utrecht, España había perdido posesiones en Europa, pero su poder en América estaba intacto. El objetivo de dicha guerra debía ser la destrucción del imperio español a toda costa. Y como ésta se libraría principalmente por mar, los ingleses no escatimaron en gastos: construyeron la flota más numerosa de la historia (a excepción de la utilizada para la invasión de Normandía, en 1944), compuesta por naves de combate y, en su mayoría, de transporte. Y partieron hacia el Caribe con brío y muchas ganas, ¡por fin iban a poder partir cabezas españolas!

El almirante Edward Vernon, que comandaba la colosal flota británica, atacó y tomó con éxito Portobello (Panamá). Cuando hubo hecho ésto, mandó una carta a don Blas, diciéndole que se fuera agarrando los machos, que iba para allá. Lezo, que no era presto a dejarse intimidar por un inglés relamido, contestó:

''Si hubiese estado yo en Portobello, no hubiera su merced insultado impunemente las plazas del rey, mi señor, porque el ánimo que le faltó a los de Portobello me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía''.

Y ya está. Vernon se dirigió hacia Cartagena de Indias y, cuando hubo llegado, el 13 de marzo de 1741, además de formar a sus navíos, quiso por varios modos averiguar en qué estado se encontraban las defensas de la fortificada ciudad. Tras varias intentonas fallidas, se le ocurrió bombardear la ciudad, esperando una respuesta de la artillería española, y así poder cómo andaba la cosa entre los defensores. Lezo, que era más 'avispao', se dio cuenta del tema, y ordenó silencio. Y eso fue lo único que se oyó desde la ciudad, a excepción de los cañonazos británicos. Cansado de intentarlo sin éxito, decidió coger el toro por los cuernos. Al fin y al cabo, no le haría falta sino esperar: la pérfida Albion contaba, según datos oficiales, que hay muchos y casi todos distintos entre sí, con ciento noventa y cinco naves, más de tres mil cañones y unos treinta y dos mil hombres (once mil soldados de asalto, quince mil marinos, dos mil jamaicanos macheteros y cuatro mil voluntarios de Virginia, comandados éstos por Lawrence Washington, hermanastro del que sería el primer presidente estadounidense). Por otro lado, los españoles no contaban con más de tres mil hombres, entre los cuales había tanto infantería regular como infantes de marina, y unos seiscientos indios libres flecheros; unas mil piezas de artillería y, atención al dato, seis navíos. En resumidas cuentas, la proporción de españoles y británicos era de diez a uno. Para Vernon, la batalla había acabado antes de empezar.


                                                                  Retrato del almirante Edward Vernon


Para la defensa, Lezo colocó sus seis navíos taponando las dos entradas por las que se accedía a la bahía (llamadas Bocachica y Bocagrande): el Galícia, la nave capitana; el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador. Su orden era simple: aguantar hasta donde fuera posible y, llegado el momento, quemar las naves y hundirlas, para dificultar la entrada de los navíos ingleses a la había. Por otra parte, una serie de fuertes defendían ambas entradas: Bocachica estaba defendida por el San Luis y el San Jorge, mientras que Bocagrande lo estaba a través de cuatro fuertes, llamados San Sebastián, Santa Cruz, Manzanillo y Santiago; y un castillo, el San Felipe, que sería el último baluarte. Sin opción a retirada, los españoles clavaron las banderas, dispuestos a vencer, o a morir.


                                     Maqueta de la batalla de Cartagena de Indias. Disposición de ambas partes.


Cabe decir que en España ya se conocían desde hace tiempos las intenciones de los 'british': los servicios de inteligencia habían conseguido infiltrar agentes en la corte de Jorge II y en el Cuartel General del almirante Vernon. Por ello, el virrey Eslava, que estaba al mando en aquellos lares, confiaba en que el almirante Torres, fondeado en La Habana, saldría de ella y llegaría a Cartagena, cogiendo a Vernon por la retaguardia y con el culo al aire. No obstante, Torres nunca se presentó.

El cerco inglés se completó dos días después de su llegada, hacia el 15 de marzo. Vernon dio la orden, y la batalla comenzó. A la atronadora artillería británica (la mejor del mundo, por aquel entonces), respondían a fuego los cañones de tierra y de los seis navíos españoles, que disparaban bolas encadenadas para causar el mayor destrozo posible a los británicos. Habiendo destrozado varias baterias, Vernon consigue desembarcar a parte de sus hombres, que toman posiciones en tierra. A ello le sigue un brutal bombardeo: los ingleses cañonean las posiciones españolas durante dieciséis días (mañana, tarde y noche), a razón de 62 grandes disparos por hora. Los españoles, acosados sin tregua, retroceden, abandonando el fuerte San José y Santa Cruz. Lezo debe entonces tomar una decisión difícil: ordena quemar sus barcos, para dificultar en lo posible la entrada de los británicos a la bahía. No obstante, la maniobra no se completa y, además de varios marineros prisioneros, los británicos consiguen apartar los restos aún flotantes de los barcos, y entrar en la bahía de Cartagena.


                                                          Combate en las playas de Cartagena de Indias.


Es aquí donde se produce un hecho insólito: Vernon, que de repente se hace la picha un lío, entra en la bahía con las banderas desplegadas, como si la victoria total ya fuera suya. Manda además una corbeta a Londres con el mensaje de la gloriosa victoria, y allí es recibido con júbilo y euforia. Tal fue la alegría en la pérfida Albion, que Jorge II mandó acuñar unas monedas conmemorativas: el célebre ''oro de Vernon''. En ellas, podía verse a Blas de Lezo arrodillado (curiosamente con todos sus miembros; díganme ustedes cómo iba a arrodillarse el pobre hombre con una pata de palo) ante un Vernon erguido y victorioso. En una inscripción, escrita por supuesto en inglés, podía leerse: ''el orgullo español humillado por Vernon''. Además, en la otra cara, la flota británica aparece frente a la ciudad, rodeando a un pequeño ''Don Blass'', con otra inscripción que rezaba: ''auténtico héroe británico, conquistó Cartagena en abril de 1741''. El oro de Vernon, señores, o cómo no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.


                                                         ''El oro de Vernon'', Museo Naval de Madrid.


Para cerrar adecuadamente la batalla, los ingleses desembarcaron a otros tantos miles de hombres para la toma del baluarte español: el Castillo de San Felipe, defendido apenas por seis centenares de supervivientes andrajosos, pero con la moral bien alta. De ahí no se iba nadie hasta que el último español en pie cayera, y aún quedaban suficientes para dar por saco a los británicos un rato más. El castillo, inexpugnable por el frente, obligó a éstos a darle toda la vuelta, atravesando la selva (donde murieron centenares de soldados debido a las enfermedades) y posicionándose en la retaguardia. Pero nuevamente, Lezo estaba más que listo: sus hombres ya gritaban improperios desde los muros esperando al primer valiente que saliese de la selva para poder darle un buen mosquetazo en el lomo. Además, aún quedaba la sorpresa final.


                                                    Artilleros abriendo fuego contra los navíos británicos.


Los británicos, decididos, organizaron a diez mil hombres en tres columnas, estando en primera línea los macheteros jamaicanos (que si tiene que caer alguien, que lo haga el más moreno), portando escalas para subir los muros y hartarse de cortar orejas. Cual es su sorpresa, cuando ya están casi bajo los muros del castillo, al ver que don Blas había mandado construir un foso que lo rodeaba, de manera que las escalas quedaban ahora cortas. El infierno cae sobre los británicos que, confundidos, no saben si avanzar o retroceder. Unas mil quinientas bajas se producen entre éstos, que no saben dónde meterse. Entonces Lezo, consciente de la confusión, se agarra los machos (si es que aún tenía los dos), y ordena calar bayonetas. Del castillo salen entonces los seiscientos españoles hechos una furia, chocando con los diez mil ingleses que huyen despavoridos. Se monta una auténtica carnicería, y los persiguen hasta casi su propio campo. Dándose la vuelta, los españoles vuelven al fuerte cubiertos de sangre. Afortunadamente, no era suya.

A este ataque frustrado se le suma otro que se produce por la información de dos falsos desertores, que convencen a Vernon de que uno de los lados del castillo está libre, sin defensores. Otro chasco: los españoles estaban ahí, esperándolos; y Blas de Lezo va de aquí para allá con su pata de palo y su espada en la mano. Debió ser un espectáculo medieval ver a aquel hombre, tuerto, cojo y manco, salir corriendo sobre su única pierna y sosteniendo su espada con su única mano, al frente de seis centenares de españoles cabreados y con ganas de estopa. Debió ser un espectáculo que, pese a lo dantesco de la imagen, los españoles volvieran al castillo victoriosos, mientras que los ingleses llenaban la playa con muertos y heridos, convertidos en comida para los cangrejos y las gaviotas.

Viéndose en un percal jodido (pero jodido de verdad), Vernon tocó a retirada y ordenó un  nuevo bombardeo masivo durante casi un mes; pero tampoco sirvió de mucho. Los españoles que quedaban tenían la moral inquebrantable, y su última victoria había dejado a los ingleses sin tripulación para muchas naves. Los navíos británicos, más que de guerra, parecían hospitales. La cifra es demoledora: más de nueve mil quinientos  muertos, llegando incluso a dieciocho mil según un libro escrito por un inglés que luchó allí, John Pembroke (True Account of Admiral Vernon's Conduit of Cartagena); siete mil quinientos heridos (algunos de los cuales morirían de sus heridas en su camino de vuelta a Jamaica), mil quinientos cañones que quedaron para los peces o los españoles y unas cincuenta naves, entre las destruidas por los seis navíos españoles y las que tuvieron que ser hundidas por no tener tripulación alguna que las manejara.


                                                           Castillo de San Felipe en la actualidad.


Entre los españoles no todo fueron cantos y rosas: ochocientos muertos y más de mil doscientos heridos habían caído en la defensa de la ciudad, además de las seis naves que tan increíble resistencia ofrecieron. Además, varios fuertes quedaron totalmente destruidos, incluidas sus baterías de cañones.

Se dice que, mientras se retiraba en su nave, Vernon tuvo a bien regalarle unas últimas palabras a don Blas: ''God damn you, Lezo!'' Por otra parte, envió una carta a éste, que rezaba:

''Nos retiramos para volver pronto a esta plaza, después de rearmarnos en Jamaica''.

El español, por su parte, contestó:

''Para volver a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra flota mayor, pues ésta solo le ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo que les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no podían conseguir''.

Ante la humillación sufrida en la batalla, cuando Vernon llegó con las malas noticias, Jorge II prohibió toda publicación acerca de lo acontecido. Los ingleses silenciaron el acontecimiento, y Vernon fue expulsado de la Royal Navy, viviendo en la más absoluta vergüenza durante años (hasta que las autoridades británicas consideraron menos humillante culpar al líder de la Cámara de los Comunes que a un almirante de la todopoderosa Royal Navy). A pesar de ello, cuando murió, en 1757, se le enterró con todos los honores en la abadía de Westminster, con un epitafio que reza:

''Sometió a Charges, y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria''.

Blas de Lezo, por  su parte, murió unos meses después de la que fue su mejor y mayor victoria, padeciendo la traición, que le debilitó el ánimo y la salud, y contrayendo la fiebre amarilla, fruto de los innumerables cadáveres que dejó tras ésta. No obstante, sus honores acaban tan pronto donde empieza su ser español: aún cuando había casi dado la vida por la defensa de imperio que se moría, en tan penosas condiciones y ante tan aplastante inferioridad, el virrey lo acusó de temerario y lo denunció ante la corte, perdiendo el favor real (pese a que sería nombrado marqués a título póstumo, muchos años después). Una tradición más española que el creer saber de todo. A día de hoy, ni siquiera conocemos el paradero de la tumba de uno de los mayores almirantes de la Armada Española, como tal es el caso de Velázquez, Cervantes... Nuestro almirante invicto, con 22 victorias y ninguna derrota, es casi un completo desconocido entre los ciudadanos por los que dio un ojo, un brazo, una pierna y, finalmente y porque no le quedaba más que dar, la vida.
Recluido en su casa, junto a su mujer, y sin poder moverse de la cama, Blas de Lezo moriría un 7 de septiembre de 1741. Y, con sus últimas fuerzas, pronunció sus últimas palabras, que dejó para la historia:

''''Me muero Josefa. Muy seguramente el Rey me concederá el título pedido, pero no olvides cobrar mis sueldos atrasados. Mira, cómprate un billete de lotería de esos cuyos números salen marcados en las ranas y los peces. Entiérrame con mi crucifijo, que me hará compañía. Ah, y con mis patas de palo, que me harán falta. Dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y del Imperio. Gracias por todo lo que me has dado, mujer. -Y por último, de forma casi imperceptible, en un susurro, dio sus últimas órdenes, como a cañones invisibles y buques imposibles que solo él podía ver-. ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!''

Ni para un ataúd le quedó, pues le debían dinero de cantidad de sueldos atrasados. Pidió a su mujer, poco antes de morir, que lo enterraran en la Capilla de Vera Cruz de los Militares. A día de hoy, no sabemos ni siquiera si esto pudo hacerse. Así acabó alguien que tanto dio, a cambio de tan poco; demostrando que en este país de cainitas y envidiosos, hay muchos más Sanchos que Quijotes. 

Hhablando ya de mucho tiempo después, y de algo menos triste; como curiosidad y recochineo mayúsculo, durante la celebración del 200º aniversario de Trafalgar, en 2005, Londres invitó a todas las armadas del mundo a una celebración. España envió a su portaaviones y, de paso y ya que estamos, la fragata Blas de Lezo (sí, al almirante se le concedió el mayor honor que puede la marina otorgar: un nombre en alguna de las naves de forma permanente). ¿Por qué? Porque los almirantes debían explicar el por qué sus naves poseían ese nombre, delante de todos los mandamases del mundo. Una pequeña patada en los huevos para quienes tantas nos han dado a nosotros.

Además, en 2009 se cumplió el último deseo de don Blas: que un grupo de españoles pusiese una placa allí donde acaeció tan enorme batalla. La placa, colocada en el año citado, reza:

''Homenaje al Almirante D. Blas de Lezo y Olavarrieta. Esta placa se colocó para homenajear al invicto almirante que con su ingenio, valor y tenacidad dirigió la defensa de Cartagena de Indias. Derrotó aquí, frente a estas mismas murallas, a una armada británica de 186 barcos y 23.600 hombres, más 4.000 reclutas de Virginia. Armada aún más grande que la Invencible Española que los británicos habían enviado al mando del Almirante Vernon para conquistar la ciudad llave y así imponer el idioma inglés en toda América, entonces española. Cumplimos hoy juntos, españoles y colombianos, con la última voluntad del Almirante, que quiso que se colocara una placa en las murallas de Cartagena de Indias que dijera: AQUÍ ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA Y SUS COLONIAS. Cartagena de Indias, Marzo de 1741''.

                                  Monumento a Blas de Lezo en Cartagena de Indias. De fondo, el castillo de San Felipe.


España siempre ha sido un país ideológicamente tan débil, que ha terminado por convertir en verdad suya las mentiras que contaron sus enemigos (por propio interés, huelga decir) acerca de Cartagena de Indias. Claro, lo tienen fácil: el monopolio de la historiografía se halla en manos británicas, y en España, todo lo que sea saber y cultura, historia y conocimiento, es algo vomitivo. ''Historiadores ingleses''... Jamás vi una ironía mayor en tan poco espacio. Esta entrada no es solo un pequeño homenaje a tan grande y olvidada figura que es tan nuestra como el fútbol o el jamón; es una llamada de atención a todo aquel que a bien tenga en leerla. La historia no se encuentra en un solo libro: hay que leer muchos para entenderla. Y sin historia, poco se puede entender de los tiempos presentes o predecir, en cierto, modo los hechos futuros. España tiene una historia demasiado apasionante como para dejarla comida de polvo y sufriendo las mentiras e insidias de ''historiadores'' interesados más por una verdad a su manera que por la verdad llana y resonante. Una historia demasiado bonita para permitir que otros la hagan trizas, solo para tener a un pueblo inculto y lleno de burros que desconocen por completo el por qué están aquí, y el nombre de aquellos que dieron su sangre por su patria para que así fuera. Hombres que lo dieron todo para que tengamos el inmenso placer de leer a Neruda, Borges o García Márquez en la lengua de Cervantes, y no en la de Shakespeare (también bella y compleja, pero peor para los insultos y, por tanto, insulsa para todo buen español). Hombres como don Blas de Lezo, que dieron su vida por un país que los deshonro y los olvidó.

Por mi parte y mi propia conciencia, no contribuiré a ello. Aquí tienen ustedes, lectores, una pequeña porción de historia que enseña que, aunque se sea más pequeño y no se las tenga todas consigo, basta con ser más inteligente para vencer.

Personalmente, y como conclusión, me quedo con este trozo de ''El Sol de Breda'', que si bien se refiere a mucho tiempo antes de los hechos acaecidos aquí, aquellos tiempos en que los Tercios Viejos provocaban temor, admiración y respeto hacia nuestro país en todo rincón del globo donde ponían pica y bota, bien podría trasladarse a los tiempos que nos ocupan:

''Porque donde las dan, las toman. Y si bien a la larga los súbditos de las reinas y los reyes de la Inglaterra nos fastidiaron bien, cumplido es recordar que despachamos a no pocos; y que sin ser tan recios mozos como ellos, ni tan rubios, ni tan vocingleros bebiendo cerveza, en lo tocante a arrogancia nunca nos mojaron la oreja. Además, si el inglés combatió siempre con el valor de su soberbia nacional, nosotros lo hicimos con el de nuestra desesperación nacional, que tampoco era -qué remedio- moco de pavo''.

Buenas noches.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Maestros de las Citas.

No puedo, en vista de cómo están las cosas, sino sentirme obligado moralmente a hablar de un tema tan espinoso como, a mi parecer, glorioso y romántico. Las letras han ilustrado a lo largo de los siglos las hazañas que nuestras voces chillaban ignorantes para silenciar; y nosotros, como siempre, sin darnos cuenta. Por ello, y por más aún, quedo por deber a escribir estas líneas, que les sirvan a ustedes, mis queridos lectores, para ilustrarse sus peludas cocorotas, y para henchir su pecho de orgullo y su cabeza de memoria, ¡que tanta falta hace!

Mas no esperen que sean todo letras mías; creo que más pueden servirles las de gente más sabia que yo, más prudente y, sobre todo, más veterana. Esta entrada pues va dedicada a todos los que tengan en bien leerla, siendo sobre todo para quedarme yo satisfecho para con el que considero que es mi deber como aficionado al arte de los escritos, la lectura y, sobre todo, mi deber como español. Quiero recalcar, y debo desgraciadamente hacerlo, que muchas citas que verán aquí pertenecen a figuras históricas más o menos célebres, algunas incluso más o menos oscuras. Pero tengan en cuenta una cosa, que es la única que en realidad importa: no deben tomar estas citas únicamente como voces del pasado; olviden el nombre de quien las pronuncia, porque quien les habla no es figura ni persona. A continuación, quien les va a hablar, es la historia.

Comencemos pues con este repaso histórico a algunas de las célebres citas sobre nuestra España, que hay de todo: unas les harán enorgullecerse, otras, reírse por las pesadas verdades que sin duda reflejan. Con otras más bien convendría echarse a llorar, pero como ya lloramos lo suficiente gracias al ilustrísimo gobierno que tenemos, nos las ahorramos para soltarlas después, cuando a bien se merezcan.

Decía Juan Pablo Mártir, allá por 1626, y con mucha razón:

-''Los españoles son ejemplo que no parece excepción, pues siendo generalmente de estatura pequeña, la grandeza de su corazón es tan grande que les da aliento, y los ha hecho dueños del mundo''.

A lo largo de la historia -de nuestra historia-, las penurias, la miseria, la ignorancia y la envidia han sido siempre o casi siempre una seña de identidad para nuestro país, donde el rico vive de excesos, y el pobre, si acaso, vive. Así ha sido siempre. Somos una nación que ha estado dirigida por la ignorancia y el odio, por el orgullo y la venganza. Así lo reflejaba (y con qué acierto), Joaquín M. Bartrina, poeta catalán del s. XIX:

-''Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del Sol; si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, será un francés; y si os habla mal de España, será un español''.

Por ello es precisamente curioso que siempre se nos haya conocido como bravos y orgullosos. Sólo hace falta leer algo sobre nuestra historia para darse cuenta de que es una auténtica pena que siempre hayamos renegado de nuestra identidad (salvo cuando un extranjero la cuestiona), en lugar de aprender de nuestros aciertos y errores, estando orgullosos de los primeros, y aprendiendo de los últimos. Además, me parece especialmente notable nuestra aversión hacia todo lo militar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro país es cuna de muchos héroes que bien valen más películas que la mitad de las representadas por Hollywood. Siempre lo he dicho: solo es necesario un pequeño vistazo a nuestro currículum para que, cada uno a su manera, recobremos esa identidad nacional que tanta falta nos hace. ¿Por qué? Porque un pueblo sin identidad nacional, un pueblo que se avergüence -sin motivos, dicho sea de paso- de ser lo que es; es un pueblo voluble, débil y manipulable. Sólo hay que ver la situación política actual: dirigidos por una casta de traidores cuyo único objetivo final es llenarse cuanto antes los bolsillos, sin importarles el bien del pueblo que, engañado como siempre y para siempre, decidió ponerlos en el poder.

Ésto sería totalmente imposible en un país donde sus ciudadanos son plenamente conscientes de su trayectoria histórica, ya que no permitirían que cuatro gatos sin honor ni vergüenza les ensuciaran el nombre y la memoria de tan penosa manera. Pero, queridos amigos, ese no es nuestro caso. Nuestro caso es que somos un país sin conciencia ni cultura. Aquí, todo lo que sea relacionado con la política o con nuestra historia es algo raro, algo lejano. Algo ''friki'', que se suele decir. Por eso somos los principales culpables de todo ésto. Porque no nos damos cuenta de que este desapego por la historia nacional y por la política (que te puede interesar más o te puede interesar menos, pero es una irresponsabilidad mayúscula renegar de ella) es precisamente obra de estos políticos tan interesados en poseer una nación de catetos y de borregos. Una nación a la que le importa más tener una buena televisión y un par de cervezas en el frigorífico para ver el ''clásico'' que dar vergüenza ajena a sus países vecinos, y a todo el globo, de paso. Las gentes, pues, desinteresadas por estos temas -que son casualmente las que se creen con derecho a indignarse después- son las más débiles y manipuladas; siempre a la espera de que la cosa cambie por sí sola. Como si eso fuera posible.

Pero, damas y caballeros, eso no siempre fue así. Si bien la distancia entre los líderes de la nación y el pueblo al que han representado ha sido siempre, o casi siempre, descomunal; los españoles nos hemos ocupado a diestro y siniestro de dar una imagen al exterior: que seremos unos iletrados y estaremos dirigidos por curas, sí. Pero aún con eso, nos basta y nos sobra para repartir estopa por cada centímetro del planeta. Como decía el libro de los Tercios Viejos:

-''No hay puñado de tierra sin una tumba española''.

Amigos míos, no hay que estar orgullosos, porque yo lo diga, de nuestros gobernantes -que alguno que otro justo y brillante sí hemos tenido; no obstante, es muy triste pensar que el concepto de España se limita al líder de turno-, sino de los héroes, humildes y caballeros, que han plagado nuestra historia. Gentes bien dispuestas a dar la vida misma si la situación lo requiere. Gentes que, si bien con toda probabilidad no sabían que ocuparían un lugar de la historia, por sus actos, sí podría parecerlo. Uno de estos ejemplos es el del Maestro de Campo de nuestros Tercios, Francisco Arias de Bobadilla quien, completamente rodeado y esperando su muerte, a la proposición de los holandeses de una rendición honrosa, contestó:

-''Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos''.

Bobadilla aguantó lo inaguantable. Pero, finalmente, venció; quedando su historia como una de las más gloriosas de la historia militar española, conocida -por si quieren leer sobre ella- como ''Milagro de Empel''. Decir que Hovak, el comandante de las fuerzas holandesas en la batalla de Empel, viendo como su segura victoria se iba a pique, dijo:

-''Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro''.

Pero sigamos con esas citas que nos ocupan, sigamos. Esta vez, otra de las grandes batallas en la que demostramos la pasta de la que estamos hechos: la batalla de Nordlingen. Dieciséis cargas aguantaron los tercios hasta decidir la batalla por su lado. Los suecos, al terminar la carnicería, dijeron:

-''Los españoles aguantaron seis horas enteras sin perder pie, atacados dieciséis veces, con furia y tesón no creíbles; tanto que decían los alemanes que los españoles peleaban como diablos más que como hombres, estando firmes como si fueran paredes''. A esto, un oficial sueco añade;
-''Nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español. No se derrumba, es una roca; no desespera y resiste pacientemente hasta que puede derrotarte''.

Diría además sobre nosotros el famoso Cardenal Richelieu:

-''Tan cierto es que los españoles aspiran al dominio mundial, como que solo su escaso número se lo impide''.

Una pequeña muestra de la imagen que hemos reflejado fuera -algo hinchada, creo, y dicho sea de paso, pues no siempre ni en todos lados fuimos considerados tales.- Si bien se nos reconoce el valor y la bravura de nuestros soldados, también se reconoce, ya en tiempos de Napoleón (aunque aplicable con matices a los nuestros), lo borregos que podemos llegar a ser. Nos dice así, el pequeño diablo gabacho:

-''Una chusma de aldeanos dirigidos por una chusma de curas''.

Sin embargo, su hermano, Jose I Bonaparte (o Pepe Botella, como se le conocía aquí), no pensaba lo mismo cuando fue enviado a nuestras tierras a gobernar en nombre de franceses, en un rincón del mundo que estaba lejos de ser suyo:

-''Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, sire; estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España''.

Y tal tuvo a bien de ser así, pues fue aquí donde, por primera vez, fue derrotado un ejército napoleónico (Batalla de Bailén).

Por otra parte, así escribían sobre nosotros Simón Bolívar, y un lugarteniente suyo, respectivamente:

-''Estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que solo ha sobresalido en fiereza, ambición, envidia y venganza...''

-''La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos me degollaría a mí mismo con tal de que así fuera''.

Este odio es, por supuesto, comprensible: éramos fieros enemigos, luchaban por su independencia ,así como nosotros lucharíamos por la nuestra. No obstante, hasta los enemigos pueden, por su valor, respetarse. Tal es así en el caso de Emilio Aguinaldo, presidente rebelde de Filipinas, allá por 1899, dirigiéndose hacia los soldados españoles que permanecieron un año entero aislados del mundo, en mitad de la jungla. Aún cuando la guerra había acabado hacía tiempo -no les llegó noticia alguna de ello-, permanecieron firmes esperando su muerte día sí y día también, con su arma en una mano, y su bandera en la otra. Dice así:

-''Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler; por el valor, la constancia y el heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia de los mismos hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los valores de los ejércitos de esta República, que bizarramente les ha combatido; a proposición de mi Secretario de Guerra y respaldado por mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente: los individuos que componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos''.

Y aquí escribo las letras de un nefasto personaje, por nombre Adolf Hitler, dirigidas hacia los soldados pertenecientes a la llamada División Azul. Pido a mis lectores que, en este punto -y cómo odio tener que aclararlo, a estas alturas- olviden los oscuros tiempos en que estaba sumida España, y vean solo la voluntad de unos soldados españoles pertenecientes al tiempo que les había tocado vivir. Ni eran todos nazis, ni eran todos unos extremistas ''anti-rojos''. Afirmar eso es cometer un fallo de principiante; así como lo es creer que los soldados alemanes que lucharon y murieron en la Segunda Guerra Mundial eran mayoritariamente nazis -como sí lo eran las cúpulas-. Si bien por supuesto había radicales de ultra-derecha en sus filas -así como los había de ultra-izquierda en las filas de la República-, ni todos eran así, ni compartían mayoría alguna dichos principios. Eran pues soldados españoles a los que les tocó vivir un tiempo difícil. Un tiempo muy jodido, donde en España se perdió mucho, y a muchos; por el deseo siempre intrínseco de las mentes huecas de acabar con el que piensa diferente. Decía el tercio-bigote:

-''Considerados como tropa, los españoles son una panda de andrajosos. Para ellos el fusil es un instrumento que no debe limpiarse bajo ningún pretexto. Entre ellos, los centinelas no existen más que en teoría. Jamás ocupan sus puestos, y si lo hacen, es durmiendo. Cuando llegan los rusos, son los indígenas (también rusos) quienes deben despertarlos. Sin embargo, jamás han cedido una pulgada de terreno. No tengo idea de seres más impávidos: apenas se protegen y desafían a la muerte. Extraordinariamente valientes, duros para las privaciones, pero ferozmente indisciplinados. En ellos, lo lamentable es la diferencia de trato entre los oficiales y la tropa. Los oficiales españoles viven de maravilla, mientras la tropa debe contentarse con la más exigua de las miserias. Por mi parte, solo sé que los nuestros están contentos de tenerlos de vecinos.''

Ésta, es especialmente curiosa. Pronunciada también por el tercio-bigote, en referencia a la propuesta que le hicieron sus generales de invadir España, una vez hubieron conquistado Francia. Aclaro que, en lo personal, dudo que la cuestión fuera así de fácil. Pero de cualquier modo, ahí va.

-''¡Ni hablar! Los españoles son el único pueblo mediterráneo valiente, y en seguida organizarían guerrillas en nuestra retaguardia. No, en España no puede entrarse si no es con permiso de los españoles''.

Y no es lo último que los alemanes del III-Reich nos dirigen, ojo. Ahí van otras perlas:

-''Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadráos ante él; es un héroe, es un español''. Jürgens, General del XXXVIII Cuerpo de Ejército de la Wehrmacht.

-''El heroísmo insuperable de los españoles que, despreciando el peligro, se entregan a la muerte cantando sus canciones de guerra antes de ceder sus posiciones al enemigo común''. General de la Wehrmacht Philip Kleffel.

Y ésta, damas y caballeros, con respecto a este tiempo histórico, es mi preferida:

Dice literalmente el libro ''Anecdotario de la Guerra Civil Española'', de Díaz-Plaja:

''Al día siguiente (de la Batalla de Brunete), visitó a Varela en Sevilla la Nueva un agregado militar alemán para felicitarle por su triunfo en la víspera. El general le convidó a almorzar con nosotros.
-Agregado: Yo estuve en la Guerra Mundial del 14 al 18, y puedo asegurarles que lo que presencié ayer no lo había visto nunca. Sus soldados, general, son los más eficaces y valientes del mundo.
-General Varela: Como sería una descortesía llevarle la contraria, yo tendré que decir que los segundos mejores son los alemanes.
-Agregado: No señor, perdone; los segundos, y quizás tanto como los que usted manda, son los rojos españoles.''

¡Pero continuemos! Las siguientes citas fueron pronunciadas por Lydia Osipova, una maestra rusa de un pueblo ocupado por la División Azul. Con ellas termino esta época para, con la siguiente -siendo de todas mi preferida-, cerrar el asunto.

-''Los españoles han destruido todo lo que nos imaginábamos de ellos, como un pueblo orgulloso, hermoso, generoso... Son pequeños, inquietos como monos, sucios y ladronzuelos como gitanos. Pero son muy bondadosos. Todas las bellezas alemanas pasaron rápidamente de los alemanes a los españoles, los que también demuestran una gran ternura y afición por las muchachas rusas. Entre ellos y los alemanes existe un odio que ahora crece a causa de las mujeres''.

-''Vi cruzar por en medio del campo de batalla a un soldado para sacar de él a un niño. Aparentemente, la conducta del capitán se considera como algo normal entre los españoles. ¿Cómo podría alguien no querer a estos chiflados?''

-''Los alemanes son valientes si así lo manda el Führer. Los españoles, en cambio, desconocen totalmente el instinto de conservación. En un ataque pueden perder al 50% de los hombres, mientras el otro 50% sigue combatiendo y cantando. Ésto lo hemos visto con nuestros propios ojos.''

Y he aquí el cierre de esta entrada, que espero hayan disfrutado leyendo tanto como yo escribiéndola. Y más importante aún: que les haya servido para quitarse de encima unos cuantos complejos. Complejos que, les recuerdo, nos han echado encima un puñado de interesados. Insisto: una nación libre, una nación fuerte, es indudablemente una nación que sabe su historia y ha aprendido de ella. Una nación que, en definitiva, se respeta.


''Bien sé a cuantos contradigo, y reconozco a los que se han de armar contra mí; más no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después''. 
                                                                                                   
                                                                                                                 Francisco de Quevedo.







Zild.


jueves, 4 de julio de 2013

Apunte rápido.

¡Buenas, aprendices de filibustero!

Venía a comentaros unas cuantas cosas rápidas y a avisaros que de aquí a -espero- máximo dos días, subiré los capítulos siguientes de la historia de nuestro amigo fotógrafo por las que tantas cosas tendrá que pasar,  Frank Mercer; y por supuesto del rudo Thomas Sullivan, cuyas aventuras y desventuras no han hecho más que comenzar.

En primer lugar sólo a deciros -y a rendir mis disculpas- que la poca o nula actividad que se ha apoderado de mi rincón es debido a unos exámenes que han ocupado todo el tiempo que tenía y el que no. Me ha sido imposible, a pesar de haberlo intentado, escribir nada, no porque no me saliera, sino porque no estaba contento con cómo lo estaba haciendo, y he preferido esperar y daros algo en condiciones a sacarlo a putazos y que sea una soberana mierda.

Además, quizás escriba en los próximos días algún artículo de opinión, de esos que os gustan, pero no lo tengo claro. Se me ha acumulado el curre y prefiero darle salida a los relatos antes que a los artículos. Pero tranquilos, que todo tiene cabida en mi rincón para mentecatos: relatos y artículos van siempre de la mano, o al menos así lo intento. Aparte, me gustaría escribir algo sobre videojuegos, pero no sé qué hacer, por lo que me gustaría que si tenéis alguna preferencia, lo dejéis en la caja de comentarios de abajo.

Por último y antes de despedirme, he observado que, pese a la inactividad, las visitas no han dejado de subir, y eso es algo que me alegra muchísimo y me anima a seguir. Por tanto, quería dar las gracias a aquellas personas que han estado pasándose por estos lares a ver qué se cuece y que, pese a no cocerse nada, ahí estaban ellos. ¡Gracias!

Sin más me despido y os dejo tranquilos de una vez. Esperad en los próximos días los dos capítulos prometidos, que estarán subidos lo antes posible, y vienen calentitos.

A juir, ¡contadores de piedras!

Zild

martes, 11 de junio de 2013

Un Nido de Cuervos. Capítulo I.



Saliendo del baño de aquel desconchado motel, Frank Mercer se dijo a sí mismo que algún día podría plantearse escribir un libro con las anotaciones de los baños masculinos -los que conocía- de aquí y allá, a cada cual más variopinta. Pequeños pedazos de poesía improvisada que darían fe, dentro de muchos años, de lo bajo que caemos cuando estamos solamente acompañados por un WC y nuestros más oscuros pecados. Fotógrafo 'Freelance', hacía años que había decidido cubrir las guerras de Oriente Próximo, pero encontrar la manera de trabajar allí era difícil. 

Por mucho que quisieras ser independiente, si nadie te pagaba por las fotos, terminabas lamiendo culos como todo el mundo, y Frank no era ninguna excepción. Además, nunca había tenido el talento para la fotografía de algunos de sus exponentes y colegas de profesión. Era bueno en su trabajo, sí, y tenía mucha paciencia, era aguerrido y constante. Pero por mala suerte o por torpeza, sus fotos no llegaban a convencer a nadie, muchas de ellas ni siquiera a él mismo. Frank buscaba la foto perfecta, sin encontrarla.

También escribía un diario de campo sobre sus salidas, al fin y al cabo, ser fotógrafo de guerra era uno de los empleos más peligrosos del mundo, y quizás a alguien le interese publicar el diario de uno de ellos. Seguramente nadie compraría su libro, por supuesto,  ni pagaría por sus fotos teniendo gente mucho mejor bajo firma, pero él no se rendía. Era ambicioso, y quería dejar su nombre bien grabado en alguna puerta trasera de la historia de la humanidad. Por el momento, la única puerta en que había grabado su nombre estaba en el baño del motel 'Berletz', en una carretera perdida de Eslovenia. 

El qué hacía en Eslovenia le era en realidad una cuestión harto confusa. Cansado de esperar una oportunidad que no llegaba, había contactado por correo con una vieja amiga suya, Nora Galván, también en el oficio, para ver si ésta le daba alguna buena noticia. Y la buena noticia, visto desde el lado del sacrificado currante, era que Nora había sabido por un colega suyo de la existencia de un viejo bunker alemán de la Segunda Guerra Mundial del que se hablaba en susurros. El qué se contaba no lo sabía, pero Frank, en un arrebato, estaba decidido a averiguarlo. Siempre había tenido debilidad por la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, cogió su equipo, su cartera -en la que metió el escaso dinero que había podido permitirse llevar consigo- y cogió el primer vuelo desde Canadá a Eslovenia. Cuando llegó, el frío le dio una agria bienvenida pero, como curtido canadiense, se acostumbró rápido. Le sorprendieron las bajas temperaturas de aquel lugar, tan cercano a la soleada Italia y, sin embargo, tan diferente. Estaba tan intrigado con aquel asunto que apenas pensaba en otra cosa. Se pasaba las noches en vela, nervioso, imaginándose haciendo un descubrimiento que cambiaría su vida, su estancada carrera, y le haría un buen bulto a su colchón, justo donde guardaba el resto del dinero. Lo que quedaba.

Aquella misma tarde había de reunirse con un ruso residente en el pequeño pueblo más cercano a aquel enigmático lugar. Cuando llegó, el poblado le pareció gris, empobrecido y triste. Lleno de ancianos, no vio a casi ninguna persona menor de los cuarenta o cincuenta. Paró a beber en un maltrecho bar que había sobre un paso elevado cubierto de secas hojas, frutos de un otoño frío y desapacible. Un descolorido cartel con el nombre del establecimiento -al que se le había caído la M y la Z final, seguramente hacía mucho tiempo- era la única invitación de aquel sitio, y a un hombre como Frank, acostumbrado a pisar poco sitios mejores, le pareció que esa invitación era tan buena como cualquier otra. 

Afortunadamente para él, podía fumar dentro tranquilamente. Sacó su paquete de Cross Road y se encendió el primer pitillo del día, mientras se tomaba un amargo café -que no le gustó demasiado, pero hizo el apaño-. Miró su reloj, y vio que aún faltaban unos largos treinta minutos para su cita. Se había adelantado saliendo del hotel, pero estaba demasiado nervioso para estarse quieto, sentado, esperando. Mejor allí, con esa arrugada compañía, rodeado de humo de tabaco y con un ¿café? caliente para alentar al corazón. O casi.

Cogió un  periódico que había a su lado, en una barra llena de círculos donde de adivinaban los culos de los vasos que se servían, pringosa también de los restos del alcohol derramado en ella y que no se limpió después. Se entretuvo mirando las fotos, ya que del texto no entendía absolutamente nada salvo que la prensa de aquel bar estaba de sobremanera desfasada. Si aquel lugar ya resultaba lo suficientemente lúgubre, las fotos de aquel periódico no ayudaron a solucionarlo. Decidió concentrarse en la sección deportiva, pero como no entendía nada de los artículos, prefirió dejarlo estar.

Apuró su taza de café y las últimas caladas del cigarro, pagó -sin dejar propina- el servicio y se fue, despidiéndose en un esloveno muy pobre que había aprendido, o creído aprender, de una revista de ''expresiones comunes'' que había encontrado en su asiento del avión. Probablemente ni tan siquiera dijo lo que quería decir, pues las gentes del sitio lo despidieron con una mirada hirsuta y sin una palabra. O bien tenía menos idea de la que creía de esloveno, o bien los tipos eran bastante rancios. Quizás, muy probablemente, fuera ambas cosas. Sea como fuere, Frank llegó a la plaza donde había quedado con su colega ruso alrededor de cinco minutos antes de la hora convenida. 

Aprovechó ese tiempo para sacar la cámara y hacer un par de fotos: una de un pequeño estanque mal cuidado, lleno de hojas y de agua estancada hacía tiempo, fruto del escaso mantenimiento de los espacios públicos del lugar, y otra de un monumento en el centro de la plaza, dedicado presumiblemente a  miembros de la resistencia local contra la ocupación alemana. Tres estatuas de cobre oscuras, representando a tres hombres con sus armas soviéticas en alto, rezando alguna frase en recuerdo de aquella gente.

Cuando hizo la segunda foto, la comprobó con la cámara, miró su reloj y vio que era exactamente la hora. Cuando se disponía darse la vuelta para volver hacia donde habían quedado, se encontró de bruces con un hombre alto, de pelo blanco, desgarbada postura y rojos colores en la cara, quizás fruto ésto último de un improvisado encuentro hacía no mucho con una botella de vodka medio llena -o medio vacía, pensó para sí-. 

-Siento haberle asustado, señor Mercer. No estaba seguro de que fuera usted y no me atrevía a llamarle.- Dijo el ruso entre risas, mientras él intentaba recomponerse del susto.

-Me llamo Juri Zaítsev.- Dijo, extendiendo su mano, protegida con guantes sin cobertura en los dedos.

-Frank Mercer.- Dijo él, dándole un fuerte apretón de manos con una, mientras sostenía la cámara, aún encendida, con la otra.

Juri Zaítsev era, como la mayoría de los habitantes de aquel pueblo, un hombre de unos cuarenta años largos, o cincuenta y pocos. Su forma física adivinaba un pasado de ejercicio duro, pero de eso hacía ya tiempo. No obstante, no impedía darle aspecto de tipo duro, como el de los espías soviéticos en las películas del telón de acero.

-Veo que tomaba fotos de la plaza.- Dijo con un acento ruso nada disimulado.- ¿Sabe a quienes está dedicado el monumento?

-La verdad es que no, tengo el esloveno un poco atascado.- Dijo, señalando a la placa.

-En 1941, con la ocupación de los fascistas italianos de Eslovenia, se creó lo que se llamó el Frente de Liberación de la Nación Eslovena, un grupo de resistencia que dio bastante por culo a los fascistas. Aunque éstos quisieron ponerle remedio, ni a las buenas ni a las malas apagaron la resistencia del todo. No obstante, cuando los italianos se rindieron, y aunque todo el mundo estuvo por un tiempo ilusionado, los alemanes pasaron a ocupar la zona; entonces las cosas se fueron a la mierda de verdad.

Un domingo de 1944, tres vecinos de este pueblo, al ver como se ejecutaba a un pueblerino por haber robado unos bollos de pan, salieron de sus casas armados y mataron a más de una veintena de alemanes, que se vieron sorprendidos por el coraje de los tres valientes. Durante dos horas, los alemanes quedaron tan desconcertados, que las gentes de por aquí decidieron ayudar, con palos, piedras o lo que fuera.

Desgraciadamente, el comandante en jefe de las tropas alemanas apostadas en la zona decidió tomar cartas en el asunto y envió refuerzos, que lograron acabar con dos de ellos. El tercero, que se quedó finalmente sin munición, atrincherado en un sótano, fue llevado a rastras a la calle y colgado de una gran farola que había en esta misma plaza, boca abajo, junto con sus dos compañeros.

El alemán instauró un reinado del terror en este pueblo, y cuando llegó la liberación, la gente se volcó sin piedad sobre los soldados alemanes. Se hicieron cosas horribles aquí. -Se paró un momento mirando la estatua-  Para recordar la memoria de los tres héroes locales, la gente lanzaba, a donde antes estaba la farola, sus boinas y sombreros, en señal de respeto. Finalmente el ayuntamiento decidió honrarlos con esta estatua, que se construyó a finales de los sesenta. Una historia pintoresca, ¿no cree?

-Es todo un cuento para niños...- Dijo Frank, pensativo, mientras, de reojo, se adivinaba el semblante sombrío de su nuevo compañero.

-Aquí las historias como ésa son como las películas de Disney. Total, en este pueblo hace años que no se ven niños pequeños jugando por las calles, o haciendo gamberradas. A veces me resulta muy extraño. La guerra y el dolor son oscuras manchas para la memoria de esta gente. Una mancha difícil de borrar.

Frank asentía, atento. Siempre había tenido un acérrimo gusto por las historias, más aún cuando las vivía, cuando podía verlas y tocarlas. Se imaginó cómo debió ser todo aquello, cómo debía ser el espíritu de esa gente que, con palos y piedras, se enfrentó en solitario a la Wehrmacht, el mejor ejército de su tiempo. Héroes del pasado, siempre a la sombra de una fuerza que Frank intuía, pero aún no podía ver.

Sacó otro cigarrillo y lo encendió, tendiéndole la cajetilla de Juri, quien la rechazó con un gesto.

-He visto cómo gente fuerte se quedaba hecha mierda por esos tubos humeantes. Casi que no, amigo. Debería dejarlo cuanto antes, hágame caso.

-Debería...- Le respondió, dándole una larga calada. Entre que era una persona nerviosa de por sí, y que la vida nunca le regalaba nada, fumar era un alivio cuanto menos necesario.

No hablaron demasiado durante el camino, Juri era una persona callada, y Frank no se atrevía a asediarle con todas las preguntas que le rondaban por la cabeza, así que cuando llegaron a un pequeño apartamento -y pequeño es ser optimista-, se preparó para hablar, sin atreverse a empezar el tiroteo de preguntas y respuestas.

-Dentro de unos minutos llega mi hermano Dmitri y nuestra amiga en común. Hasta entonces... ¿Hace un café?- Dijo Juri, mientras ya iba buscando la cafetera entre los muebles de la pequeña cocina.

Sin contestar, Frank quedó sorprendido por la presencia de Nora. No la esperaba. No era, ni mucho menos, que no tuviese ganas de verla, sino que simplemente esperaba ir sólo con Juri, una visita rápida a aquel lugar, sacar fotos hasta quemar la batería y volver a casa. Nada más. Su corazón antisocial y profundamente solitario le impedía disfrutar de visitas y reencuentros inesperados, aunque fuesen, como este caso, agradables. Secuelas, había pensado siempre, de una infancia difícil y retraída. Solitaria, como él mismo.

-Oh, Nora me dijo que quería verlo también. ¿No se lo ha comentado? Espero no haber hablado más de la cuenta...- Dijo, al ver la cara de sorpresa del joven canadiense.

-No se preocupe, me alegrará verla. —dijo, removiéndose algo inseguro en el asiento.

-¡Perfecto, entonces!

Sonó en ese momento el timbre, fuerte y desagradable. Ambos se miraron, y cuando Juri se dirigía a abrir la puerta, Frank se levantó del pequeño sofá donde se había sentado y, nervioso, miró hacia la puerta. Por ella entraron un hombre, de aspecto casi idéntico a Juri, salvo que rapado y más informal, si cabe, y Nora, que venía sonriente, como siempre. Se acercó rápida a Frank, dándole un cariñoso abrazo, que él respondió con sinceridad esta vez. La inseguridad había desaparecido, como pasaba siempre que que veía a alguien tan risueño, seguro y confiable como ella. Nora era, de seguro, una de esas personas que interesa tener cerca cuando las cosas se ponen feas. Lo sabía por experiencia.

-Quería darte una sorpresa, he venido desde Madrid en cuanto he sabido que habías decidido venir. Yo también siento mucha curiosidad por ese sitio. Es una gran oportunidad, ¡nadie ha conseguido publicar fotos de él! ¿Te lo puedes creer? En plena era digital, con tantos drones y cámaras de alta definición, ¡y a nadie le ha picado tanto la curiosidad como a nosotros! Estamos de suerte.

Frank asintió con una sonrisa, mientras saludaba con un cálido apretón de manos al hermano de Juri, Dmitri, que parecía aún más serio que su colega de sangre. Debía ser cosa de familia, eso de no contar chistes.
Estuvieron hablando sobre los trabajos, sobre el tiempo y sobre mil y un nimiedades más. Frank, aunque relajado, estaba impaciente porque abordasen el tema que los había arrastrado tantos kilómetros, pero el momento parecía no llegar.

Finalmente, y viendo que los hermanos  esquivaban el tema, decidió sacarlo de sopetón.

-Y ese búnker... ¿Qué misterio tiene? ¿Qué lo hace tan especial?

Los hermanos se miraron, algo que no pasó desapercibido, y Juri empezó a hablar, frotándose las manos, nervioso.

-No es que sea especial. Es algo más. Los militares guardan la montaña en la que se encuentra, y prohíben la entrada a todo el mundo en un área de al menos dos o tres kilómetros. Hacen revisiones periódicas, pero nunca están más de una hora dentro. Por lo visto el sitio tiene algo que te afecta el coco o algo así.

-Y, si no resulta indiscreto -comenzó, sacando su vena periodística, siempre al tanto-, ¿cuál es su relación con el búnker? ¿Han trabajado allí?

Contestó Dmitri, sacándose una pipa de fumar ya preparada del bolsillo del abrigo, al tiempo que encendía una cerilla y daba intermitentes caladas a ésta, soltando un espeso y sabroso humo, cuyo agradable olor impregno el piso.

-Estuve destinado allí durante unos años. Me prohibían hablar del tema con nadie. Pero cuando, después de tanto tiempo de servicio,  tuve aquel accidente, me retiraron del servicio sin pagarme absolutamente nada. Les importaba una mierda, claro. —dijo, con su fuerte acento del este. —Al día siguiente, ya había otro tío en mi puesto, y yo me pudrí en mi casa, sin sueldo ni reconocimiento alguno.- Terminó, con aire irsuto, enseñando una enorme cicatriz en el pecho y acabando con algo en ruso que, aunque no se entendió, tampoco hizo falta.

-Dmitri puede colarnos, no durante mucho tiempo, pero el suficiente para que veáis las instalaciones y toméis unas cuantas fotos. Este pueblo se ha ido a la mierda desde que ese sitio está ahí. El mundo debe saber qué es lo que sea que esconden con tanto cuidado. Yo, quiero saberlo.- Dijo Juri, con aire serio.

Siguieron la conversación durante al menos un par de horas, envueltos en la mezcla de olor a café y humo de pipa. Cuando estuvieron cansados, especialmente Nora, se despidieron y cada uno marchó a su hotel, menos Frank, que dormiría allí -en el desvencijado sofá- hasta que hubieran terminado el viaje.

Cuando Juri cerró la puerta de su cuarto, Frank se quedó embobado mirando al techo. De nuevo, tenía demasiadas cosas en la cabeza como para conciliar el sueño de manera fácil. Tampoco era una persona de dormir mucho, siempre le costaba más de lo que le gustaría, y cuando lo hacía, no descansaba bien.

Cuando se aburrió de intentar dormir, se incorporó y se encendió otro cigarrillo. No encendió la luz, por temor a despertar a su anfitrión, pero sí activo el flash del móvil y sacó su cuaderno de fotos. Asiduo ritual, a estas alturas, para aquellas noches de insomnio.
Pasando de una a otra veía como, pese a ser buenas fotos, siempre había un ingrediente que faltaba; no obstante nunca averiguaba cuál era, lo que le resultaba sumamente frustrante. Ser periodista bélico era un trabajo muy duro, y Frank había visto cosas horribles, espantosas. Era consciente de que cada persona tiene un monstruo en su interior, y de que no todos saben reprimirlo cuando tienen el poder de un arma en las manos.

Miró por la ventana, hacia un cielo precioso, imponente. En aquel pueblo, las luces eran pocas e iluminaban menos. No le pareció mal. La contaminación lumínica de las ciudades le ponía enfermo. Desde niño le había gustado mirar las estrellas, y siempre había sido consciente de que lo que veía era una ínfima parte de lo que había en realidad. Pero la luz, incómoda invitada, no le permitía ver más. Ante él se extendía una vasta extensión de pequeñas lamparitas colgantes del cielo oscuro de la vieja Europa. El espectáculo era asombroso. Abrió las portezuelas de la ventana y sacó su cámara.

Con el cigarro en los labios, la cogió con ambas manos y se puso a hacer fotos al estrellado cielo esloveno. Cada vez que, al volver a casa, no pudiese ver el cielo por la luz, cogería el portátil y vería aquellas fotos, recordando lo pequeño que es el ser humano, y lo grande que se siente. 

Y fue mientras hacía aquellas fotos, cuando una pequeña luz se iluminó en la encrespada montaña al oeste del pueblo. Cubierta de espesos bosques y vastas rocas, la montaña se mostraba amenazante, como un gigante dormido. Y de ella, en su cresta, salía ese... ¿Resplandor? Frank se quedó mirando durante un rato aquel lugar, pero no volvió a ver aquella luz hasta que, de pronto, aquel flash volvía a aparecer. Aparecía durante un segundo, y volvía a irse, sumiendo todo aquello en la profunda y homogénea oscuridad de la noche.
Apuntó con su cámara hacia allí, y aumentó el zoom al máximo. Por la pantalla digital, observó durante un buen rato. Pero la luz no volvió a aparecer. Intrigado, tomó varias fotos a la oscuridad, por si volvía a aparecer pillarla al instante, pero no lo hizo.

Cerró la ventana y volvió a sentarse. Apagó el cigarrillo en el cenicero y se puso a revisar las fotos en la pequeña pantalla de la cámara. Primero la plaza del pueblo, con su descuidado estanque y la estatua de bronce dedicada a aquellos tres hombres. Luego el cielo estrellado, tan inmenso, tan infinito.

Luego la oscuridad de la montaña. Pero pareció distinguir algo... Sacó de su mochila el cable para conectar la cámara a su portátil, y pasó todas las fotos a éste eliminándolas de la cámara, para ahorrar espacio. Abrió el archivo de las fotos, y allí estaban todas: el estanque, la estatua, el cielo... Y la oscuridad.

Acercó la cara a la pantalla, pero no logró ver nada. Subió el brillo de la misma. Nada. Encendió un nuevo cigarro, intrigado. Cuando lo encendió, y echó el humo sobre la pantalla...
Se quedó petrificado. Un sudor frío nada cómodo le recorrió la espalda y apretó la mandíbula como un resorte sin darse cuenta. 

Tras él, pegado a la ventana, había una figura alta y esquelética, sin facciones. Entre las sombras, distinguía que la figura no poseía rostro, no tenía nariz, ni boca ni pelo. Sólo una raquítica figura que, desde la oscuridad, clavaba sus fétidos ojos amarillentos en su espalda.

Al instante, aterrorizado, cerró de golpe la pantalla y se dio la vuelta lo más rápido que pudo, tirando al suelo el cenicero y desparramando todas las cenizas. Nada. Sentía el corazón queriendo salírsele del pecho, el temblor incontrolable de sus piernas, sus puños apretados de forma inconsciente (más tarde se daría cuenta de que se había clavado sus propias uñas en las palmas de las manos), sus ojos abiertos, de par en par, tanto que parecía que iban a caerse redondos al suelo, incapaz el párpado de soportarlos.

-¿Pero qué coño...?- Dijo para sí, con un miedo visceral que le recorría las entrañas y todo su cuerpo, frío, afilado.

No volvió a conciliar el sueño aquella noche. No se atrevió. Como un niño pequeño con miedo a la oscuridad, Frank Mercer, un joven fotógrafo canadiense sin demasiado talento, se sintió desnudo, solo. En aquel pueblo pasaba algo. Pasaba alguna mierda muy rara, y estaba dispuesto a averiguar qué coño era, y a sacarle una buena foto.


Pero antes tenía que mear. Aquella cosa, fuera lo que fuese, casi le hace orinarse encima, y si iba a relanzar su carrera con una historia como aquella, tendría que tener los calzoncillos limpios. 

jueves, 30 de mayo de 2013

Gatos y Ratones.


Atención, pregunta:

¿Hace falta recordar que cometer un delito está mal, pero hacerlo ocupando un cargo público es mucho peor? Supongo que sí, en vista de las estimaciones de votos de los tres primeros grandes partidos.

Pero vayamos al asunto concreto. Construyamos la idea peldaño a peldaño. Retrocedamos, como siempre, unos cuantos y no pocos años atrás.

Si bien nos han pintado la transición como algo modélico -con sus muchas cosas buenas-, no hizo más que abrir la tapa de la alcantarilla para dejar salir a una legión de ratas que hoy ocupan nada más y nada menos que los cómodos asientos del Congreso.

Ratas que se hacen llamar políticos, que deberían ser gente de bien, gente de honor, que no conciba la mentira ni la manipulación de su pueblo en pos del beneficio personal y demás aptitudes que considero fundamentales para aquellos cargos que llevan a sus espaldas la capa de la justicia, la libertad y la democracia.

Sin embargo, pasa y resulta que nuestros políticos -más bien la mayoría de ellos, no todos- no tienen ninguna de esas aptitudes anteriormente nombradas, pero sí que tienen otras: favor por la mentira, por la falsedad, por la demagogia, la desvergüenza, la deshonra y la nula capacidad moral y de principios éticos.

Claro que, como siempre he dicho y diré, esa gente de corbata y maletín no está ahí por favor de uno o varios dioses, como harían -o decían hacer- los reyes déspotas de la Edad Media, sino que es el propio pueblo el que los ha colocado ahí.

Como ratones, hemos votado a un gobierno de gatos. Que si bien no son el demonio -aunque me faltan dedos para nombrar a los que sí lo son- no comen lo mismo que los ratones, ni les gustan lo mismo que a éstos, ni piensan igual. Los gatos pues hacían buenas leyes, pero eran leyes buenas para los gatos, no para los ratones. Una de éstas decía que las entradas a las ratoneras debían ser redondas, y lo suficientemente grandes para que un gato metiera la pata. Otra, por poner otro ejemplo, decía que debían ir a ciertas velocidades, para que el gato pudiera conseguir desayuno sin demasiado esfuerzo físico. Como veis, son leyes buenas, pero sólo para los gatos.

Así, los ratones, cuando no podían más, acudieron en masa a las urnas, y echaron a los gatos negros. Eligieron a los gatos blancos.  Éstos decían que el problema era de visión. Que las puertas no debían ser redondas, sino cuadradas. Cuando ganaron, los gatos blancos cambiaron las entradas y las hicieron cuadradas, que eran el doble de grandes, y podían meter ambas patas por ellas.

Cuando no podían más, volvieron a las urnas. Volvieron a elegir a los gatos negros, y luego a los blancos de nuevo. Probaron con gatos mitad blancos, mitad negros: lo llamaron ''coalición''. Incluso probaron gatos con manchas. Eran gatos que querían sonar como ratones, pero comían como gatos.

Resultó que el problema no era el color de los gatos, sino en que ERAN gatos, y por tanto miraban por su interés, y no por el de los ratones.

Entonces aparece un ratón de entre la masa, y lanza una pregunta: ¿Por qué no votamos a un ratón? Los gatos, asustados, encierran al ratón rebelde y le prohíben hablar con el resto.
Olvidan que se puede encerrar a un ratón, pero no a una idea. Ahora sólo hace falta que la idea germine para que los gatos dejen de gobernar, y la colonia sea gobernada por figuras que se preocupen del bien de ésta, del bien de los ratones, no del bien de los gatos.

Ésto es exactamente lo que pasa en España. Nos preocupamos más de votar en pos de la persecución de una ideología en lugar de una figura cercana a la ciudadanía que, aunque no coincida con nosotros en todo, si parece preocuparse por el bien de su país, por el bien de su pueblo. Un POLÍTICO, en mayúsculas y con todas sus letras.

¿Cuál es el resultado de haber votado siempre a gatos negros, gatos blancos, gatos mitad negro, mitad blanco y gatos con manchas? Para responder sólo hay que mirar números, sólo hay que leer un par de páginas de algún libro que premie la memoria. ¿Acaso España no tiene potencial para ser una de las primeras potencias del mundo, sin hambre, sin pobreza, sin prejuicios? ¿Acaso no tiene derecho ni capacidad para ser gobernada por ciudadanos demócratas y gente de principios?

Puede ser que no, al menos eso es lo que parece creer el pueblo. Prueba de ello son esas estimaciones de votos de las que hablábamos al principio. Hagamos, por un momento, ejercicio de memoria.

España es un país que ha sufrido -y sufre- la presencia de una sanguinaria banda terrorista, con más de 800 asesinatos a sus espaldas, ha sufrido un atentado terrorista, el 11M, que se llevó a 200 ciudadanos de golpe, curiosamente poco antes de unas elecciones y, entre otras muchas cosas, un desastre aéreo en el que perdieron la vida 62 militares españoles que volvían a casa de Afganistán.

Vayamos por partes, para desenmascarar con más detenimiento a los gatos pulgosos que nos gobiernan y nos han gobernado.

En primer lugar, los gobiernos se han puesto la etiqueta y las medallas de la lucha antiterrorista, si bien pactaban con ésta banda armada e incluso, como ha salido a la luz esta misma mañana, se le dieron explosivos y los ya conocidos chivatazos para que escaparan de la justicia cuando ésta iba a ponerles el guante encima. Eso mientras asesinaban a civiles, policías y militares aquí y allá, contando por supuesto con el beneplácito de partidos políticos, que me abstendré a nombrar.

Ahora, claro está, todos estamos más tranquilos si dicen que la lucha armada ha concluido, sin tener en cuenta que cada cierto tiempo se encuentran zulos llenos de armas y explosivos, y peor aún, están en las instituciones, algo que no pasa en ninguna otra democracia del mundo.

En segundo lugar, el mayor atentado terrorista de nuestra historia ha sido encubierto y tapado a las buenas y las malas por estos mismos políticos. No sabemos realmente quién lo hizo, ni quién les pagó para ello, ni cómo lo hicieron -pues se dieron explicaciones, que se mantienen hoy en día, aún cuando se demostró que todo era una sarta de mentiras-. Claro que honrar la memoria de las 191 víctimas no está en las prioridades de nuestros políticos, que utilizaron el atentado como arma política para ganar unas elecciones, como si no bastara con tener las manos manchadas de sangre, para ahora utilizar esa sangre para convencer al pueblo de un cambio en el poder.

Hoy en día, y cada vez que un medio quiere dar nuevas explicaciones, se termina tapando esa información. ¿Por qué? ¿Qué esconden estos gatos que nos gobiernan? Mentiras, encubrimientos y demás materia ponzoñosa que el pueblo español no hace sino obviar, entretenido mientras tanto en meterse zancadillas a sí mismo.

Y en tercer lugar, el olvidado incidente del Yak-42. 62 militares españoles que volvían con sus familias de haber luchado en una guerra absurda donde, a día de hoy, siguen muriendo y ni se les menciona en los periódicos, no vaya a ser que nos demos cuenta.

Volando en un cascarón que ni pasaba las condiciones de seguridad, perdieron la vida en Turquía porque salía más barato alquilar esa basura que un avión que garantizara la seguridad de aquellas personas que arriesgaron sus vidas por el interés de un Estado que se olvidó de ellos.

Cabe destacar que estos aviones contaban con numerosas denuncias de los militares, que ''pasaban más miedo volando en eso que desactivando bombas en Kabul'', según la única denuncia de un militar noruego, que bastó para que dicho país dejase de alquilar estos aviones ex-soviéticos.

Por nuestra parte, militares españoles decían: ''reza por mí porque este avión es una mierda'' -José Antonio Fernández a su esposa, el mismo día de embarque-, ''son aviones alquilados a un grupo de piratas aéreos [...] sólo con ver las ruedas y la ropa tirada por la cabina te empieza a dar taquicardia'' -José Manuel Ripollés, en un correo electrónico a un amigo-. Así, innumerables veces los militares que volaban en aquella tartana relataron el miedo que sentían de embarcar en ella, pero el gobierno de entonces consideró que saldría más barato callar a los familiares de los muertos que alquilar aviones seguros para unos soldados que contaban, de media, con 30 años de edad.

Ahora, esas ratas que ocupaban asiento, y ocupan, en cargos públicos deberían de ser juzgados no menos que por alta traición, como en cualquier país civilizado que considere que la Justicia y la verdad son lo primero, por el bien del pueblo al que gobiernan. Sin embargo, ahí siguen.

Trillo, el culpable de todo esto, que ni se molestó en identificar a la mayoría de cuerpos, -al menos para dar a las familias el consuelo de llorar a su padre, su hijo o su hermano muerto y no a otro- sigue cobrando del heraldo público una muy buena suma de dinero como embajador en Reino Unido e Irlanda del Norte.

Aznar, que dio total libertad a Trillo para pasarse el turno de palabra por los huevos en el Congreso y ni siquiera tener que defenderse de las acusaciones del resto de grupos -se convirtió en un juicio- para pasar a acusar al resto de cómplices y culpables, sigue también cobrando con una mano y dando palos a quien quiere con la otra.

De Rajoy, que ya ocupaba el cargo que ocupaba por entonces, mejor no hablo. Creo que el muy animal ya se describe por sí mismo.

¿A qué viene todo esto? A aclarar lo barato que sale en España traicionar a tu país y a tus conciudadanos, lo barato que sale tener las manos bañadas en sangre y encubrir a otros que también las tienen. Mientras yo aquí escribo estas líneas y usted, lector, las lee, éstos personajes siguen cobrando dinero público y fumando puros a costa del contribuyente, felices y confiados de que el pueblo español es olvidadizo como un pez viejo, y está más ocupado intentando llegar a fin de mes que pensando con cabeza en quién se merece un voto y quién no.

Por mi parte, me parece ridículo que la ciudadanía siga más preocupada en meterle palos al que piensa diferente (las eternas batallas de las ideologías) que en señalar a los culpables de todo esto y de más cosas que siguen escondidas a nuestra memoria, a nuestro honor, a nuestra dignidad.

Es así, compañeros, como los gatos se ahogan en dinero y en una vergüenza que dejaron de sentir hace mucho, y los ratones, famélicos e idiotizados, olvidan que son ellos los que tienen la llave para cambiarlo todo. Olvidan que son ellos, de hecho, los que tienen la obligación de recordarles a estos políticos que salieron de las cloacas -que tan habitadas tenemos- que no están ahí por la gracia de ningún dios, sino que tienen la confianza del pueblo, y de fallarle, deberían estar fuera.

Claro que esto tampoco interesa, pues los españoles votan, y votan contentos, a aquellos partidos que han dejado claro que quieren mantener sus privilegios, que manifestarse contra sus políticas de austeridad extrema -e innecesaria, porque no se recorta donde hay que recortar- es terrorismo, pero triplicarse el sueldo, como han hecho varios miembros del gobierno nacional, o dejarse el sueldo intacto o subírtelo mientras recortas de todo a funcionarios y empleados públicos, como han hecho los listos de Andalucía, es democracia.

Disculpad que piense, y sin temblor alguno en el pulso, que democracia eres tú y soy yo. Democracia es el poder del pueblo, y parece mentira que haya que recordarle a éste que lo posee, que está en sus manos. Que el cambio no va a llegar hasta que el pueblo decida que debe hacerlo.

La historia de gatos y ratones no la he inventado yo, sino una persona mucho más lista que yo y de las más ilustres en su campo: Thomas C. Douglas, un canadiense que, además de ciudadano, era un POLÍTICO, de esos soñados y nunca llegados.

Su idea, su visión del mundo, pese a ser de muchos años atrás, como podéis ver es calcada a la situación española actual. Lo que debéis preguntaros, ratones, no es el por qué los gatos os aplastan y hacen leyes para gatos.

Lo que debéis preguntaros, ciudadanos, es: ¿hasta cuándo vais a permitirlo?

ZILD