lunes, 2 de diciembre de 2013

Cartagena de Indias, Marzo de 1741.


Este es mi humilde homenaje a una de esas muchas figuras que vieron nacer un sol nuestro, y dieron el pellejo y la vida (o casi) por ese mismo país que después les traicionó y olvidó. Este es mi homenaje, que espero que disfruten, a uno de nuestros mayores héroes, un hombre que bien vale una superprodución de Hollywood pero que, como allí hablan inglés y aquí todo lo que tiene que ver con la cultura no gusta, se tendrá que quedar, como siempre, con las ganas. Ahí va la increíble y gloriosa historia de un marinero al que apodaban ''pata-palo'' o, más comúnmente y por mera cuestión de precisión, ''Medio-hombre''; don Blas de Lezo y Olavarrieta.

Que vuestras mercedes disfruten lo leído, así como yo lo he hecho escribiéndolo.

                                                                                  --*--

Era el 3 de febrero de 1689, y en Pasajes, Guipúzcoa, nacía el hombre destinado a humillar la mayor empresa jamás concebida por la Royal Navy, entre cuyos marineros y oficiales se le tendría por un verdadero cristal en el ojo (en el suyo, porque don Blas solo disponía de uno, y le sobraba). Soñando siempre con el mar junto al que nació, un joven Blas de Lezo se alistó como guardiamarina a los 15 años.
Y desde ese mismo instante, la suerte pareció abandonarle, pues en 1704, combatiendo en la Guerra de Sucesión en la batalla de Vélez-Málaga, perdió una pierna por un bolazo de cañón. No fue suficiente para que dejara combatir: ''pásame esa fregona que aquí todavía hay quedan hostias por repartir''. O algo así tuvo que ser. Debieron amputarle la pierna desde la rodilla, sin anestesia. Dicen que el marino no profirió ni una queja, ni un murmullo. La valentía que demostró en tan nefasto momento le valió a sus oficiales para ascenderlo a alférez.

Pero la cosa no terminó ahí. En el Sitio de Tulón (Francia), una esquirla de metralla se le alojó en el ojo, que explotó como un limón. Todo ello no le supuso impedimento: el Castillo de Santa Catalina, que estaba defendiendo, salió airoso del sitio. Un tiempo después, ya siendo capitán (otras hazañas le valieron los ascensos) y esta vez bombardeando Barcelona, se acercó tanto a los defensores a bordo de su Campanella que una bala de mosquete le destrozó el brazo, quedando éste inservible. Y nada, otro miembro menos. Pero los cojones los seguía teniendo en su sitio, que después buena falta le hicieron.

Había cumplido 25 años y ya había capturado una veintena de navíos ingleses. Entre estos, su sola mención provocaba rabia, miradas airadas y algún que otro pistoletazo en el estómago de quien lo pronunciara. Les podría a los pobres ingleses parecer que había llegado a un pacto con el mismísimo diablo, bien a riesgo de bolsa o de algún que otro miembro del que el almirante pata-palo tuviera a gusto prescindir. Pero Blas de Lezo decía que no estaba sino precalentando. Que no tenía suficiente.


                                                       Don Blas de Lezo; Museo Naval de Madrid.


Sería a raíz del conocido como ''incidente de la Oreja de Jenkins'' cuando Inglaterra encontró la excusa perfecta para declarar la guerra a España, guerra que sería conocida  también por ese pintoresco nombre: Guerra de la Oreja de Jenkins. ¿Que quién era Jenkins y qué le pasaba en la oreja? Pues pasaba y resulta que Robert Jenkins, británico de pura cepa, se dedicaba a piratear en las costas de Florida, hasta que fue capturado por un guardacostas español, el capitán Juan de León Fandiño. Éste le perdonó la vida, pero se cobró su precio: le cortó la oreja al pálido Jenkins, y con ésta en la mano, le dijo:

''Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve''.

Y se lió gorda. Jenkins acudió a la Cámara de los Comunes en 1738, con su oreja en un tarro, expuso allí el suceso (en medio de una maniobra política de la oposición, que lo utilizó), y exclamó que cómo iba Inglaterra a permitir tan magna ofensa al honor del país. Walpole, líder de la Cámara, no tuvo más remedio que declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739. La estrategia era sencilla: tras Utrecht, España había perdido posesiones en Europa, pero su poder en América estaba intacto. El objetivo de dicha guerra debía ser la destrucción del imperio español a toda costa. Y como ésta se libraría principalmente por mar, los ingleses no escatimaron en gastos: construyeron la flota más numerosa de la historia (a excepción de la utilizada para la invasión de Normandía, en 1944), compuesta por naves de combate y, en su mayoría, de transporte. Y partieron hacia el Caribe con brío y muchas ganas, ¡por fin iban a poder partir cabezas españolas!

El almirante Edward Vernon, que comandaba la colosal flota británica, atacó y tomó con éxito Portobello (Panamá). Cuando hubo hecho ésto, mandó una carta a don Blas, diciéndole que se fuera agarrando los machos, que iba para allá. Lezo, que no era presto a dejarse intimidar por un inglés relamido, contestó:

''Si hubiese estado yo en Portobello, no hubiera su merced insultado impunemente las plazas del rey, mi señor, porque el ánimo que le faltó a los de Portobello me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía''.

Y ya está. Vernon se dirigió hacia Cartagena de Indias y, cuando hubo llegado, el 13 de marzo de 1741, además de formar a sus navíos, quiso por varios modos averiguar en qué estado se encontraban las defensas de la fortificada ciudad. Tras varias intentonas fallidas, se le ocurrió bombardear la ciudad, esperando una respuesta de la artillería española, y así poder cómo andaba la cosa entre los defensores. Lezo, que era más 'avispao', se dio cuenta del tema, y ordenó silencio. Y eso fue lo único que se oyó desde la ciudad, a excepción de los cañonazos británicos. Cansado de intentarlo sin éxito, decidió coger el toro por los cuernos. Al fin y al cabo, no le haría falta sino esperar: la pérfida Albion contaba, según datos oficiales, que hay muchos y casi todos distintos entre sí, con ciento noventa y cinco naves, más de tres mil cañones y unos treinta y dos mil hombres (once mil soldados de asalto, quince mil marinos, dos mil jamaicanos macheteros y cuatro mil voluntarios de Virginia, comandados éstos por Lawrence Washington, hermanastro del que sería el primer presidente estadounidense). Por otro lado, los españoles no contaban con más de tres mil hombres, entre los cuales había tanto infantería regular como infantes de marina, y unos seiscientos indios libres flecheros; unas mil piezas de artillería y, atención al dato, seis navíos. En resumidas cuentas, la proporción de españoles y británicos era de diez a uno. Para Vernon, la batalla había acabado antes de empezar.


                                                                  Retrato del almirante Edward Vernon


Para la defensa, Lezo colocó sus seis navíos taponando las dos entradas por las que se accedía a la bahía (llamadas Bocachica y Bocagrande): el Galícia, la nave capitana; el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador. Su orden era simple: aguantar hasta donde fuera posible y, llegado el momento, quemar las naves y hundirlas, para dificultar la entrada de los navíos ingleses a la había. Por otra parte, una serie de fuertes defendían ambas entradas: Bocachica estaba defendida por el San Luis y el San Jorge, mientras que Bocagrande lo estaba a través de cuatro fuertes, llamados San Sebastián, Santa Cruz, Manzanillo y Santiago; y un castillo, el San Felipe, que sería el último baluarte. Sin opción a retirada, los españoles clavaron las banderas, dispuestos a vencer, o a morir.


                                     Maqueta de la batalla de Cartagena de Indias. Disposición de ambas partes.


Cabe decir que en España ya se conocían desde hace tiempos las intenciones de los 'british': los servicios de inteligencia habían conseguido infiltrar agentes en la corte de Jorge II y en el Cuartel General del almirante Vernon. Por ello, el virrey Eslava, que estaba al mando en aquellos lares, confiaba en que el almirante Torres, fondeado en La Habana, saldría de ella y llegaría a Cartagena, cogiendo a Vernon por la retaguardia y con el culo al aire. No obstante, Torres nunca se presentó.

El cerco inglés se completó dos días después de su llegada, hacia el 15 de marzo. Vernon dio la orden, y la batalla comenzó. A la atronadora artillería británica (la mejor del mundo, por aquel entonces), respondían a fuego los cañones de tierra y de los seis navíos españoles, que disparaban bolas encadenadas para causar el mayor destrozo posible a los británicos. Habiendo destrozado varias baterias, Vernon consigue desembarcar a parte de sus hombres, que toman posiciones en tierra. A ello le sigue un brutal bombardeo: los ingleses cañonean las posiciones españolas durante dieciséis días (mañana, tarde y noche), a razón de 62 grandes disparos por hora. Los españoles, acosados sin tregua, retroceden, abandonando el fuerte San José y Santa Cruz. Lezo debe entonces tomar una decisión difícil: ordena quemar sus barcos, para dificultar en lo posible la entrada de los británicos a la bahía. No obstante, la maniobra no se completa y, además de varios marineros prisioneros, los británicos consiguen apartar los restos aún flotantes de los barcos, y entrar en la bahía de Cartagena.


                                                          Combate en las playas de Cartagena de Indias.


Es aquí donde se produce un hecho insólito: Vernon, que de repente se hace la picha un lío, entra en la bahía con las banderas desplegadas, como si la victoria total ya fuera suya. Manda además una corbeta a Londres con el mensaje de la gloriosa victoria, y allí es recibido con júbilo y euforia. Tal fue la alegría en la pérfida Albion, que Jorge II mandó acuñar unas monedas conmemorativas: el célebre ''oro de Vernon''. En ellas, podía verse a Blas de Lezo arrodillado (curiosamente con todos sus miembros; díganme ustedes cómo iba a arrodillarse el pobre hombre con una pata de palo) ante un Vernon erguido y victorioso. En una inscripción, escrita por supuesto en inglés, podía leerse: ''el orgullo español humillado por Vernon''. Además, en la otra cara, la flota británica aparece frente a la ciudad, rodeando a un pequeño ''Don Blass'', con otra inscripción que rezaba: ''auténtico héroe británico, conquistó Cartagena en abril de 1741''. El oro de Vernon, señores, o cómo no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.


                                                         ''El oro de Vernon'', Museo Naval de Madrid.


Para cerrar adecuadamente la batalla, los ingleses desembarcaron a otros tantos miles de hombres para la toma del baluarte español: el Castillo de San Felipe, defendido apenas por seis centenares de supervivientes andrajosos, pero con la moral bien alta. De ahí no se iba nadie hasta que el último español en pie cayera, y aún quedaban suficientes para dar por saco a los británicos un rato más. El castillo, inexpugnable por el frente, obligó a éstos a darle toda la vuelta, atravesando la selva (donde murieron centenares de soldados debido a las enfermedades) y posicionándose en la retaguardia. Pero nuevamente, Lezo estaba más que listo: sus hombres ya gritaban improperios desde los muros esperando al primer valiente que saliese de la selva para poder darle un buen mosquetazo en el lomo. Además, aún quedaba la sorpresa final.


                                                    Artilleros abriendo fuego contra los navíos británicos.


Los británicos, decididos, organizaron a diez mil hombres en tres columnas, estando en primera línea los macheteros jamaicanos (que si tiene que caer alguien, que lo haga el más moreno), portando escalas para subir los muros y hartarse de cortar orejas. Cual es su sorpresa, cuando ya están casi bajo los muros del castillo, al ver que don Blas había mandado construir un foso que lo rodeaba, de manera que las escalas quedaban ahora cortas. El infierno cae sobre los británicos que, confundidos, no saben si avanzar o retroceder. Unas mil quinientas bajas se producen entre éstos, que no saben dónde meterse. Entonces Lezo, consciente de la confusión, se agarra los machos (si es que aún tenía los dos), y ordena calar bayonetas. Del castillo salen entonces los seiscientos españoles hechos una furia, chocando con los diez mil ingleses que huyen despavoridos. Se monta una auténtica carnicería, y los persiguen hasta casi su propio campo. Dándose la vuelta, los españoles vuelven al fuerte cubiertos de sangre. Afortunadamente, no era suya.

A este ataque frustrado se le suma otro que se produce por la información de dos falsos desertores, que convencen a Vernon de que uno de los lados del castillo está libre, sin defensores. Otro chasco: los españoles estaban ahí, esperándolos; y Blas de Lezo va de aquí para allá con su pata de palo y su espada en la mano. Debió ser un espectáculo medieval ver a aquel hombre, tuerto, cojo y manco, salir corriendo sobre su única pierna y sosteniendo su espada con su única mano, al frente de seis centenares de españoles cabreados y con ganas de estopa. Debió ser un espectáculo que, pese a lo dantesco de la imagen, los españoles volvieran al castillo victoriosos, mientras que los ingleses llenaban la playa con muertos y heridos, convertidos en comida para los cangrejos y las gaviotas.

Viéndose en un percal jodido (pero jodido de verdad), Vernon tocó a retirada y ordenó un  nuevo bombardeo masivo durante casi un mes; pero tampoco sirvió de mucho. Los españoles que quedaban tenían la moral inquebrantable, y su última victoria había dejado a los ingleses sin tripulación para muchas naves. Los navíos británicos, más que de guerra, parecían hospitales. La cifra es demoledora: más de nueve mil quinientos  muertos, llegando incluso a dieciocho mil según un libro escrito por un inglés que luchó allí, John Pembroke (True Account of Admiral Vernon's Conduit of Cartagena); siete mil quinientos heridos (algunos de los cuales morirían de sus heridas en su camino de vuelta a Jamaica), mil quinientos cañones que quedaron para los peces o los españoles y unas cincuenta naves, entre las destruidas por los seis navíos españoles y las que tuvieron que ser hundidas por no tener tripulación alguna que las manejara.


                                                           Castillo de San Felipe en la actualidad.


Entre los españoles no todo fueron cantos y rosas: ochocientos muertos y más de mil doscientos heridos habían caído en la defensa de la ciudad, además de las seis naves que tan increíble resistencia ofrecieron. Además, varios fuertes quedaron totalmente destruidos, incluidas sus baterías de cañones.

Se dice que, mientras se retiraba en su nave, Vernon tuvo a bien regalarle unas últimas palabras a don Blas: ''God damn you, Lezo!'' Por otra parte, envió una carta a éste, que rezaba:

''Nos retiramos para volver pronto a esta plaza, después de rearmarnos en Jamaica''.

El español, por su parte, contestó:

''Para volver a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra flota mayor, pues ésta solo le ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo que les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no podían conseguir''.

Ante la humillación sufrida en la batalla, cuando Vernon llegó con las malas noticias, Jorge II prohibió toda publicación acerca de lo acontecido. Los ingleses silenciaron el acontecimiento, y Vernon fue expulsado de la Royal Navy, viviendo en la más absoluta vergüenza durante años (hasta que las autoridades británicas consideraron menos humillante culpar al líder de la Cámara de los Comunes que a un almirante de la todopoderosa Royal Navy). A pesar de ello, cuando murió, en 1757, se le enterró con todos los honores en la abadía de Westminster, con un epitafio que reza:

''Sometió a Charges, y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria''.

Blas de Lezo, por  su parte, murió unos meses después de la que fue su mejor y mayor victoria, padeciendo la traición, que le debilitó el ánimo y la salud, y contrayendo la fiebre amarilla, fruto de los innumerables cadáveres que dejó tras ésta. No obstante, sus honores acaban tan pronto donde empieza su ser español: aún cuando había casi dado la vida por la defensa de imperio que se moría, en tan penosas condiciones y ante tan aplastante inferioridad, el virrey lo acusó de temerario y lo denunció ante la corte, perdiendo el favor real (pese a que sería nombrado marqués a título póstumo, muchos años después). Una tradición más española que el creer saber de todo. A día de hoy, ni siquiera conocemos el paradero de la tumba de uno de los mayores almirantes de la Armada Española, como tal es el caso de Velázquez, Cervantes... Nuestro almirante invicto, con 22 victorias y ninguna derrota, es casi un completo desconocido entre los ciudadanos por los que dio un ojo, un brazo, una pierna y, finalmente y porque no le quedaba más que dar, la vida.
Recluido en su casa, junto a su mujer, y sin poder moverse de la cama, Blas de Lezo moriría un 7 de septiembre de 1741. Y, con sus últimas fuerzas, pronunció sus últimas palabras, que dejó para la historia:

''''Me muero Josefa. Muy seguramente el Rey me concederá el título pedido, pero no olvides cobrar mis sueldos atrasados. Mira, cómprate un billete de lotería de esos cuyos números salen marcados en las ranas y los peces. Entiérrame con mi crucifijo, que me hará compañía. Ah, y con mis patas de palo, que me harán falta. Dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y del Imperio. Gracias por todo lo que me has dado, mujer. -Y por último, de forma casi imperceptible, en un susurro, dio sus últimas órdenes, como a cañones invisibles y buques imposibles que solo él podía ver-. ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!''

Ni para un ataúd le quedó, pues le debían dinero de cantidad de sueldos atrasados. Pidió a su mujer, poco antes de morir, que lo enterraran en la Capilla de Vera Cruz de los Militares. A día de hoy, no sabemos ni siquiera si esto pudo hacerse. Así acabó alguien que tanto dio, a cambio de tan poco; demostrando que en este país de cainitas y envidiosos, hay muchos más Sanchos que Quijotes. 

Hhablando ya de mucho tiempo después, y de algo menos triste; como curiosidad y recochineo mayúsculo, durante la celebración del 200º aniversario de Trafalgar, en 2005, Londres invitó a todas las armadas del mundo a una celebración. España envió a su portaaviones y, de paso y ya que estamos, la fragata Blas de Lezo (sí, al almirante se le concedió el mayor honor que puede la marina otorgar: un nombre en alguna de las naves de forma permanente). ¿Por qué? Porque los almirantes debían explicar el por qué sus naves poseían ese nombre, delante de todos los mandamases del mundo. Una pequeña patada en los huevos para quienes tantas nos han dado a nosotros.

Además, en 2009 se cumplió el último deseo de don Blas: que un grupo de españoles pusiese una placa allí donde acaeció tan enorme batalla. La placa, colocada en el año citado, reza:

''Homenaje al Almirante D. Blas de Lezo y Olavarrieta. Esta placa se colocó para homenajear al invicto almirante que con su ingenio, valor y tenacidad dirigió la defensa de Cartagena de Indias. Derrotó aquí, frente a estas mismas murallas, a una armada británica de 186 barcos y 23.600 hombres, más 4.000 reclutas de Virginia. Armada aún más grande que la Invencible Española que los británicos habían enviado al mando del Almirante Vernon para conquistar la ciudad llave y así imponer el idioma inglés en toda América, entonces española. Cumplimos hoy juntos, españoles y colombianos, con la última voluntad del Almirante, que quiso que se colocara una placa en las murallas de Cartagena de Indias que dijera: AQUÍ ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA Y SUS COLONIAS. Cartagena de Indias, Marzo de 1741''.

                                  Monumento a Blas de Lezo en Cartagena de Indias. De fondo, el castillo de San Felipe.


España siempre ha sido un país ideológicamente tan débil, que ha terminado por convertir en verdad suya las mentiras que contaron sus enemigos (por propio interés, huelga decir) acerca de Cartagena de Indias. Claro, lo tienen fácil: el monopolio de la historiografía se halla en manos británicas, y en España, todo lo que sea saber y cultura, historia y conocimiento, es algo vomitivo. ''Historiadores ingleses''... Jamás vi una ironía mayor en tan poco espacio. Esta entrada no es solo un pequeño homenaje a tan grande y olvidada figura que es tan nuestra como el fútbol o el jamón; es una llamada de atención a todo aquel que a bien tenga en leerla. La historia no se encuentra en un solo libro: hay que leer muchos para entenderla. Y sin historia, poco se puede entender de los tiempos presentes o predecir, en cierto, modo los hechos futuros. España tiene una historia demasiado apasionante como para dejarla comida de polvo y sufriendo las mentiras e insidias de ''historiadores'' interesados más por una verdad a su manera que por la verdad llana y resonante. Una historia demasiado bonita para permitir que otros la hagan trizas, solo para tener a un pueblo inculto y lleno de burros que desconocen por completo el por qué están aquí, y el nombre de aquellos que dieron su sangre por su patria para que así fuera. Hombres que lo dieron todo para que tengamos el inmenso placer de leer a Neruda, Borges o García Márquez en la lengua de Cervantes, y no en la de Shakespeare (también bella y compleja, pero peor para los insultos y, por tanto, insulsa para todo buen español). Hombres como don Blas de Lezo, que dieron su vida por un país que los deshonro y los olvidó.

Por mi parte y mi propia conciencia, no contribuiré a ello. Aquí tienen ustedes, lectores, una pequeña porción de historia que enseña que, aunque se sea más pequeño y no se las tenga todas consigo, basta con ser más inteligente para vencer.

Personalmente, y como conclusión, me quedo con este trozo de ''El Sol de Breda'', que si bien se refiere a mucho tiempo antes de los hechos acaecidos aquí, aquellos tiempos en que los Tercios Viejos provocaban temor, admiración y respeto hacia nuestro país en todo rincón del globo donde ponían pica y bota, bien podría trasladarse a los tiempos que nos ocupan:

''Porque donde las dan, las toman. Y si bien a la larga los súbditos de las reinas y los reyes de la Inglaterra nos fastidiaron bien, cumplido es recordar que despachamos a no pocos; y que sin ser tan recios mozos como ellos, ni tan rubios, ni tan vocingleros bebiendo cerveza, en lo tocante a arrogancia nunca nos mojaron la oreja. Además, si el inglés combatió siempre con el valor de su soberbia nacional, nosotros lo hicimos con el de nuestra desesperación nacional, que tampoco era -qué remedio- moco de pavo''.

Buenas noches.


5 comentarios:

  1. Estas son las cosas que motivan a uno en nuestro oficio. Genial, Matraka. Yo mismo ya había leído algunos artículos al respecto, como no podría ser de otro modo, pero te has documentado bien y me has dado más de un dato crucial (sobre todo en lo tocante a los fuertes españoles y ese bendito mapa).

    Un lenguaje coloquial pero riguroso; de los que sacuden, y un ritmo muy vivo. Siempre lo dije: me encantan tus artículos.

    ¡Pero no me dejes en vilo con los relatos!

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  2. ¡Enhorabuena, compañero! Conocía por encima la figura de Blas de Lezo (sobre todo en lo referente a su físico), pero ignoraba por completo la historia de la defensa de Cartagena de Indias. Muy instructivo a la vez que divertido ¡¡Duro a esos ingleses!!

    Saludos

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  3. Mi más sincera enhorabuena. Como siempre sus artículos son impresionantes y el disfrute leyéndolos es siempre superlativo.

    Sigue así Alex. ¡Eres grande!

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  4. ¡Gracias a los tres, caballeros! Un placer haber servido para enseñar y entretener; y un honor haberlo hecho con mis literatos.

    ¡Un abrazo!

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  5. La historia completa y rigurosa, sin novelar, en www.labatalladecartagenadeindias.com

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