jueves, 30 de mayo de 2013

Gatos y Ratones.


Atención, pregunta:

¿Hace falta recordar que cometer un delito está mal, pero hacerlo ocupando un cargo público es mucho peor? Supongo que sí, en vista de las estimaciones de votos de los tres primeros grandes partidos.

Pero vayamos al asunto concreto. Construyamos la idea peldaño a peldaño. Retrocedamos, como siempre, unos cuantos y no pocos años atrás.

Si bien nos han pintado la transición como algo modélico -con sus muchas cosas buenas-, no hizo más que abrir la tapa de la alcantarilla para dejar salir a una legión de ratas que hoy ocupan nada más y nada menos que los cómodos asientos del Congreso.

Ratas que se hacen llamar políticos, que deberían ser gente de bien, gente de honor, que no conciba la mentira ni la manipulación de su pueblo en pos del beneficio personal y demás aptitudes que considero fundamentales para aquellos cargos que llevan a sus espaldas la capa de la justicia, la libertad y la democracia.

Sin embargo, pasa y resulta que nuestros políticos -más bien la mayoría de ellos, no todos- no tienen ninguna de esas aptitudes anteriormente nombradas, pero sí que tienen otras: favor por la mentira, por la falsedad, por la demagogia, la desvergüenza, la deshonra y la nula capacidad moral y de principios éticos.

Claro que, como siempre he dicho y diré, esa gente de corbata y maletín no está ahí por favor de uno o varios dioses, como harían -o decían hacer- los reyes déspotas de la Edad Media, sino que es el propio pueblo el que los ha colocado ahí.

Como ratones, hemos votado a un gobierno de gatos. Que si bien no son el demonio -aunque me faltan dedos para nombrar a los que sí lo son- no comen lo mismo que los ratones, ni les gustan lo mismo que a éstos, ni piensan igual. Los gatos pues hacían buenas leyes, pero eran leyes buenas para los gatos, no para los ratones. Una de éstas decía que las entradas a las ratoneras debían ser redondas, y lo suficientemente grandes para que un gato metiera la pata. Otra, por poner otro ejemplo, decía que debían ir a ciertas velocidades, para que el gato pudiera conseguir desayuno sin demasiado esfuerzo físico. Como veis, son leyes buenas, pero sólo para los gatos.

Así, los ratones, cuando no podían más, acudieron en masa a las urnas, y echaron a los gatos negros. Eligieron a los gatos blancos.  Éstos decían que el problema era de visión. Que las puertas no debían ser redondas, sino cuadradas. Cuando ganaron, los gatos blancos cambiaron las entradas y las hicieron cuadradas, que eran el doble de grandes, y podían meter ambas patas por ellas.

Cuando no podían más, volvieron a las urnas. Volvieron a elegir a los gatos negros, y luego a los blancos de nuevo. Probaron con gatos mitad blancos, mitad negros: lo llamaron ''coalición''. Incluso probaron gatos con manchas. Eran gatos que querían sonar como ratones, pero comían como gatos.

Resultó que el problema no era el color de los gatos, sino en que ERAN gatos, y por tanto miraban por su interés, y no por el de los ratones.

Entonces aparece un ratón de entre la masa, y lanza una pregunta: ¿Por qué no votamos a un ratón? Los gatos, asustados, encierran al ratón rebelde y le prohíben hablar con el resto.
Olvidan que se puede encerrar a un ratón, pero no a una idea. Ahora sólo hace falta que la idea germine para que los gatos dejen de gobernar, y la colonia sea gobernada por figuras que se preocupen del bien de ésta, del bien de los ratones, no del bien de los gatos.

Ésto es exactamente lo que pasa en España. Nos preocupamos más de votar en pos de la persecución de una ideología en lugar de una figura cercana a la ciudadanía que, aunque no coincida con nosotros en todo, si parece preocuparse por el bien de su país, por el bien de su pueblo. Un POLÍTICO, en mayúsculas y con todas sus letras.

¿Cuál es el resultado de haber votado siempre a gatos negros, gatos blancos, gatos mitad negro, mitad blanco y gatos con manchas? Para responder sólo hay que mirar números, sólo hay que leer un par de páginas de algún libro que premie la memoria. ¿Acaso España no tiene potencial para ser una de las primeras potencias del mundo, sin hambre, sin pobreza, sin prejuicios? ¿Acaso no tiene derecho ni capacidad para ser gobernada por ciudadanos demócratas y gente de principios?

Puede ser que no, al menos eso es lo que parece creer el pueblo. Prueba de ello son esas estimaciones de votos de las que hablábamos al principio. Hagamos, por un momento, ejercicio de memoria.

España es un país que ha sufrido -y sufre- la presencia de una sanguinaria banda terrorista, con más de 800 asesinatos a sus espaldas, ha sufrido un atentado terrorista, el 11M, que se llevó a 200 ciudadanos de golpe, curiosamente poco antes de unas elecciones y, entre otras muchas cosas, un desastre aéreo en el que perdieron la vida 62 militares españoles que volvían a casa de Afganistán.

Vayamos por partes, para desenmascarar con más detenimiento a los gatos pulgosos que nos gobiernan y nos han gobernado.

En primer lugar, los gobiernos se han puesto la etiqueta y las medallas de la lucha antiterrorista, si bien pactaban con ésta banda armada e incluso, como ha salido a la luz esta misma mañana, se le dieron explosivos y los ya conocidos chivatazos para que escaparan de la justicia cuando ésta iba a ponerles el guante encima. Eso mientras asesinaban a civiles, policías y militares aquí y allá, contando por supuesto con el beneplácito de partidos políticos, que me abstendré a nombrar.

Ahora, claro está, todos estamos más tranquilos si dicen que la lucha armada ha concluido, sin tener en cuenta que cada cierto tiempo se encuentran zulos llenos de armas y explosivos, y peor aún, están en las instituciones, algo que no pasa en ninguna otra democracia del mundo.

En segundo lugar, el mayor atentado terrorista de nuestra historia ha sido encubierto y tapado a las buenas y las malas por estos mismos políticos. No sabemos realmente quién lo hizo, ni quién les pagó para ello, ni cómo lo hicieron -pues se dieron explicaciones, que se mantienen hoy en día, aún cuando se demostró que todo era una sarta de mentiras-. Claro que honrar la memoria de las 191 víctimas no está en las prioridades de nuestros políticos, que utilizaron el atentado como arma política para ganar unas elecciones, como si no bastara con tener las manos manchadas de sangre, para ahora utilizar esa sangre para convencer al pueblo de un cambio en el poder.

Hoy en día, y cada vez que un medio quiere dar nuevas explicaciones, se termina tapando esa información. ¿Por qué? ¿Qué esconden estos gatos que nos gobiernan? Mentiras, encubrimientos y demás materia ponzoñosa que el pueblo español no hace sino obviar, entretenido mientras tanto en meterse zancadillas a sí mismo.

Y en tercer lugar, el olvidado incidente del Yak-42. 62 militares españoles que volvían con sus familias de haber luchado en una guerra absurda donde, a día de hoy, siguen muriendo y ni se les menciona en los periódicos, no vaya a ser que nos demos cuenta.

Volando en un cascarón que ni pasaba las condiciones de seguridad, perdieron la vida en Turquía porque salía más barato alquilar esa basura que un avión que garantizara la seguridad de aquellas personas que arriesgaron sus vidas por el interés de un Estado que se olvidó de ellos.

Cabe destacar que estos aviones contaban con numerosas denuncias de los militares, que ''pasaban más miedo volando en eso que desactivando bombas en Kabul'', según la única denuncia de un militar noruego, que bastó para que dicho país dejase de alquilar estos aviones ex-soviéticos.

Por nuestra parte, militares españoles decían: ''reza por mí porque este avión es una mierda'' -José Antonio Fernández a su esposa, el mismo día de embarque-, ''son aviones alquilados a un grupo de piratas aéreos [...] sólo con ver las ruedas y la ropa tirada por la cabina te empieza a dar taquicardia'' -José Manuel Ripollés, en un correo electrónico a un amigo-. Así, innumerables veces los militares que volaban en aquella tartana relataron el miedo que sentían de embarcar en ella, pero el gobierno de entonces consideró que saldría más barato callar a los familiares de los muertos que alquilar aviones seguros para unos soldados que contaban, de media, con 30 años de edad.

Ahora, esas ratas que ocupaban asiento, y ocupan, en cargos públicos deberían de ser juzgados no menos que por alta traición, como en cualquier país civilizado que considere que la Justicia y la verdad son lo primero, por el bien del pueblo al que gobiernan. Sin embargo, ahí siguen.

Trillo, el culpable de todo esto, que ni se molestó en identificar a la mayoría de cuerpos, -al menos para dar a las familias el consuelo de llorar a su padre, su hijo o su hermano muerto y no a otro- sigue cobrando del heraldo público una muy buena suma de dinero como embajador en Reino Unido e Irlanda del Norte.

Aznar, que dio total libertad a Trillo para pasarse el turno de palabra por los huevos en el Congreso y ni siquiera tener que defenderse de las acusaciones del resto de grupos -se convirtió en un juicio- para pasar a acusar al resto de cómplices y culpables, sigue también cobrando con una mano y dando palos a quien quiere con la otra.

De Rajoy, que ya ocupaba el cargo que ocupaba por entonces, mejor no hablo. Creo que el muy animal ya se describe por sí mismo.

¿A qué viene todo esto? A aclarar lo barato que sale en España traicionar a tu país y a tus conciudadanos, lo barato que sale tener las manos bañadas en sangre y encubrir a otros que también las tienen. Mientras yo aquí escribo estas líneas y usted, lector, las lee, éstos personajes siguen cobrando dinero público y fumando puros a costa del contribuyente, felices y confiados de que el pueblo español es olvidadizo como un pez viejo, y está más ocupado intentando llegar a fin de mes que pensando con cabeza en quién se merece un voto y quién no.

Por mi parte, me parece ridículo que la ciudadanía siga más preocupada en meterle palos al que piensa diferente (las eternas batallas de las ideologías) que en señalar a los culpables de todo esto y de más cosas que siguen escondidas a nuestra memoria, a nuestro honor, a nuestra dignidad.

Es así, compañeros, como los gatos se ahogan en dinero y en una vergüenza que dejaron de sentir hace mucho, y los ratones, famélicos e idiotizados, olvidan que son ellos los que tienen la llave para cambiarlo todo. Olvidan que son ellos, de hecho, los que tienen la obligación de recordarles a estos políticos que salieron de las cloacas -que tan habitadas tenemos- que no están ahí por la gracia de ningún dios, sino que tienen la confianza del pueblo, y de fallarle, deberían estar fuera.

Claro que esto tampoco interesa, pues los españoles votan, y votan contentos, a aquellos partidos que han dejado claro que quieren mantener sus privilegios, que manifestarse contra sus políticas de austeridad extrema -e innecesaria, porque no se recorta donde hay que recortar- es terrorismo, pero triplicarse el sueldo, como han hecho varios miembros del gobierno nacional, o dejarse el sueldo intacto o subírtelo mientras recortas de todo a funcionarios y empleados públicos, como han hecho los listos de Andalucía, es democracia.

Disculpad que piense, y sin temblor alguno en el pulso, que democracia eres tú y soy yo. Democracia es el poder del pueblo, y parece mentira que haya que recordarle a éste que lo posee, que está en sus manos. Que el cambio no va a llegar hasta que el pueblo decida que debe hacerlo.

La historia de gatos y ratones no la he inventado yo, sino una persona mucho más lista que yo y de las más ilustres en su campo: Thomas C. Douglas, un canadiense que, además de ciudadano, era un POLÍTICO, de esos soñados y nunca llegados.

Su idea, su visión del mundo, pese a ser de muchos años atrás, como podéis ver es calcada a la situación española actual. Lo que debéis preguntaros, ratones, no es el por qué los gatos os aplastan y hacen leyes para gatos.

Lo que debéis preguntaros, ciudadanos, es: ¿hasta cuándo vais a permitirlo?

ZILD

miércoles, 22 de mayo de 2013

Proyecto Génesis. Capítulo 4.



Buenas, malas y regulares a todos. Lo que hoy os brindo es fruto de lo que un compañero literato acertó en llamar 'Proyecto Génesis', a saber, una colaboración entre varios blogs como éste para crear, a pluma y tecla, una excéntrica historia que hoy, aquí, tiene su cuarto capítulo.


Antes de leer la presente entrega, os recomiendo leer las tres anteriores. A tres páginas cada uno son capítulos cortos y, gracias al talento de mis compañeros, muy entretenidos. Para ello, podéis ir aquí para comenzar nuestra historia, http://bit.ly/16NEsMi; aquí para continuarla, http://bit.ly/10lhQLY y finalmente aquí para leer lo último escrito, http://bit.ly/14Qd38m.

Sin más os dejo con la parte que me toca a mí, que espero no cause demasiados destrozos y os entretenga por unos minutos. Allá va.

                                                                                            ***
                                                                       
Despierto sobresaltado, con el corazón encogido y tembloroso el pulso. Aunque me cuesta abrir los ojos, más me cuesta ver: ¿dónde demonios estoy? Miro a mi alrededor, y acierto a pensar que no estoy en mi piso, ni cerca de él. El sol me sonríe, feliz de un día sin nubes que nublen sus rayos. 

Su luz crea un curioso conjunto de sombras aquí y allá y yo me encuentro en una de ellas, bajo una enorme columna. Estoy en la entrada del museo. El qué hago aquí y el cómo he caminado dormido desde mi lúgubre piso hasta mi improvisada cama -el propio suelo- me son un misterio. Me levanto poco a poco y me llevo una mano al cuello, que me duele. Se ve que dormir pegado al frío suelo de la calle no es la mejor almohada que he tenido. Qué suerte.

¿Pero qué cojones había sido ese sueño? Me vi morir... Parecía todo tan real... Me miré, sin saber por qué, el cuerpo. Tenía moratones, arañazos. Heridas. ¿¡Pero qué coño!? Empecé a ponerme muy nervioso. O me habían gastado una broma sin ninguna gracia o allí estaba pasando algo muy raro.

Reparo sin quererlo en que no estoy solo: me acompaña una pequeña caja de madera gastada. La caja. De repente recordé. La abrí con miedo, pese a saber lo que guardaba, y allí estaba. La raída foto de esa chica mirándome y posando con los dedos en señal de 'V'. Me intrigaba, además, que la llamada y la extraña voz me hubiesen llevado hasta allí el día anterior. ¿Con qué propósito?

Las preguntas se me agolpaban en la cabeza, demasiadas cosas en qué pensar. Decidí irme a casa, descansar un poco y aclarar las ideas. Me dio por mirar mis bolsillos: me habían robado, aunque tuvieron la amabilidad de dejarme un par de billetes a todas luces falsos en el bolsillo. Dulce Sevilla, qué sorpresas da.

Cuando llegué, me senté en mi silla y saqué, de nuevo, la vieja foto. La mirada de la niña me cautivaba, me absorbía. Y allí me pasé horas y horas, mirando la foto, sin comer, sin dormir. Solo mirándola a ella y ella mirándome a mí. El cuerpo, dolorido, empezó a acusar el cansancio a altas horas de la madrugada, pero no quería dormir. Me causaba auténtico terror sólo la idea de hacerlo. Estaba seguro de no poder soportar otra puta pesadilla como la de la otra noche. Además, ¿si había sido un sueño, por qué tenía tantos cortes y moratones?

Pasaban los días, y allí estaba yo. El palurdo del casero se quedó contento con los billetes que deslicé por debajo de la puerta. Si cuela, cuela... Y coló. Pobre estúpido. Por mi parte, ya ni me acordaba de mi relato. Sólo quería mirar aquella foto. Poco a poco, empecé a darme cuenta de que por la noche, cuando más acusaba el sueño, no estaba solo. Por el rabillo del ojo veía oscuras sombras que me observaban, interesadas, siniestras. Cuando las miraba directamente o las enfocaba con alguna luz, las figuras desaparecían.

Me estaba volviendo loco. No sabía por qué pero las heridas me picaban demasiado. Me llevaba todo el día sentado, mirando la foto. Rascándome. Si mis padres me vieran, pensarían que me habían sacado de una película de Tim Barton. ¿Qué eran aquellas figuras? Me era imposible averiguarlo, pues cada vez que intentaba fijarme en ellas, tan fugaces como aparecían, se marchaban. Llevaba varios días sin dormir, no por no poder -que también- sino porque me daba auténtico pánico volver a aquella celda, a aquel mundo de seres extravagantes cuyo único propósito era matarme.

Reducido a un envase hueco de miedo e incertidumbre, empecé a tiritar. Juraría que la mirada de la niña de la foto me perseguía. Y también juraría que, noche tras noche, las figuras que se mostraban en cobardes sombras, se acercaban más y más a mí. De momento era un vago consuelo enfocarles con una luz y ver que no hay nada. Pero yo sabía que estaban ahí, sólo que no se dejaban ver.

Fotocopié la foto hasta quedarme sin tinta en mi vieja impresora, y cuando se quedó seca, le puse recambios que tenía guardados. Me dediqué durante las tres o cuatro horas siguientes a pegar todas las fotos en la pared frente a mi escritorio. La foto era la clave de todo aquello. No lo sabía, pero podía intuirlo. Creía que era así. La pared quedó oculta tras cientos y cientos de fotos de esa niña que me perseguía con esa maldita mirada. Por dolor, quise acostarme, sólo para relajarme, pero la cama me era incómoda. 

Me tumbé, acurrucado, en el suelo, siempre mirando a la raída foto. En el centro de la pared, se distinguía de las demás por sus gastados colores y el brillo viejo de su papel. Me sentía observado, desnudo. Arranqué la foto de la pared y la guardé en la caja. La cerré con llave y la metí bajo la cama.

Llevaba demasiado tiempo sin comer, y saqué algo de la nevera. No me molesté en prepararlo, no tenía tiempo. Tenía que pensar. Buscar el sentido a todo aquello. Comí con las manos, no me importaba. Dejé los restos de la comida por el suelo y me volví a tumbar, hecho una bola, en el suelo de mi piso, mirando todas las fotos de la pared. Las sombras, más cerca que nunca, empezaban a darme miedo de verdad. Encendí todas las luces que podía encender, cogí mi vieja cámara de vídeo y miré la batería: llena. La dejé grabando sobre la mesa, junto a la pared, enfocando mi cama. Me tumbé en ella, tapado con la sábana, y tiritando y asustado cerré los ojos. No fue por más de unos pocos minutos, pero suficientes para caer en un profundo sueño. Pero no fue reparador. Estaba lejos de ser un sueño tranquilo y relajante.

Si creía que aquella maldita noche tuve la peor pesadilla de mi vida, estaba muy equivocado: ésta fue mucho peor. Un sueño oscuro, tenebroso y surrealista. El tiempo cobraba forma en figuras desechas y humanoides, que me torturaban con amplias sonrisas que se les salían de sus caras, si es que tenían alguna.

De  un cielo oscuro del que chorreaba como petróleo, caía una mezcla pestilente de fluidos negros como el azabache que me cubrían y se me metían en los ojos.  El dolor y el escozor eran terribles, pero no tenía manos que llevarme a la cara, estaban cubiertas de esa espesa sustancia negruzca.
Las criaturas que vi en mi anterior sueño peleaban sin armas, mordiéndose y arrancándose la carne a bocados. Unos y otros se reían, y las carcajadas se me metían en los oídos, taladrando mi maltrecha mente. Caían del cielo relojes como fundidos, como sacados de una pintura de Dalí, que pintaría en alguna de sus peores pesadillas. Al caer, se rompían en piezas que de repente eran sangre, y me empapaba. Empecé a nadar en un lago rojo y viscoso, y de repente topé con un techo que, o bien bajaba, o el nivel de dicho líquido subía. Me encontré sumergido en esa maldita sopa de muerte, sin poder abrir los ojos, pues sentía como si se me partieran por la mitad. Empecé a caer, a hundirme, incapaz de mover los brazos y piernas. Me ahogué.

Y fue entonces cuando por fin desperté, sumido en un mar de sudor y llorando. Aterrorizado y temblando, golpeé con furia la pared, impotente. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué a mí? ¡No había hecho nada malo! Arranqué a llorar, intentando consolarme, sin conseguirlo. Sentía como un nudo en mi estómago se hacía cada vez más grande, más pesado. Quemaría esa puta foto y, si todo aquello no paraba, ya pensaría qué hacer, cómo acabar con todo aquello.

Arranqué todas las fotos de la pared y las eché en un cubo de metal que tengo bajo la mesa, haciendo de papelera. Buscando mi mechero Zippo, hallo también la gasolina para rellenarlo. Rociando todos los papeles, tiré también el bote de gasolina ya vacío al cubo. Me dirigí entonces hacia mi cama, en busca de la estrella del espectáculo.

Saqué, furioso, la maldita caja de debajo de mi cama y la arrojé al suelo. Ésta se abrió del golpe, y la foto quedó boca abajo en el suelo. La cogí, decidido a ni tan siquiera volver a mirarla.
Cogí entonces una de las fotocopias y le prendí fuego con el Zippo plateado. Cuando el fuego se extendió por la foto, la arrojé al cubo, que prendió en un instante, iluminando aún más que las luces.

Iba a echar la vieja foto, culpable de todo aquello por lo que había pasado, cuando de repente, siento un aliento en la nuca.  Me di la vuelta lentamente, temblando, pero no había nada. Deslicé la mirada hacia abajo, con un hilo de sudor frío recorriendo mi espalda de arriba a abajo y todos los vellos del cuerpo rizados.

Le di la vuelta a la foto, que parecía latir con furia, como un corazón acelerado al límite. 
''Latía desesperadamente...'' 

La niña seguía ahí. Su mirada era la misma. Pero ya no mostraba dos dedos, sino tres. Esa maldita cosa ya tenía su tercer juguete, su tercera víctima. Yo.

jueves, 16 de mayo de 2013

Memorias Olvidadas.

Llevo tiempo queriendo escribir lo que voy a escribir, sólo que las palabras para hacerlo o no eran las más correctas, o simplemente se me escapaban. En este atrevimiento, que esperemos no sea fallido, intentaré explicar lo más claro posible lo que se me pasa, desde hace ya mucho tiempo, por ésta mi cabeza pensante.

Pasa y resulta que los españoles somos vistos, a lo largo y ancho del globo, como un pueblo que lleva siendo atrasado y salvaje desde el mismo momento en que nació de la tierra. Una visión que, como no, compartimos nosotros mismos.

El por qué de que compartamos una visión tan oscura y patética de nosotros mismos con aquellos que se esfuerzan (con éxito) en hacernos creer tal cosa, está claro: nuestros propios políticos y dirigentes les siguen la corriente, no vaya a ser que saquemos el orgullo y los echemos a la calle.

Hagamos una mirada comparativa con países vecinos, primero. ¿En Inglaterra se ven como unos salvajes conquistadores, avariciosos y sanguinarios? Creo que la respuesta es obvia: no. Y mira que nuestros hermanos de los calcetines y las chanclas han tenido uno de los imperios más extensos y poderosos que ha parido la historia. Claro que, después de cómo nos tienen por allí a nosotros, digo yo que lo habrán conseguido a partir de pachanguitas de fútbol y de críquet, que tan bien se les da. No vaya a resultar que consiguieron tantos territorios a lo largo del mundo a base de espadas y mosquetes, ¡por Dios!

Y digo yo que los franceses, holandeses, alemanes y rusos (entre otros), también. Es pues evidente que fuimos los españoles los únicos que derramamos sangre al forjar ese ''imperio donde nunca se ponía el Sol''. De ahí que, en lo que a finales de la E. Media y principios de la E. Moderna, España diera algunas de las hazañas más emblemáticas de la historia (todas o las mayorías de las cuales, por supuesto, se han olvidado).

Otro paralelismo con nuestros vecinos es que a sus más ilustres generales se les tiene como héroes nacionales aquí y allí, sirva de ejemplo Lord Horatio Nelson, ese héroe británico que tan vivamente combatió contra nuestros colegas españoles del pasado. En Inglaterra, a este héroe nacional se le conmemora con calles, con monumentos y con un lugar destacado en la historia, que se toman vivas molestias en enseñar en su presumiblemente avanzado sistema educativo.

Por nuestra parte, el pueblo español ha olvidado a sus propios héroes nacionales: Blas de Lezo, por ejemplo, ese cojo, tuerto y manco que venció con seis navíos y al rededor de 3.000 hombres a la mayor armada que ha visto el mundo (180 navíos y 23.600 hombres), salvo por la que invadió Normandía en tiempos más modernos. Y no sólo los ha olvidado, sino que muchos de ellos no sienten sino desprecio por aquellos que consideran unos sanguinarios, y que no eran más que unos generales que defendían los intereses de su país a lo largo del globo, como hacían sus homólogos extranjeros. Vamos, unos tipos que hacían su jodido trabajo. De hecho, los historiadores extranjeros que vienen aquí salen sumamente sorprendidos de que historias como ésta tengan como mucho una anotación en dos o tres enciclopedias que nadie lee ni quiere leer.


                                                           Don Blas de Lezo, 'El Medio-hombre'.

Porque todos sabemos de Trafalgar, por poner un ejemplo fácil. Todos nos sabemos derrotados, humillados. Vencidos. Y sólo unos pocos de nosotros recordamos victorias como la del Sitio de Cartagena de Indias, la 'Expedición a San Juan' o al valiente Churruca, ese brigadier al que mutilaron la pierna, y lo primero que hizo fue meter lo que quedaba de ella en un cubo de harina para sostenerse y seguir combatiendo él sólo contra seis navíos ingleses hasta la muerte. Algo que de salir en una película de Hollywood, todos conoceríamos y admiraríamos. Pero España no es un país de héroes olvidados, sino de villanos muy presentes.


                                Muerte de Churruca en el San Juan Nepomuceno, rodeado de sus hombres.


No es lo mismo pensar en la hegemónica Gran Bretaña o la brillante Francia que en la pobre, pobre, pobre España. Porque si algo odiamos de nosotros mismos, es aquello de las colonizaciones. Es terrible haber colonizado territorios de los cinco continentes a base de luchas y más luchas. Repito, deberíamos haber aprendido de nuestros vecinos europeos: a base de fútbol y parchís, a lo sumo.

Y la cosa no acaba ahí: lo más penoso del asunto es que son los propios españoles los que han elegido olvidar su propia historia, hacer como si ésta no hubiera existido. Para qué aprender de nuestros errores, para qué ver lo que fuimos y lo que somos (por nuestra culpa), para qué ver que los españoles no somos ni más, ni menos que el resto. Eso son cosas absurdas que no sirven para nada. Es mejor y más cómodo dejarse odiar y odiarse a uno mismo por esa leyenda que rula por ahí de que somos de lo peorcito que ha dado el mundo.


                                                                  El Jesús del Gran Poder.


Naciones tan jóvenes como Estados Unidos han aprendido que olvidar una historia no implica hacerla desaparecer. Por eso, pese a intentar tapar la de barbaridades que hicieron con los indios nativos, ahora intentan (unos más, otros menos) proteger su legado. Incluso la todopoderosa Alemania, que tiene más motivos para borrar la suya reciente que nadie, ha decidido plantar cara a su pasado y hacer saber al mundo que no son estúpidos, que de los errores se aprende y que para eso están.

Nosotros, por nuestra parte, nos quedamos agazapados como niños raros en una esquina, sin amigos. Porque no es que no podamos tenerlos, es que no queremos. Porque de pocas cosas tiene España que avergonzarse, aunque de las que tiene, debe hacerlo mucho. Ejemplo de ello es que hemos sido un pueblo que ha preferido una esclavitud abierta (o tapada, en el mejor de los casos) que la libertad de un pueblo independiente. Ese ''¡vivan las caenas!'' que rubricó en las calles de Madrid al recibir a nuestro opresor con alegría. Que ya puestos a que nos aplasten, al menos que lo haga uno de aquí. ¡Y olé!

Queda claro entonces que no somos sino el resultado de un pasado que preferimos obviar a enfrentar. Digo yo que, habiendo hecho ni más ni menos que lo mismo que hicieron el resto de naciones poderosas en su tiempo (la mayoría de las cuales, lo siguen siendo), tampoco se nos dio tan mal. Por nada más y nada menos que unos cuantos siglos, fuimos el ojo del mundo, el ombligo de todas las naciones que tenían voz y voto. Y no hay que remontarse tanto tiempo atrás. Otras hazañas emprendidas por españoles también son el haber cruzado, con el Jesús del Gran Poder (que terminó desapareciendo sin dejar rastro), como nunca antes el Atlántico central, desde Sevilla hasta Cuba en avión, en 1933; el haber descubierto el sistema nervioso; el haber sido la vanguardia de la liberación de París de manos de los nazis (9ª Compañía Leclerc), que fueron los primeros en entrar en París, en disparar sus armas contra los alemanes y en arrestar al Alto Mando alemán que ocupaba la ciudad.


                                                  La Nueve, 9ª Compañía Republicana de Leclerc.


Claro que nada de eso importa, puesto que siempre seremos recordados por una Inquisición que en realidad fue de las más suaves de Europa (y ésto lo escribe un servidor, que es ateo y ferviente crítico con la Iglesia), por unas conquistas que no fueron en nada diferentes a las realizadas por británicos, franceses, alemanes, holandeses, rusos, chinos o de dónde quiera usted referirse, por una cantidad ingente de humillantes derrotas a manos de nuestros enemigos, olvidando que, si fuimos los dueños del mundo durante más de dos siglos y una potencia peligrosa durante dos siglos más, no fue por perder.

A los españoles nos gusta olvidar. Nos gusta olvidar quiénes somos, de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí. Nos encanta pensar que esa casta de dirigentes nefastos y traidores que siempre hemos tenido han estado ahí porque alguien los ha colocado, obviando que hemos sido precisamente nosotros los que los hemos puesto ahí o, en cualquier caso, dejarlos estar.

Y no son otros que éstos dirigentes los que nos han convencido siempre que no somos nada, que mejor estar en el sofá sentados viendo el fútbol que estando orgullosos de lo que hemos sido y de lo que somos y cuidando una imagen de la que hace tiempo nos privaron. Mejor que nos hagan pensar que poner una bandera en tu casa es fascismo, algo deleznable y espantoso, que un signo de patriotismo como otro cualquiera. Eso sí, si España gana algo en fútbol, las banderas a las calles. Prohibido quemarlas, que es la costumbre. Mucho mejor, por ejemplo, tener en sudaderas las banderas de Estados Unidos o Inglaterra, que la nuestra, queda más bonito. ¡Dónde va a parar! Repito, nuestra bandera es y será siempre un estandarte del fascismo.


                                             Banderas republicanas en recuerdo de 'La Nueve'. París.


Y digo más. ¿En qué momento estar orgulloso de tu historia y de lo que eres es algo malo? Hombre, viendo cuáles son las naciones más poderosas y avanzadas del mundo, a mí me da que no. Un pueblo que desconoce sus orígenes e ignora a las personas que derramaron su sangre para que ellos estén ahí, es un pueblo muerto, perdido. Ignorante, nuestro mejor adjetivo.

Relegamos a nuestras etiquetas ideológicas la labor de decidir qué es para nosotros el progreso y qué no. Que me diga algún partido de los denominados 'de derechas' qué es, y que me lo diga uno 'de izquierdas'. ¿Seguro que coinciden? Entonces quizás sea porque España sigue partida en dos porciones. Porciones formadas por gente que ni sabe ni entiende qué es el progreso.

El progreso se consigue aprendiendo de los errores pasados, y no mirando atrás, sino adelante. Sólo nosotros podemos elegir qué camino escoger: la cuesta abajo hacia la oscuridad, que es lo más fácil y hacia donde vamos ahora mismo, o cuesta arriba hacia el progreso, más complicado, pero con unas vistas infinitamente mejores.

Que no te digan pues que eres menos que nadie. Porque tus antepasados dominaron el mundo, y tu eres la herencia de una historia que ha dejado más héroes que villanos, más honor que vergüenza. Y si llegas arriba del todo, ascendiendo esa cuesta, si haber alcanzado el progreso y haber honrado la memoria de aquellos que dieron su vida por tu libertad no te vale, siempre puedes llegar y escupir para abajo, a ver a quién le cae.

ZILD

martes, 14 de mayo de 2013

Un Buen Samaritano Más Bien Regulero.

¡Buenos días, pisacharcos!

Nos leemos de nuevo, después de un par de semanas bastante intensas. ¿Qué os traigo hoy?
Pues algo que curiosamente, demasiada gente comparte.

Hoy día, ¿quién no ve vídeos de Youtube? ¿Quién no ve películas o series por Internet? ¿Quién no lee blogs como este? Pues por una, otra o aquella, todo el mundo. Sin embargo, la pregunta que os traigo es algo más concreta, más personal. De todas aquellas personas que dedican parte de su tiempo a disfrutar con alguna de estas actividades, ¿cuántos de ellos se toman la molestia de puntuar esto, comentar aquello o compartirlo? ¡Ajá! La cosa cambia.

Porque nosotros, tan confiados nos hemos, que obviamos esa fundamental parte del entretenimiento, esa pequeña recompensa al autor a su trabajo, a su dedicación y la indudable ilusión con la que elaboró ese producto del que ahora tú disfrutas. Porque claro, para qué dedicar un mísero minuto de tu tiempo a darle ese especial aplauso al susodicho autor, si puedes seguir haciendo lo que sea que estés haciendo, a saber: perder el tiempo.

¿Cuántos de vosotros le dais a 'like' al vídeo de Youtube con el que tanto os habéis reído, o que os ha hecho pensar? ¿Cuántos de vosotros puntúa esa película, esa serie o ese documental que tanto os gustó? ¿Cuántos de vosotros se pasa por la caja de comentarios y nos da una palmadita en la espalda en forma de crítica, de opinión o lo mejor de todo, una prueba de que lo que hacemos sirve para algo? Estoy seguro de que se han levantado pocas manos entre los lectores de esta entrada, y eso es sumamente triste.

Y es triste porque cuando emprendemos un proyecto personal, con una meta concreta que pasa por la aceptación de un público o la inestimable ayuda del mismo, todos queremos que nos echen una mano. Y, como siempre, uno se decepciona. Porque se ve que este y aquel se pasan, miran el escaparate, pero se callan sus opiniones al respecto.

''¡Hay que ver cómo es la gente, que no ayuda, con lo poquito que cuesta!''

Ay, amigo... Cómo cambian las cosas cuando en lugar de ignorar, nos ignoran, ¿eh?
Resulta, que la mayor parte del trabajo en el mundo de los blogs, (y hablo de esto porque es lo mío) no lo hace quien escribe, sino el público que los lee, esos jueces anónimos que tienen en su mano que este triunfe, o se venga abajo. Y son esos jueces quienes en la mayoría de ocasiones pasan del tema, como si con ellos no fuera la cosa. Para qué dar dar un RT, para qué comentar, para qué felicitar a este, a aquel o al del fondo por esta entrada o por la otra... Mira que ocupa sólo un minuto del tiempo de uno, que resulta que tiene mucho para perder, y lo que nos ayuda a estas personillas que estamos detrás de la pantalla escribiendo, tecleando, hablando solos, como si estuviéramos locos.

Claro que lo gracioso de todo esto no es lo que hagan o dejen de hacer, sino lo irónico que resulta que son estas mismas personas las que después, cuando ven que sus ilusiones y sus proyectos no valen para nada por culpa de gente como ellos, se frustran, alzan el puño y piden antorchas contra la escasa o más bien nula conciencia de los demás (que son su reflejo en un espejo).

Uno no puede sino reírse de tanto mentecato suelto, de tanto indignado por la sociedad, de tanto crítico con la libertad de expresión. ¿Por qué protestas cuando intentan quitarte la libertad de expresarte, si cuando puedes ayudar a alguien haciéndolo no lo usas? ¡Qué ironía!

Y todo esto lo escribo pensando en la cantidad de catetos y fracasados (por no pasar a palabras mayores) que consiguen publicar un libro o un vídeo de éxito en el que sólo dicen gilipolleces o cualquier otra cosa que no aporta sino vergüenza ajena al mundo. Se me parte el corazón viendo como gente brillante, con muchas historias que contar, se quedan en el anonimato, sin poder llevar sus grandes ideas a un público que agradecería ese soplo de aire fresco, mientras que personajes como Jorge Javier Vázquez, Belén Esteban o hasta algún que otro energúmeno de nuestros estimados políticos consiguen, primero escribir algo con sentido, y luego que algún genio se lo publique. Bravo.

¿Tú te crees que esa gente tiene algo interesante que contar? Si tu respuesta es afirmativa, por favor, sal de aquí y tírate por un balcón del piso más alto que encuentres. Lo peor, es que la razón de que todo esto esté en la calle es gracias (o por culpa, más bien) de los propios consumidores, de la gente que obvia dar esa palmadita en la espalda al que la merece, y le da una absurda importancia al que no.

Qué costará darle un 'like' al vídeo que te ha gustado... Qué cuesta compartir aquellas entradas que te gustan, que te han hecho reír, que te han hecho pensar o estremecerte... Cuesta lo que cuesta: un poco de empatía.

Demasiado barato nos cuesta tirar por la borda las buenas ideas en este país, que mata la creatividad gratis. Luego está de moda soltar comentarios a propósito de lo mal que está el cine, lo mal que está la música, lo mal que está la literatura... Que por cierto, hace tiempo que se siente apartada del mundo. Nada más hay que mirar a la gente que anda suelta y sin bozal por la calle para darse cuenta de ello.

Os invito pues a sumergiros en el mundillo de los blogs, que tantas maravillas me ocultaba a mí hasta hace no mucho, porque realmente no tiene ningún desperdicio leer algunas de las maravillas que en esta particular plataforma se escriben, y que, desgraciadamente, permanecen en el más completo anonimato.

Eres tú, lector, el que tiene en sus manos decidir qué ocupa más o menos espacio en el mundo literario. Está en tus manos elegir qué vídeo merece más visitas y cuál menos. Porque es el boca a boca lo que mueve el mundo del entretenimiento en cualquiera de sus formas, y es de tu boca y no de otra de la que debe salir el nombre del canal, de la película, de la serie o del blog que te gusta y que crees que merece más de lo que tiene. Por el contrario, si no te gusta, no está de más comentarlo también. ¿Acaso es fácil para un autor darse cuenta de si escribe algo que no está a la altura, si son sus propios lectores los que deciden sobre ello? Sois entonces vosotros los que debéis dejar la impronta de si esa ilusión que se ha depositado en un proyecto ha sido en vano o no. Si ese trabajo está bien hecho o no tanto. Por mi parte, como participante y juez a la par, os invito a pasaros, por lo pronto, por los blogs recomendados en el mío. Ahí encontraréis algunas de las maravillas de las que os hablo, y una imagen vale más que mil palabras, aunque esa imagen, sean otras tantas palabrejas que forman un relato, un artículo o una crítica.

No vale de nada quejarse de la situación de todo, sino haces nada para combatir esa misma situación que criticas. No vale de nada alzar tu voz contra las grandes editoriales, discográficas, etc si no apoyas a los pequeños bloggers, youtubers y demás '-ers' que rondan por esa amalgama de joyas (en el buen y mal sentido) que es Internet.

Esas quejas salen, claro, de la boca de gente que en su mayoría no se molestan en comprarse un buen disco, una buena película o un buen libro. Esa gente, la misma de la que os estoy hablando, es la que no se toma la molestia de tener un mínimo de empatía y opinar sobre lo que escribes, en difundir tu trabajo, en ayudarte a hacerte un hueco en un mundo en el que quieres estar, y es muy difícil acceder, al menos si no sales en la televisión diciendo chorradas a diario.

Dicho esto y tras lo cual, te invito a que le eches un vistazo al título de esta entrada, y te lo apliques. Borra uno de los dos adjetivos, eligiendo cuál de ellos sobra. Eso sí, elijas cual elijas, ten presente que eso es lo que has elegido ser: un buen samaritano, o uno más bien regulero.

ZILD

viernes, 3 de mayo de 2013

El Sueño del Ruiseñor. Prólogo.



 Era uno de esos momentos en el que uno se ríe de sí mismo al recordar esas prematuras promesas de  ''no fumaré jamás''  o ''yo nunca me casaré''. Y era uno de esos momentos porque, de haber cumplido la segunda promesa, no estaría ahí, incumpliendo la primera. Claro que Thomas Sullivan no se arrepentía de haber fallado a esos dos juramentos. Sólo se arrepentía de una cosa: no haber hecho lo que tenía que hacer, cuando tenía que haberlo hecho.

Consumió lo poco que le quedaba de su último cigarrillo y lo tiró al vacío. Expulsó poco a poco el humo de su garganta, disfrutando de la que podía ser su última calada. En realidad fumar no era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero Thomas Sullivan se decía a sí mismo que, tal y como habían salido las cosas, era la menor de sus preocupaciones.

Un viento suave acarició su rostro, escuchó el suave sonido de las hojas, mecidas a la leve brisa de un otoño que se sentía cerca. Una pequeña hoja se le quedó atrapada en el pelo. Se la quitó, y se dio cuenta de cuánto había cambiado en seis años. Ahora llevaba el pelo largo, y una barba a la que no hace mucho tiempo no le hubiera dejado salir. Cómo había cambiado en aquellos seis años. Todo había cambiado.

De repente se sintió cansado, abatido. Su ánimo se vino abajo como una pluma que se precipita al infinito, perdida. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué pecado había pagado un precio tan alto? Y qué importaba ya eso... Ya no podía cambiarlo. Ya no podía redimirse. Todo cuanto había pasado, y todo cuanto le había sido arrebatado, era definitivo, y quizás fuera eso lo que más rabia le daba, que en aquel oscuro mundo, no había lugar para las segundas oportunidades. Sintió como una larga y cortante punzada de odio recorría cada centímetro de su cuerpo., de los pies a la cabeza, ascendiendo y arrastrando un frío que no le resultó agradable. Apretó, inconscientemente, el puño. Lo hizo tan fuerte que no se dio cuenta de que se estaba clavando las uñas en la palma de la mano.
Ya se había hecho la promesa, y esta sí la cumpliría, de que haría pagar, uno a uno, a los culpables de todo aquel puto desastre. Y lo mejor de la historia, como el final de un mal chiste, es que moriría  con tal de hacerlo. De hecho, la muerte se le antojaba sencilla. Ese era su fuerte. Esa era su maldición.

Thomas Sullivan revisó que su Colt. 45 estuviera cargada. El tímido resplandor de una bala que, escondida en la recámara aguardaba su momento, le indicó que así era. La enfundó, y como siempre, sacó ese algo de su bolsillo que, en realidad, era lo único que le quedaba. Una pequeña y quemada foto de aquellas tres personas que hace seis años se desvanecieron para siempre, cambiándolo todo, cambiándolo a él. Tres pares de enormes ojos de ese verde tan especial  le saludaron, como siempre. Sus dos hijas lo habían heredado casi todo de su madre, y Sullivan casi lo prefería. 

No se consideraba buena persona.  Su padre, siempre más ebrio que facultativo, se había tomado muchas molestias en recordárselo. Sullivan se avergonzaba de ser quien era, pues siempre había querido cambiarlo, borrarlo como una historia que no se quiere leer. Pero esa historia, por mucho que siempre intentara borrarla, volvía a florecer, fruto de una mala planta que es difícil de matar si no se hace de raíz, y en su caso y para su desgracia, la raíz era él mismo. Claro que al final su padre había terminado empotrado con su coche contra un bloque de cemento, mientras él había formado una familia y al menos intentaba ser un buen padre. ¿Debía sentir lástima? Porque, en realidad, lo único que le daba lástima es la posibilidad de que la muerte de ese puto borracho fuese rápida, indolora. Pagaría por saber que su padre en realidad había muerto varios minutos después del accidente, sabiendo que había sido un auténtico hijo de puta con las únicas personas que habían sentido si quiera cariño hacia él. Ojalá hubiera sentido el peso de todos y cada uno de los golpes, de los gritos y de los insultos caer sobre él mientras su vista se nublaba, hasta que esos ojos, siempre bamboleantes, se cerraban para siempre. 

No le echaba de menos, ni a la cobarde de su madre tampoco. Echaba de menos a aquellos tres pares de ojos que lo miraban vacíos desde la quemada foto que, a punto de perder la vida, pudo rescatar del fuego. Su familia, cómo la echaba de menos. Todo lo que había conseguido ser estaba ahí. El recuerdo de lo pasado y de lo perdido, de lo que pudo ser, y no fue. El recuerdo de que él no llegaría a nada. Su padre tenía razón, después de todo. 

Y lo que cada noche hacía perder el sueño a Thomas Sullivan, lo que cada mañana le quitaba las ganas de respirar, y de vuelta a la noche, sumía sus sueños en oscuras pesadillas, era que todo aquello ahora no era más que ceniza. Todo se había consumido. No era justo, pero parecía que el destino, en un morboso placer, le había escrito una carta de despedida desde el mismo momento en que abrió los ojos por primera vez. Porque Thomas Sullivan lo había perdido todo. Todo, menos un ardiente deseo de venganza. Los mataría a todos, encontraría a su hija y se ocuparía de que ella pudiera hacer lo que él nunca pudo: ver crecer a sus hijas, envejecer junto a quien había amado siempre y por quien aún se consumía por dentro, vivir libre, disfrutar de todo cuanto le había brindado la poca suerte de la que pudo disfrutar. Lo conseguiría, o moriría en el intento. Claro que antes de morir, se aseguraría de llevarse a todo el que pudiera por delante, con él. Thomas Sullivan no quería ir sólo al infierno. Estaba seguro de que iría allí, y realmente no le importaba. A Thomas Sullivan, lo único que le importaba, era tener balas suficientes para todos. 

Y esperaba tenerlas.