No puedo, en vista de cómo están las cosas, sino sentirme obligado moralmente a hablar de un tema tan espinoso como, a mi parecer, glorioso y romántico. Las letras han ilustrado a lo largo de los siglos las hazañas que nuestras voces chillaban ignorantes para silenciar; y nosotros, como siempre, sin darnos cuenta. Por ello, y por más aún, quedo por deber a escribir estas líneas, que les sirvan a ustedes, mis queridos lectores, para ilustrarse sus peludas cocorotas, y para henchir su pecho de orgullo y su cabeza de memoria, ¡que tanta falta hace!
Mas no esperen que sean todo letras mías; creo que más pueden servirles las de gente más sabia que yo, más prudente y, sobre todo, más veterana. Esta entrada pues va dedicada a todos los que tengan en bien leerla, siendo sobre todo para quedarme yo satisfecho para con el que considero que es mi deber como aficionado al arte de los escritos, la lectura y, sobre todo, mi deber como español. Quiero recalcar, y debo desgraciadamente hacerlo, que muchas citas que verán aquí pertenecen a figuras históricas más o menos célebres, algunas incluso más o menos oscuras. Pero tengan en cuenta una cosa, que es la única que en realidad importa: no deben tomar estas citas únicamente como voces del pasado; olviden el nombre de quien las pronuncia, porque quien les habla no es figura ni persona. A continuación, quien les va a hablar, es la historia.
Comencemos pues con este repaso histórico a algunas de las célebres citas sobre nuestra España, que hay de todo: unas les harán enorgullecerse, otras, reírse por las pesadas verdades que sin duda reflejan. Con otras más bien convendría echarse a llorar, pero como ya lloramos lo suficiente gracias al ilustrísimo gobierno que tenemos, nos las ahorramos para soltarlas después, cuando a bien se merezcan.
Decía Juan Pablo Mártir, allá por 1626, y con mucha razón:
-''Los españoles son ejemplo que no parece excepción, pues siendo generalmente de estatura pequeña, la grandeza de su corazón es tan grande que les da aliento, y los ha hecho dueños del mundo''.
A lo largo de la historia -de nuestra historia-, las penurias, la miseria, la ignorancia y la envidia han sido siempre o casi siempre una seña de identidad para nuestro país, donde el rico vive de excesos, y el pobre, si acaso, vive. Así ha sido siempre. Somos una nación que ha estado dirigida por la ignorancia y el odio, por el orgullo y la venganza. Así lo reflejaba (y con qué acierto), Joaquín M. Bartrina, poeta catalán del s. XIX:
-''Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del Sol; si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, será un francés; y si os habla mal de España, será un español''.
Por ello es precisamente curioso que siempre se nos haya conocido como bravos y orgullosos. Sólo hace falta leer algo sobre nuestra historia para darse cuenta de que es una auténtica pena que siempre hayamos renegado de nuestra identidad (salvo cuando un extranjero la cuestiona), en lugar de aprender de nuestros aciertos y errores, estando orgullosos de los primeros, y aprendiendo de los últimos. Además, me parece especialmente notable nuestra aversión hacia todo lo militar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro país es cuna de muchos héroes que bien valen más películas que la mitad de las representadas por Hollywood. Siempre lo he dicho: solo es necesario un pequeño vistazo a nuestro currículum para que, cada uno a su manera, recobremos esa identidad nacional que tanta falta nos hace. ¿Por qué? Porque un pueblo sin identidad nacional, un pueblo que se avergüence -sin motivos, dicho sea de paso- de ser lo que es; es un pueblo voluble, débil y manipulable. Sólo hay que ver la situación política actual: dirigidos por una casta de traidores cuyo único objetivo final es llenarse cuanto antes los bolsillos, sin importarles el bien del pueblo que, engañado como siempre y para siempre, decidió ponerlos en el poder.
Ésto sería totalmente imposible en un país donde sus ciudadanos son plenamente conscientes de su trayectoria histórica, ya que no permitirían que cuatro gatos sin honor ni vergüenza les ensuciaran el nombre y la memoria de tan penosa manera. Pero, queridos amigos, ese no es nuestro caso. Nuestro caso es que somos un país sin conciencia ni cultura. Aquí, todo lo que sea relacionado con la política o con nuestra historia es algo raro, algo lejano. Algo ''friki'', que se suele decir. Por eso somos los principales culpables de todo ésto. Porque no nos damos cuenta de que este desapego por la historia nacional y por la política (que te puede interesar más o te puede interesar menos, pero es una irresponsabilidad mayúscula renegar de ella) es precisamente obra de estos políticos tan interesados en poseer una nación de catetos y de borregos. Una nación a la que le importa más tener una buena televisión y un par de cervezas en el frigorífico para ver el ''clásico'' que dar vergüenza ajena a sus países vecinos, y a todo el globo, de paso. Las gentes, pues, desinteresadas por estos temas -que son casualmente las que se creen con derecho a indignarse después- son las más débiles y manipuladas; siempre a la espera de que la cosa cambie por sí sola. Como si eso fuera posible.
Pero, damas y caballeros, eso no siempre fue así. Si bien la distancia entre los líderes de la nación y el pueblo al que han representado ha sido siempre, o casi siempre, descomunal; los españoles nos hemos ocupado a diestro y siniestro de dar una imagen al exterior: que seremos unos iletrados y estaremos dirigidos por curas, sí. Pero aún con eso, nos basta y nos sobra para repartir estopa por cada centímetro del planeta. Como decía el libro de los Tercios Viejos:
-''No hay puñado de tierra sin una tumba española''.
Amigos míos, no hay que estar orgullosos, porque yo lo diga, de nuestros gobernantes -que alguno que otro justo y brillante sí hemos tenido; no obstante, es muy triste pensar que el concepto de España se limita al líder de turno-, sino de los héroes, humildes y caballeros, que han plagado nuestra historia. Gentes bien dispuestas a dar la vida misma si la situación lo requiere. Gentes que, si bien con toda probabilidad no sabían que ocuparían un lugar de la historia, por sus actos, sí podría parecerlo. Uno de estos ejemplos es el del Maestro de Campo de nuestros Tercios, Francisco Arias de Bobadilla quien, completamente rodeado y esperando su muerte, a la proposición de los holandeses de una rendición honrosa, contestó:
-''Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos''.
Bobadilla aguantó lo inaguantable. Pero, finalmente, venció; quedando su historia como una de las más gloriosas de la historia militar española, conocida -por si quieren leer sobre ella- como ''Milagro de Empel''. Decir que Hovak, el comandante de las fuerzas holandesas en la batalla de Empel, viendo como su segura victoria se iba a pique, dijo:
-''Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro''.
Pero sigamos con esas citas que nos ocupan, sigamos. Esta vez, otra de las grandes batallas en la que demostramos la pasta de la que estamos hechos: la batalla de Nordlingen. Dieciséis cargas aguantaron los tercios hasta decidir la batalla por su lado. Los suecos, al terminar la carnicería, dijeron:
-''Los españoles aguantaron seis horas enteras sin perder pie, atacados dieciséis veces, con furia y tesón no creíbles; tanto que decían los alemanes que los españoles peleaban como diablos más que como hombres, estando firmes como si fueran paredes''. A esto, un oficial sueco añade;
-''Nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español. No se derrumba, es una roca; no desespera y resiste pacientemente hasta que puede derrotarte''.
Diría además sobre nosotros el famoso Cardenal Richelieu:
-''Tan cierto es que los españoles aspiran al dominio mundial, como que solo su escaso número se lo impide''.
Una pequeña muestra de la imagen que hemos reflejado fuera -algo hinchada, creo, y dicho sea de paso, pues no siempre ni en todos lados fuimos considerados tales.- Si bien se nos reconoce el valor y la bravura de nuestros soldados, también se reconoce, ya en tiempos de Napoleón (aunque aplicable con matices a los nuestros), lo borregos que podemos llegar a ser. Nos dice así, el pequeño diablo gabacho:
-''Una chusma de aldeanos dirigidos por una chusma de curas''.
Sin embargo, su hermano, Jose I Bonaparte (o Pepe Botella, como se le conocía aquí), no pensaba lo mismo cuando fue enviado a nuestras tierras a gobernar en nombre de franceses, en un rincón del mundo que estaba lejos de ser suyo:
-''Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, sire; estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España''.
Y tal tuvo a bien de ser así, pues fue aquí donde, por primera vez, fue derrotado un ejército napoleónico (Batalla de Bailén).
Por otra parte, así escribían sobre nosotros Simón Bolívar, y un lugarteniente suyo, respectivamente:
-''Estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que solo ha sobresalido en fiereza, ambición, envidia y venganza...''
-''La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos me degollaría a mí mismo con tal de que así fuera''.
Este odio es, por supuesto, comprensible: éramos fieros enemigos, luchaban por su independencia ,así como nosotros lucharíamos por la nuestra. No obstante, hasta los enemigos pueden, por su valor, respetarse. Tal es así en el caso de Emilio Aguinaldo, presidente rebelde de Filipinas, allá por 1899, dirigiéndose hacia los soldados españoles que permanecieron un año entero aislados del mundo, en mitad de la jungla. Aún cuando la guerra había acabado hacía tiempo -no les llegó noticia alguna de ello-, permanecieron firmes esperando su muerte día sí y día también, con su arma en una mano, y su bandera en la otra. Dice así:
-''Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler; por el valor, la constancia y el heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia de los mismos hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los valores de los ejércitos de esta República, que bizarramente les ha combatido; a proposición de mi Secretario de Guerra y respaldado por mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente: los individuos que componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos''.
Y aquí escribo las letras de un nefasto personaje, por nombre Adolf Hitler, dirigidas hacia los soldados pertenecientes a la llamada División Azul. Pido a mis lectores que, en este punto -y cómo odio tener que aclararlo, a estas alturas- olviden los oscuros tiempos en que estaba sumida España, y vean solo la voluntad de unos soldados españoles pertenecientes al tiempo que les había tocado vivir. Ni eran todos nazis, ni eran todos unos extremistas ''anti-rojos''. Afirmar eso es cometer un fallo de principiante; así como lo es creer que los soldados alemanes que lucharon y murieron en la Segunda Guerra Mundial eran mayoritariamente nazis -como sí lo eran las cúpulas-. Si bien por supuesto había radicales de ultra-derecha en sus filas -así como los había de ultra-izquierda en las filas de la República-, ni todos eran así, ni compartían mayoría alguna dichos principios. Eran pues soldados españoles a los que les tocó vivir un tiempo difícil. Un tiempo muy jodido, donde en España se perdió mucho, y a muchos; por el deseo siempre intrínseco de las mentes huecas de acabar con el que piensa diferente. Decía el tercio-bigote:
-''Considerados como tropa, los españoles son una panda de andrajosos. Para ellos el fusil es un instrumento que no debe limpiarse bajo ningún pretexto. Entre ellos, los centinelas no existen más que en teoría. Jamás ocupan sus puestos, y si lo hacen, es durmiendo. Cuando llegan los rusos, son los indígenas (también rusos) quienes deben despertarlos. Sin embargo, jamás han cedido una pulgada de terreno. No tengo idea de seres más impávidos: apenas se protegen y desafían a la muerte. Extraordinariamente valientes, duros para las privaciones, pero ferozmente indisciplinados. En ellos, lo lamentable es la diferencia de trato entre los oficiales y la tropa. Los oficiales españoles viven de maravilla, mientras la tropa debe contentarse con la más exigua de las miserias. Por mi parte, solo sé que los nuestros están contentos de tenerlos de vecinos.''
Ésta, es especialmente curiosa. Pronunciada también por el tercio-bigote, en referencia a la propuesta que le hicieron sus generales de invadir España, una vez hubieron conquistado Francia. Aclaro que, en lo personal, dudo que la cuestión fuera así de fácil. Pero de cualquier modo, ahí va.
-''¡Ni hablar! Los españoles son el único pueblo mediterráneo valiente, y en seguida organizarían guerrillas en nuestra retaguardia. No, en España no puede entrarse si no es con permiso de los españoles''.
Y no es lo último que los alemanes del III-Reich nos dirigen, ojo. Ahí van otras perlas:
-''Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadráos ante él; es un héroe, es un español''. Jürgens, General del XXXVIII Cuerpo de Ejército de la Wehrmacht.
-''El heroísmo insuperable de los españoles que, despreciando el peligro, se entregan a la muerte cantando sus canciones de guerra antes de ceder sus posiciones al enemigo común''. General de la Wehrmacht Philip Kleffel.
Y ésta, damas y caballeros, con respecto a este tiempo histórico, es mi preferida:
Dice literalmente el libro ''Anecdotario de la Guerra Civil Española'', de Díaz-Plaja:
''Al día siguiente (de la Batalla de Brunete), visitó a Varela en Sevilla la Nueva un agregado militar alemán para felicitarle por su triunfo en la víspera. El general le convidó a almorzar con nosotros.
-Agregado: Yo estuve en la Guerra Mundial del 14 al 18, y puedo asegurarles que lo que presencié ayer no lo había visto nunca. Sus soldados, general, son los más eficaces y valientes del mundo.
-General Varela: Como sería una descortesía llevarle la contraria, yo tendré que decir que los segundos mejores son los alemanes.
-Agregado: No señor, perdone; los segundos, y quizás tanto como los que usted manda, son los rojos españoles.''
¡Pero continuemos! Las siguientes citas fueron pronunciadas por Lydia Osipova, una maestra rusa de un pueblo ocupado por la División Azul. Con ellas termino esta época para, con la siguiente -siendo de todas mi preferida-, cerrar el asunto.
-''Los españoles han destruido todo lo que nos imaginábamos de ellos, como un pueblo orgulloso, hermoso, generoso... Son pequeños, inquietos como monos, sucios y ladronzuelos como gitanos. Pero son muy bondadosos. Todas las bellezas alemanas pasaron rápidamente de los alemanes a los españoles, los que también demuestran una gran ternura y afición por las muchachas rusas. Entre ellos y los alemanes existe un odio que ahora crece a causa de las mujeres''.
-''Vi cruzar por en medio del campo de batalla a un soldado para sacar de él a un niño. Aparentemente, la conducta del capitán se considera como algo normal entre los españoles. ¿Cómo podría alguien no querer a estos chiflados?''
-''Los alemanes son valientes si así lo manda el Führer. Los españoles, en cambio, desconocen totalmente el instinto de conservación. En un ataque pueden perder al 50% de los hombres, mientras el otro 50% sigue combatiendo y cantando. Ésto lo hemos visto con nuestros propios ojos.''
Y he aquí el cierre de esta entrada, que espero hayan disfrutado leyendo tanto como yo escribiéndola. Y más importante aún: que les haya servido para quitarse de encima unos cuantos complejos. Complejos que, les recuerdo, nos han echado encima un puñado de interesados. Insisto: una nación libre, una nación fuerte, es indudablemente una nación que sabe su historia y ha aprendido de ella. Una nación que, en definitiva, se respeta.
''Bien sé a cuantos contradigo, y reconozco a los que se han de armar contra mí; más no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después''.
Francisco de Quevedo.
Zild.

Ni los truenos del averno ni los vientos de las cumbres podrían vociferar y aplaudir de puro contento como yo hice al terminar de leer esto.
ResponderEliminarUna recopilación excepcional, genialmente hilado y con las ideas claras. Desde luego, no tengo que decir nada del broche final: Quevedo. Matraka, esto es digno de periódico o similar. Terminarás por tentarme a los artículos de opinión, hideputa.
Continúa, así y siempre.
Y como siempre, su comentario. Muchas gracias, Capitán, eres un grande. Espero que te animes a los artículos de opinión, estará más que interesante verte desenvolverte por esos lares.
ResponderEliminar¡Un abrazo, vikingo!
Enorme como siempre, Lord. Deberías alternar más los artículos de opinión con los relatos literarios, pues te desenvuelves en ambos de forma magistral. Además he de decir que me ha parecido muy útil este artículo para, como dices, quitarme de encima varios complejos. Confieso también que algunas citas las he leído varias veces seguidas, del mismo gusto que me daba el imaginar al personaje diciéndola.
ResponderEliminar¡Un saludo!
¡Gracias, Julio! Deberé haceros casos y alternar mejor entre una cosa y otra... Soy un desastre en cuanto a organización. ¡Pero algo se hará, puñeta!
ResponderEliminar¡Un abrazo grande!
Inmensisimo!! Demasiado compadre. Como siempre me encanta tu rollo, y el arte que haces aquí. Pienso que debes poner énfasis en los artículos de opinión porque se te dan de miedo tio y no deberías desaprovechar eso. Un compadre tuyo, amigo escritor que aprende de los mejores y músico le da la enhorabuena. (PD: Es la segunda vez que me leo este. Me encanta)
ResponderEliminar¡Un honor recibir tales comentarios de un tocayo con tanto arte!
ResponderEliminar¡Un abrazo grande, amigo!