miércoles, 19 de febrero de 2014

Maderas de 1805.


A veces, la historia nos refleja los pensamientos e inquietudes de aquellas personas, hombres y mujeres, que saben que el siguiente paso les lleva a su final. Que tomar la decisión de cumplir con su deber para con sus compañeros,  hermanos, familia y nación implica, de todas a todas, perder el pellejo allí donde tenga que perderse; que muy a menudo es lejos de aquellas cosas por las que lo pierdes todo, ganando poco o nada. Y sobre muchas de estas gestas ni siquiera -como siempre- escuchamos canciones, leemos libros o nos enseñan en las escuelas. Hoy, en nuestra cita ineludible con la memoria y la historia, y muy a mi gusto, vengo a hablarles de una de ellas. Una donde todo se decidió sobre agua y madera, a sable y cañón. Allá, en aguas de Cádiz, el viejo y maltratado león hispano dio su último rugido en el mar. 

Aquel 21 de octubre de 1805, marineros y oficiales españoles sabían que iban a encontrar su final cerca de casa, frente a las costas mismas de su patria. La incompetencia del francés, y la falta de determinación del español, hicieron de aquel día uno de los más trágicos que aquí podemos -aunque no queremos- recordar. Supuso la pérdida de la palabra en el mar, que pasó a estar dominado por la Pérfida Albión, y nada peor pudimos haber visto. La incompetencia del francés, Villeneuve, al que el mando de la flota le quedaba muy grande -aunque al menos tuvo la decencia de batirse con valor- y la llevó a la ruina de la derrota ante una flota menor en número; aunque, todo sea dicho de paso, muy superior en técnica, por motivos que explicaré a vuestras mercedes más adelante. La falta de iniciativa del español, Gravina, gran marino, pero cuya indecisión a la hora de negarse a partir con Villeneuve -aún cuando sabía que enfrentarse a los ingleses en esas condiciones era asegurarse la derrota y la muerte- le costó la vida a varios miles de españoles que bien podrían habérselo ahorrado, pues de nada sirvió.


                           El Santa Ana mantiene el fuego frente a los navíos que lo rodean. Obra de Cortellini Sánchez.

El ver cómo el inglés se apropia de esta victoria como total y un signo de la superioridad británica ante la vieja España, es algo que me hierbe la sangre. Y por ello es por lo que estoy aquí, escribiendo esto, mientras ustedes se paran, dándome el gusto, a leerlo. Si bien debo reconocer, y es de caballeros hacerlo, que Nelson era un extraordinario personaje, un héroe admirable y un marino sin parangón, bajo cuyo mando la flota inglesa parecía invencible; no es menos propio decir que en las filas españolas -de las francesas me ahorraré hablar más de lo estrictamente necesario- contaban un buen puñado de magníficos oficiales que se dejaron la vida defendiendo el honor y la reputación de un país que daba la últimas bocanadas de aire ante la gloria de su pasado, y lo incierto de su futuro. Churruca, mi héroe predilecto de tan gloriosa batalla, demostró que valiente no es aquel que no siente miedo, sino aquel al que el terror le hiela el corazón, y aún así, decide hacer de tripas corazón y seguir adelante. Y esto es algo que no solo veo yo, sino que el propio inglés supo apreciar. Si algo admiro de los pálidos habitantes de calcetines y sandalias, es la habilidad que tienen de honrar a héroes y valientes, aún cuando hayan luchado contra ellos a muerte. Una cualidad única, solo propia de las naciones con pocos complejos y mucho orgullo y gallardía. Como la mía al parecer no lo es, yo al menos me lo tomo como cruzada personal. Que no se diga que ningún español es capaz de recordar lo alto que un día llegamos a volar.

Primero, cabe recordar que España ya venía de una sonora derrota en el Cabo de San Vicente (1797) donde, de nuevo, en superioridad numérica, la incompetencia del mando nos costó mucho, y a los británicos muy poco. En aguas portuguesas y un día de San Valentín, una flota española de veintisiete navíos, comandados por José de Córdova -a quien esta humillante derrota le costó un Consejo de Guerra- se enfrentó a una escuadra ya tocada de quince navíos británicos, comandados por John Jervis -estando el propio Nelson presente-. La poca o nula decisión del almirante español facilitó, y mucho, la victoria británica. Como anécdota, que creo que se merece al menos las pocas letras que le dedicaré, la historia de este bravo infante de marina español, quien no abandonó su puesto en el San Nicolás de Bari, aún cuando sus compañeros no podía levantarse del suelo, entre muertos, sangre y madera quebrada. El granadero Martín Álvarez guardaba la bandera, que aún ondeaba en la toldilla del navío, mas cuando éste ya se había rendido. En palabras de un oficial inglés que fue testigo de los hechos, resultó que otro oficial, confiado por la victoria, se acercó a la bandera para arriarla. Martín Álvarez, que permanece en su puesto, le da el alto, pero el oficial inglés lo ignora y sigue adelante. Sin dar tiempo a un suspiro, el infante de marina lo clava con su espada en la madera de un mamparo, matándolo al instante. Tras ello, otro oficial, acompañado de varios soldados, se acercan de nuevo a Martín Álvarez quien, dando por imposible sacar la espada de la madera -que seguía clavada, sosteniendo al oficial inglés ya muerto-, coge un mosquete y lo enarbola con furia, usándolo como maza, matando al oficial y hiriendo a dos soldados más. Seguidamente, salta sobre el alcázar de popa, donde es acribillado por la fusilería británica.
Nelson, que es testigo de todo ello, y haciendo gala de su célebre caballerosidad, ordena a sus hombres que envuelvan al soldado con la bandera que con tanto valor había defendido. Sin embargo, Martín Álvarez no estaba muerto, sino gravemente herido. Los británicos lo curaron y lo enviaron a Portugal, desde donde el bravo infante de marina pudo volver a casa.


                                            Martín Álvarez guardando la bandera, de Ferrer Dalmau.

Pero hablemos pues del contexto de la batalla que nos ocupa. Habíase formado una coalición de naciones (Reino Unido, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia) para acabar con el dominio francés que Napoleón ejercía sobre Europa ya entrado el siglo XIX. Ante esta coalición, el Imperio Francés y España, ahora aliados que, pocos años después, se matarían el uno al otro muy a conciencia y con muchas ganas. Los planes de Napoleón de atacar las islas británicas con su Grande Armée se habían visto frustrados: Napoleón envió a la flota conjunta al Caribe, amenazando las posesiones británicas allí, con la intención de sacar a Nelson del estrecho. Aunque la cosa funcionó -cuando Nelson llegó, la flota ya había dado media vuelta hacia la costa atlántica francesa-, ésta se encontró con otra flota británica, esta vez en el Cabo de Finisterre, lo que costó a la flota franco-española su primera derrota -al mando del mismo Villeneuve-. Este último decidió partir hacia Cádiz, donde atracó, desobedeciendo órdenes de Napoleón. Sintió entonces llegar a sus oídos que el Emperador de los Franceses iba a sustituirle, y que aquel que ocuparía su puesto ya se dirigía, de hecho, hacia allí. Ante la posibilidad de enfrentarse con los ingleses en Trafalgar -aún cuando podían haberlo hecho en la misma Cádiz, obteniendo el apoyo de la ciudad-, Villeneuve decidió agarrarse a un clavo ardiendo y, desoyendo las advertencias de los españoles, mandó partir hacia Trafalgar, donde se encontraría finalmente con la flota de Horatio Nelson. 

La situación de la flota era nefasta: las bajas y una epidemia de fiebre amarilla que había asolado la zona habían dejado a las tripulaciones muy tocadas, por lo que tuvieron que realizarse levas forzosas en la ciudad para poblar a los barcos de marinería capaz de hacer moverse los barcos. Aunque, como puede suponerse, meros ciudadanos no eran la tripulación que correspondía a un navío de guerra que no solo iba a enfrentarse en combate con una flota enemiga, sino que esa flota era, nada más y nada menos, la Royal Navy. Tripulaciones profesionales, muy motivadas y al mando de Horatio Nelson suponían un desafío muy serio para cualquier otra potencia naval de la época. Y Villeneuve pareció no verlo, o no quererlo ver, porque el hecho es que la flota -con barcos excelentes y muy bien armados y dirigidos, como era el caso del Santísima Trinidad, un coloso de los mares que inspiraba terror a los enemigos de las Españas-, poblada con marinería inexperta (reclusos, mendigos, campesinos, etc.), partió al encuentro del inglés en la que sería una derrota absurda y completamente innecesaria.


                                   El Bucentaure recibe una andanada de un navío británico; de Auguste Mayer.


Las impresiones de los españoles ante  la situación de la flota y el inminente combate queda mejor reflejaba en boca de los que lo vivieron que en la mía:

''Navío San Juan en Cádiz a 11 de octubre. 
Querido hermano: desde que salimos de Ferrol no pagan a nadie ni aún las asignaciones, a pesar de estar declaradas en la clase del prest del soldado, de manera que se les debe ya cuatro meses y no tienen ni esperanza de ver un real en mucho tiempo; aquí nos deben también 4 meses de sueldo y no nos dan un ochavo, sin embargo de que nos hacen echar los bofes trabajando: con lo que no puedo menos de agradecer mucho el que hayas libertado a Dolores de los apuros en que se andaría para pagarte los 1.356 reales que te los libraré yo luego que pueda; entretanto, he encontrado en Ferrol a un amigo rico que socorrerá a Dolores con cuanto necesite, y quedo tranquilo con haber asegurado ya su subsistencia decentemente. Estos son los trabajos en los que servimos al Rey, que en ningún grado podemos contar sobre nuestros sueldos [...] Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto.'' 
                                                                                 
                                                                                     Carta de Cosme Damián Churruca, a su hermano.

''Llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la  mar''
                                                                                                                             
                                                                                                        Capitán General José de Mazarredo.

Con respecto al General Mazarredo, debo decir que es considerado uno de los mejores marinos de su tiempo, y prácticamente gracias a él Estados Unidos pudo conseguir finalmente su independencia: en 1780, logró apresar un enorme convoy británico -cincuenta y tres velas- que se dirigía a las colonias, con cargamento de 80.000 mosquetes y cañones y más de un millón de libras en oro y plata, destinadas a triplicar la capacidad británica en la Guerra de Independencia estadounidense. De haber llegado, la proporción entre británicos y continentales hubiera sido de tres a uno, algo que habría decidido definitivamente la guerra en favor del rey: aún con todas las derrotas y dificultades de los continentales, la proporción entre unos y otros era, en realidad, pareja.
Además, Mazarredo se distinguió como un gran defensor de los intereses de España frente a la ambición de Bonaparte y la sumisión de los mandos españoles, algo que le valió degradaciones e incluso destierro, además de la enemistad del Gran Francés. Gracias a él, España contó con navíos preparados y y tripulaciones entrenadas, algo que hasta entonces era una triste ficción. Sumado a todo ello, logró vencer a diversas flotas inglesas -incluida la de Nelson-, en ataques como los que, por ejemplo, sufrió la ciudad de Cádiz en repetidas ocasiones.

Aclarado esto, sigamos pues con el tema que nos ocupa: las impresiones de la flota española.

''Esta escuadra hará vestir de luto a la Nación en caso de combate, labrando la afrenta del que tenga la desventura de mandarla''
       
                                                                                                                         Mayor Antonio de Escaño.

Nuevamente debo pararme a hacer mención de tan grande figura como es la de don Antonio de Escaño, discípulo de Mazarredo, amigo de Churruca y gran historiador y científico. Sus logros podrían nombrarse a partir del hecho de que, junto con Mazarredo, formase ''la mejor y más perfecta escuadra del mundo'', según franceses e ingleses, sino a sus actuaciones en batallas como las de Finisterre -donde, según palabras del propio Napoleón, ''los españoles se batieron como leones, mientras que de los franceses solo se oyeron los improperios''; o la del Cabo de San Vicente, donde gracias a su pericia y valor, en una arriesgada maniobra, logró salvar al Santísima Trinidad y al Soberano. También formó parte del consejo de guerra que acaeció en el navío de mando francés Bucentaure en el que, junto a Churruca y a Dionisio Alcalá Galiano -del que hablaré después-, aconsejaron a Villeneuve esperar el ataque inglés en Cádiz, desde donde la victoria estaría más cerca y las bajas, menores. Sin embargo, así no lo creyó el francés, que partió al encuentro de Nelson en Trafalgar.
Fue entonces Gravina le dijo la máxima de aquel día: ''pelear sin descanso hasta morir''. Así se hizo. Herido Gravina -quien peleó hasta sufrir gravísimas heridas al mando de su Argonauta-, tomó él el mando, pero fue herido poco después de un balazo en la pierna, que lo obligó a sentarse, sin dejar de dar órdenes, sin dejar de combatir. ''No es nada'', dijo, cuando sus hombres le advirtieron de la cantidad de sangre que estaba perdiendo. Poco tiempo después, perdió el conocimiento. Volvió en sí, y continuó con la labor. No obstante, perdió de nuevo el conocimiento debido a la hemorragia que sufría. Cuando nuevamente cobró consciencia, mandó salvar los buques que quedaban de su escuadra, que estaban siendo acribillados.
Tal fue su actuación, que Gravina -quien murió a sus brazos en Cádiz unos meses después-, dijo:

''Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado de mi lado, se entregará, en cuanto fallezca, al dignísimo General Escaño, como prueba pública de haberlo empuñado en mi nombre''.

Ya en 1808, al estallar la Guerra de Independencia, se unió a la rebelión patriótica, siendo nombrado Ministro de Marina, y formando a la flota y al ejército que tanto se lució tiempo después en gloriosas contiendas como Ciudad Real, San Marcial, etc.


                                                   Disposición de las flotas británicas y franco-española.

Pero volviendo de nuevo a Trafalgar, las malas noticias no acaban ahí. Villeneuve, al encontrarse con la flota inglesa, no tiene otra idea mejor que la de formar a la escuadra en un arco extenso, con el viento de costado, provocando serias dificultades a los barcos pesados para maniobrar. Los ingleses, que tenían viento a favor, formaron dos columnas y, gracias a la pericia de su almirante y la incompetencia del nuestro, lograron partir la formación franco-española en pequeños grupos, que se vieron completamente rodeados. Ante la situación, Villeneuve ordena la retirada para evitar el combate. La vanguardia, formada por algunos de los barcos más pesados, abandona la batalla, y aunque Villeneuve, cuando se ve el desastre -el viento impedía a los barcos moverse con rapidez, y eran acribillados por los navíos británicos-, ordena lo contrario: volver a todos de nuevo a combatir. No obstante, varios de los navíos pesados franceses desoyen la orden y huyen a Francia, donde serán apresados poco tiempo después. De esta mansalva de órdenes contradictorias, diría Churruca:

''El almirante no sabe lo que hace. La flota está perdida''.

Precisamente fue el propio Damián Churruca el protagonista de uno de los episodios más célebres de la batalla. Gran científico y extraordinario marino, combatió hasta la muerte sobre su barco, el San Juán de Nepomuceno (de dos baterías y setenta y cuatro cañones). Se vio rodeado primero por dos y, más tarde, por cuatro navíos ingleses, sin silenciar en ningún momento el fuego de sus baterías. El guipuzcoano sufrió, en el combate, la amputación de una pierna por una bala de cañón, ante lo cual -según se dice-, pidió un cubo con harina donde metió la pierna para evitar desangrarse y siguió combatiendo. Ordenó clavar la bandera, señal inequívoca en la Armada de que el barco no pararía de disparar hasta que no quedara nadie para poder hacerlo. Antes de morir, prohibió a sus oficiales rendirse; y uno tras otro, los oficiales que le precedieron en el combate perecieron siguiendo su orden, fieles hasta su final. No obstante, con casi la totalidad de la tripulación hecha trizas -entre muertos y heridos-, el navío se rindió, siendo de los últimos en hacerlo, rodeado en ese momento por seis navíos.


                                                 Muerte de Churruca, de Eugenio Álvarez Dumont.

Los británicos, que habían sufrido enormes bajas ante la resistencia del navío español, lo mantuvieron en Gibraltar y más tarde lo enrolaron en su propia flota, bajo el nombre de HMS San Juan. En honor a Cosme Damián Churruca, colocaron una placa con su nombre en oro en la cabina del capitán, y todo aquel que quisiera entrar a ella debía descubrirse -quitarse el sombrero-, en señal de honor y respeto.  

A hora y media de haber empezado el combate, Nelson es alcanzado por una bala disparada por un tirador desde el Redoutable, que lo distinguió entre el resto al ir Nelson con todas sus enseñas y honores cosidos al uniforme. La bala, que se alojó en su columna vertebral, lo mató lentamente, haciendo inútiles los desesperados intentos de los cirujanos ingleses por salvarle. Es entonces cuando, en un momento de lucidez entre delirios, se le comunica la victoria y pronuncia su célebre frase: ''gracias a Dios que he cumplido con mi deber.'' Según cuentan los ingleses, sus últimas palabras fueron '''Dios y mi país''.

Por nuestra parte, la mayoría de barcos estaban ya rendidos, o enseñándole el culo a los ingleses, poniendo pies en polvorosa, maltrechos y con las cubiertas llenas de muertos. O hundidos, que también hubo unos cuantos. Incluso el Santísima Trinidad, llamado El Escorial de los Mares, estaba hecho pedazos. Este impresionante barco, el mayor de su época, fue el resultado de un exitoso espionaje a los astilleros británicos en su propia casa, el Támesis. Fue construido pues, a imagen y semejanza del modelo inglés. Sin embargo, sus colosales dimensiones y los numerosos problemas que presentaba, lo hacían un gigante con los pies de barro. Cuatro puentes, ciento cuarenta cañones y casi mil marineros era la seña de identidad de un coloso cuya misión era reafirmar el poderío español en los mares.

Sin embargo, El Santísima Trinidad tuvo una cuestionable eficacia. Pese a ser un navío que inspiró puro terror a las armadas de los enemigos de España, y su éxito en campañas como las del Canal de la Mancha -en apoyo a las colonias rebeldes de Norteamérica- o el apresamiento del convoy inglés que pretendía dar la vuelta a la misma contienda -el mismo que se ha nombrado unos párrafos más arriba-, también tuvo sonoros fracasos: para empezar, estuvo apunto de ser capturado en la Batalla del cabo San Vicente donde, totalmente desarbolado y ya rendido, fue salvado en el último momento por el Don Pelayo, mandado entonces por el capitán Cayetano Valdés, quien se interpuso entre el Santísima Trinidad y los ingleses que lo cañoneaban para darle algo de tiempo, mientras le amenazaba con cañonearle él mismo si no izaba la bandera de nuevo. Salvado entonces, su siguiente encuentro sería el último: Trafalgar. Pese a presentar batalla, la situación en la que Villeneuve había dispuesto a la flota y de la que de por sí ya era un navío de muy difícil maniobra, el Santísima Trinidad terminó rendido y con su cubierta llena de muertos -la mayoría de ellos, como se ha dicho antes, personas sin el menor adiestramiento-. Los ingleses hicieron todo lo posible por llevarlo a Gibraltar, remolcándolo por dos fragatas, pero un fuerte temporal terminó por hundirlo, con todos sus heridos dentro. Algunos de sus cañones están ahora ''guardando'' la entrada al Panteón de Marinos Ilustres en Cádiz, pero con respecto al resto del barco, se desconoce por completo su paradero.

                                       El Santísima Trinidad, ''Escorial de los Mares'', con sus cuatro puentes. 

Por otra parte, otro de los grandes caídos en la jornada fue Dionisio Alcalá Galiano, un prestigioso científico y militar que pidió expresamente un cargo para poder servir a su país como él lo creyó más oportuno. Protagonista de innumerables viajes con fines científicos -cartográficos, botánicos, etc.-, incluida la célebre Expedición Malaspina e incluso responsable de la invención un sistema de orientación por los astros que sigue siendo fundamental aún hoy; Galiano se configuró como uno de los grandes científicos de su época que, además, era un gran marino y militar, reconocido por todos los países por los que se oía su nombre, incluida Inglaterra. Protagonizó exitosos viajes a América en busca de fondos para sufragar las guerras contra el inglés, burlándolos una y otra vez pese al empeño de éstos por impedir su partida o llegada a España.

Estando presente en el Consejo de Guerra llevado a cabo en el Bucentaure, expresó su opinión contraria a la de los franceses, como así lo hicieron el resto de altos mandos españoles. Sin embargo, y como ya se ha dicho y es de sobra conocido, los franceses decidieron que era mejor hacer lo contrario. Al mando del Bahama y teniendo por guardamarina a un pariente suyo, Butrón, presintió el desastre y, dirigiéndose a este, señaló la bandera y le dijo: ''Cuida de no arriarla aunque te lo manden, pues ningún Galiano se rinde, ni ningún Butrón debe hacerlo''. Así se hizo, pues pese a que su barco finalmente se rindió -cuando los oficiales que quedaban estimaron que la capacidad combativa del navío era inexistente-, ni Galiano ni Butrón estaban para verlo. El Bahama, como tantos otros navíos españoles, se batió contra dos, tres e incluso cuatro navíos ingleses a la vez, y se defendió como una fiera mandada por su bravo capitán, quien recibió una herida en una pierna al doblarle una bala el sable, una herida en la cara por metralla -que le hizo perder mucha sangre- y, después de que otra bala le arrebatara el anteojo de las manos, una bola de cañón le destrozó la cabeza, causándole la muerte.

Muchos fueron, en resumidas cuentas, los grandes oficiales y marinos que España perdió aquel fatídico 21 de octubre de 1805. Muchos más marineros hallaron la muerte sin tener por qué; sacados de las cárceles y de las calles de Cádiz forzosamente; lo que sin duda condenó a tan magnífica armada. España perdió diez de los quince barcos que envió, hallando la muerte unos mil españoles, y resultando heridos mil cuatrocientos, y dos mil quinientos hechos prisioneros. Francia sufrió más bajas, perdiendo quince barcos de los dieciocho con los que contaba. Las bajas inglesas fueron menores, pero no desdeñables: entre los cientos de muertos, el propio Nelson encontró su final -lo desnudaron y lo metieron en un barril con vino de jerez para conservarlo-, así como muchos de sus mejores oficiales. Pese a que algunos barcos británicos sufrieron grandes daños, ninguno resultó hundido.

En Gibraltar, lugar donde desembarcaron el cuerpo de Nelson, así como los de los cientos de muertos y heridos, se halla el cementerio de Trafalgar, donde están enterrados los que cayeron en tan gloriosa batalla, frente a unos españoles que dieron todo de sí por mantener el honor de su país intacto, y unos franceses que, para variar, se dieron la vuelta lo más rápido posible en cuanto las cosas se pusieron feas -si bien algunos tuvieron la mínima decencia de morir donde debieron-.


                                                            Caída de Nelson, de Denis Dighton.
                       
Con esta entrada, además de dedicar mi pequeño homenaje a los héroes que tanto demostraron aquel 21 de octubre, quiero dejar claro que, cuando paseéis por Londres, lleguéis a Trafalgar Square, veáis el imponente monumento a Lord Horatio Nelson y os sintáis abrumados del aura de gloria y orgullo que todo ello emana por cada rincón y cada piedra, recordéis que España dio uno de sus últimos rugidos allí, siempre con la cabeza alta y sin ápice de cobardía. Como escribió Pérez Reverte en su saga "Alatriste", «Ellos luchaban por su orgullo nacional, nosotros, por nuestra desesperación nacional. Que no era poca cosa.» Cuando veáis el rostro impertérrito de Nelson, o contempléis su navío, el HMS Victory, recordad el rostro humilde de Churruca, de Gaviano o de Escaño. Y recordad que no tenemos sus navíos porque se hundieron peleando, como leones.

España cayó. Pero lo hizo como debe hacerse siempre: de pie, y con las botas puestas.

Zild.

jueves, 9 de enero de 2014

Huesos en la Arena.


Esa perra ingrata y demasiadas veces olvidadiza que es España, esa fiera herida y por tanto tiempo humillada, que no sabe si cantar a sus muertos o reírse del cruel destino que sufrieron y sufren los que por ella dan el pellejo y la vida, el alma y la voz, ha tardado casi un siglo en conceder a tan gloriosos caballeros como lo son los jinetes del Regimiento Alcántara Nº 14 la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración que el ejército concede a sus más valientes héroes. 

Casi un siglo de vergüenza, de olvido, de ignominia. Casi un siglo de silencio en cuyo vacío han soportado las familias de los jinetes lo insoportable. Que cuando uno da la vida por sus compañeros de tal manera, lo mínimo es que se les reconozca, que se les recuerde. Y ninguna de las dos cosas les dio esta nación. Ni recuerdo, ni reconocimiento; a pesar del clamor popular que en aquellos años se gritó por la gloria de aquellos hombres que lucharon y murieron un 23 de julio de 1921. O en el ''Desastre de Annual'', para los amigos, y para los que no lo son tanto. Políticos de tan diversa índole -como el dictador Franco o la ministra Chacón- han coincidido en no querer remover el tema. No vaya a ser que.

El Desastre de Annual no solo supuso una vergüenza abrumadora para un ejército que antaño se veía invencible y orgulloso, sino para un pueblo que vio como sus soldados -que también son padres, hijos, maridos y hermanos- fueron enviados a la muerte por la estupidez de un rey, por un puñado de politicuchos corruptos, y por otro de ineptos generales que no buscaban otra cosa que la gloria de la sangre por la sangre. Un ejército mal equipado, sin apenas líderes capaces, con una preparación insuficiente y conocimientos del terreno que llegaban al extremo de lo ridículo. Y ante estas pesquisas, de héroes se tuvo que tirar, como siempre. Y apuesto a que ninguno de ustedes, que están leyendo esto, sabe sus nombres.


                                                       Algunos oficiales del Regimiento Alcántara.


El Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14, que ya había luchado en Flandes en tiempos del Cuarto Felipe, que se pateó media Europa combatiendo y que incluso destacó en la Guerra de Independencia, tuvo que apechugar con una misión difícil. Una misión de la que todos y cada uno de ellos sabían que no saldrían airosos. Una misión en la que no había victoria posible. El éxito de ésta era solo el ganar tiempo, el entretener al enemigo para darle un respiro a sus compañeros que se batían en una humillante retirada, totalmente desorganizados y siendo masacrados por todas partes por las tropas rifeñas, que supieron aprovechar el bombón. Casi diez mil españoles dieron con sus huesos en la arena aquellos fatídicos días. Diez mil. Diez mil que son familias rotas, que son amores que no vuelven, hijos que se pierden y hermanos que no se verán de nuevo jamás. 

A los caballeros se les ordenó proteger las columnas de españoles que eran masacrados en la retirada hacia, entre otros lugares, la ciudad de Drius y el Monte Arruit -donde más tarde se produciría otro hecho trágico que en sucesivas líneas describiré-. Así, montaron y marcharon hacia las columnas, cargando en pequeñas unidades contra los rifeños que disparaban desde las alturas, y montando en la grupa a los heridos que podían llevar. Dos días se pasaron así, entre tiro y tiro, y sable y trote, solo para ver cómo, en una de éstas, al volver a la ciudad, se la encontraron ardiendo. Todo el trabajo y las bajas para proteger a heridos y soldados en retirada había sido en vano, pues ya estaban la mayoría muertos, y la ciudad devastada. Y aún no había llegado lo más difícil. 

Llegó, poco después, una nueva orden, que sería la última para este regimiento: debían cargar contra los marroquíes que se apostaban al otro lado del río Igan y que, desde sus seguras posiciones, masacraban a los españoles que salían de la ciudad en llamas en dirección a Arruit. Y de ahí no saldrían vivos, y lo sabían. Lo cual no les impidió montar de nuevo, por vez última, en sus caballos. Orgullosos caballeros que sabían de su final cabalgaron una última vez hacia el que sería su destino; disciplinados, silenciosos y con el corazón satisfecho. Qué mejor forma hay de dar la vida que por tus hermanos, por tus amigos. Sea, pues; debieron pensar. El Teniente Coronel, sabedor de la situación, se dirigió a sus hombres y les dijo:

''Caballeros, ha llegado para nosotros la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. ¡Por España! ¡Carguen!''

Dirigidos por el Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera -hermano del dictador de mismo apellido-, los 691 jinetes del Regimiento Alcántara cargaron contra los rifeños, a sable, sin armas de fuego; el escaso espacio del que disponían se lo impedía. Tras infinidad de escaramuzas, es en el seco lecho del río Igar donde se encuentran con su destino: casi cercados por los miles de marroquíes que disparan sin cesar contra ellos, el Teniente Coronel decide darles ánimos de la única manera en que, en vista de cómo están las cosas, se pueden dar. ''Si no lo hacemos, hombres, vuestras madres, vuestras mujeres y vuestras novias dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.''


                                                         La última carga del Alcántara, de Ferrer Dalmau.


Siete veces cargaron aquellos caballeros que se sabían muertos, siendo cada vez menos, estando cada vez menos vivos. Perdiendo una parte de su alma en cada carga, con su sable ensangrentado en mano y viendo morir uno tras de otro a sus hermanos, no cesaron en el empeño. Estaban tan diezmados y el agotamiento era tal que la octava carga tuvo que ser al paso; pues los caballos no podían dar más; y aún después volvieron a cargar, esta vez a pie, y todos a una: el trompeta -apenas un niño de quince años- que transmitía las órdenes, el capellán, los veterinarios. Y cuando no quedaba nadie a quien acudir, cargaron los maestros herradores, y los chiquillos de catorce y quince años que formaban la banda de música del regimiento. De los 691 hombres que componían el regimiento, solo 69 vieron anochecer ese día. Algunos murieron poco después, como el propio Teniente Coronel, fruto de las incontables heridas que sufrieron tras ocho cargas contra un enemigo que les sobrepasaba abrumadoramente en número y armamento, pero no en coraje. Nadie les pudo llamar cobardes. Ninguna madre. Ninguna esposa o novia. Los del Alcántara cumplieron con su deber aquel fatídico día de verano de 1921, cuando las trompetas tocaron al sacrificio, y ellos respondieron. 


                                                       El Teniente Coronel, de Ferrer Dalmau.


En 1966, en la sede de la Academia de Caballería, el Coronel Director de la misma, Conrado Carretero de Pablo diría: 
''Si en algún momento las fuerzas flaquearan, que condición humana es, volved a Valladolid y visitad este viejo solar (la sede de la Academia), contemplad el monumento que preside esta fachada y, cuando veáis la arrogancia marcial de los lanceros y el gesto viril y enfebrecido del pequeño soldado de Alcántara que, con su heroico desprendimiento y total entrega, logró sencillamente lo imposible, tengo la seguridad de que la sangre golpeará con más fuerza vuestras venas, que el corazón subirá a vuestras gargantas, que una nube de lágrimas inundará vuestros ojos y que, en lo más íntimo de vuestro ser, sentiréis el inmenso orgullo de ser los continuadores directos de tanta grandeza, de tanto heroísmo y de tanto desprendimiento; y caeréis de rodillas, pues el peso de tanta gloria no os permitirá permanecer de pie''.

                                 ''¡España!'', gritaban los de Alcántara, mientras cargaban y morían. Ferrer Dalmau.


Fernando Primo de Rivera murió en el Monte Arruit, a causa de una gangrena fruto de la amputación de su brazo derecho; amputación que tuvo que afrontar sin medicamentos ni anestesia alguna, debido a los escasos medios con los que contaban las tropas. De manera póstuma, se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando. A su regimiento de valientes, sin embargo, no. Tuvieron que esperar 92 años para ver condecorada tan valerosa hazaña. 92 años en que nuestros políticos -de derechas e izquierdas, si es que en este país ha habido alguna vez distinción entre una y otra- se han empeñado repetidamente en no remover el tema. De la misma forma en que se empeñan en no desenterrar las fosas comunes de la Guerra Civil. Su estrategia -la de privar al pueblo de la conciencia nacional imprescindible para echarlos- ha resultado ser obstinadamente eficaz con una nación cuya respuesta ante la responsabilidad histórica que acarrea su propio ser ni se ve ni se la espera. 

Pero, volviendo atrás, la historia no acaba ahí. Y debo hacer referencia a los sucesos ocurridos en el Monte Arruit por lo lamentables que resultan -hasta en la guerra se asume que se lucha contra caballeros, no contra salvajes-, y porque los escasos supervivientes de las cargas del río Igar encontraron su muerte en la defensa del lugar que, como tantos otros, resultó un auténtico nido de buitres. No obstante, será de una manera diferente, pues adjunto una carta encontrada hace poco en la tumba de un soldado muerto allí. Una carta dirigida a su novia -aunque sin esperanza alguna de que llegase a esta-, y donde puede leerse, palabra tras palabra, que es una carta de despedida. El soldado que la escribió sabía que iba a morir, y así lo reflejó en un documento que, después de tantos años, hicieron llegar a la nieta de la novia. Según cuenta ésta, la amada del soldado volvió a casarse, pero jamás quitó del lado de su cama la foto del soldado que marchó a defender arena y polvo, y nunca regresó ni se supo más de él. Fue enterrada con la foto de este soldado al que, como les sucedió a otras muchas mujeres con otros hombres, nunca más volvió a ver.

Lo del Monte Arruit es uno de los episodios más lamentables de la Guerra de África, pues los marroquíes olvidaron el significado del honor y de la vergüenza, y ejecutaron como a perros a una guarnición rendida y desarmada, cuando se había pactado la rendición y retirada del contingente por ambas partes.
El 9 de agosto de 1921, el General Navarro pactó con los jefes tribales marroquíes la entrega del Monte Arruit, ante la imposibilidad de seguir defendiéndolo -llevaban tiempo asediados, y la esperanza hacía tiempo que se había desvanecido-. Las condiciones de la rendición eran pocas pero claras: se permitiría que las tropas españolas abandonaran el lugar sin hostigárseles, y se daría transporte para los heridos. Pese al pacto, tan pronto como los 3.000 españoles salieron desarmados del fortín, los rifeños los atacaron desde varios flancos sin piedad alguna. Solo 60 pudieron contarlo. 


                                                            La destrozada puerta de Monte Arruit.


En 2012, un equipo de arqueólogos y antropólogos descubrió, en una excavación del que fue el fortín español de Monte Arruit (a 30 km de Melilla) el cuerpo y pertenencias de un soldado español muerto en la defensa del fortín. Debido a las condiciones climáticas, el cuerpo y las pertenencias -una pitillera de cuero y metal con las iniciales P.G., una foto de una mujer joven, una moneda de plata con la efigie de Alfonso XIII y una extensa carta aún legible- se encontraban en excelente estado de conservación. La carta se encontraba doblada y metida en un sobre. En éste, podía leerse: 
''Hermano de armas, si lees esto será porque yo habré muerto. Por favor, cumple la última voluntad de este soldado español que ha caído por la Patria y haz llegar esta carta a María [...], que vive en Málaga en la calle [...]. Sus padres se llaman Manolo y Antonia''.

Transcribo literalmente lo escrito en la carta:

''Mi dulce María, nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por el enemigo o por efecto del calor, y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria. 

Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que enviará refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de este monte no la he vivido. Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten.

En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, los oficiales nos recuerdan día tras día lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos. 

La verdad es que no sé por qué te estoy contando ésto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches y la única persona por la que suspiro día a día; me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.

Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que el sol africano y que son capaces de convertir a cualquier hombre en estatua de sal con solo regalarle una mirada tuya. 

Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas, pues venías del mercado y como yo, apoyado en la pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan; pero giraste tu preciosa cara, me miraste y sonreíste. ¡Bendito piropo aquel! Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste. Desde entonces fuimos inseparables; me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia ha sido siempre mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando recuerdo aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía. Se nos paró el mundo alrededor en ese instante. 

En fin, hay tantas cosas que podría contar... Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé en escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré. No quiero ser egoísta y por eso te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta, pues yo siempre estaré contigo, en cada momento de tu vida. 

Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti, y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté. 

Monte Arruit, a 8 de agosto de 1921. De tu soldadito, Pedro.''


                                                     La carta original encontrada en la excavación.

A veces la suerte es injusta. Lo que sucedió en Monte Arruit no debió jamás haber sucedido. Las Leyes de la Guerra marcan claro que no se le dispara a un hombre rendido y desarmado. Pero aquel agosto de 1921, todas las leyes parecieron importar una mierda. 

Este es mi pequeño homenaje a los valientes caballeros del Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14 y a los bravos que se dejaron el pellejo defendiendo un puñado de tierra que estaba lejos de casa, con un sol que no era el nuestro. Y para Pedro, el soldado cuyo testimonio nos cuenta que el hombre, aún en su estado más extremo y más aún cuando pasa por la crueldad de la guerra y la muerte, tiene en sus pensamientos el cariño y el amor. Pues hasta en la guerra, donde el hombre es más animal que nunca, los que luchan y mueren no son más que personas; más que padres, madres, hermanos, maridos y mujeres. En definitiva, la sangre que tiñe la tierra de los infinitos campos de batalla que escriben nuestra historia no es otra que la de seres humanos; como nosotros. Como todos. 

Zild.