A veces, la historia nos refleja los pensamientos e inquietudes de aquellas personas, hombres y mujeres, que saben que el siguiente paso les lleva a su final. Que tomar la decisión de cumplir con su deber para con sus compañeros, hermanos, familia y nación implica, de todas a todas, perder el pellejo allí donde tenga que perderse; que muy a menudo es lejos de aquellas cosas por las que lo pierdes todo, ganando poco o nada. Y sobre muchas de estas gestas ni siquiera -como siempre- escuchamos canciones, leemos libros o nos enseñan en las escuelas. Hoy, en nuestra cita ineludible con la memoria y la historia, y muy a mi gusto, vengo a hablarles de una de ellas. Una donde todo se decidió sobre agua y madera, a sable y cañón. Allá, en aguas de Cádiz, el viejo y maltratado león hispano dio su último rugido en el mar.
Aquel 21 de octubre de 1805, marineros y oficiales españoles sabían que iban a encontrar su final cerca de casa, frente a las costas mismas de su patria. La incompetencia del francés, y la falta de determinación del español, hicieron de aquel día uno de los más trágicos que aquí podemos -aunque no queremos- recordar. Supuso la pérdida de la palabra en el mar, que pasó a estar dominado por la Pérfida Albión, y nada peor pudimos haber visto. La incompetencia del francés, Villeneuve, al que el mando de la flota le quedaba muy grande -aunque al menos tuvo la decencia de batirse con valor- y la llevó a la ruina de la derrota ante una flota menor en número; aunque, todo sea dicho de paso, muy superior en técnica, por motivos que explicaré a vuestras mercedes más adelante. La falta de iniciativa del español, Gravina, gran marino, pero cuya indecisión a la hora de negarse a partir con Villeneuve -aún cuando sabía que enfrentarse a los ingleses en esas condiciones era asegurarse la derrota y la muerte- le costó la vida a varios miles de españoles que bien podrían habérselo ahorrado, pues de nada sirvió.
El Santa Ana mantiene el fuego frente a los navíos que lo rodean. Obra de Cortellini Sánchez.
El Santa Ana mantiene el fuego frente a los navíos que lo rodean. Obra de Cortellini Sánchez.
El ver cómo el inglés se apropia de esta victoria como total y un signo de la superioridad británica ante la vieja España, es algo que me hierbe la sangre. Y por ello es por lo que estoy aquí, escribiendo esto, mientras ustedes se paran, dándome el gusto, a leerlo. Si bien debo reconocer, y es de caballeros hacerlo, que Nelson era un extraordinario personaje, un héroe admirable y un marino sin parangón, bajo cuyo mando la flota inglesa parecía invencible; no es menos propio decir que en las filas españolas -de las francesas me ahorraré hablar más de lo estrictamente necesario- contaban un buen puñado de magníficos oficiales que se dejaron la vida defendiendo el honor y la reputación de un país que daba la últimas bocanadas de aire ante la gloria de su pasado, y lo incierto de su futuro. Churruca, mi héroe predilecto de tan gloriosa batalla, demostró que valiente no es aquel que no siente miedo, sino aquel al que el terror le hiela el corazón, y aún así, decide hacer de tripas corazón y seguir adelante. Y esto es algo que no solo veo yo, sino que el propio inglés supo apreciar. Si algo admiro de los pálidos habitantes de calcetines y sandalias, es la habilidad que tienen de honrar a héroes y valientes, aún cuando hayan luchado contra ellos a muerte. Una cualidad única, solo propia de las naciones con pocos complejos y mucho orgullo y gallardía. Como la mía al parecer no lo es, yo al menos me lo tomo como cruzada personal. Que no se diga que ningún español es capaz de recordar lo alto que un día llegamos a volar.
Primero, cabe recordar que España ya venía de una sonora derrota en el Cabo de San Vicente (1797) donde, de nuevo, en superioridad numérica, la incompetencia del mando nos costó mucho, y a los británicos muy poco. En aguas portuguesas y un día de San Valentín, una flota española de veintisiete navíos, comandados por José de Córdova -a quien esta humillante derrota le costó un Consejo de Guerra- se enfrentó a una escuadra ya tocada de quince navíos británicos, comandados por John Jervis -estando el propio Nelson presente-. La poca o nula decisión del almirante español facilitó, y mucho, la victoria británica. Como anécdota, que creo que se merece al menos las pocas letras que le dedicaré, la historia de este bravo infante de marina español, quien no abandonó su puesto en el San Nicolás de Bari, aún cuando sus compañeros no podía levantarse del suelo, entre muertos, sangre y madera quebrada. El granadero Martín Álvarez guardaba la bandera, que aún ondeaba en la toldilla del navío, mas cuando éste ya se había rendido. En palabras de un oficial inglés que fue testigo de los hechos, resultó que otro oficial, confiado por la victoria, se acercó a la bandera para arriarla. Martín Álvarez, que permanece en su puesto, le da el alto, pero el oficial inglés lo ignora y sigue adelante. Sin dar tiempo a un suspiro, el infante de marina lo clava con su espada en la madera de un mamparo, matándolo al instante. Tras ello, otro oficial, acompañado de varios soldados, se acercan de nuevo a Martín Álvarez quien, dando por imposible sacar la espada de la madera -que seguía clavada, sosteniendo al oficial inglés ya muerto-, coge un mosquete y lo enarbola con furia, usándolo como maza, matando al oficial y hiriendo a dos soldados más. Seguidamente, salta sobre el alcázar de popa, donde es acribillado por la fusilería británica.
Nelson, que es testigo de todo ello, y haciendo gala de su célebre caballerosidad, ordena a sus hombres que envuelvan al soldado con la bandera que con tanto valor había defendido. Sin embargo, Martín Álvarez no estaba muerto, sino gravemente herido. Los británicos lo curaron y lo enviaron a Portugal, desde donde el bravo infante de marina pudo volver a casa.
Martín Álvarez guardando la bandera, de Ferrer Dalmau.
Primero, cabe recordar que España ya venía de una sonora derrota en el Cabo de San Vicente (1797) donde, de nuevo, en superioridad numérica, la incompetencia del mando nos costó mucho, y a los británicos muy poco. En aguas portuguesas y un día de San Valentín, una flota española de veintisiete navíos, comandados por José de Córdova -a quien esta humillante derrota le costó un Consejo de Guerra- se enfrentó a una escuadra ya tocada de quince navíos británicos, comandados por John Jervis -estando el propio Nelson presente-. La poca o nula decisión del almirante español facilitó, y mucho, la victoria británica. Como anécdota, que creo que se merece al menos las pocas letras que le dedicaré, la historia de este bravo infante de marina español, quien no abandonó su puesto en el San Nicolás de Bari, aún cuando sus compañeros no podía levantarse del suelo, entre muertos, sangre y madera quebrada. El granadero Martín Álvarez guardaba la bandera, que aún ondeaba en la toldilla del navío, mas cuando éste ya se había rendido. En palabras de un oficial inglés que fue testigo de los hechos, resultó que otro oficial, confiado por la victoria, se acercó a la bandera para arriarla. Martín Álvarez, que permanece en su puesto, le da el alto, pero el oficial inglés lo ignora y sigue adelante. Sin dar tiempo a un suspiro, el infante de marina lo clava con su espada en la madera de un mamparo, matándolo al instante. Tras ello, otro oficial, acompañado de varios soldados, se acercan de nuevo a Martín Álvarez quien, dando por imposible sacar la espada de la madera -que seguía clavada, sosteniendo al oficial inglés ya muerto-, coge un mosquete y lo enarbola con furia, usándolo como maza, matando al oficial y hiriendo a dos soldados más. Seguidamente, salta sobre el alcázar de popa, donde es acribillado por la fusilería británica.
Nelson, que es testigo de todo ello, y haciendo gala de su célebre caballerosidad, ordena a sus hombres que envuelvan al soldado con la bandera que con tanto valor había defendido. Sin embargo, Martín Álvarez no estaba muerto, sino gravemente herido. Los británicos lo curaron y lo enviaron a Portugal, desde donde el bravo infante de marina pudo volver a casa.
Martín Álvarez guardando la bandera, de Ferrer Dalmau.
Pero hablemos pues del contexto de la batalla que nos ocupa. Habíase formado una coalición de naciones (Reino Unido, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia) para acabar con el dominio francés que Napoleón ejercía sobre Europa ya entrado el siglo XIX. Ante esta coalición, el Imperio Francés y España, ahora aliados que, pocos años después, se matarían el uno al otro muy a conciencia y con muchas ganas. Los planes de Napoleón de atacar las islas británicas con su Grande Armée se habían visto frustrados: Napoleón envió a la flota conjunta al Caribe, amenazando las posesiones británicas allí, con la intención de sacar a Nelson del estrecho. Aunque la cosa funcionó -cuando Nelson llegó, la flota ya había dado media vuelta hacia la costa atlántica francesa-, ésta se encontró con otra flota británica, esta vez en el Cabo de Finisterre, lo que costó a la flota franco-española su primera derrota -al mando del mismo Villeneuve-. Este último decidió partir hacia Cádiz, donde atracó, desobedeciendo órdenes de Napoleón. Sintió entonces llegar a sus oídos que el Emperador de los Franceses iba a sustituirle, y que aquel que ocuparía su puesto ya se dirigía, de hecho, hacia allí. Ante la posibilidad de enfrentarse con los ingleses en Trafalgar -aún cuando podían haberlo hecho en la misma Cádiz, obteniendo el apoyo de la ciudad-, Villeneuve decidió agarrarse a un clavo ardiendo y, desoyendo las advertencias de los españoles, mandó partir hacia Trafalgar, donde se encontraría finalmente con la flota de Horatio Nelson.
La situación de la flota era nefasta: las bajas y una epidemia de fiebre amarilla que había asolado la zona habían dejado a las tripulaciones muy tocadas, por lo que tuvieron que realizarse levas forzosas en la ciudad para poblar a los barcos de marinería capaz de hacer moverse los barcos. Aunque, como puede suponerse, meros ciudadanos no eran la tripulación que correspondía a un navío de guerra que no solo iba a enfrentarse en combate con una flota enemiga, sino que esa flota era, nada más y nada menos, la Royal Navy. Tripulaciones profesionales, muy motivadas y al mando de Horatio Nelson suponían un desafío muy serio para cualquier otra potencia naval de la época. Y Villeneuve pareció no verlo, o no quererlo ver, porque el hecho es que la flota -con barcos excelentes y muy bien armados y dirigidos, como era el caso del Santísima Trinidad, un coloso de los mares que inspiraba terror a los enemigos de las Españas-, poblada con marinería inexperta (reclusos, mendigos, campesinos, etc.), partió al encuentro del inglés en la que sería una derrota absurda y completamente innecesaria.
El Bucentaure recibe una andanada de un navío británico; de Auguste Mayer.
Las impresiones de los españoles ante la situación de la flota y el inminente combate queda mejor reflejaba en boca de los que lo vivieron que en la mía:
El Bucentaure recibe una andanada de un navío británico; de Auguste Mayer.
Las impresiones de los españoles ante la situación de la flota y el inminente combate queda mejor reflejaba en boca de los que lo vivieron que en la mía:
''Navío San Juan en Cádiz a 11 de octubre.
Querido hermano: desde que salimos de Ferrol no pagan a nadie ni aún las asignaciones, a pesar de estar declaradas en la clase del prest del soldado, de manera que se les debe ya cuatro meses y no tienen ni esperanza de ver un real en mucho tiempo; aquí nos deben también 4 meses de sueldo y no nos dan un ochavo, sin embargo de que nos hacen echar los bofes trabajando: con lo que no puedo menos de agradecer mucho el que hayas libertado a Dolores de los apuros en que se andaría para pagarte los 1.356 reales que te los libraré yo luego que pueda; entretanto, he encontrado en Ferrol a un amigo rico que socorrerá a Dolores con cuanto necesite, y quedo tranquilo con haber asegurado ya su subsistencia decentemente. Estos son los trabajos en los que servimos al Rey, que en ningún grado podemos contar sobre nuestros sueldos [...] Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto.''
Querido hermano: desde que salimos de Ferrol no pagan a nadie ni aún las asignaciones, a pesar de estar declaradas en la clase del prest del soldado, de manera que se les debe ya cuatro meses y no tienen ni esperanza de ver un real en mucho tiempo; aquí nos deben también 4 meses de sueldo y no nos dan un ochavo, sin embargo de que nos hacen echar los bofes trabajando: con lo que no puedo menos de agradecer mucho el que hayas libertado a Dolores de los apuros en que se andaría para pagarte los 1.356 reales que te los libraré yo luego que pueda; entretanto, he encontrado en Ferrol a un amigo rico que socorrerá a Dolores con cuanto necesite, y quedo tranquilo con haber asegurado ya su subsistencia decentemente. Estos son los trabajos en los que servimos al Rey, que en ningún grado podemos contar sobre nuestros sueldos [...] Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto.''
Carta de Cosme Damián Churruca, a su hermano.
''Llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la mar''
Capitán General José de Mazarredo.
Con respecto al General Mazarredo, debo decir que es considerado uno de los mejores marinos de su tiempo, y prácticamente gracias a él Estados Unidos pudo conseguir finalmente su independencia: en 1780, logró apresar un enorme convoy británico -cincuenta y tres velas- que se dirigía a las colonias, con cargamento de 80.000 mosquetes y cañones y más de un millón de libras en oro y plata, destinadas a triplicar la capacidad británica en la Guerra de Independencia estadounidense. De haber llegado, la proporción entre británicos y continentales hubiera sido de tres a uno, algo que habría decidido definitivamente la guerra en favor del rey: aún con todas las derrotas y dificultades de los continentales, la proporción entre unos y otros era, en realidad, pareja.
Además, Mazarredo se distinguió como un gran defensor de los intereses de España frente a la ambición de Bonaparte y la sumisión de los mandos españoles, algo que le valió degradaciones e incluso destierro, además de la enemistad del Gran Francés. Gracias a él, España contó con navíos preparados y y tripulaciones entrenadas, algo que hasta entonces era una triste ficción. Sumado a todo ello, logró vencer a diversas flotas inglesas -incluida la de Nelson-, en ataques como los que, por ejemplo, sufrió la ciudad de Cádiz en repetidas ocasiones.
Aclarado esto, sigamos pues con el tema que nos ocupa: las impresiones de la flota española.
''Esta escuadra hará vestir de luto a la Nación en caso de combate, labrando la afrenta del que tenga la desventura de mandarla''
Mayor Antonio de Escaño.
Nuevamente debo pararme a hacer mención de tan grande figura como es la de don Antonio de Escaño, discípulo de Mazarredo, amigo de Churruca y gran historiador y científico. Sus logros podrían nombrarse a partir del hecho de que, junto con Mazarredo, formase ''la mejor y más perfecta escuadra del mundo'', según franceses e ingleses, sino a sus actuaciones en batallas como las de Finisterre -donde, según palabras del propio Napoleón, ''los españoles se batieron como leones, mientras que de los franceses solo se oyeron los improperios''; o la del Cabo de San Vicente, donde gracias a su pericia y valor, en una arriesgada maniobra, logró salvar al Santísima Trinidad y al Soberano. También formó parte del consejo de guerra que acaeció en el navío de mando francés Bucentaure en el que, junto a Churruca y a Dionisio Alcalá Galiano -del que hablaré después-, aconsejaron a Villeneuve esperar el ataque inglés en Cádiz, desde donde la victoria estaría más cerca y las bajas, menores. Sin embargo, así no lo creyó el francés, que partió al encuentro de Nelson en Trafalgar.
Fue entonces Gravina le dijo la máxima de aquel día: ''pelear sin descanso hasta morir''. Así se hizo. Herido Gravina -quien peleó hasta sufrir gravísimas heridas al mando de su Argonauta-, tomó él el mando, pero fue herido poco después de un balazo en la pierna, que lo obligó a sentarse, sin dejar de dar órdenes, sin dejar de combatir. ''No es nada'', dijo, cuando sus hombres le advirtieron de la cantidad de sangre que estaba perdiendo. Poco tiempo después, perdió el conocimiento. Volvió en sí, y continuó con la labor. No obstante, perdió de nuevo el conocimiento debido a la hemorragia que sufría. Cuando nuevamente cobró consciencia, mandó salvar los buques que quedaban de su escuadra, que estaban siendo acribillados.
Tal fue su actuación, que Gravina -quien murió a sus brazos en Cádiz unos meses después-, dijo:
''Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado de mi lado, se entregará, en cuanto fallezca, al dignísimo General Escaño, como prueba pública de haberlo empuñado en mi nombre''.
Ya en 1808, al estallar la Guerra de Independencia, se unió a la rebelión patriótica, siendo nombrado Ministro de Marina, y formando a la flota y al ejército que tanto se lució tiempo después en gloriosas contiendas como Ciudad Real, San Marcial, etc.
Pero volviendo de nuevo a Trafalgar, las malas noticias no acaban ahí. Villeneuve, al encontrarse con la flota inglesa, no tiene otra idea mejor que la de formar a la escuadra en un arco extenso, con el viento de costado, provocando serias dificultades a los barcos pesados para maniobrar. Los ingleses, que tenían viento a favor, formaron dos columnas y, gracias a la pericia de su almirante y la incompetencia del nuestro, lograron partir la formación franco-española en pequeños grupos, que se vieron completamente rodeados. Ante la situación, Villeneuve ordena la retirada para evitar el combate. La vanguardia, formada por algunos de los barcos más pesados, abandona la batalla, y aunque Villeneuve, cuando se ve el desastre -el viento impedía a los barcos moverse con rapidez, y eran acribillados por los navíos británicos-, ordena lo contrario: volver a todos de nuevo a combatir. No obstante, varios de los navíos pesados franceses desoyen la orden y huyen a Francia, donde serán apresados poco tiempo después. De esta mansalva de órdenes contradictorias, diría Churruca:
''El almirante no sabe lo que hace. La flota está perdida''.
Precisamente fue el propio Damián Churruca el protagonista de uno de los episodios más célebres de la batalla. Gran científico y extraordinario marino, combatió hasta la muerte sobre su barco, el San Juán de Nepomuceno (de dos baterías y setenta y cuatro cañones). Se vio rodeado primero por dos y, más tarde, por cuatro navíos ingleses, sin silenciar en ningún momento el fuego de sus baterías. El guipuzcoano sufrió, en el combate, la amputación de una pierna por una bala de cañón, ante lo cual -según se dice-, pidió un cubo con harina donde metió la pierna para evitar desangrarse y siguió combatiendo. Ordenó clavar la bandera, señal inequívoca en la Armada de que el barco no pararía de disparar hasta que no quedara nadie para poder hacerlo. Antes de morir, prohibió a sus oficiales rendirse; y uno tras otro, los oficiales que le precedieron en el combate perecieron siguiendo su orden, fieles hasta su final. No obstante, con casi la totalidad de la tripulación hecha trizas -entre muertos y heridos-, el navío se rindió, siendo de los últimos en hacerlo, rodeado en ese momento por seis navíos.
Muerte de Churruca, de Eugenio Álvarez Dumont.
Los británicos, que habían sufrido enormes bajas ante la resistencia del navío español, lo mantuvieron en Gibraltar y más tarde lo enrolaron en su propia flota, bajo el nombre de HMS San Juan. En honor a Cosme Damián Churruca, colocaron una placa con su nombre en oro en la cabina del capitán, y todo aquel que quisiera entrar a ella debía descubrirse -quitarse el sombrero-, en señal de honor y respeto.
Muerte de Churruca, de Eugenio Álvarez Dumont.
Los británicos, que habían sufrido enormes bajas ante la resistencia del navío español, lo mantuvieron en Gibraltar y más tarde lo enrolaron en su propia flota, bajo el nombre de HMS San Juan. En honor a Cosme Damián Churruca, colocaron una placa con su nombre en oro en la cabina del capitán, y todo aquel que quisiera entrar a ella debía descubrirse -quitarse el sombrero-, en señal de honor y respeto.
A hora y media de haber empezado el combate, Nelson es alcanzado por una bala disparada por un tirador desde el Redoutable, que lo distinguió entre el resto al ir Nelson con todas sus enseñas y honores cosidos al uniforme. La bala, que se alojó en su columna vertebral, lo mató lentamente, haciendo inútiles los desesperados intentos de los cirujanos ingleses por salvarle. Es entonces cuando, en un momento de lucidez entre delirios, se le comunica la victoria y pronuncia su célebre frase: ''gracias a Dios que he cumplido con mi deber.'' Según cuentan los ingleses, sus últimas palabras fueron '''Dios y mi país''.
Por nuestra parte, la mayoría de barcos estaban ya rendidos, o enseñándole el culo a los ingleses, poniendo pies en polvorosa, maltrechos y con las cubiertas llenas de muertos. O hundidos, que también hubo unos cuantos. Incluso el Santísima Trinidad, llamado El Escorial de los Mares, estaba hecho pedazos. Este impresionante barco, el mayor de su época, fue el resultado de un exitoso espionaje a los astilleros británicos en su propia casa, el Támesis. Fue construido pues, a imagen y semejanza del modelo inglés. Sin embargo, sus colosales dimensiones y los numerosos problemas que presentaba, lo hacían un gigante con los pies de barro. Cuatro puentes, ciento cuarenta cañones y casi mil marineros era la seña de identidad de un coloso cuya misión era reafirmar el poderío español en los mares.
Sin embargo, El Santísima Trinidad tuvo una cuestionable eficacia. Pese a ser un navío que inspiró puro terror a las armadas de los enemigos de España, y su éxito en campañas como las del Canal de la Mancha -en apoyo a las colonias rebeldes de Norteamérica- o el apresamiento del convoy inglés que pretendía dar la vuelta a la misma contienda -el mismo que se ha nombrado unos párrafos más arriba-, también tuvo sonoros fracasos: para empezar, estuvo apunto de ser capturado en la Batalla del cabo San Vicente donde, totalmente desarbolado y ya rendido, fue salvado en el último momento por el Don Pelayo, mandado entonces por el capitán Cayetano Valdés, quien se interpuso entre el Santísima Trinidad y los ingleses que lo cañoneaban para darle algo de tiempo, mientras le amenazaba con cañonearle él mismo si no izaba la bandera de nuevo. Salvado entonces, su siguiente encuentro sería el último: Trafalgar. Pese a presentar batalla, la situación en la que Villeneuve había dispuesto a la flota y de la que de por sí ya era un navío de muy difícil maniobra, el Santísima Trinidad terminó rendido y con su cubierta llena de muertos -la mayoría de ellos, como se ha dicho antes, personas sin el menor adiestramiento-. Los ingleses hicieron todo lo posible por llevarlo a Gibraltar, remolcándolo por dos fragatas, pero un fuerte temporal terminó por hundirlo, con todos sus heridos dentro. Algunos de sus cañones están ahora ''guardando'' la entrada al Panteón de Marinos Ilustres en Cádiz, pero con respecto al resto del barco, se desconoce por completo su paradero.
El Santísima Trinidad, ''Escorial de los Mares'', con sus cuatro puentes.
Por otra parte, otro de los grandes caídos en la jornada fue Dionisio Alcalá Galiano, un prestigioso científico y militar que pidió expresamente un cargo para poder servir a su país como él lo creyó más oportuno. Protagonista de innumerables viajes con fines científicos -cartográficos, botánicos, etc.-, incluida la célebre Expedición Malaspina e incluso responsable de la invención un sistema de orientación por los astros que sigue siendo fundamental aún hoy; Galiano se configuró como uno de los grandes científicos de su época que, además, era un gran marino y militar, reconocido por todos los países por los que se oía su nombre, incluida Inglaterra. Protagonizó exitosos viajes a América en busca de fondos para sufragar las guerras contra el inglés, burlándolos una y otra vez pese al empeño de éstos por impedir su partida o llegada a España.
Estando presente en el Consejo de Guerra llevado a cabo en el Bucentaure, expresó su opinión contraria a la de los franceses, como así lo hicieron el resto de altos mandos españoles. Sin embargo, y como ya se ha dicho y es de sobra conocido, los franceses decidieron que era mejor hacer lo contrario. Al mando del Bahama y teniendo por guardamarina a un pariente suyo, Butrón, presintió el desastre y, dirigiéndose a este, señaló la bandera y le dijo: ''Cuida de no arriarla aunque te lo manden, pues ningún Galiano se rinde, ni ningún Butrón debe hacerlo''. Así se hizo, pues pese a que su barco finalmente se rindió -cuando los oficiales que quedaban estimaron que la capacidad combativa del navío era inexistente-, ni Galiano ni Butrón estaban para verlo. El Bahama, como tantos otros navíos españoles, se batió contra dos, tres e incluso cuatro navíos ingleses a la vez, y se defendió como una fiera mandada por su bravo capitán, quien recibió una herida en una pierna al doblarle una bala el sable, una herida en la cara por metralla -que le hizo perder mucha sangre- y, después de que otra bala le arrebatara el anteojo de las manos, una bola de cañón le destrozó la cabeza, causándole la muerte.
Muchos fueron, en resumidas cuentas, los grandes oficiales y marinos que España perdió aquel fatídico 21 de octubre de 1805. Muchos más marineros hallaron la muerte sin tener por qué; sacados de las cárceles y de las calles de Cádiz forzosamente; lo que sin duda condenó a tan magnífica armada. España perdió diez de los quince barcos que envió, hallando la muerte unos mil españoles, y resultando heridos mil cuatrocientos, y dos mil quinientos hechos prisioneros. Francia sufrió más bajas, perdiendo quince barcos de los dieciocho con los que contaba. Las bajas inglesas fueron menores, pero no desdeñables: entre los cientos de muertos, el propio Nelson encontró su final -lo desnudaron y lo metieron en un barril con vino de jerez para conservarlo-, así como muchos de sus mejores oficiales. Pese a que algunos barcos británicos sufrieron grandes daños, ninguno resultó hundido.
En Gibraltar, lugar donde desembarcaron el cuerpo de Nelson, así como los de los cientos de muertos y heridos, se halla el cementerio de Trafalgar, donde están enterrados los que cayeron en tan gloriosa batalla, frente a unos españoles que dieron todo de sí por mantener el honor de su país intacto, y unos franceses que, para variar, se dieron la vuelta lo más rápido posible en cuanto las cosas se pusieron feas -si bien algunos tuvieron la mínima decencia de morir donde debieron-.
Caída de Nelson, de Denis Dighton.
Con esta entrada, además de dedicar mi pequeño homenaje a los héroes que tanto demostraron aquel 21 de octubre, quiero dejar claro que, cuando paseéis por Londres, lleguéis a Trafalgar Square, veáis el imponente monumento a Lord Horatio Nelson y os sintáis abrumados del aura de gloria y orgullo que todo ello emana por cada rincón y cada piedra, recordéis que España dio uno de sus últimos rugidos allí, siempre con la cabeza alta y sin ápice de cobardía. Como escribió Pérez Reverte en su saga "Alatriste", «Ellos luchaban por su orgullo nacional, nosotros, por nuestra desesperación nacional. Que no era poca cosa.» Cuando veáis el rostro impertérrito de Nelson, o contempléis su navío, el HMS Victory, recordad el rostro humilde de Churruca, de Gaviano o de Escaño. Y recordad que no tenemos sus navíos porque se hundieron peleando, como leones.
España cayó. Pero lo hizo como debe hacerse siempre: de pie, y con las botas puestas.
Zild.







Me ha impresionado el artículo del mismo modo en que me ha resultado interesante. Se nota el trabajo de fondo y la nitidez con la que se cuenta es de aplaudir; por supuesto existen las licencias que uno se toma, coño, que para algo somos jóvenes y aún podemos dar la opinión.
ResponderEliminarGenial Matraka. Especialmente me ha gustado el reconocimiento a unos y otros combatientes, y la revelación de ciertos aspectos históricos que desconocía. Bravo.
Un honor viniendo de alguien con tan buena mano en esto de las escrituras; ¡gracias! Y no puedo sino repetirlo: tremendo el artículo sobre Constantinopla. ¡Qué grande que por fin te hayas atrevido con esto del acero, el plomo y la épica!
ResponderEliminar¡Un abrazo grande, amigo!