Esa perra ingrata y demasiadas veces olvidadiza que es España, esa fiera herida y por tanto tiempo humillada, que no sabe si cantar a sus muertos o reírse del cruel destino que sufrieron y sufren los que por ella dan el pellejo y la vida, el alma y la voz, ha tardado casi un siglo en conceder a tan gloriosos caballeros como lo son los jinetes del Regimiento Alcántara Nº 14 la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración que el ejército concede a sus más valientes héroes.
Casi un siglo de vergüenza, de olvido, de ignominia. Casi un siglo de silencio en cuyo vacío han soportado las familias de los jinetes lo insoportable. Que cuando uno da la vida por sus compañeros de tal manera, lo mínimo es que se les reconozca, que se les recuerde. Y ninguna de las dos cosas les dio esta nación. Ni recuerdo, ni reconocimiento; a pesar del clamor popular que en aquellos años se gritó por la gloria de aquellos hombres que lucharon y murieron un 23 de julio de 1921. O en el ''Desastre de Annual'', para los amigos, y para los que no lo son tanto. Políticos de tan diversa índole -como el dictador Franco o la ministra Chacón- han coincidido en no querer remover el tema. No vaya a ser que.
El Desastre de Annual no solo supuso una vergüenza abrumadora para un ejército que antaño se veía invencible y orgulloso, sino para un pueblo que vio como sus soldados -que también son padres, hijos, maridos y hermanos- fueron enviados a la muerte por la estupidez de un rey, por un puñado de politicuchos corruptos, y por otro de ineptos generales que no buscaban otra cosa que la gloria de la sangre por la sangre. Un ejército mal equipado, sin apenas líderes capaces, con una preparación insuficiente y conocimientos del terreno que llegaban al extremo de lo ridículo. Y ante estas pesquisas, de héroes se tuvo que tirar, como siempre. Y apuesto a que ninguno de ustedes, que están leyendo esto, sabe sus nombres.
Algunos oficiales del Regimiento Alcántara.
El Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14, que ya había luchado en Flandes en tiempos del Cuarto Felipe, que se pateó media Europa combatiendo y que incluso destacó en la Guerra de Independencia, tuvo que apechugar con una misión difícil. Una misión de la que todos y cada uno de ellos sabían que no saldrían airosos. Una misión en la que no había victoria posible. El éxito de ésta era solo el ganar tiempo, el entretener al enemigo para darle un respiro a sus compañeros que se batían en una humillante retirada, totalmente desorganizados y siendo masacrados por todas partes por las tropas rifeñas, que supieron aprovechar el bombón. Casi diez mil españoles dieron con sus huesos en la arena aquellos fatídicos días. Diez mil. Diez mil que son familias rotas, que son amores que no vuelven, hijos que se pierden y hermanos que no se verán de nuevo jamás.
A los caballeros se les ordenó proteger las columnas de españoles que eran masacrados en la retirada hacia, entre otros lugares, la ciudad de Drius y el Monte Arruit -donde más tarde se produciría otro hecho trágico que en sucesivas líneas describiré-. Así, montaron y marcharon hacia las columnas, cargando en pequeñas unidades contra los rifeños que disparaban desde las alturas, y montando en la grupa a los heridos que podían llevar. Dos días se pasaron así, entre tiro y tiro, y sable y trote, solo para ver cómo, en una de éstas, al volver a la ciudad, se la encontraron ardiendo. Todo el trabajo y las bajas para proteger a heridos y soldados en retirada había sido en vano, pues ya estaban la mayoría muertos, y la ciudad devastada. Y aún no había llegado lo más difícil.
Llegó, poco después, una nueva orden, que sería la última para este regimiento: debían cargar contra los marroquíes que se apostaban al otro lado del río Igan y que, desde sus seguras posiciones, masacraban a los españoles que salían de la ciudad en llamas en dirección a Arruit. Y de ahí no saldrían vivos, y lo sabían. Lo cual no les impidió montar de nuevo, por vez última, en sus caballos. Orgullosos caballeros que sabían de su final cabalgaron una última vez hacia el que sería su destino; disciplinados, silenciosos y con el corazón satisfecho. Qué mejor forma hay de dar la vida que por tus hermanos, por tus amigos. Sea, pues; debieron pensar. El Teniente Coronel, sabedor de la situación, se dirigió a sus hombres y les dijo:
''Caballeros, ha llegado para nosotros la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. ¡Por España! ¡Carguen!''
Dirigidos por el Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera -hermano del dictador de mismo apellido-, los 691 jinetes del Regimiento Alcántara cargaron contra los rifeños, a sable, sin armas de fuego; el escaso espacio del que disponían se lo impedía. Tras infinidad de escaramuzas, es en el seco lecho del río Igar donde se encuentran con su destino: casi cercados por los miles de marroquíes que disparan sin cesar contra ellos, el Teniente Coronel decide darles ánimos de la única manera en que, en vista de cómo están las cosas, se pueden dar. ''Si no lo hacemos, hombres, vuestras madres, vuestras mujeres y vuestras novias dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.''
La última carga del Alcántara, de Ferrer Dalmau.
Siete veces cargaron aquellos caballeros que se sabían muertos, siendo cada vez menos, estando cada vez menos vivos. Perdiendo una parte de su alma en cada carga, con su sable ensangrentado en mano y viendo morir uno tras de otro a sus hermanos, no cesaron en el empeño. Estaban tan diezmados y el agotamiento era tal que la octava carga tuvo que ser al paso; pues los caballos no podían dar más; y aún después volvieron a cargar, esta vez a pie, y todos a una: el trompeta -apenas un niño de quince años- que transmitía las órdenes, el capellán, los veterinarios. Y cuando no quedaba nadie a quien acudir, cargaron los maestros herradores, y los chiquillos de catorce y quince años que formaban la banda de música del regimiento. De los 691 hombres que componían el regimiento, solo 69 vieron anochecer ese día. Algunos murieron poco después, como el propio Teniente Coronel, fruto de las incontables heridas que sufrieron tras ocho cargas contra un enemigo que les sobrepasaba abrumadoramente en número y armamento, pero no en coraje. Nadie les pudo llamar cobardes. Ninguna madre. Ninguna esposa o novia. Los del Alcántara cumplieron con su deber aquel fatídico día de verano de 1921, cuando las trompetas tocaron al sacrificio, y ellos respondieron.
El Teniente Coronel, de Ferrer Dalmau.
En 1966, en la sede de la Academia de Caballería, el Coronel Director de la misma, Conrado Carretero de Pablo diría:
''Si en algún momento las fuerzas flaquearan, que condición humana es, volved a Valladolid y visitad este viejo solar (la sede de la Academia), contemplad el monumento que preside esta fachada y, cuando veáis la arrogancia marcial de los lanceros y el gesto viril y enfebrecido del pequeño soldado de Alcántara que, con su heroico desprendimiento y total entrega, logró sencillamente lo imposible, tengo la seguridad de que la sangre golpeará con más fuerza vuestras venas, que el corazón subirá a vuestras gargantas, que una nube de lágrimas inundará vuestros ojos y que, en lo más íntimo de vuestro ser, sentiréis el inmenso orgullo de ser los continuadores directos de tanta grandeza, de tanto heroísmo y de tanto desprendimiento; y caeréis de rodillas, pues el peso de tanta gloria no os permitirá permanecer de pie''.
''¡España!'', gritaban los de Alcántara, mientras cargaban y morían. Ferrer Dalmau.
Fernando Primo de Rivera murió en el Monte Arruit, a causa de una gangrena fruto de la amputación de su brazo derecho; amputación que tuvo que afrontar sin medicamentos ni anestesia alguna, debido a los escasos medios con los que contaban las tropas. De manera póstuma, se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando. A su regimiento de valientes, sin embargo, no. Tuvieron que esperar 92 años para ver condecorada tan valerosa hazaña. 92 años en que nuestros políticos -de derechas e izquierdas, si es que en este país ha habido alguna vez distinción entre una y otra- se han empeñado repetidamente en no remover el tema. De la misma forma en que se empeñan en no desenterrar las fosas comunes de la Guerra Civil. Su estrategia -la de privar al pueblo de la conciencia nacional imprescindible para echarlos- ha resultado ser obstinadamente eficaz con una nación cuya respuesta ante la responsabilidad histórica que acarrea su propio ser ni se ve ni se la espera.
Pero, volviendo atrás, la historia no acaba ahí. Y debo hacer referencia a los sucesos ocurridos en el Monte Arruit por lo lamentables que resultan -hasta en la guerra se asume que se lucha contra caballeros, no contra salvajes-, y porque los escasos supervivientes de las cargas del río Igar encontraron su muerte en la defensa del lugar que, como tantos otros, resultó un auténtico nido de buitres. No obstante, será de una manera diferente, pues adjunto una carta encontrada hace poco en la tumba de un soldado muerto allí. Una carta dirigida a su novia -aunque sin esperanza alguna de que llegase a esta-, y donde puede leerse, palabra tras palabra, que es una carta de despedida. El soldado que la escribió sabía que iba a morir, y así lo reflejó en un documento que, después de tantos años, hicieron llegar a la nieta de la novia. Según cuenta ésta, la amada del soldado volvió a casarse, pero jamás quitó del lado de su cama la foto del soldado que marchó a defender arena y polvo, y nunca regresó ni se supo más de él. Fue enterrada con la foto de este soldado al que, como les sucedió a otras muchas mujeres con otros hombres, nunca más volvió a ver.
Lo del Monte Arruit es uno de los episodios más lamentables de la Guerra de África, pues los marroquíes olvidaron el significado del honor y de la vergüenza, y ejecutaron como a perros a una guarnición rendida y desarmada, cuando se había pactado la rendición y retirada del contingente por ambas partes.
El 9 de agosto de 1921, el General Navarro pactó con los jefes tribales marroquíes la entrega del Monte Arruit, ante la imposibilidad de seguir defendiéndolo -llevaban tiempo asediados, y la esperanza hacía tiempo que se había desvanecido-. Las condiciones de la rendición eran pocas pero claras: se permitiría que las tropas españolas abandonaran el lugar sin hostigárseles, y se daría transporte para los heridos. Pese al pacto, tan pronto como los 3.000 españoles salieron desarmados del fortín, los rifeños los atacaron desde varios flancos sin piedad alguna. Solo 60 pudieron contarlo.
La destrozada puerta de Monte Arruit.
En 2012, un equipo de arqueólogos y antropólogos descubrió, en una excavación del que fue el fortín español de Monte Arruit (a 30 km de Melilla) el cuerpo y pertenencias de un soldado español muerto en la defensa del fortín. Debido a las condiciones climáticas, el cuerpo y las pertenencias -una pitillera de cuero y metal con las iniciales P.G., una foto de una mujer joven, una moneda de plata con la efigie de Alfonso XIII y una extensa carta aún legible- se encontraban en excelente estado de conservación. La carta se encontraba doblada y metida en un sobre. En éste, podía leerse:
''Hermano de armas, si lees esto será porque yo habré muerto. Por favor, cumple la última voluntad de este soldado español que ha caído por la Patria y haz llegar esta carta a María [...], que vive en Málaga en la calle [...]. Sus padres se llaman Manolo y Antonia''.
Transcribo literalmente lo escrito en la carta:
''Mi dulce María, nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por el enemigo o por efecto del calor, y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria.
Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que enviará refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de este monte no la he vivido. Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten.
En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, los oficiales nos recuerdan día tras día lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos.
La verdad es que no sé por qué te estoy contando ésto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches y la única persona por la que suspiro día a día; me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.
Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que el sol africano y que son capaces de convertir a cualquier hombre en estatua de sal con solo regalarle una mirada tuya.
Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas, pues venías del mercado y como yo, apoyado en la pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan; pero giraste tu preciosa cara, me miraste y sonreíste. ¡Bendito piropo aquel! Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste. Desde entonces fuimos inseparables; me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia ha sido siempre mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando recuerdo aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía. Se nos paró el mundo alrededor en ese instante.
En fin, hay tantas cosas que podría contar... Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé en escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré. No quiero ser egoísta y por eso te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta, pues yo siempre estaré contigo, en cada momento de tu vida.
Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti, y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté.
Monte Arruit, a 8 de agosto de 1921. De tu soldadito, Pedro.''
La carta original encontrada en la excavación.
A veces la suerte es injusta. Lo que sucedió en Monte Arruit no debió jamás haber sucedido. Las Leyes de la Guerra marcan claro que no se le dispara a un hombre rendido y desarmado. Pero aquel agosto de 1921, todas las leyes parecieron importar una mierda.
Este es mi pequeño homenaje a los valientes caballeros del Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14 y a los bravos que se dejaron el pellejo defendiendo un puñado de tierra que estaba lejos de casa, con un sol que no era el nuestro. Y para Pedro, el soldado cuyo testimonio nos cuenta que el hombre, aún en su estado más extremo y más aún cuando pasa por la crueldad de la guerra y la muerte, tiene en sus pensamientos el cariño y el amor. Pues hasta en la guerra, donde el hombre es más animal que nunca, los que luchan y mueren no son más que personas; más que padres, madres, hermanos, maridos y mujeres. En definitiva, la sangre que tiñe la tierra de los infinitos campos de batalla que escriben nuestra historia no es otra que la de seres humanos; como nosotros. Como todos.
Zild.


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Esto de conmover al respetable con la boca torcida y despotricando palabros se te da de escándalo. Lo más brillante, al igual que con aquel genialísimo de Blas de Lezo, es la capacidad de sacudir al lector y el trabajo de investigación.
ResponderEliminarMag-ní-fi-co.
Gracias, como siempre, por el comentario y por los ánimos. Es usted un grande de grandes, capitán.
ResponderEliminar¡Un abrazo fuerte, amigo!