martes, 11 de junio de 2013

Un Nido de Cuervos. Capítulo I.



Saliendo del baño de aquel desconchado motel, Frank Mercer se dijo a sí mismo que algún día podría plantearse escribir un libro con las anotaciones de los baños masculinos -los que conocía- de aquí y allá, a cada cual más variopinta. Pequeños pedazos de poesía improvisada que darían fe, dentro de muchos años, de lo bajo que caemos cuando estamos solamente acompañados por un WC y nuestros más oscuros pecados. Fotógrafo 'Freelance', hacía años que había decidido cubrir las guerras de Oriente Próximo, pero encontrar la manera de trabajar allí era difícil. 

Por mucho que quisieras ser independiente, si nadie te pagaba por las fotos, terminabas lamiendo culos como todo el mundo, y Frank no era ninguna excepción. Además, nunca había tenido el talento para la fotografía de algunos de sus exponentes y colegas de profesión. Era bueno en su trabajo, sí, y tenía mucha paciencia, era aguerrido y constante. Pero por mala suerte o por torpeza, sus fotos no llegaban a convencer a nadie, muchas de ellas ni siquiera a él mismo. Frank buscaba la foto perfecta, sin encontrarla.

También escribía un diario de campo sobre sus salidas, al fin y al cabo, ser fotógrafo de guerra era uno de los empleos más peligrosos del mundo, y quizás a alguien le interese publicar el diario de uno de ellos. Seguramente nadie compraría su libro, por supuesto,  ni pagaría por sus fotos teniendo gente mucho mejor bajo firma, pero él no se rendía. Era ambicioso, y quería dejar su nombre bien grabado en alguna puerta trasera de la historia de la humanidad. Por el momento, la única puerta en que había grabado su nombre estaba en el baño del motel 'Berletz', en una carretera perdida de Eslovenia. 

El qué hacía en Eslovenia le era en realidad una cuestión harto confusa. Cansado de esperar una oportunidad que no llegaba, había contactado por correo con una vieja amiga suya, Nora Galván, también en el oficio, para ver si ésta le daba alguna buena noticia. Y la buena noticia, visto desde el lado del sacrificado currante, era que Nora había sabido por un colega suyo de la existencia de un viejo bunker alemán de la Segunda Guerra Mundial del que se hablaba en susurros. El qué se contaba no lo sabía, pero Frank, en un arrebato, estaba decidido a averiguarlo. Siempre había tenido debilidad por la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, cogió su equipo, su cartera -en la que metió el escaso dinero que había podido permitirse llevar consigo- y cogió el primer vuelo desde Canadá a Eslovenia. Cuando llegó, el frío le dio una agria bienvenida pero, como curtido canadiense, se acostumbró rápido. Le sorprendieron las bajas temperaturas de aquel lugar, tan cercano a la soleada Italia y, sin embargo, tan diferente. Estaba tan intrigado con aquel asunto que apenas pensaba en otra cosa. Se pasaba las noches en vela, nervioso, imaginándose haciendo un descubrimiento que cambiaría su vida, su estancada carrera, y le haría un buen bulto a su colchón, justo donde guardaba el resto del dinero. Lo que quedaba.

Aquella misma tarde había de reunirse con un ruso residente en el pequeño pueblo más cercano a aquel enigmático lugar. Cuando llegó, el poblado le pareció gris, empobrecido y triste. Lleno de ancianos, no vio a casi ninguna persona menor de los cuarenta o cincuenta. Paró a beber en un maltrecho bar que había sobre un paso elevado cubierto de secas hojas, frutos de un otoño frío y desapacible. Un descolorido cartel con el nombre del establecimiento -al que se le había caído la M y la Z final, seguramente hacía mucho tiempo- era la única invitación de aquel sitio, y a un hombre como Frank, acostumbrado a pisar poco sitios mejores, le pareció que esa invitación era tan buena como cualquier otra. 

Afortunadamente para él, podía fumar dentro tranquilamente. Sacó su paquete de Cross Road y se encendió el primer pitillo del día, mientras se tomaba un amargo café -que no le gustó demasiado, pero hizo el apaño-. Miró su reloj, y vio que aún faltaban unos largos treinta minutos para su cita. Se había adelantado saliendo del hotel, pero estaba demasiado nervioso para estarse quieto, sentado, esperando. Mejor allí, con esa arrugada compañía, rodeado de humo de tabaco y con un ¿café? caliente para alentar al corazón. O casi.

Cogió un  periódico que había a su lado, en una barra llena de círculos donde de adivinaban los culos de los vasos que se servían, pringosa también de los restos del alcohol derramado en ella y que no se limpió después. Se entretuvo mirando las fotos, ya que del texto no entendía absolutamente nada salvo que la prensa de aquel bar estaba de sobremanera desfasada. Si aquel lugar ya resultaba lo suficientemente lúgubre, las fotos de aquel periódico no ayudaron a solucionarlo. Decidió concentrarse en la sección deportiva, pero como no entendía nada de los artículos, prefirió dejarlo estar.

Apuró su taza de café y las últimas caladas del cigarro, pagó -sin dejar propina- el servicio y se fue, despidiéndose en un esloveno muy pobre que había aprendido, o creído aprender, de una revista de ''expresiones comunes'' que había encontrado en su asiento del avión. Probablemente ni tan siquiera dijo lo que quería decir, pues las gentes del sitio lo despidieron con una mirada hirsuta y sin una palabra. O bien tenía menos idea de la que creía de esloveno, o bien los tipos eran bastante rancios. Quizás, muy probablemente, fuera ambas cosas. Sea como fuere, Frank llegó a la plaza donde había quedado con su colega ruso alrededor de cinco minutos antes de la hora convenida. 

Aprovechó ese tiempo para sacar la cámara y hacer un par de fotos: una de un pequeño estanque mal cuidado, lleno de hojas y de agua estancada hacía tiempo, fruto del escaso mantenimiento de los espacios públicos del lugar, y otra de un monumento en el centro de la plaza, dedicado presumiblemente a  miembros de la resistencia local contra la ocupación alemana. Tres estatuas de cobre oscuras, representando a tres hombres con sus armas soviéticas en alto, rezando alguna frase en recuerdo de aquella gente.

Cuando hizo la segunda foto, la comprobó con la cámara, miró su reloj y vio que era exactamente la hora. Cuando se disponía darse la vuelta para volver hacia donde habían quedado, se encontró de bruces con un hombre alto, de pelo blanco, desgarbada postura y rojos colores en la cara, quizás fruto ésto último de un improvisado encuentro hacía no mucho con una botella de vodka medio llena -o medio vacía, pensó para sí-. 

-Siento haberle asustado, señor Mercer. No estaba seguro de que fuera usted y no me atrevía a llamarle.- Dijo el ruso entre risas, mientras él intentaba recomponerse del susto.

-Me llamo Juri Zaítsev.- Dijo, extendiendo su mano, protegida con guantes sin cobertura en los dedos.

-Frank Mercer.- Dijo él, dándole un fuerte apretón de manos con una, mientras sostenía la cámara, aún encendida, con la otra.

Juri Zaítsev era, como la mayoría de los habitantes de aquel pueblo, un hombre de unos cuarenta años largos, o cincuenta y pocos. Su forma física adivinaba un pasado de ejercicio duro, pero de eso hacía ya tiempo. No obstante, no impedía darle aspecto de tipo duro, como el de los espías soviéticos en las películas del telón de acero.

-Veo que tomaba fotos de la plaza.- Dijo con un acento ruso nada disimulado.- ¿Sabe a quienes está dedicado el monumento?

-La verdad es que no, tengo el esloveno un poco atascado.- Dijo, señalando a la placa.

-En 1941, con la ocupación de los fascistas italianos de Eslovenia, se creó lo que se llamó el Frente de Liberación de la Nación Eslovena, un grupo de resistencia que dio bastante por culo a los fascistas. Aunque éstos quisieron ponerle remedio, ni a las buenas ni a las malas apagaron la resistencia del todo. No obstante, cuando los italianos se rindieron, y aunque todo el mundo estuvo por un tiempo ilusionado, los alemanes pasaron a ocupar la zona; entonces las cosas se fueron a la mierda de verdad.

Un domingo de 1944, tres vecinos de este pueblo, al ver como se ejecutaba a un pueblerino por haber robado unos bollos de pan, salieron de sus casas armados y mataron a más de una veintena de alemanes, que se vieron sorprendidos por el coraje de los tres valientes. Durante dos horas, los alemanes quedaron tan desconcertados, que las gentes de por aquí decidieron ayudar, con palos, piedras o lo que fuera.

Desgraciadamente, el comandante en jefe de las tropas alemanas apostadas en la zona decidió tomar cartas en el asunto y envió refuerzos, que lograron acabar con dos de ellos. El tercero, que se quedó finalmente sin munición, atrincherado en un sótano, fue llevado a rastras a la calle y colgado de una gran farola que había en esta misma plaza, boca abajo, junto con sus dos compañeros.

El alemán instauró un reinado del terror en este pueblo, y cuando llegó la liberación, la gente se volcó sin piedad sobre los soldados alemanes. Se hicieron cosas horribles aquí. -Se paró un momento mirando la estatua-  Para recordar la memoria de los tres héroes locales, la gente lanzaba, a donde antes estaba la farola, sus boinas y sombreros, en señal de respeto. Finalmente el ayuntamiento decidió honrarlos con esta estatua, que se construyó a finales de los sesenta. Una historia pintoresca, ¿no cree?

-Es todo un cuento para niños...- Dijo Frank, pensativo, mientras, de reojo, se adivinaba el semblante sombrío de su nuevo compañero.

-Aquí las historias como ésa son como las películas de Disney. Total, en este pueblo hace años que no se ven niños pequeños jugando por las calles, o haciendo gamberradas. A veces me resulta muy extraño. La guerra y el dolor son oscuras manchas para la memoria de esta gente. Una mancha difícil de borrar.

Frank asentía, atento. Siempre había tenido un acérrimo gusto por las historias, más aún cuando las vivía, cuando podía verlas y tocarlas. Se imaginó cómo debió ser todo aquello, cómo debía ser el espíritu de esa gente que, con palos y piedras, se enfrentó en solitario a la Wehrmacht, el mejor ejército de su tiempo. Héroes del pasado, siempre a la sombra de una fuerza que Frank intuía, pero aún no podía ver.

Sacó otro cigarrillo y lo encendió, tendiéndole la cajetilla de Juri, quien la rechazó con un gesto.

-He visto cómo gente fuerte se quedaba hecha mierda por esos tubos humeantes. Casi que no, amigo. Debería dejarlo cuanto antes, hágame caso.

-Debería...- Le respondió, dándole una larga calada. Entre que era una persona nerviosa de por sí, y que la vida nunca le regalaba nada, fumar era un alivio cuanto menos necesario.

No hablaron demasiado durante el camino, Juri era una persona callada, y Frank no se atrevía a asediarle con todas las preguntas que le rondaban por la cabeza, así que cuando llegaron a un pequeño apartamento -y pequeño es ser optimista-, se preparó para hablar, sin atreverse a empezar el tiroteo de preguntas y respuestas.

-Dentro de unos minutos llega mi hermano Dmitri y nuestra amiga en común. Hasta entonces... ¿Hace un café?- Dijo Juri, mientras ya iba buscando la cafetera entre los muebles de la pequeña cocina.

Sin contestar, Frank quedó sorprendido por la presencia de Nora. No la esperaba. No era, ni mucho menos, que no tuviese ganas de verla, sino que simplemente esperaba ir sólo con Juri, una visita rápida a aquel lugar, sacar fotos hasta quemar la batería y volver a casa. Nada más. Su corazón antisocial y profundamente solitario le impedía disfrutar de visitas y reencuentros inesperados, aunque fuesen, como este caso, agradables. Secuelas, había pensado siempre, de una infancia difícil y retraída. Solitaria, como él mismo.

-Oh, Nora me dijo que quería verlo también. ¿No se lo ha comentado? Espero no haber hablado más de la cuenta...- Dijo, al ver la cara de sorpresa del joven canadiense.

-No se preocupe, me alegrará verla. —dijo, removiéndose algo inseguro en el asiento.

-¡Perfecto, entonces!

Sonó en ese momento el timbre, fuerte y desagradable. Ambos se miraron, y cuando Juri se dirigía a abrir la puerta, Frank se levantó del pequeño sofá donde se había sentado y, nervioso, miró hacia la puerta. Por ella entraron un hombre, de aspecto casi idéntico a Juri, salvo que rapado y más informal, si cabe, y Nora, que venía sonriente, como siempre. Se acercó rápida a Frank, dándole un cariñoso abrazo, que él respondió con sinceridad esta vez. La inseguridad había desaparecido, como pasaba siempre que que veía a alguien tan risueño, seguro y confiable como ella. Nora era, de seguro, una de esas personas que interesa tener cerca cuando las cosas se ponen feas. Lo sabía por experiencia.

-Quería darte una sorpresa, he venido desde Madrid en cuanto he sabido que habías decidido venir. Yo también siento mucha curiosidad por ese sitio. Es una gran oportunidad, ¡nadie ha conseguido publicar fotos de él! ¿Te lo puedes creer? En plena era digital, con tantos drones y cámaras de alta definición, ¡y a nadie le ha picado tanto la curiosidad como a nosotros! Estamos de suerte.

Frank asintió con una sonrisa, mientras saludaba con un cálido apretón de manos al hermano de Juri, Dmitri, que parecía aún más serio que su colega de sangre. Debía ser cosa de familia, eso de no contar chistes.
Estuvieron hablando sobre los trabajos, sobre el tiempo y sobre mil y un nimiedades más. Frank, aunque relajado, estaba impaciente porque abordasen el tema que los había arrastrado tantos kilómetros, pero el momento parecía no llegar.

Finalmente, y viendo que los hermanos  esquivaban el tema, decidió sacarlo de sopetón.

-Y ese búnker... ¿Qué misterio tiene? ¿Qué lo hace tan especial?

Los hermanos se miraron, algo que no pasó desapercibido, y Juri empezó a hablar, frotándose las manos, nervioso.

-No es que sea especial. Es algo más. Los militares guardan la montaña en la que se encuentra, y prohíben la entrada a todo el mundo en un área de al menos dos o tres kilómetros. Hacen revisiones periódicas, pero nunca están más de una hora dentro. Por lo visto el sitio tiene algo que te afecta el coco o algo así.

-Y, si no resulta indiscreto -comenzó, sacando su vena periodística, siempre al tanto-, ¿cuál es su relación con el búnker? ¿Han trabajado allí?

Contestó Dmitri, sacándose una pipa de fumar ya preparada del bolsillo del abrigo, al tiempo que encendía una cerilla y daba intermitentes caladas a ésta, soltando un espeso y sabroso humo, cuyo agradable olor impregno el piso.

-Estuve destinado allí durante unos años. Me prohibían hablar del tema con nadie. Pero cuando, después de tanto tiempo de servicio,  tuve aquel accidente, me retiraron del servicio sin pagarme absolutamente nada. Les importaba una mierda, claro. —dijo, con su fuerte acento del este. —Al día siguiente, ya había otro tío en mi puesto, y yo me pudrí en mi casa, sin sueldo ni reconocimiento alguno.- Terminó, con aire irsuto, enseñando una enorme cicatriz en el pecho y acabando con algo en ruso que, aunque no se entendió, tampoco hizo falta.

-Dmitri puede colarnos, no durante mucho tiempo, pero el suficiente para que veáis las instalaciones y toméis unas cuantas fotos. Este pueblo se ha ido a la mierda desde que ese sitio está ahí. El mundo debe saber qué es lo que sea que esconden con tanto cuidado. Yo, quiero saberlo.- Dijo Juri, con aire serio.

Siguieron la conversación durante al menos un par de horas, envueltos en la mezcla de olor a café y humo de pipa. Cuando estuvieron cansados, especialmente Nora, se despidieron y cada uno marchó a su hotel, menos Frank, que dormiría allí -en el desvencijado sofá- hasta que hubieran terminado el viaje.

Cuando Juri cerró la puerta de su cuarto, Frank se quedó embobado mirando al techo. De nuevo, tenía demasiadas cosas en la cabeza como para conciliar el sueño de manera fácil. Tampoco era una persona de dormir mucho, siempre le costaba más de lo que le gustaría, y cuando lo hacía, no descansaba bien.

Cuando se aburrió de intentar dormir, se incorporó y se encendió otro cigarrillo. No encendió la luz, por temor a despertar a su anfitrión, pero sí activo el flash del móvil y sacó su cuaderno de fotos. Asiduo ritual, a estas alturas, para aquellas noches de insomnio.
Pasando de una a otra veía como, pese a ser buenas fotos, siempre había un ingrediente que faltaba; no obstante nunca averiguaba cuál era, lo que le resultaba sumamente frustrante. Ser periodista bélico era un trabajo muy duro, y Frank había visto cosas horribles, espantosas. Era consciente de que cada persona tiene un monstruo en su interior, y de que no todos saben reprimirlo cuando tienen el poder de un arma en las manos.

Miró por la ventana, hacia un cielo precioso, imponente. En aquel pueblo, las luces eran pocas e iluminaban menos. No le pareció mal. La contaminación lumínica de las ciudades le ponía enfermo. Desde niño le había gustado mirar las estrellas, y siempre había sido consciente de que lo que veía era una ínfima parte de lo que había en realidad. Pero la luz, incómoda invitada, no le permitía ver más. Ante él se extendía una vasta extensión de pequeñas lamparitas colgantes del cielo oscuro de la vieja Europa. El espectáculo era asombroso. Abrió las portezuelas de la ventana y sacó su cámara.

Con el cigarro en los labios, la cogió con ambas manos y se puso a hacer fotos al estrellado cielo esloveno. Cada vez que, al volver a casa, no pudiese ver el cielo por la luz, cogería el portátil y vería aquellas fotos, recordando lo pequeño que es el ser humano, y lo grande que se siente. 

Y fue mientras hacía aquellas fotos, cuando una pequeña luz se iluminó en la encrespada montaña al oeste del pueblo. Cubierta de espesos bosques y vastas rocas, la montaña se mostraba amenazante, como un gigante dormido. Y de ella, en su cresta, salía ese... ¿Resplandor? Frank se quedó mirando durante un rato aquel lugar, pero no volvió a ver aquella luz hasta que, de pronto, aquel flash volvía a aparecer. Aparecía durante un segundo, y volvía a irse, sumiendo todo aquello en la profunda y homogénea oscuridad de la noche.
Apuntó con su cámara hacia allí, y aumentó el zoom al máximo. Por la pantalla digital, observó durante un buen rato. Pero la luz no volvió a aparecer. Intrigado, tomó varias fotos a la oscuridad, por si volvía a aparecer pillarla al instante, pero no lo hizo.

Cerró la ventana y volvió a sentarse. Apagó el cigarrillo en el cenicero y se puso a revisar las fotos en la pequeña pantalla de la cámara. Primero la plaza del pueblo, con su descuidado estanque y la estatua de bronce dedicada a aquellos tres hombres. Luego el cielo estrellado, tan inmenso, tan infinito.

Luego la oscuridad de la montaña. Pero pareció distinguir algo... Sacó de su mochila el cable para conectar la cámara a su portátil, y pasó todas las fotos a éste eliminándolas de la cámara, para ahorrar espacio. Abrió el archivo de las fotos, y allí estaban todas: el estanque, la estatua, el cielo... Y la oscuridad.

Acercó la cara a la pantalla, pero no logró ver nada. Subió el brillo de la misma. Nada. Encendió un nuevo cigarro, intrigado. Cuando lo encendió, y echó el humo sobre la pantalla...
Se quedó petrificado. Un sudor frío nada cómodo le recorrió la espalda y apretó la mandíbula como un resorte sin darse cuenta. 

Tras él, pegado a la ventana, había una figura alta y esquelética, sin facciones. Entre las sombras, distinguía que la figura no poseía rostro, no tenía nariz, ni boca ni pelo. Sólo una raquítica figura que, desde la oscuridad, clavaba sus fétidos ojos amarillentos en su espalda.

Al instante, aterrorizado, cerró de golpe la pantalla y se dio la vuelta lo más rápido que pudo, tirando al suelo el cenicero y desparramando todas las cenizas. Nada. Sentía el corazón queriendo salírsele del pecho, el temblor incontrolable de sus piernas, sus puños apretados de forma inconsciente (más tarde se daría cuenta de que se había clavado sus propias uñas en las palmas de las manos), sus ojos abiertos, de par en par, tanto que parecía que iban a caerse redondos al suelo, incapaz el párpado de soportarlos.

-¿Pero qué coño...?- Dijo para sí, con un miedo visceral que le recorría las entrañas y todo su cuerpo, frío, afilado.

No volvió a conciliar el sueño aquella noche. No se atrevió. Como un niño pequeño con miedo a la oscuridad, Frank Mercer, un joven fotógrafo canadiense sin demasiado talento, se sintió desnudo, solo. En aquel pueblo pasaba algo. Pasaba alguna mierda muy rara, y estaba dispuesto a averiguar qué coño era, y a sacarle una buena foto.


Pero antes tenía que mear. Aquella cosa, fuera lo que fuese, casi le hace orinarse encima, y si iba a relanzar su carrera con una historia como aquella, tendría que tener los calzoncillos limpios. 

3 comentarios:

  1. Brutal. Maldita sea, genial. Aterras escribiendo... creas el ambiente de forma magistral. En ese maldito pueblo pasa algo... a ver si no tardas mucho en ir desvelándonos qué es lo que es.

    Un abrazo, y a seguir con historias de estas ¡Lo bordas!

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  2. ¡Maldición y mil demonios! Tu narrativa me gusta, porque resulta completa pero no es tediosa. Fluidez, esa es la clave, si señor. Y la palabrotería, magna.

    Lo del final lo he leído corriendo para que no me diera tiempo a pensar que de verdad hace falta que gire la cabeza a ver si me apuñalan el alma.

    ¡Prosigue en el camino!

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  3. ¡Gracias a los dos, buenas gentes! Me alegro de que guste. La intención es dar muchas vueltas, ¡a ver cómo se me da que os hagáis la picha un lío!

    ¡Un abrazo fuerte!

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