miércoles, 22 de mayo de 2013

Proyecto Génesis. Capítulo 4.



Buenas, malas y regulares a todos. Lo que hoy os brindo es fruto de lo que un compañero literato acertó en llamar 'Proyecto Génesis', a saber, una colaboración entre varios blogs como éste para crear, a pluma y tecla, una excéntrica historia que hoy, aquí, tiene su cuarto capítulo.


Antes de leer la presente entrega, os recomiendo leer las tres anteriores. A tres páginas cada uno son capítulos cortos y, gracias al talento de mis compañeros, muy entretenidos. Para ello, podéis ir aquí para comenzar nuestra historia, http://bit.ly/16NEsMi; aquí para continuarla, http://bit.ly/10lhQLY y finalmente aquí para leer lo último escrito, http://bit.ly/14Qd38m.

Sin más os dejo con la parte que me toca a mí, que espero no cause demasiados destrozos y os entretenga por unos minutos. Allá va.

                                                                                            ***
                                                                       
Despierto sobresaltado, con el corazón encogido y tembloroso el pulso. Aunque me cuesta abrir los ojos, más me cuesta ver: ¿dónde demonios estoy? Miro a mi alrededor, y acierto a pensar que no estoy en mi piso, ni cerca de él. El sol me sonríe, feliz de un día sin nubes que nublen sus rayos. 

Su luz crea un curioso conjunto de sombras aquí y allá y yo me encuentro en una de ellas, bajo una enorme columna. Estoy en la entrada del museo. El qué hago aquí y el cómo he caminado dormido desde mi lúgubre piso hasta mi improvisada cama -el propio suelo- me son un misterio. Me levanto poco a poco y me llevo una mano al cuello, que me duele. Se ve que dormir pegado al frío suelo de la calle no es la mejor almohada que he tenido. Qué suerte.

¿Pero qué cojones había sido ese sueño? Me vi morir... Parecía todo tan real... Me miré, sin saber por qué, el cuerpo. Tenía moratones, arañazos. Heridas. ¿¡Pero qué coño!? Empecé a ponerme muy nervioso. O me habían gastado una broma sin ninguna gracia o allí estaba pasando algo muy raro.

Reparo sin quererlo en que no estoy solo: me acompaña una pequeña caja de madera gastada. La caja. De repente recordé. La abrí con miedo, pese a saber lo que guardaba, y allí estaba. La raída foto de esa chica mirándome y posando con los dedos en señal de 'V'. Me intrigaba, además, que la llamada y la extraña voz me hubiesen llevado hasta allí el día anterior. ¿Con qué propósito?

Las preguntas se me agolpaban en la cabeza, demasiadas cosas en qué pensar. Decidí irme a casa, descansar un poco y aclarar las ideas. Me dio por mirar mis bolsillos: me habían robado, aunque tuvieron la amabilidad de dejarme un par de billetes a todas luces falsos en el bolsillo. Dulce Sevilla, qué sorpresas da.

Cuando llegué, me senté en mi silla y saqué, de nuevo, la vieja foto. La mirada de la niña me cautivaba, me absorbía. Y allí me pasé horas y horas, mirando la foto, sin comer, sin dormir. Solo mirándola a ella y ella mirándome a mí. El cuerpo, dolorido, empezó a acusar el cansancio a altas horas de la madrugada, pero no quería dormir. Me causaba auténtico terror sólo la idea de hacerlo. Estaba seguro de no poder soportar otra puta pesadilla como la de la otra noche. Además, ¿si había sido un sueño, por qué tenía tantos cortes y moratones?

Pasaban los días, y allí estaba yo. El palurdo del casero se quedó contento con los billetes que deslicé por debajo de la puerta. Si cuela, cuela... Y coló. Pobre estúpido. Por mi parte, ya ni me acordaba de mi relato. Sólo quería mirar aquella foto. Poco a poco, empecé a darme cuenta de que por la noche, cuando más acusaba el sueño, no estaba solo. Por el rabillo del ojo veía oscuras sombras que me observaban, interesadas, siniestras. Cuando las miraba directamente o las enfocaba con alguna luz, las figuras desaparecían.

Me estaba volviendo loco. No sabía por qué pero las heridas me picaban demasiado. Me llevaba todo el día sentado, mirando la foto. Rascándome. Si mis padres me vieran, pensarían que me habían sacado de una película de Tim Barton. ¿Qué eran aquellas figuras? Me era imposible averiguarlo, pues cada vez que intentaba fijarme en ellas, tan fugaces como aparecían, se marchaban. Llevaba varios días sin dormir, no por no poder -que también- sino porque me daba auténtico pánico volver a aquella celda, a aquel mundo de seres extravagantes cuyo único propósito era matarme.

Reducido a un envase hueco de miedo e incertidumbre, empecé a tiritar. Juraría que la mirada de la niña de la foto me perseguía. Y también juraría que, noche tras noche, las figuras que se mostraban en cobardes sombras, se acercaban más y más a mí. De momento era un vago consuelo enfocarles con una luz y ver que no hay nada. Pero yo sabía que estaban ahí, sólo que no se dejaban ver.

Fotocopié la foto hasta quedarme sin tinta en mi vieja impresora, y cuando se quedó seca, le puse recambios que tenía guardados. Me dediqué durante las tres o cuatro horas siguientes a pegar todas las fotos en la pared frente a mi escritorio. La foto era la clave de todo aquello. No lo sabía, pero podía intuirlo. Creía que era así. La pared quedó oculta tras cientos y cientos de fotos de esa niña que me perseguía con esa maldita mirada. Por dolor, quise acostarme, sólo para relajarme, pero la cama me era incómoda. 

Me tumbé, acurrucado, en el suelo, siempre mirando a la raída foto. En el centro de la pared, se distinguía de las demás por sus gastados colores y el brillo viejo de su papel. Me sentía observado, desnudo. Arranqué la foto de la pared y la guardé en la caja. La cerré con llave y la metí bajo la cama.

Llevaba demasiado tiempo sin comer, y saqué algo de la nevera. No me molesté en prepararlo, no tenía tiempo. Tenía que pensar. Buscar el sentido a todo aquello. Comí con las manos, no me importaba. Dejé los restos de la comida por el suelo y me volví a tumbar, hecho una bola, en el suelo de mi piso, mirando todas las fotos de la pared. Las sombras, más cerca que nunca, empezaban a darme miedo de verdad. Encendí todas las luces que podía encender, cogí mi vieja cámara de vídeo y miré la batería: llena. La dejé grabando sobre la mesa, junto a la pared, enfocando mi cama. Me tumbé en ella, tapado con la sábana, y tiritando y asustado cerré los ojos. No fue por más de unos pocos minutos, pero suficientes para caer en un profundo sueño. Pero no fue reparador. Estaba lejos de ser un sueño tranquilo y relajante.

Si creía que aquella maldita noche tuve la peor pesadilla de mi vida, estaba muy equivocado: ésta fue mucho peor. Un sueño oscuro, tenebroso y surrealista. El tiempo cobraba forma en figuras desechas y humanoides, que me torturaban con amplias sonrisas que se les salían de sus caras, si es que tenían alguna.

De  un cielo oscuro del que chorreaba como petróleo, caía una mezcla pestilente de fluidos negros como el azabache que me cubrían y se me metían en los ojos.  El dolor y el escozor eran terribles, pero no tenía manos que llevarme a la cara, estaban cubiertas de esa espesa sustancia negruzca.
Las criaturas que vi en mi anterior sueño peleaban sin armas, mordiéndose y arrancándose la carne a bocados. Unos y otros se reían, y las carcajadas se me metían en los oídos, taladrando mi maltrecha mente. Caían del cielo relojes como fundidos, como sacados de una pintura de Dalí, que pintaría en alguna de sus peores pesadillas. Al caer, se rompían en piezas que de repente eran sangre, y me empapaba. Empecé a nadar en un lago rojo y viscoso, y de repente topé con un techo que, o bien bajaba, o el nivel de dicho líquido subía. Me encontré sumergido en esa maldita sopa de muerte, sin poder abrir los ojos, pues sentía como si se me partieran por la mitad. Empecé a caer, a hundirme, incapaz de mover los brazos y piernas. Me ahogué.

Y fue entonces cuando por fin desperté, sumido en un mar de sudor y llorando. Aterrorizado y temblando, golpeé con furia la pared, impotente. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué a mí? ¡No había hecho nada malo! Arranqué a llorar, intentando consolarme, sin conseguirlo. Sentía como un nudo en mi estómago se hacía cada vez más grande, más pesado. Quemaría esa puta foto y, si todo aquello no paraba, ya pensaría qué hacer, cómo acabar con todo aquello.

Arranqué todas las fotos de la pared y las eché en un cubo de metal que tengo bajo la mesa, haciendo de papelera. Buscando mi mechero Zippo, hallo también la gasolina para rellenarlo. Rociando todos los papeles, tiré también el bote de gasolina ya vacío al cubo. Me dirigí entonces hacia mi cama, en busca de la estrella del espectáculo.

Saqué, furioso, la maldita caja de debajo de mi cama y la arrojé al suelo. Ésta se abrió del golpe, y la foto quedó boca abajo en el suelo. La cogí, decidido a ni tan siquiera volver a mirarla.
Cogí entonces una de las fotocopias y le prendí fuego con el Zippo plateado. Cuando el fuego se extendió por la foto, la arrojé al cubo, que prendió en un instante, iluminando aún más que las luces.

Iba a echar la vieja foto, culpable de todo aquello por lo que había pasado, cuando de repente, siento un aliento en la nuca.  Me di la vuelta lentamente, temblando, pero no había nada. Deslicé la mirada hacia abajo, con un hilo de sudor frío recorriendo mi espalda de arriba a abajo y todos los vellos del cuerpo rizados.

Le di la vuelta a la foto, que parecía latir con furia, como un corazón acelerado al límite. 
''Latía desesperadamente...'' 

La niña seguía ahí. Su mirada era la misma. Pero ya no mostraba dos dedos, sino tres. Esa maldita cosa ya tenía su tercer juguete, su tercera víctima. Yo.

5 comentarios:

  1. Ya va a ser la segunda vez que te lo diga. Baja un escalón los artículos de opinión y sube tres los relatos. No se lee, se bebe; la fluidez (cosa que valoro mucho) está logradísima. Me encanta como juegas con las comas. Desde luego, veo que mi parte ha sido un descuadre, y que ha todos nos ha dado por el tema del sueño.

    ¡Genial!

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  2. ¡Gracias, Capitán! Intento subir poco a poco todos los escalones, a ver dónde se llega. Pero poco a poco, amigo. Poco a poco.

    En cuanto al relato, tenía pensado escribir algo de terror desde el principio, pero al ver tu parte pensé en seguirla. Me ha costado mucho tiempo y muchas comeduras de coco, pero al final encontré la salida hacia lo que yo quería a partir de tu relato.

    Por tu parte, tus relatos de 'mundos fantásticos' son una pasada, de hecho son lo primero que leí tuyo, y me encantaron. Un maestro.

    ¡Saludos y un abrazo grande!

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  3. Lord... a sus pies me postro. Realmente espectacular. El final es... es que, de verdad, no me salen ni las palabras, no sé cómo explicarlo... es... sublime; no tiene otro adjetivo. Sigue escribiendo literatura, tío... porque vales lo que no hay en los escritos.

    Ahora me voy corriendo a leer el final que le ha dado tu tocayo.

    ¡Un saludo, GRANDE!

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  4. Señor Zildjian, si Hitchcok y Kubrick siguieran vivos y hubieran leído su humilde relato, no tenga la menor duda que lo estaban contratando para hace todo un filme de suspense y terror, éxito de taquilla por supuesto.

    Fuera de toda broma, excelente como siempre compañero. Me has tenido acongojado sobre todo a partir de la mitad del relato pero, sin embargo, no podía parar de leer, y espero que tu nunca pares de escribir.

    Un abrazo

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  5. ¡Muchas gracias a los dos, maestros! Un honor haber compartido este proyecto con gente con tantísimo talento.

    ¡Un abrazo grande, literatos!

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