Buenas, malas y regulares a todos. Lo que hoy os brindo es fruto de lo que un compañero literato acertó en llamar 'Proyecto Génesis', a saber, una colaboración entre varios blogs como éste para crear, a pluma y tecla, una excéntrica historia que hoy, aquí, tiene su cuarto capítulo.
Antes de leer la presente entrega, os
recomiendo leer las tres anteriores. A tres páginas cada uno son capítulos cortos y,
gracias al talento de mis compañeros, muy entretenidos. Para ello, podéis ir
aquí para comenzar nuestra historia, http://bit.ly/16NEsMi; aquí para
continuarla, http://bit.ly/10lhQLY y finalmente aquí para leer lo último
escrito, http://bit.ly/14Qd38m.
Sin más os dejo con la parte que me
toca a mí, que espero no cause demasiados destrozos y os entretenga por unos
minutos. Allá va.
***
Despierto sobresaltado, con el
corazón encogido y tembloroso el pulso. Aunque me cuesta abrir los ojos, más me
cuesta ver: ¿dónde demonios estoy? Miro a mi alrededor, y acierto a pensar que
no estoy en mi piso, ni cerca de él. El sol me sonríe, feliz de un día sin
nubes que nublen sus rayos.
Su luz crea un curioso conjunto de
sombras aquí y allá y yo me encuentro en una de ellas, bajo una enorme columna.
Estoy en la entrada del museo. El qué hago aquí y el cómo he caminado dormido
desde mi lúgubre piso hasta mi improvisada cama -el propio suelo- me son un
misterio. Me levanto poco a poco y me llevo una mano al cuello, que me duele.
Se ve que dormir pegado al frío suelo de la calle no es la mejor almohada que
he tenido. Qué suerte.
¿Pero qué cojones había sido ese
sueño? Me vi morir... Parecía todo tan real... Me miré, sin saber por qué, el
cuerpo. Tenía moratones, arañazos. Heridas. ¿¡Pero qué coño!? Empecé a ponerme
muy nervioso. O me habían gastado una broma sin ninguna gracia o allí estaba
pasando algo muy raro.
Reparo sin quererlo en que no estoy
solo: me acompaña una pequeña caja de madera gastada. La caja. De repente
recordé. La abrí con miedo, pese a saber lo que guardaba, y allí estaba. La
raída foto de esa chica mirándome y posando con los dedos en señal de 'V'. Me
intrigaba, además, que la llamada y la extraña voz me hubiesen llevado
hasta allí el día anterior. ¿Con qué propósito?
Las preguntas se me agolpaban en la cabeza, demasiadas
cosas en qué pensar. Decidí irme a casa, descansar un poco y aclarar las ideas.
Me dio por mirar mis bolsillos: me habían robado, aunque tuvieron la amabilidad
de dejarme un par de billetes a todas luces falsos en el bolsillo. Dulce
Sevilla, qué sorpresas da.
Cuando llegué, me senté en mi silla y saqué, de nuevo, la
vieja foto. La mirada de la niña me cautivaba, me absorbía. Y allí me pasé horas
y horas, mirando la foto, sin comer, sin dormir. Solo mirándola a ella y ella
mirándome a mí. El cuerpo, dolorido, empezó a acusar el cansancio a altas horas
de la madrugada, pero no quería dormir. Me causaba auténtico terror sólo la
idea de hacerlo. Estaba seguro de no poder soportar otra puta pesadilla como la
de la otra noche. Además, ¿si había sido un sueño, por qué tenía tantos cortes
y moratones?
Pasaban los días, y allí estaba yo. El palurdo del casero
se quedó contento con los billetes que deslicé por debajo de la puerta. Si
cuela, cuela... Y coló. Pobre estúpido. Por mi parte, ya ni me acordaba de mi
relato. Sólo quería mirar aquella foto. Poco a poco, empecé a darme cuenta de
que por la noche, cuando más acusaba el sueño, no estaba solo. Por el rabillo
del ojo veía oscuras sombras que me observaban, interesadas, siniestras. Cuando
las miraba directamente o las enfocaba con alguna luz, las figuras
desaparecían.
Me estaba volviendo loco. No sabía por qué pero las heridas
me picaban demasiado. Me llevaba todo el día sentado, mirando la foto.
Rascándome. Si mis padres me vieran, pensarían que me habían sacado de una
película de Tim Barton. ¿Qué eran aquellas figuras? Me era imposible
averiguarlo, pues cada vez que intentaba fijarme en ellas, tan fugaces como
aparecían, se marchaban. Llevaba varios días sin dormir, no por no poder -que
también- sino porque me daba auténtico pánico volver a aquella celda, a aquel
mundo de seres extravagantes cuyo único propósito era matarme.
Reducido a un envase hueco de miedo e incertidumbre,
empecé a tiritar. Juraría que la mirada de la niña de la foto me perseguía. Y
también juraría que, noche tras noche, las figuras que se mostraban en cobardes
sombras, se acercaban más y más a mí. De momento era un vago consuelo
enfocarles con una luz y ver que no hay nada. Pero yo sabía que estaban ahí,
sólo que no se dejaban ver.
Fotocopié la foto hasta quedarme sin tinta en mi
vieja impresora, y cuando se quedó seca, le puse recambios que tenía guardados.
Me dediqué durante las tres o cuatro horas siguientes a pegar todas las fotos
en la pared frente a mi escritorio. La foto era la clave de todo aquello. No lo
sabía, pero podía intuirlo. Creía que era así. La pared quedó oculta tras cientos
y cientos de fotos de esa niña que me perseguía con esa maldita mirada. Por
dolor, quise acostarme, sólo para relajarme, pero la cama me era incómoda.
Me
tumbé, acurrucado, en el suelo, siempre mirando a la raída foto. En el centro
de la pared, se distinguía de las demás por sus gastados colores y el brillo
viejo de su papel. Me sentía observado, desnudo. Arranqué la foto de la pared y
la guardé en la caja. La cerré con llave y la metí bajo la cama.
Llevaba demasiado tiempo sin comer, y saqué algo de
la nevera. No me molesté en prepararlo, no tenía tiempo. Tenía que pensar.
Buscar el sentido a todo aquello. Comí con las manos, no me importaba. Dejé los
restos de la comida por el suelo y me volví a tumbar, hecho una bola, en el
suelo de mi piso, mirando todas las fotos de la pared. Las sombras, más cerca
que nunca, empezaban a darme miedo de verdad. Encendí todas las luces que podía
encender, cogí mi vieja cámara de vídeo y miré la batería: llena. La dejé grabando
sobre la mesa, junto a la pared, enfocando mi cama. Me tumbé en ella, tapado
con la sábana, y tiritando y asustado cerré los ojos. No fue por más de unos
pocos minutos, pero suficientes para caer en un profundo sueño. Pero no fue
reparador. Estaba lejos de ser un sueño tranquilo y relajante.
Si creía que aquella maldita noche tuve la peor pesadilla
de mi vida, estaba muy equivocado: ésta fue mucho peor. Un sueño oscuro,
tenebroso y surrealista. El tiempo cobraba forma en figuras desechas y
humanoides, que me torturaban con amplias sonrisas que se les salían de sus
caras, si es que tenían alguna.
De un cielo oscuro
del que chorreaba como petróleo, caía una mezcla pestilente de fluidos negros
como el azabache que me cubrían y se me metían en los ojos. El dolor y el escozor eran terribles, pero no
tenía manos que llevarme a la cara, estaban cubiertas de esa espesa sustancia
negruzca.
Las criaturas que vi en mi anterior sueño peleaban
sin armas, mordiéndose y arrancándose la carne a bocados. Unos y otros se reían,
y las carcajadas se me metían en los oídos, taladrando mi maltrecha mente. Caían
del cielo relojes como fundidos, como sacados de una pintura de Dalí, que
pintaría en alguna de sus peores pesadillas. Al caer, se rompían en piezas que
de repente eran sangre, y me empapaba. Empecé a nadar en un lago rojo y
viscoso, y de repente topé con un techo que, o bien bajaba, o el nivel de dicho
líquido subía. Me encontré sumergido en esa maldita sopa de muerte, sin poder
abrir los ojos, pues sentía como si se me partieran por la mitad. Empecé a
caer, a hundirme, incapaz de mover los brazos y piernas. Me ahogué.
Y fue entonces cuando por fin desperté, sumido en un
mar de sudor y llorando. Aterrorizado y temblando, golpeé con furia la pared,
impotente. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué a mí? ¡No había hecho nada malo! Arranqué a
llorar, intentando consolarme, sin conseguirlo. Sentía como un nudo en mi
estómago se hacía cada vez más grande, más pesado. Quemaría esa puta foto y, si
todo aquello no paraba, ya pensaría qué hacer, cómo acabar con todo aquello.
Arranqué todas las fotos de la pared y las eché en
un cubo de metal que tengo bajo la mesa, haciendo de papelera. Buscando mi
mechero Zippo, hallo también la gasolina para rellenarlo. Rociando todos los
papeles, tiré también el bote de gasolina ya vacío al cubo. Me dirigí entonces
hacia mi cama, en busca de la estrella del espectáculo.
Saqué, furioso, la maldita caja de debajo de mi cama
y la arrojé al suelo. Ésta se abrió del golpe, y la foto quedó boca abajo en el
suelo. La cogí, decidido a ni tan siquiera volver a mirarla.
Cogí entonces una de las fotocopias y le prendí
fuego con el Zippo plateado. Cuando el fuego se extendió por la foto, la arrojé
al cubo, que prendió en un instante, iluminando aún más que las luces.
Iba a echar la vieja foto, culpable de todo aquello
por lo que había pasado, cuando de repente, siento un aliento en la nuca. Me di la vuelta lentamente, temblando, pero no
había nada. Deslicé la mirada hacia abajo, con un hilo de sudor frío
recorriendo mi espalda de arriba a abajo y todos los vellos del cuerpo rizados.
Le di la vuelta a la foto, que parecía latir con
furia, como un corazón acelerado al límite.
''Latía desesperadamente...''
La niña seguía ahí. Su mirada era la
misma. Pero ya no mostraba dos dedos, sino tres. Esa maldita cosa ya tenía
su tercer juguete, su tercera víctima. Yo.
Ya va a ser la segunda vez que te lo diga. Baja un escalón los artículos de opinión y sube tres los relatos. No se lee, se bebe; la fluidez (cosa que valoro mucho) está logradísima. Me encanta como juegas con las comas. Desde luego, veo que mi parte ha sido un descuadre, y que ha todos nos ha dado por el tema del sueño.
ResponderEliminar¡Genial!
¡Gracias, Capitán! Intento subir poco a poco todos los escalones, a ver dónde se llega. Pero poco a poco, amigo. Poco a poco.
ResponderEliminarEn cuanto al relato, tenía pensado escribir algo de terror desde el principio, pero al ver tu parte pensé en seguirla. Me ha costado mucho tiempo y muchas comeduras de coco, pero al final encontré la salida hacia lo que yo quería a partir de tu relato.
Por tu parte, tus relatos de 'mundos fantásticos' son una pasada, de hecho son lo primero que leí tuyo, y me encantaron. Un maestro.
¡Saludos y un abrazo grande!
Lord... a sus pies me postro. Realmente espectacular. El final es... es que, de verdad, no me salen ni las palabras, no sé cómo explicarlo... es... sublime; no tiene otro adjetivo. Sigue escribiendo literatura, tío... porque vales lo que no hay en los escritos.
ResponderEliminarAhora me voy corriendo a leer el final que le ha dado tu tocayo.
¡Un saludo, GRANDE!
Señor Zildjian, si Hitchcok y Kubrick siguieran vivos y hubieran leído su humilde relato, no tenga la menor duda que lo estaban contratando para hace todo un filme de suspense y terror, éxito de taquilla por supuesto.
ResponderEliminarFuera de toda broma, excelente como siempre compañero. Me has tenido acongojado sobre todo a partir de la mitad del relato pero, sin embargo, no podía parar de leer, y espero que tu nunca pares de escribir.
Un abrazo
¡Muchas gracias a los dos, maestros! Un honor haber compartido este proyecto con gente con tantísimo talento.
ResponderEliminar¡Un abrazo grande, literatos!