viernes, 3 de mayo de 2013

El Sueño del Ruiseñor. Prólogo.



 Era uno de esos momentos en el que uno se ríe de sí mismo al recordar esas prematuras promesas de  ''no fumaré jamás''  o ''yo nunca me casaré''. Y era uno de esos momentos porque, de haber cumplido la segunda promesa, no estaría ahí, incumpliendo la primera. Claro que Thomas Sullivan no se arrepentía de haber fallado a esos dos juramentos. Sólo se arrepentía de una cosa: no haber hecho lo que tenía que hacer, cuando tenía que haberlo hecho.

Consumió lo poco que le quedaba de su último cigarrillo y lo tiró al vacío. Expulsó poco a poco el humo de su garganta, disfrutando de la que podía ser su última calada. En realidad fumar no era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero Thomas Sullivan se decía a sí mismo que, tal y como habían salido las cosas, era la menor de sus preocupaciones.

Un viento suave acarició su rostro, escuchó el suave sonido de las hojas, mecidas a la leve brisa de un otoño que se sentía cerca. Una pequeña hoja se le quedó atrapada en el pelo. Se la quitó, y se dio cuenta de cuánto había cambiado en seis años. Ahora llevaba el pelo largo, y una barba a la que no hace mucho tiempo no le hubiera dejado salir. Cómo había cambiado en aquellos seis años. Todo había cambiado.

De repente se sintió cansado, abatido. Su ánimo se vino abajo como una pluma que se precipita al infinito, perdida. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué pecado había pagado un precio tan alto? Y qué importaba ya eso... Ya no podía cambiarlo. Ya no podía redimirse. Todo cuanto había pasado, y todo cuanto le había sido arrebatado, era definitivo, y quizás fuera eso lo que más rabia le daba, que en aquel oscuro mundo, no había lugar para las segundas oportunidades. Sintió como una larga y cortante punzada de odio recorría cada centímetro de su cuerpo., de los pies a la cabeza, ascendiendo y arrastrando un frío que no le resultó agradable. Apretó, inconscientemente, el puño. Lo hizo tan fuerte que no se dio cuenta de que se estaba clavando las uñas en la palma de la mano.
Ya se había hecho la promesa, y esta sí la cumpliría, de que haría pagar, uno a uno, a los culpables de todo aquel puto desastre. Y lo mejor de la historia, como el final de un mal chiste, es que moriría  con tal de hacerlo. De hecho, la muerte se le antojaba sencilla. Ese era su fuerte. Esa era su maldición.

Thomas Sullivan revisó que su Colt. 45 estuviera cargada. El tímido resplandor de una bala que, escondida en la recámara aguardaba su momento, le indicó que así era. La enfundó, y como siempre, sacó ese algo de su bolsillo que, en realidad, era lo único que le quedaba. Una pequeña y quemada foto de aquellas tres personas que hace seis años se desvanecieron para siempre, cambiándolo todo, cambiándolo a él. Tres pares de enormes ojos de ese verde tan especial  le saludaron, como siempre. Sus dos hijas lo habían heredado casi todo de su madre, y Sullivan casi lo prefería. 

No se consideraba buena persona.  Su padre, siempre más ebrio que facultativo, se había tomado muchas molestias en recordárselo. Sullivan se avergonzaba de ser quien era, pues siempre había querido cambiarlo, borrarlo como una historia que no se quiere leer. Pero esa historia, por mucho que siempre intentara borrarla, volvía a florecer, fruto de una mala planta que es difícil de matar si no se hace de raíz, y en su caso y para su desgracia, la raíz era él mismo. Claro que al final su padre había terminado empotrado con su coche contra un bloque de cemento, mientras él había formado una familia y al menos intentaba ser un buen padre. ¿Debía sentir lástima? Porque, en realidad, lo único que le daba lástima es la posibilidad de que la muerte de ese puto borracho fuese rápida, indolora. Pagaría por saber que su padre en realidad había muerto varios minutos después del accidente, sabiendo que había sido un auténtico hijo de puta con las únicas personas que habían sentido si quiera cariño hacia él. Ojalá hubiera sentido el peso de todos y cada uno de los golpes, de los gritos y de los insultos caer sobre él mientras su vista se nublaba, hasta que esos ojos, siempre bamboleantes, se cerraban para siempre. 

No le echaba de menos, ni a la cobarde de su madre tampoco. Echaba de menos a aquellos tres pares de ojos que lo miraban vacíos desde la quemada foto que, a punto de perder la vida, pudo rescatar del fuego. Su familia, cómo la echaba de menos. Todo lo que había conseguido ser estaba ahí. El recuerdo de lo pasado y de lo perdido, de lo que pudo ser, y no fue. El recuerdo de que él no llegaría a nada. Su padre tenía razón, después de todo. 

Y lo que cada noche hacía perder el sueño a Thomas Sullivan, lo que cada mañana le quitaba las ganas de respirar, y de vuelta a la noche, sumía sus sueños en oscuras pesadillas, era que todo aquello ahora no era más que ceniza. Todo se había consumido. No era justo, pero parecía que el destino, en un morboso placer, le había escrito una carta de despedida desde el mismo momento en que abrió los ojos por primera vez. Porque Thomas Sullivan lo había perdido todo. Todo, menos un ardiente deseo de venganza. Los mataría a todos, encontraría a su hija y se ocuparía de que ella pudiera hacer lo que él nunca pudo: ver crecer a sus hijas, envejecer junto a quien había amado siempre y por quien aún se consumía por dentro, vivir libre, disfrutar de todo cuanto le había brindado la poca suerte de la que pudo disfrutar. Lo conseguiría, o moriría en el intento. Claro que antes de morir, se aseguraría de llevarse a todo el que pudiera por delante, con él. Thomas Sullivan no quería ir sólo al infierno. Estaba seguro de que iría allí, y realmente no le importaba. A Thomas Sullivan, lo único que le importaba, era tener balas suficientes para todos. 

Y esperaba tenerlas.


4 comentarios:

  1. Señor, mis más sinceras felicidades por este relato tan lleno de odio, de oscuridad, como de pasión interna. Es un prólogo de novela negra que rezuma éxito, así que continúe por favor.

    Un abrazo.

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  2. Cambio sorprendete y agradable. Tras tus agudos y cortantes artículos de opinión, me ha alegrado mucho ver que también has estado imbuido (y estás) en el mundo literario.

    En cuanto al prólogo, poco que decir. Solo que sabes crear la intriga, y que tus descripciones, aunque escuetas, ayudan a crear el ambiente idóneo; trasladas la escenas que dibujas en tu cabeza y que luego transformas en palabras a la mente de tus lectores, y eso es complicado. Enhorabuena, y a seguir ;)

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  3. ¡Gracias a los dos, compadres! Es un honor estar entre tan buenos artistas y recibir este tipo de comentarios. ¡Seguirá, más pronto que tarde!

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  4. Me encantan las historias basadas en una espiral de violencia y venganza que terminan con la destrucción del individuo. Hay muchos matices y vueltas de hoja a la mano para poder hacer algo sorprendente. Espero el primer capítulo.

    Buen viento y buena vela.

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