Era uno de esos momentos en el que uno se ríe de sí mismo al
recordar esas prematuras promesas de
''no fumaré jamás'' o ''yo nunca
me casaré''. Y era uno de esos momentos porque, de haber cumplido la segunda
promesa, no estaría ahí, incumpliendo la primera. Claro que Thomas Sullivan no
se arrepentía de haber fallado a esos dos juramentos. Sólo se arrepentía de una
cosa: no haber hecho lo que tenía que hacer, cuando tenía que haberlo hecho.
Consumió lo poco que le quedaba de su último cigarrillo y lo
tiró al vacío. Expulsó poco a poco el humo de su garganta, disfrutando de la
que podía ser su última calada. En realidad fumar no era algo de lo que se
sintiera orgulloso, pero Thomas Sullivan se decía a sí mismo que, tal y como
habían salido las cosas, era la menor de sus preocupaciones.
Un viento suave acarició su rostro, escuchó el suave sonido
de las hojas, mecidas a la leve brisa de un otoño que se sentía cerca. Una
pequeña hoja se le quedó atrapada en el pelo. Se la quitó, y se dio cuenta de
cuánto había cambiado en seis años. Ahora llevaba el pelo largo, y una barba a
la que no hace mucho tiempo no le hubiera dejado salir. Cómo había cambiado en
aquellos seis años. Todo había cambiado.
De repente se sintió cansado, abatido. Su ánimo se vino abajo
como una pluma que se precipita al infinito, perdida. ¿Por qué estaba allí?
¿Por qué pecado había pagado un precio tan alto? Y qué importaba ya
eso... Ya no podía cambiarlo. Ya no podía redimirse. Todo cuanto había pasado,
y todo cuanto le había sido arrebatado, era definitivo, y quizás fuera eso lo
que más rabia le daba, que en aquel oscuro mundo, no había lugar para las
segundas oportunidades. Sintió como una larga y cortante punzada de odio
recorría cada centímetro de su cuerpo., de los pies a la cabeza, ascendiendo y
arrastrando un frío que no le resultó agradable. Apretó, inconscientemente, el
puño. Lo hizo tan fuerte que no se dio cuenta de que se estaba clavando las
uñas en la palma de la mano.
Ya se había hecho la promesa, y
esta sí la cumpliría, de que haría pagar, uno a uno, a los culpables de todo
aquel puto desastre. Y lo mejor de la historia, como el final de un mal chiste,
es que moriría con tal de hacerlo. De
hecho, la muerte se le antojaba sencilla. Ese era su fuerte. Esa era su
maldición.
Thomas Sullivan revisó que su
Colt. 45 estuviera cargada. El tímido resplandor de una bala que, escondida en
la recámara aguardaba su momento, le indicó que así era. La enfundó, y como
siempre, sacó ese algo de su bolsillo que, en realidad, era lo único que le
quedaba. Una pequeña y quemada foto de aquellas tres personas que hace seis
años se desvanecieron para siempre, cambiándolo todo, cambiándolo a él. Tres
pares de enormes ojos de ese verde tan especial le saludaron, como siempre. Sus dos hijas lo
habían heredado casi todo de su madre, y Sullivan casi lo prefería.
No se
consideraba buena persona. Su padre,
siempre más ebrio que facultativo, se había tomado muchas molestias en
recordárselo. Sullivan se avergonzaba de ser quien era, pues siempre había
querido cambiarlo, borrarlo como una historia que no se quiere leer. Pero esa
historia, por mucho que siempre intentara borrarla, volvía a florecer, fruto de
una mala planta que es difícil de matar si no se hace de raíz, y en su caso y
para su desgracia, la raíz era él mismo. Claro que al final su padre había
terminado empotrado con su coche contra un bloque de cemento, mientras él había
formado una familia y al menos intentaba ser un buen padre. ¿Debía sentir
lástima? Porque, en realidad, lo único que le daba lástima es la posibilidad de
que la muerte de ese puto borracho fuese rápida, indolora. Pagaría por saber
que su padre en realidad había muerto varios minutos después del accidente,
sabiendo que había sido un auténtico hijo de puta con las únicas personas que
habían sentido si quiera cariño hacia él. Ojalá hubiera sentido el peso de
todos y cada uno de los golpes, de los gritos y de los insultos caer sobre él
mientras su vista se nublaba, hasta que esos ojos, siempre bamboleantes, se
cerraban para siempre.
No le echaba de menos, ni a la cobarde de su madre
tampoco. Echaba de menos a aquellos tres pares de ojos que lo miraban vacíos
desde la quemada foto que, a punto de perder la vida, pudo rescatar del fuego.
Su familia, cómo la echaba de menos. Todo lo que había conseguido ser estaba
ahí. El recuerdo de lo pasado y de lo perdido, de lo que pudo ser, y no fue. El
recuerdo de que él no llegaría a nada. Su padre tenía razón, después de
todo.
Y lo que cada noche hacía perder
el sueño a Thomas Sullivan, lo que cada mañana le quitaba las ganas de
respirar, y de vuelta a la noche, sumía sus sueños en oscuras pesadillas, era
que todo aquello ahora no era más que ceniza. Todo se había consumido. No era
justo, pero parecía que el destino, en un morboso placer, le había escrito una
carta de despedida desde el mismo momento en que abrió los ojos por primera
vez. Porque Thomas Sullivan lo había perdido todo. Todo, menos un ardiente
deseo de venganza. Los mataría a todos, encontraría a su hija y se ocuparía de
que ella pudiera hacer lo que él nunca pudo: ver crecer a sus hijas, envejecer
junto a quien había amado siempre y por quien aún se consumía por dentro, vivir
libre, disfrutar de todo cuanto le había brindado la poca suerte de la que pudo
disfrutar. Lo conseguiría, o moriría en el intento. Claro que antes de morir,
se aseguraría de llevarse a todo el que pudiera por delante, con él. Thomas
Sullivan no quería ir sólo al infierno. Estaba seguro de que iría allí, y
realmente no le importaba. A Thomas Sullivan, lo único que le importaba, era
tener balas suficientes para todos.
Y esperaba tenerlas.
Señor, mis más sinceras felicidades por este relato tan lleno de odio, de oscuridad, como de pasión interna. Es un prólogo de novela negra que rezuma éxito, así que continúe por favor.
ResponderEliminarUn abrazo.
Cambio sorprendete y agradable. Tras tus agudos y cortantes artículos de opinión, me ha alegrado mucho ver que también has estado imbuido (y estás) en el mundo literario.
ResponderEliminarEn cuanto al prólogo, poco que decir. Solo que sabes crear la intriga, y que tus descripciones, aunque escuetas, ayudan a crear el ambiente idóneo; trasladas la escenas que dibujas en tu cabeza y que luego transformas en palabras a la mente de tus lectores, y eso es complicado. Enhorabuena, y a seguir ;)
¡Gracias a los dos, compadres! Es un honor estar entre tan buenos artistas y recibir este tipo de comentarios. ¡Seguirá, más pronto que tarde!
ResponderEliminarMe encantan las historias basadas en una espiral de violencia y venganza que terminan con la destrucción del individuo. Hay muchos matices y vueltas de hoja a la mano para poder hacer algo sorprendente. Espero el primer capítulo.
ResponderEliminarBuen viento y buena vela.