lunes, 21 de septiembre de 2015

La Más Grande Expedición.



Nueve meses después de haber partido de Sevilla, Fernando de Magallanes, que se encuentra navegando por el infinito Océano Atlántico, quizás comenzó a pensar que su empresa no era más que lo que los reyes, los hombres de saber y la gente de a pie le había gritado que era: imposible. Su sueño de descubrir un paso marítimo que permitiera a las naves, en adelante, alcanzar Asia por el oeste, y llegar a las ricas y míticas islas de las especias en el Océano Índico (islas Molucas), parecía desvanecerse a cada día que pasaba sumido en la espuma de las olas, que chocaban con paciencia infinita contra la proa de sus naves. Muchas cosas habían acontecido hasta aquel preciso instante. Quizás el único y último momento de duda del marino portugués. Pero empecemos por el principio.

Todo comenzó, como no puede ser de otra forma, con intrigas de salones. A principios del siglo XVI, España y Portugal se habían repartido el mundo con el archiconocido Tratado de Tordesillas. En él, se acuerda fijar un meridiano situado a trescientas sesenta leguas al oeste de Cabo Verde, que serviría para delimitar las zonas de influencia y expansión entre los castellanos y los portugueses. Quedaba para los primeros la explotación de los territorios y las riquezas de América -a excepción de una franja del actual Brasil, que quedaba bajo dominio luso- y la parte más al este de Asia, mientras que la mayor parte del reparto, correspondiente a África y la mayoría de Asia, quedaba para Portugal. Así pues, las islas de las especias, tan codiciadas como necesarias para obtener la hegemonía total que se disputaban ambas potencias, quedaban bajo dominio español, pero debido a tal división no había manera de llegar a ellas sin invadir aguas portuguesas. Era un problema gravísimo para los castellanos, que poco podían hacer para suplir la falta de una ruta que los condujera a tan ansiado destino salvo faltar al acuerdo y navegar por donde les estaba vetado. Al obispo de Burgos y principal consejero del Emperador Carlos por entonces, Juan Rodríguez de Fonseca, le llegaron noticias de un navegante portugués a quien, como fuere con Colón, la Corona de su propia patria no echaba demasiada cuenta. Sería pues de nuevo Castilla quien prestaría oídos y atención a este desconocido y humilde marino, quien decía poseer el secreto para acabar con el monopolio comercial portugués.


              El Planisferio de Cantino, fechado en 1502.  Curioso el error de las distancias entre Europa y el Nuevo Mundo.


Ante semejante promesa, y teniendo presente los antecedentes, Carlos aceptó. Fernando de Magallanes, un portugués, se pondría al mando de cinco naves castellanas que partían rumbo a lo desconocido a fin de sortear el nuevo continente para llegar, sea como sea, a la otra punta del planeta. La financiación del proyecto es titánica: salvando numerosos contratiempos, finalmente se pone sobre la mesa la abrumadora cantidad de ocho millones de maravedíes de la época; una fortuna que, en cambio actual, pocas superpotencias podrían permitirse, y cuyo equivalente lo podríamos encontrar en la organización de un gran viaje al espacio. Dicho esto, pueden ustedes imaginarse cuánto riesgo se presenta para la corona castellana, y cuántos intereses están en juego. Nada menos que el dominio del mundo conocido, que se dice pronto. Contaba la expedición con un punto fuerte, que era la cada vez más reconocida esferidad de la Tierra; y uno débil, que les costaría caro: las dimensiones del globo que pronosticaba Magallanes, como así lo hizo Colón, eran mucho menores que las reales. En cualquier caso, el 22 de marzo de 1519 se firman las Capitulaciones de Valladolid, por la cual el Emperador recoge para el portugués los títulos de ''Gobernador y Adelantado de todas las tierras que descubriese'', y se aportan cinco navíos para los propósitos de la expedición. Estos cinco barcos con los que cuenta, en muy mal estado, necesitarían de un año entero para ponerse a flote y convertirse en naves dignas de tan magna hazaña como se espera de ellas. Frente a sí, dos años de navegación con un final más que incierto.


                                                         Fernando de Magallanes (1480-1521)

Por otra parte, los financiadores de la expedición, todos españoles, protestaban continuamente ante la Corona por la concesión del mando de la expedición a un portugués -debe tenerse en cuenta que son potencias casi antagonistas por entonces-. Este conflicto llega a su punto álgido cuando Magallanes intenta enrolar en la tripulación a varios paisanos portugueses, a lo cual los castellanos se niegan en redondo. De entre estos nuevos tripulantes destaca uno, que si bien no era portugués su naturaleza era aún más extraña entre la tripulación. El joven se presenta ante Magallanes con un libro en las manos, y dice ser Antonio de Pigafetta, un gentilhombre veneciano que se tenía por explorador, geógrafo y cronista de su república natal. Le dice a Magallanes que él de disparar y arriar velas poco o nada, pero de escribir sabe mucho. Magallanes, que seguramente quiso despacharlo y tirarlo rápido por la borda, tuvo que quedarse con las ganas debido a las recomendaciones con las que llegó el joven cronista, cuya familia era de mucho poder y riqueza. Será él, de hecho, uno de los dieciocho supervivientes de la expedición, de doscientos sesenta y cinco que saldrán de España, y dará constancia del increíble viaje en su obra Relazione del Primo Viaggio Intorno al Mondo (1524), libro de extraordinario valor gracias al cual conocemos más de cerca a Magallanes y al propio Pigafetta. Éste último nos dejó plasmados sus pensamientos en papel; su ansia de aventura, conocimiento y, también, de fama:

«Sabía que navegando en el océano se observaban cosas admirables, y determiné de cerciorarme por mis propios ojos de la verdad […], tanto para entenderlos como para hacerles útil y crearme, a la vez,  un nombre que llegase a la posteridad».


                                                              Antonio de Pigafetta (1480-1534)
                                                                              
   
Desde el primer momento, la nave de Magallanes se pone en cabeza y es seguida por las otras cuatro embarcaciones, comandadas por castellanos, de los cuales no pocos lo consideran un enemigo declarado y casi todos un claro adversario. Cuando la expedición se encuentra anclada en Tenerife para reabastecerse, llega a manos del capitán una misiva de Sevilla: los capitanes españoles, dirigidos por Juan de Cartagena -enviado especial del obispo Fonseca, de quien era sobrino-, planean rebelarse contra él a la menor oportunidad. A ello se le suma una estrategia de Portugal para arruinar la expedición castellana, tramando diversas estratagemas para obstaculizar y neutralizar, en diversos puntos del planeta, las distintas naves. Para hacer frente a lo primero, Magallanes -descrito por Bartolomé de las Casas como una persona ''agria y desagradable, pero de un porte muy honrado que le hace capaz de hacer todo lo que se propone''- releva del mando de Juan de Cartagena, su vicealmirante. Para contrarrestar lo segundo, el almirante varía de rumbo cada cierto tiempo sin consultar ni avisar a nadie, en una suerte de trayecto imaginario que solo él configura en su mente, a fin de pasar a los portugueses que planearan sabotearle sin que éstos ni tan siquiera se percataran.
Tras dos meses de navegación, la expedición comienza a recorrer la costa este de América del Sur buscando cualquier tipo de paso hacia el oeste. Buscan en cada cabo y cada cala el esperado estrecho que les permita atravesar aquel inmenso continente; de momento, sin éxito alguno. Cuando llegan a la desembocadura del Río de la Plata (Argentina), las esperanzas de Magallanes se reavivan, pues es tan ancha -casi trescientos kilómetros- que puede incluso confundirse con mar abierto. Sin embargo, tanto el viento, como las olas y la propia agua delatan que no se trata de un mar, sino de la desembocadura de un gigantesco río. Desorientado ante tan extraño entorno, Magallanes coge un poco de agua de aquel ''mar'' y la bebe: es agua dulce. Constatando que, efectivamente, no estaban en el mar, el portugués debe modificar sus planes y  dar media vuelta. A pesar de hacer seis meses de su partida, con el hambre y el frío comenzando a hacer mella y sin haber conseguido el más mínimo atisbo de éxito, para Magallanes este viaje sigue sin ser discutible. No hay marcha atrás. Es la victoria o la muerte. Sus hombres, sin embargo, no lo entienden así, y son cada vez más los tripulantes cuyos máximos anhelos se reducen a dar media vuelta y volver a sus hogares.

Mientras continúan navegando hacia el sur, les sorprende el invierno. El viento gélido les golpea de cara, y los navíos avanzan muy lentamente debido al fuerte sotavento. Las condiciones a bordo se acercan a ser extremas: la comida y el agua fresca comienzan a escasear, y los marineros están completamente expuestos a las gélidas temperaturas y a la humedad. El único atisbo de comodidad abordo pertenece al capitán, mientras el resto debe contentarse con la protección que pueda dar la propia madera del barco. Poco más.

Las tempestades invernales del hemisferio sur chocan contra los navíos y hacen aún más difícil la travesía. En esas circunstancias, terroríficas desde hace tiempo, la expedición llega a un nuevo cabo: en  San Julián (también en Argentina) aparece la salvación en el último instante. En aquellas aguas cristalinas había peces fáciles de pescar, y en tierra encontraron agua potable. Nuevamente sin consultarlo con nadie, Magallanes decide establecer ahí su cuartel de invierno. Pigafetta escribe:

«En la latitud sur cuarenta y nueve grados, treinta minutos, encontramos un buen puerto. Decidimos esperar aquí el paso del invierno y la llegada de una estación más propicia para proseguir el viaje».

Mientras tanto, los marineros posan sus ojos sobre extrañas criaturas que no habían visto nunca: pingüinos, focas y delfines, que toman por monstruos marinos. A pesar de la parada en San Julián, las condiciones no mejoran para los tripulantes. Una mar embravecida, continuas tempestades, el hambre persistente -hacía tiempo que se habían racionado estrictamente los víveres- y, para más inri, el miedo de muchos tripulantes de hallar el límite de la tierra y caer hacia la ''nada'', eran focos de conflicto que, cada vez más, estaban despertando.  Eran tomadas estas criaturas nuevas, de hecho, por avisos de la cercanía de este límite, por lo que la crispación entre los marineros fue aumentando. Piensen ustedes en la mentalidad de la época, en los miedos de esos marineros con poco o nada de formación intelectual. Pónganse en los zapatos de estas gentes que ven aquellos ''monstruos'' marinos que, como en las historias, parecen perseguir a las naves, esperando el momento de atacarles para acabar con ellos y llevarlos al fondo del mar. Magallanes ignora esta crispación, y continúa racionando la comida. El pan y el vino, que no eran ya muy abundantes, debían durar hasta llegar a su destino; lo cual, además, podía tardar meses. Así pues, el hambre, la sed y el miedo convierten a la tripulación en un polvorín a punto de estallar, y los conflictos entre marineros portugueses y españoles aumentan por momentos.


                                             Primer mapa de Pigafetta del extremo sur de la Patagonia.


La noche del 2 de abril de 1520, finalmente, estalla el motín. Tres de los cinco navíos se declaran en rebeldía, y el sueño de Magallanes comienza a resquebrajarse, amenazando con estallar en mil pedazos de un momento a otro. Sin embargo, el almirante permanece impasible. Envía varios botes a los barcos rebeldes con la supuesta misión de negociar, siendo recibidos por unos confiados amotinados que se creen seguros en su número. Mientras se produce la negociación, más marineros fieles al almirante escalan los barcos sublevados y toman de nuevo el control por las armas. Una de las naves, sin embargo -la nao San Antonio-, huye y regresa a España. Esa misma noche, Magallanes organiza para el día siguiente un juicio a los que consideraba responsables del atropello, en un momento que será decisivo para la expedición. Según la ley marítima de la época, Magallanes es Juez Supremo de sus naves. Solo él juzga, y solo él puede condenar. Así pues, Juan de Cartagena es privado de sus títulos y expulsado de la expedición, mientras que Gaspar de Quesada, el segundo en rebelión de Cartagena y capitán de la Armada Real, es condenado a muerte. Así, con esta ejecución, Magallanes condena a uno por todos: según la ley establecida, en caso de motín debe ejecutar a una quinta parte de la tripulación; sin embargo, de haberlo hecho habría acabado fulminantemente con la propia expedición. El almirante dejará caer sobre Gaspar de Quesada toda su crueldad, mostrando al resto su ya reconocida intransigencia. No se atreve, por otra parte, a ejecutar a Juan de Cartagena, quien era un Grande de España y sobrino del obispo Fonseca. En su lugar, abandonará a Cartagena en el Cabo de San Julián, únicamente con su arma y un poco de comida, dejándolo junto a una horca que no llega a usar salvo para dar simbolismo al asunto. Tampoco es que hiciera falta ejecutarlo, pues en la Patagonia -nombre que le ponen de igual manera que a sus habitantes, patagaos, por su gran estatura y tamaño de pies- el destino de Juan de Cartagena estaba sellado de forma cruel e irreversible: mucho tiempo después de la expedición, los restos de este personaje serán encontrados justo donde Magallanes lo dejó: bajo la horca, a pocos metros de la orilla.

A finales de agosto de 1520, tras casi cinco meses después de la parada, la expedición abandona el Cabo de San Julián y vuelven a poner rumbo al sur. Por fin, después de tanta espera, ha pasado el invierno.  Cuando llegan a un nuevo paso hacia el oeste, Magallanes envía dos barcos de avanzadilla para que se adentraran en él, dando comienzo así una larga y tensa espera. Sus hombres han dejado de creer en él mismo y en la misión que el rey le encomendó, pero Magallanes fija la vista hacia el oeste a cada instante, esperando ver regresar aquellas dos naves con unas muy necesarias buenas noticias. Retroceder, que es lo que le piden todos, sería reconocer la victoria de sus enemigos y su fracaso como almirante. Ni que decir tiene que jamás se lo plantea. El estallido de una enorme tormenta dificulta la labor de estas dos naves que, sin embargo, encuentran algo. Un paso muy estrecho se adentra tierra adentro y parece no acabar. Con esas noticias, la avanzadilla decide dar media vuelta y dirigirse al grueso de la expedición. Claro que de todo eso, Magallanes y sus hombres no eran conscientes, por lo que la tensión y el nerviosismo se extiende rápidamente entre la tripulación. Así nos lo cuenta Pigafetta:

«Pensamos largo tiempo que las naves de la avanzadilla habían sucumbido a la tormenta. Pero no. Volvieron con las velas desplegadas y las banderas rompiendo el viento, disparando salvas para saludarnos».

Las noticias de la avanzadilla son esperanzadoras. El paso que habían encontrado se adentraba más y más en la tierra, pero el agua por el que navegaban no era dulce, sino salada. Agua de mar. Animados por la buena nueva, la expedición se pone en marcha. Revisan exhaustivamente cada cabo y cada fiordo, sorteando rocas y bancos de arena. Las aguas resultan ser un auténtico laberinto donde los hombres navegan a ciegas ante el peligro de rocas superficiales, arrecifes y bancos de arena, que podrían hacerlos encallar. En un determinado punto, el estrecho se bifurcaba en dos ramificaciones menores: una de ellas carecía de salida, mientras que la otra subía de nuevo hacia el norte, en dirección contraria a la que habían venido. Magallanes debe dividir la flota para explorar ambos caminos; decisión harto difícil pues era la primera vez que debía hacerlo. Anteriormente, como hemos visto, Magallanes envió dos únicas naves hacia el estrecho cuando lo encontraron por primera vez. Sin embargo, en aquella ocasión la flota no se dividió, pues que el grueso permaneció aproximadamente en el mismo lugar, esperando el regreso de la avanzadilla; mientras que en esta ocasión ambas partes de la expedición debían avanzar por caminos desconocidos cada una por su lado, sin cartas de navegación de ninguno de aquellos lugares ni manera posible de comunicarse entre ellas.


                                    Así se imaginaron sus contemporáneos el estrecho descubierto por Magallanes. 


El estrecho, inesperadamente laberíntico, puso a prueba la perseverancia del almirante y sus hombres. Una y otra vez se encontraban en un callejón sin salida y debían dar media vuelta, solo para adentrarse en otro callejón desconocido. Seiscientos kilómetros de aguas navegables mantuvieron a la expedición en un estado de ignorancia y nerviosismo constantes. No sabían dónde estaban exactamente, ni hacia dónde se dirigían. Pero Magallanes siguió adelante, a pesar de que todo lo que les rodeaba les causaba un profundo terror, fruto del desconocimiento y las terribles condiciones en las que se encontraban. Cuanto más avanzaban y se adentraban en aquellas aguas, mayor era su temor y desconcierto.

Una de aquellas noches los hombres contemplan cómo los bordes de la costa son arrasados por gigantescas llamas, que acaban con todo a su alrededor. Ninguno de ellos ve el menor signo de vida humana por aquella inhóspita tierra, a las que Magallanes bautiza como Tierra de Fuego. Los pensamientos del portugués, quizás expresados en voz alta, son recogidos de nuevo por Pigafetta. No sería de extrañar que Magallanes estuviera, mientras hablaba, contemplando las titánicas llamas que se extendían hasta el horizonte, haciendo parecer sus barcos no más que pequeñas motas oscuras en el agua, entre tanto fuego y humo:

« ¿Qué clase de lugar es este? Azotado por los vientos, es una tierra sin vida; ni animales ni hombres quieren vivir aquí. ¿Estoy en este mundo o acaso ya en la antesala del otro? ¿A dónde me llevará este viaje? ¿Regresaré a mi tierra? ¿Volveré a ver a mi esposa y a mi hijo? ¿Me recibirán a mi llegada con honores, y tendré una fortuna? […] ¿Cuándo? ¿Cuándo sucederá eso? »

La expedición lleva un mes surcando aquellas aguas, buscando el paso hacia el oeste sin éxito. A estas alturas, no es extraño imaginarse que todos los hombres habrían pensado, al menos una vez, en quitarse la vida y acabar con su miseria. Muchos marineros han muerto ya fruto del hambre, el frío y las enfermedades. Los cadáveres son arrojados al mar con presteza para evitar contagios y que cundiera aún más el desánimo.

Entonces, llega el momento decisivo. La ruta que venían siguiendo, hasta entonces estrecha y angosta, comienza a ensancharse. Cuando por fin salen a mar abierto, se extiende ante ellos un titánico océano desconocido: el Pacífico. A día de hoy, este paso situado en el cono inferior de América del Sur es conocido como el Estrecho de Magallanes. La teoría del portugués parecía por fin cobrar forma material en su cabeza y en sus mapas. Habían atravesado las Indias y, ahora, se hallaban camino a surcar el mar del oeste. Después de cinco años de preparación y viaje, Magallanes está pletórico. Había demostrado que su teoría era cierta. Todos aquellos que le habían tildado de loco y se habían arropado en su previsible fracaso, ahora o eran nada. No eran nadie. La fama y la gloria ya no parecían tan lejanas para el almirante como cuando contemplaba las llamas de la Tierra de Fuego.


                             Descubrimiento del estrecho según O. W. Brierly. Sólo quedan tres naves, de las cinco que partieron.

Sin embargo, dos días después de salir a mar abierto le llega la peor noticia que podía imaginar: una de las naves, la que transportaba todos los víveres -comida, agua y vino-, había desaparecido. En el peor momento posible, el navío había desertado y puesto rumbo a España. Magallanes pasa así de la alegría a la desesperación más profunda. Pero no se rinde. Había conseguido sacar del estrecho a todos sus barcos, algo milagroso teniendo en cuenta que, incluso hoy en día, el Estrecho de Magallanes es considerado un auténtico laberinto geográfico harto peligroso por las constantes tempestades y vientos que lo azotan. No, Magallanes no se rinde. La única salida pasaba por seguir avanzando, y así lo hace. Lo que no sabía todavía era que aquel mar del sur, al que llama Pacífico -mar de paz, por la aparente calma de sus aguas-, era en realidad la mayor masa de agua de la Tierra. Y ahora, al contrario que antes, no tenían prácticamente nada para llevarse a la boca, ni para saciar la sed de sus quebradas gargantas. Mientras pescan lo que pueden para comer, el viaje se extiende días, semanas y meses. El tiempo sigue pasando sin que se topen con nada de tierra. Solo agua, infinita y en calma, acompañada por un sol abrasador que les quema la piel hora tras hora, día tras día. La masa de agua parece no tener fin, y la calma con la que los recibe cada mañana la delata como una asesina paciente y despiadada, que se regodea en el lento padecer de su víctima. Así, vuelven la desesperación y las dudas, los miedos y la desesperanza. Ya no se trata de ser rico y famoso, ni de disfrutar soñando con la gloria. Ahora solo es cuestión de sobrevivir. En medio de esta enorme masa de agua, Magallanes podría perfectamente haberse desorientado, debido a un fenómeno que ya notó Cristóbal Colón en su primer viaje. Sin embargo, el portugués era un marino experto, como así queda registrado por el cronista:

«La aguja de nuestra brújula indicaba siempre el Norte, pero desviándose algo del polo. Esto, lo había observado muy bien nuestro capitán general (Magallanes), por lo que cuando estábamos en pleno Océano, preguntó a todos los pilotos qué ruta anotaban en sus cartas y respondieron que la correspondiente al rumbo que les había dado. Magallanes les advirtió entonces que tenían que corregir sus anotaciones, a causa del error a que les inducía la aguja; porque esta se desviaba en razón a que en el hemisferio austral perdía alguna fuerza de atracción hacia el polo Norte».

A pesar de la maestría con la que el almirante dirige la expedición por aguas desconocidas, los navíos apenas cuentan con comida, y el poco agua que poseen está podrida. A estas alturas los barcos parecen tumbas flotantes en medio de un mar infinito. A los hombres se les caen los dientes y se les pudren los miembros del cuerpo. El escorbuto -provocado por una falta de vitaminas-, el azote más cruel de los marineros en alta mar, se los lleva uno tras otro. Nos lo describe de nuevo Pigafetta:

«Vi a uno, que miraba con ojos ávidos a un español que acababa de morir, mientras movía la mandíbula como si algo masticara. No había duda que estaba pensando qué parte del cuerpo muerto podía cortar, para comérsela cruda inmediatamente».

La mayoría de la tripulación encontrará en este punto la muerte, siendo sus cuerpos arrojados rápidamente por la borda. Pero después de tres meses y veinte días de agua salada y muerte, el vigía grita '¡tierra!' con la poca voz que le queda. La salvación, como ya había pasado antes, se presenta en el último instante. Llevan, en total, año y medio de travesía. A la primera oportunidad reponen comida fresca y agua potable, que deben comer con extrema precaución para evitar que su estómago, acostumbrado ya al hambre, no las rechace y mueran sumidos en el dolor. Con la moral algo recuperada, la expedición continúa, descubriendo esta vez una gran extensión de tierra a las que se dará más adelante por nombre Filipinas, en honor al rey español Felipe II. Tan cerca aún el recuerdo del hambre, la sed y la muerte, para los maltrechos hombres aquellas islas, tapadas por un manto verde de vegetación, debieron parecer el paraíso terrenal.

Cuando desembarcan en tierra, son recibidos por un grupo de indígenas que, extrañados, les hablan y preguntan en su lengua. Ni que decir tiene que, desde la perspectiva actual, es difícil (sino imposible) imaginarse qué ideas rondaban en la cabeza de aquellas personas cuyas culturas y forma de vida se encontraron con otras tan diferentes y, en la mayoría de los casos, opuestas. ¿Qué pensaron los indígenas cuando vieron por primera vez a esos hombres rubios y morenos, barbados, y ataviados con armaduras brillantes y armas sofisticadas? ¿Qué pensaron los españoles y portugueses que se encontraron con esos aborígenes, de cuerpo pintado y con extraña apariencia, que debían mirarlos como si fueran más algo sacado de sus sueños y pesadillas que del mundo real? En cualquier caso, y para hacerse entender lo más rápido posible, Magallanes lleva a tierra a su sirviente, un indígena llamado por los españoles Enrique. Al ser este capaz de comunicarse medianamente con los indígenas, Magallanes confirma que, efectivamente, están cerca de su destino: Sumatra, de donde provenía Enrique, no distaba mucho de las Molucas o islas de las especias; de tal manera que, si era posible entenderse entre ellos, es que la distancia no debía ser ya demasiado grande.

Magallanes, a quien por contrato pertenecen una parte de las riquezas que se extraigan de dicha tierra, ha descubierto un archipiélago cercano a las Molucas del que nadie tiene constancia. Así pues, toma posesión de aquella tierra en nombre del emperador Carlos y de sí mismo. Pronto, y a fin de ganar influencia en aquellas tierras, establece las primeras relaciones comerciales con los pueblos nativos, de las que posteriormente pretendía aprovecharse.

El domingo de Pascua de 1521, Magallanes organiza una misa en la playa de Limasawa. Pese a que desconocemos si invitó a ella a los indígenas, no sería algo de extrañar: para los reyes españoles el dominio del mundo era un encargo divino, destinado a mostrar al hombre la fuerza de la voluntad de Dios, representada por  estos reyes y sus planes. Toda colonización iba acompañada de las conversiones de los nativos, pues era éste -el aumento del número de fieles- uno de los más altos principios del imperialismo español del XV, XVI y XVII. Aquí vemos una continuación de la tradición regia medieval, por la cual se tomaba el poder real como un designio divino y, por tanto, incuestionable. Esta práctica, usada para consolidar el poder de los monarcas desde tiempos antiguos, alcanzaría su cénit en la Edad Moderna, con el ascenso del absolutismo.

Magallanes navega de isla en isla, anexionando todas las que puede. Es acompañado por los indígenas, quienes le guían en aguas muy difíciles y peligrosas. Desde Milasawa, la flota pone rumbo a Cebú, un importante puerto comercial. Cuando llega, Magallanes ve al rey de Cebú -el llamado Rajá Humabón, que era tan musulmán como el resto de reyes y caudillos de las islas- como un posible aliado interesante: tanto a Magallanes como a la propia España les interesaba tener una representación amiga en estos rincones del planeta, que afianzaran su poder para el posterior establecimiento del poder español ya de forma sólida. Cuando entabla relaciones el representante de la corona española con este rey filipino, el segundo le dice al primero que está en guerra con una isla vecina, y le solicita ayuda para extender su dominio. Magallanes, a quien interesa mostrar su poder, acepta. Encontramos aquí una muestra de prepotencia nada típica en Magallanes: rechaza ir acompañado de guerreros indígenas, alegando que con sus cincuenta hombres podría vencer a fuerza alguna que se le presentase allí.

El 27 de abril de 1521 pone así pie en la isla de Mactán, enemiga del rey de Cebú. Sin embargo, cuando llegan, la historia no se desarrolla como Magallanes había planeado. El caudillo enemigo, Lapu-Lapu, está acompañado de mil quinientos aguerridos, a los que Pigafetta describe como 'hombres con tatuajes de fuego', al tener estos guerreros por costumbre hacerse un tatuaje por cada batalla ganada y, tras tantos combates, haberse quedado sin espacio en el cuerpo solo para comenzar a marcarse la cara. Mientras los españoles se acercan más y más a la orilla de la playa desde sus barcas se van dando cuenta de su error, pues apenas llevan armas útiles en esa situación: los arcabuces, que les podrían permitir abatir enemigos desde la distancia, no pueden montarse sino en tierra firme; las ballestas, que son pocas, no alcanzan al enemigo desde tal distancia, acaso para herir a unos pocos sin llegar a matar a ninguno.

«Abrimos fuego sobre el enemigo desde los botes. Disparamos durante una media hora sin hacerles demasiado daño. En el instante en que dejamos de disparar, los nativos atacaron a muerte

En cambio, los arcos de los indígenas de Lapu-Lapu sí llegan a las barcas, provocando las primeras bajas. Todos los guerreros, confiados ahora al ver que los españoles no eran tan invencibles como aparentaban, se dedican a arrojar todo tipo de cosas en dirección de éstos: flechas, lanzas (cuya punta calentaban al rojo vivo), piedras y hasta lodo, que iba formando una masa de fango toda vez que los españoles se acercaban más y más a la tierra. Bajo tan intenso fuego, los españoles deciden saltar de las barcas cuando el agua les llegaba a los muslos, y avanzar a pie. Los guerreros del Rajá de Mactán hacen lo que mejor saben hacer y se abalanzan con furia inusitada sobre los cristianos, que los contienen como buenamente pueden.

Magallanes ordena quemar algunas casas de los indígenas para tener que dividir así sus fuerzas y quizás privarles de algo de ánimo; no obstante, la quema de las chozas los enfurece aún más. El portugués ordena la retirada en este punto, pero envueltos en una masa ingente de guerreros como están, la lucha se alarga varias horas. Ante la resistencia de los españoles, los indígenas centran su vista en su comandante, y se abalanzan hacia él para darle muerte. Pigafetta, que está combatiendo junto con el resto de españoles, nos cuenta:

«Un isleño consiguió herir al capitán en la cara con una lanza de bambú. Desesperado, éste hundió su lanza en el pecho del indio y la dejó clavada. Quiso usar la espada, pero sólo pudo desenvainarla a medias, a causa de una herida que recibió en el brazo derecho... Entonces los indios se abalanzaron sobre él con espadas y cimitarras y cuanta arma tenían y acabaron con él, con nuestro espejo, nuestra luz, nuestro consuelo, nuestro guía verdadero. Cuando lo hirieron, se volvió muchas veces para comprobar que estábamos todos a salvo en los barcos».

Tras la muerte del almirante, un desolado Pigafetta nos escribe:

«Magallanes ha muerto. Demostró una constancia inamovible dando prueba de ella en la adversidad más grande. Dios haga que su fama le sobreviva.»


             Grabado que muestra la muerte de Magallanes, en el centro. El combate prosigue mientras los españoles se retiran.



Magallanes encuentra su muerte así en Mactán, Filipinas, sin haber llegado a cumplir por completo su sueño, por el que tanto había luchado y sacrificado. Su acción, por otra parte, permite a la mayoría de hombres subir a las barcas y retirarse sin orden alguno, de vuelta a los navíos.  Habiendo saldado las cuentas con una derrota desastrosa por la muerte de Magallanes, la expedición sale de Filipinas y pone rumbo de nuevo a las islas de las especias, dirigida esta vez por el capitán español Juan Sebastián Elcano -cuyo nombre, por cierto, es honrado por la Armada en forma de uno de los más emblemáticos buques escuela del mundo-. Por fin, después de más de un año de expedición, alcanzan las islas Molucas solo con dos de los cinco barcos que partieron de Sevilla. En aquellos barcos, que tanto habían pasado hasta llegar allí, cargan las codiciadas especias -nuez moscada y clavo- como muestra de que, efectivamente, habían conseguido su objetivo; además de demostrar, por vez primera, que la Tierra es definitivamente redonda. Además, dichas especias, en la lejana Europa, valen su peso en oro, pues junto con la plata y el propio oro, son el sostén económico del poderío ibérico en el mundo. Estando enfrascados en ese intercambio de materias, llegan a los españoles noticias -a manos precisamente de un portugués llamado Alfonso de Lorosa- de que Portugal sabe de su presencia y ha enviado varias naves a darles caza. Ante tal amenaza, los dos navíos se ponen en marcha apresuradamente. Sin embargo, poco después de partir una de las naos, la Trinidad, sufre una grave avería y deben volver a puerto. Ante la amenaza inminente que supone ser apresados por los portugueses, y fracasar así cuando tan lejos habían llegado, los españoles deciden dejar la Trinidad allí reparándose mientras solo la Victoria, cargada de especias hasta arriba, volvería a España de forma inmediata. Esta decisión, tomada por unanimidad, refleja el valor extraordinario de aquellos hombres, pues aún con naves modernas y el instrumental más puntero del que se disponga, la travesía que tenían por delante era una auténtica locura. Imagínense ustedes lo que suponía para una nave de aquellas características.

Así pues la Victoria recorre miles de millas por territorio portugués, rodeando el continente africano por el sur y ascendiendo dirección norte siguiendo la costa occidental, siempre con el miedo de ser descubierto por los portugueses y expoliado. En septiembre de 1522, después de casi tres años de expedición, llegan a Sevilla unos hombres que son más esqueletos que seres humanos, más mendigos que marineros dignos de una de las mayores hazañas de la Historia. Solo dieciocho de los doscientos sesenta y cinco marineros que Magallanes contrató, allá por 1520. Entre aquellos dieciocho tipos, Pigafetta, cuyo relato hará eterno tan extraordinario viaje, pone pie en Sevilla. Milagrosamente vivo y entero. Los pocos que vuelven reciben en el puerto de Sevilla una bienvenida oficial, y se celebran festejos para honrar la aventura.


                                Representación de la nao Victoria, único navío superviviente de la expedición.


No le dio Pigafetta al rey Carlos ni oro ni plata, más sí le dio otras cosas a sus ojos más valiosas: entre otras cosas, aquel cuaderno, en el que el veneciano relataba todos y cada uno de los acontecimientos sucedidos en su viaje a las Molucas.  A pesar de todo ello, la ruta descubierta por Magallanes no resultó una vía comercial rentable, y no cobró la importancia esperada. Navegar aquellas aguas resultaba demasiado difícil. Y si no, que se lo pregunten al bueno de Pigafetta, que debió pasarse los años preguntándose si realmente había vuelto vivo, y si su cuerpo se había quedado junto con el de su comandante, allá por Filipinas; o  junto con el resto de los más de doscientos hombres que dieron sus huesos en el fondo del mar.

A pesar de todo ello, sería un gravísimo error no constatar la importancia de este viaje que, entre otras cosas, probó que la Tierra es, efectivamente, redonda, así como puso la primera piedra del dominio español de los mares, que se mantendría hasta que dicho trono nos fue arrebatado por Inglaterra, casi dos siglos después. La primera vuelta al mundo, capitaneada por un portugués y llevada a cabo por castellanos, supuso un hito para la historia de la Humanidad a la altura de la llegada del hombre a la Luna, pues en aquella época, como hemos visto, pocas cosas se tenían tan por seguras como que, llegado a cierto punto, los navíos se caen en una infinita catarata para acabar en una ''nada'' que no necesitaba cobrar forma alguna para resultar terriblemente aterradora en la mente de aquellas gentes, que forjaron el devenir no ya de nuestro país y del vecino, sino de Europa entera y, por extensión, de prácticamente todo el globo.


ZILD.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Maderas de 1805.


A veces, la historia nos refleja los pensamientos e inquietudes de aquellas personas, hombres y mujeres, que saben que el siguiente paso les lleva a su final. Que tomar la decisión de cumplir con su deber para con sus compañeros,  hermanos, familia y nación implica, de todas a todas, perder el pellejo allí donde tenga que perderse; que muy a menudo es lejos de aquellas cosas por las que lo pierdes todo, ganando poco o nada. Y sobre muchas de estas gestas ni siquiera -como siempre- escuchamos canciones, leemos libros o nos enseñan en las escuelas. Hoy, en nuestra cita ineludible con la memoria y la historia, y muy a mi gusto, vengo a hablarles de una de ellas. Una donde todo se decidió sobre agua y madera, a sable y cañón. Allá, en aguas de Cádiz, el viejo y maltratado león hispano dio su último rugido en el mar. 

Aquel 21 de octubre de 1805, marineros y oficiales españoles sabían que iban a encontrar su final cerca de casa, frente a las costas mismas de su patria. La incompetencia del francés, y la falta de determinación del español, hicieron de aquel día uno de los más trágicos que aquí podemos -aunque no queremos- recordar. Supuso la pérdida de la palabra en el mar, que pasó a estar dominado por la Pérfida Albión, y nada peor pudimos haber visto. La incompetencia del francés, Villeneuve, al que el mando de la flota le quedaba muy grande -aunque al menos tuvo la decencia de batirse con valor- y la llevó a la ruina de la derrota ante una flota menor en número; aunque, todo sea dicho de paso, muy superior en técnica, por motivos que explicaré a vuestras mercedes más adelante. La falta de iniciativa del español, Gravina, gran marino, pero cuya indecisión a la hora de negarse a partir con Villeneuve -aún cuando sabía que enfrentarse a los ingleses en esas condiciones era asegurarse la derrota y la muerte- le costó la vida a varios miles de españoles que bien podrían habérselo ahorrado, pues de nada sirvió.


                           El Santa Ana mantiene el fuego frente a los navíos que lo rodean. Obra de Cortellini Sánchez.

El ver cómo el inglés se apropia de esta victoria como total y un signo de la superioridad británica ante la vieja España, es algo que me hierbe la sangre. Y por ello es por lo que estoy aquí, escribiendo esto, mientras ustedes se paran, dándome el gusto, a leerlo. Si bien debo reconocer, y es de caballeros hacerlo, que Nelson era un extraordinario personaje, un héroe admirable y un marino sin parangón, bajo cuyo mando la flota inglesa parecía invencible; no es menos propio decir que en las filas españolas -de las francesas me ahorraré hablar más de lo estrictamente necesario- contaban un buen puñado de magníficos oficiales que se dejaron la vida defendiendo el honor y la reputación de un país que daba la últimas bocanadas de aire ante la gloria de su pasado, y lo incierto de su futuro. Churruca, mi héroe predilecto de tan gloriosa batalla, demostró que valiente no es aquel que no siente miedo, sino aquel al que el terror le hiela el corazón, y aún así, decide hacer de tripas corazón y seguir adelante. Y esto es algo que no solo veo yo, sino que el propio inglés supo apreciar. Si algo admiro de los pálidos habitantes de calcetines y sandalias, es la habilidad que tienen de honrar a héroes y valientes, aún cuando hayan luchado contra ellos a muerte. Una cualidad única, solo propia de las naciones con pocos complejos y mucho orgullo y gallardía. Como la mía al parecer no lo es, yo al menos me lo tomo como cruzada personal. Que no se diga que ningún español es capaz de recordar lo alto que un día llegamos a volar.

Primero, cabe recordar que España ya venía de una sonora derrota en el Cabo de San Vicente (1797) donde, de nuevo, en superioridad numérica, la incompetencia del mando nos costó mucho, y a los británicos muy poco. En aguas portuguesas y un día de San Valentín, una flota española de veintisiete navíos, comandados por José de Córdova -a quien esta humillante derrota le costó un Consejo de Guerra- se enfrentó a una escuadra ya tocada de quince navíos británicos, comandados por John Jervis -estando el propio Nelson presente-. La poca o nula decisión del almirante español facilitó, y mucho, la victoria británica. Como anécdota, que creo que se merece al menos las pocas letras que le dedicaré, la historia de este bravo infante de marina español, quien no abandonó su puesto en el San Nicolás de Bari, aún cuando sus compañeros no podía levantarse del suelo, entre muertos, sangre y madera quebrada. El granadero Martín Álvarez guardaba la bandera, que aún ondeaba en la toldilla del navío, mas cuando éste ya se había rendido. En palabras de un oficial inglés que fue testigo de los hechos, resultó que otro oficial, confiado por la victoria, se acercó a la bandera para arriarla. Martín Álvarez, que permanece en su puesto, le da el alto, pero el oficial inglés lo ignora y sigue adelante. Sin dar tiempo a un suspiro, el infante de marina lo clava con su espada en la madera de un mamparo, matándolo al instante. Tras ello, otro oficial, acompañado de varios soldados, se acercan de nuevo a Martín Álvarez quien, dando por imposible sacar la espada de la madera -que seguía clavada, sosteniendo al oficial inglés ya muerto-, coge un mosquete y lo enarbola con furia, usándolo como maza, matando al oficial y hiriendo a dos soldados más. Seguidamente, salta sobre el alcázar de popa, donde es acribillado por la fusilería británica.
Nelson, que es testigo de todo ello, y haciendo gala de su célebre caballerosidad, ordena a sus hombres que envuelvan al soldado con la bandera que con tanto valor había defendido. Sin embargo, Martín Álvarez no estaba muerto, sino gravemente herido. Los británicos lo curaron y lo enviaron a Portugal, desde donde el bravo infante de marina pudo volver a casa.


                                            Martín Álvarez guardando la bandera, de Ferrer Dalmau.

Pero hablemos pues del contexto de la batalla que nos ocupa. Habíase formado una coalición de naciones (Reino Unido, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia) para acabar con el dominio francés que Napoleón ejercía sobre Europa ya entrado el siglo XIX. Ante esta coalición, el Imperio Francés y España, ahora aliados que, pocos años después, se matarían el uno al otro muy a conciencia y con muchas ganas. Los planes de Napoleón de atacar las islas británicas con su Grande Armée se habían visto frustrados: Napoleón envió a la flota conjunta al Caribe, amenazando las posesiones británicas allí, con la intención de sacar a Nelson del estrecho. Aunque la cosa funcionó -cuando Nelson llegó, la flota ya había dado media vuelta hacia la costa atlántica francesa-, ésta se encontró con otra flota británica, esta vez en el Cabo de Finisterre, lo que costó a la flota franco-española su primera derrota -al mando del mismo Villeneuve-. Este último decidió partir hacia Cádiz, donde atracó, desobedeciendo órdenes de Napoleón. Sintió entonces llegar a sus oídos que el Emperador de los Franceses iba a sustituirle, y que aquel que ocuparía su puesto ya se dirigía, de hecho, hacia allí. Ante la posibilidad de enfrentarse con los ingleses en Trafalgar -aún cuando podían haberlo hecho en la misma Cádiz, obteniendo el apoyo de la ciudad-, Villeneuve decidió agarrarse a un clavo ardiendo y, desoyendo las advertencias de los españoles, mandó partir hacia Trafalgar, donde se encontraría finalmente con la flota de Horatio Nelson. 

La situación de la flota era nefasta: las bajas y una epidemia de fiebre amarilla que había asolado la zona habían dejado a las tripulaciones muy tocadas, por lo que tuvieron que realizarse levas forzosas en la ciudad para poblar a los barcos de marinería capaz de hacer moverse los barcos. Aunque, como puede suponerse, meros ciudadanos no eran la tripulación que correspondía a un navío de guerra que no solo iba a enfrentarse en combate con una flota enemiga, sino que esa flota era, nada más y nada menos, la Royal Navy. Tripulaciones profesionales, muy motivadas y al mando de Horatio Nelson suponían un desafío muy serio para cualquier otra potencia naval de la época. Y Villeneuve pareció no verlo, o no quererlo ver, porque el hecho es que la flota -con barcos excelentes y muy bien armados y dirigidos, como era el caso del Santísima Trinidad, un coloso de los mares que inspiraba terror a los enemigos de las Españas-, poblada con marinería inexperta (reclusos, mendigos, campesinos, etc.), partió al encuentro del inglés en la que sería una derrota absurda y completamente innecesaria.


                                   El Bucentaure recibe una andanada de un navío británico; de Auguste Mayer.


Las impresiones de los españoles ante  la situación de la flota y el inminente combate queda mejor reflejaba en boca de los que lo vivieron que en la mía:

''Navío San Juan en Cádiz a 11 de octubre. 
Querido hermano: desde que salimos de Ferrol no pagan a nadie ni aún las asignaciones, a pesar de estar declaradas en la clase del prest del soldado, de manera que se les debe ya cuatro meses y no tienen ni esperanza de ver un real en mucho tiempo; aquí nos deben también 4 meses de sueldo y no nos dan un ochavo, sin embargo de que nos hacen echar los bofes trabajando: con lo que no puedo menos de agradecer mucho el que hayas libertado a Dolores de los apuros en que se andaría para pagarte los 1.356 reales que te los libraré yo luego que pueda; entretanto, he encontrado en Ferrol a un amigo rico que socorrerá a Dolores con cuanto necesite, y quedo tranquilo con haber asegurado ya su subsistencia decentemente. Estos son los trabajos en los que servimos al Rey, que en ningún grado podemos contar sobre nuestros sueldos [...] Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto.'' 
                                                                                 
                                                                                     Carta de Cosme Damián Churruca, a su hermano.

''Llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la  mar''
                                                                                                                             
                                                                                                        Capitán General José de Mazarredo.

Con respecto al General Mazarredo, debo decir que es considerado uno de los mejores marinos de su tiempo, y prácticamente gracias a él Estados Unidos pudo conseguir finalmente su independencia: en 1780, logró apresar un enorme convoy británico -cincuenta y tres velas- que se dirigía a las colonias, con cargamento de 80.000 mosquetes y cañones y más de un millón de libras en oro y plata, destinadas a triplicar la capacidad británica en la Guerra de Independencia estadounidense. De haber llegado, la proporción entre británicos y continentales hubiera sido de tres a uno, algo que habría decidido definitivamente la guerra en favor del rey: aún con todas las derrotas y dificultades de los continentales, la proporción entre unos y otros era, en realidad, pareja.
Además, Mazarredo se distinguió como un gran defensor de los intereses de España frente a la ambición de Bonaparte y la sumisión de los mandos españoles, algo que le valió degradaciones e incluso destierro, además de la enemistad del Gran Francés. Gracias a él, España contó con navíos preparados y y tripulaciones entrenadas, algo que hasta entonces era una triste ficción. Sumado a todo ello, logró vencer a diversas flotas inglesas -incluida la de Nelson-, en ataques como los que, por ejemplo, sufrió la ciudad de Cádiz en repetidas ocasiones.

Aclarado esto, sigamos pues con el tema que nos ocupa: las impresiones de la flota española.

''Esta escuadra hará vestir de luto a la Nación en caso de combate, labrando la afrenta del que tenga la desventura de mandarla''
       
                                                                                                                         Mayor Antonio de Escaño.

Nuevamente debo pararme a hacer mención de tan grande figura como es la de don Antonio de Escaño, discípulo de Mazarredo, amigo de Churruca y gran historiador y científico. Sus logros podrían nombrarse a partir del hecho de que, junto con Mazarredo, formase ''la mejor y más perfecta escuadra del mundo'', según franceses e ingleses, sino a sus actuaciones en batallas como las de Finisterre -donde, según palabras del propio Napoleón, ''los españoles se batieron como leones, mientras que de los franceses solo se oyeron los improperios''; o la del Cabo de San Vicente, donde gracias a su pericia y valor, en una arriesgada maniobra, logró salvar al Santísima Trinidad y al Soberano. También formó parte del consejo de guerra que acaeció en el navío de mando francés Bucentaure en el que, junto a Churruca y a Dionisio Alcalá Galiano -del que hablaré después-, aconsejaron a Villeneuve esperar el ataque inglés en Cádiz, desde donde la victoria estaría más cerca y las bajas, menores. Sin embargo, así no lo creyó el francés, que partió al encuentro de Nelson en Trafalgar.
Fue entonces Gravina le dijo la máxima de aquel día: ''pelear sin descanso hasta morir''. Así se hizo. Herido Gravina -quien peleó hasta sufrir gravísimas heridas al mando de su Argonauta-, tomó él el mando, pero fue herido poco después de un balazo en la pierna, que lo obligó a sentarse, sin dejar de dar órdenes, sin dejar de combatir. ''No es nada'', dijo, cuando sus hombres le advirtieron de la cantidad de sangre que estaba perdiendo. Poco tiempo después, perdió el conocimiento. Volvió en sí, y continuó con la labor. No obstante, perdió de nuevo el conocimiento debido a la hemorragia que sufría. Cuando nuevamente cobró consciencia, mandó salvar los buques que quedaban de su escuadra, que estaban siendo acribillados.
Tal fue su actuación, que Gravina -quien murió a sus brazos en Cádiz unos meses después-, dijo:

''Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado de mi lado, se entregará, en cuanto fallezca, al dignísimo General Escaño, como prueba pública de haberlo empuñado en mi nombre''.

Ya en 1808, al estallar la Guerra de Independencia, se unió a la rebelión patriótica, siendo nombrado Ministro de Marina, y formando a la flota y al ejército que tanto se lució tiempo después en gloriosas contiendas como Ciudad Real, San Marcial, etc.


                                                   Disposición de las flotas británicas y franco-española.

Pero volviendo de nuevo a Trafalgar, las malas noticias no acaban ahí. Villeneuve, al encontrarse con la flota inglesa, no tiene otra idea mejor que la de formar a la escuadra en un arco extenso, con el viento de costado, provocando serias dificultades a los barcos pesados para maniobrar. Los ingleses, que tenían viento a favor, formaron dos columnas y, gracias a la pericia de su almirante y la incompetencia del nuestro, lograron partir la formación franco-española en pequeños grupos, que se vieron completamente rodeados. Ante la situación, Villeneuve ordena la retirada para evitar el combate. La vanguardia, formada por algunos de los barcos más pesados, abandona la batalla, y aunque Villeneuve, cuando se ve el desastre -el viento impedía a los barcos moverse con rapidez, y eran acribillados por los navíos británicos-, ordena lo contrario: volver a todos de nuevo a combatir. No obstante, varios de los navíos pesados franceses desoyen la orden y huyen a Francia, donde serán apresados poco tiempo después. De esta mansalva de órdenes contradictorias, diría Churruca:

''El almirante no sabe lo que hace. La flota está perdida''.

Precisamente fue el propio Damián Churruca el protagonista de uno de los episodios más célebres de la batalla. Gran científico y extraordinario marino, combatió hasta la muerte sobre su barco, el San Juán de Nepomuceno (de dos baterías y setenta y cuatro cañones). Se vio rodeado primero por dos y, más tarde, por cuatro navíos ingleses, sin silenciar en ningún momento el fuego de sus baterías. El guipuzcoano sufrió, en el combate, la amputación de una pierna por una bala de cañón, ante lo cual -según se dice-, pidió un cubo con harina donde metió la pierna para evitar desangrarse y siguió combatiendo. Ordenó clavar la bandera, señal inequívoca en la Armada de que el barco no pararía de disparar hasta que no quedara nadie para poder hacerlo. Antes de morir, prohibió a sus oficiales rendirse; y uno tras otro, los oficiales que le precedieron en el combate perecieron siguiendo su orden, fieles hasta su final. No obstante, con casi la totalidad de la tripulación hecha trizas -entre muertos y heridos-, el navío se rindió, siendo de los últimos en hacerlo, rodeado en ese momento por seis navíos.


                                                 Muerte de Churruca, de Eugenio Álvarez Dumont.

Los británicos, que habían sufrido enormes bajas ante la resistencia del navío español, lo mantuvieron en Gibraltar y más tarde lo enrolaron en su propia flota, bajo el nombre de HMS San Juan. En honor a Cosme Damián Churruca, colocaron una placa con su nombre en oro en la cabina del capitán, y todo aquel que quisiera entrar a ella debía descubrirse -quitarse el sombrero-, en señal de honor y respeto.  

A hora y media de haber empezado el combate, Nelson es alcanzado por una bala disparada por un tirador desde el Redoutable, que lo distinguió entre el resto al ir Nelson con todas sus enseñas y honores cosidos al uniforme. La bala, que se alojó en su columna vertebral, lo mató lentamente, haciendo inútiles los desesperados intentos de los cirujanos ingleses por salvarle. Es entonces cuando, en un momento de lucidez entre delirios, se le comunica la victoria y pronuncia su célebre frase: ''gracias a Dios que he cumplido con mi deber.'' Según cuentan los ingleses, sus últimas palabras fueron '''Dios y mi país''.

Por nuestra parte, la mayoría de barcos estaban ya rendidos, o enseñándole el culo a los ingleses, poniendo pies en polvorosa, maltrechos y con las cubiertas llenas de muertos. O hundidos, que también hubo unos cuantos. Incluso el Santísima Trinidad, llamado El Escorial de los Mares, estaba hecho pedazos. Este impresionante barco, el mayor de su época, fue el resultado de un exitoso espionaje a los astilleros británicos en su propia casa, el Támesis. Fue construido pues, a imagen y semejanza del modelo inglés. Sin embargo, sus colosales dimensiones y los numerosos problemas que presentaba, lo hacían un gigante con los pies de barro. Cuatro puentes, ciento cuarenta cañones y casi mil marineros era la seña de identidad de un coloso cuya misión era reafirmar el poderío español en los mares.

Sin embargo, El Santísima Trinidad tuvo una cuestionable eficacia. Pese a ser un navío que inspiró puro terror a las armadas de los enemigos de España, y su éxito en campañas como las del Canal de la Mancha -en apoyo a las colonias rebeldes de Norteamérica- o el apresamiento del convoy inglés que pretendía dar la vuelta a la misma contienda -el mismo que se ha nombrado unos párrafos más arriba-, también tuvo sonoros fracasos: para empezar, estuvo apunto de ser capturado en la Batalla del cabo San Vicente donde, totalmente desarbolado y ya rendido, fue salvado en el último momento por el Don Pelayo, mandado entonces por el capitán Cayetano Valdés, quien se interpuso entre el Santísima Trinidad y los ingleses que lo cañoneaban para darle algo de tiempo, mientras le amenazaba con cañonearle él mismo si no izaba la bandera de nuevo. Salvado entonces, su siguiente encuentro sería el último: Trafalgar. Pese a presentar batalla, la situación en la que Villeneuve había dispuesto a la flota y de la que de por sí ya era un navío de muy difícil maniobra, el Santísima Trinidad terminó rendido y con su cubierta llena de muertos -la mayoría de ellos, como se ha dicho antes, personas sin el menor adiestramiento-. Los ingleses hicieron todo lo posible por llevarlo a Gibraltar, remolcándolo por dos fragatas, pero un fuerte temporal terminó por hundirlo, con todos sus heridos dentro. Algunos de sus cañones están ahora ''guardando'' la entrada al Panteón de Marinos Ilustres en Cádiz, pero con respecto al resto del barco, se desconoce por completo su paradero.

                                       El Santísima Trinidad, ''Escorial de los Mares'', con sus cuatro puentes. 

Por otra parte, otro de los grandes caídos en la jornada fue Dionisio Alcalá Galiano, un prestigioso científico y militar que pidió expresamente un cargo para poder servir a su país como él lo creyó más oportuno. Protagonista de innumerables viajes con fines científicos -cartográficos, botánicos, etc.-, incluida la célebre Expedición Malaspina e incluso responsable de la invención un sistema de orientación por los astros que sigue siendo fundamental aún hoy; Galiano se configuró como uno de los grandes científicos de su época que, además, era un gran marino y militar, reconocido por todos los países por los que se oía su nombre, incluida Inglaterra. Protagonizó exitosos viajes a América en busca de fondos para sufragar las guerras contra el inglés, burlándolos una y otra vez pese al empeño de éstos por impedir su partida o llegada a España.

Estando presente en el Consejo de Guerra llevado a cabo en el Bucentaure, expresó su opinión contraria a la de los franceses, como así lo hicieron el resto de altos mandos españoles. Sin embargo, y como ya se ha dicho y es de sobra conocido, los franceses decidieron que era mejor hacer lo contrario. Al mando del Bahama y teniendo por guardamarina a un pariente suyo, Butrón, presintió el desastre y, dirigiéndose a este, señaló la bandera y le dijo: ''Cuida de no arriarla aunque te lo manden, pues ningún Galiano se rinde, ni ningún Butrón debe hacerlo''. Así se hizo, pues pese a que su barco finalmente se rindió -cuando los oficiales que quedaban estimaron que la capacidad combativa del navío era inexistente-, ni Galiano ni Butrón estaban para verlo. El Bahama, como tantos otros navíos españoles, se batió contra dos, tres e incluso cuatro navíos ingleses a la vez, y se defendió como una fiera mandada por su bravo capitán, quien recibió una herida en una pierna al doblarle una bala el sable, una herida en la cara por metralla -que le hizo perder mucha sangre- y, después de que otra bala le arrebatara el anteojo de las manos, una bola de cañón le destrozó la cabeza, causándole la muerte.

Muchos fueron, en resumidas cuentas, los grandes oficiales y marinos que España perdió aquel fatídico 21 de octubre de 1805. Muchos más marineros hallaron la muerte sin tener por qué; sacados de las cárceles y de las calles de Cádiz forzosamente; lo que sin duda condenó a tan magnífica armada. España perdió diez de los quince barcos que envió, hallando la muerte unos mil españoles, y resultando heridos mil cuatrocientos, y dos mil quinientos hechos prisioneros. Francia sufrió más bajas, perdiendo quince barcos de los dieciocho con los que contaba. Las bajas inglesas fueron menores, pero no desdeñables: entre los cientos de muertos, el propio Nelson encontró su final -lo desnudaron y lo metieron en un barril con vino de jerez para conservarlo-, así como muchos de sus mejores oficiales. Pese a que algunos barcos británicos sufrieron grandes daños, ninguno resultó hundido.

En Gibraltar, lugar donde desembarcaron el cuerpo de Nelson, así como los de los cientos de muertos y heridos, se halla el cementerio de Trafalgar, donde están enterrados los que cayeron en tan gloriosa batalla, frente a unos españoles que dieron todo de sí por mantener el honor de su país intacto, y unos franceses que, para variar, se dieron la vuelta lo más rápido posible en cuanto las cosas se pusieron feas -si bien algunos tuvieron la mínima decencia de morir donde debieron-.


                                                            Caída de Nelson, de Denis Dighton.
                       
Con esta entrada, además de dedicar mi pequeño homenaje a los héroes que tanto demostraron aquel 21 de octubre, quiero dejar claro que, cuando paseéis por Londres, lleguéis a Trafalgar Square, veáis el imponente monumento a Lord Horatio Nelson y os sintáis abrumados del aura de gloria y orgullo que todo ello emana por cada rincón y cada piedra, recordéis que España dio uno de sus últimos rugidos allí, siempre con la cabeza alta y sin ápice de cobardía. Como escribió Pérez Reverte en su saga "Alatriste", «Ellos luchaban por su orgullo nacional, nosotros, por nuestra desesperación nacional. Que no era poca cosa.» Cuando veáis el rostro impertérrito de Nelson, o contempléis su navío, el HMS Victory, recordad el rostro humilde de Churruca, de Gaviano o de Escaño. Y recordad que no tenemos sus navíos porque se hundieron peleando, como leones.

España cayó. Pero lo hizo como debe hacerse siempre: de pie, y con las botas puestas.

Zild.

jueves, 9 de enero de 2014

Huesos en la Arena.


Esa perra ingrata y demasiadas veces olvidadiza que es España, esa fiera herida y por tanto tiempo humillada, que no sabe si cantar a sus muertos o reírse del cruel destino que sufrieron y sufren los que por ella dan el pellejo y la vida, el alma y la voz, ha tardado casi un siglo en conceder a tan gloriosos caballeros como lo son los jinetes del Regimiento Alcántara Nº 14 la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración que el ejército concede a sus más valientes héroes. 

Casi un siglo de vergüenza, de olvido, de ignominia. Casi un siglo de silencio en cuyo vacío han soportado las familias de los jinetes lo insoportable. Que cuando uno da la vida por sus compañeros de tal manera, lo mínimo es que se les reconozca, que se les recuerde. Y ninguna de las dos cosas les dio esta nación. Ni recuerdo, ni reconocimiento; a pesar del clamor popular que en aquellos años se gritó por la gloria de aquellos hombres que lucharon y murieron un 23 de julio de 1921. O en el ''Desastre de Annual'', para los amigos, y para los que no lo son tanto. Políticos de tan diversa índole -como el dictador Franco o la ministra Chacón- han coincidido en no querer remover el tema. No vaya a ser que.

El Desastre de Annual no solo supuso una vergüenza abrumadora para un ejército que antaño se veía invencible y orgulloso, sino para un pueblo que vio como sus soldados -que también son padres, hijos, maridos y hermanos- fueron enviados a la muerte por la estupidez de un rey, por un puñado de politicuchos corruptos, y por otro de ineptos generales que no buscaban otra cosa que la gloria de la sangre por la sangre. Un ejército mal equipado, sin apenas líderes capaces, con una preparación insuficiente y conocimientos del terreno que llegaban al extremo de lo ridículo. Y ante estas pesquisas, de héroes se tuvo que tirar, como siempre. Y apuesto a que ninguno de ustedes, que están leyendo esto, sabe sus nombres.


                                                       Algunos oficiales del Regimiento Alcántara.


El Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14, que ya había luchado en Flandes en tiempos del Cuarto Felipe, que se pateó media Europa combatiendo y que incluso destacó en la Guerra de Independencia, tuvo que apechugar con una misión difícil. Una misión de la que todos y cada uno de ellos sabían que no saldrían airosos. Una misión en la que no había victoria posible. El éxito de ésta era solo el ganar tiempo, el entretener al enemigo para darle un respiro a sus compañeros que se batían en una humillante retirada, totalmente desorganizados y siendo masacrados por todas partes por las tropas rifeñas, que supieron aprovechar el bombón. Casi diez mil españoles dieron con sus huesos en la arena aquellos fatídicos días. Diez mil. Diez mil que son familias rotas, que son amores que no vuelven, hijos que se pierden y hermanos que no se verán de nuevo jamás. 

A los caballeros se les ordenó proteger las columnas de españoles que eran masacrados en la retirada hacia, entre otros lugares, la ciudad de Drius y el Monte Arruit -donde más tarde se produciría otro hecho trágico que en sucesivas líneas describiré-. Así, montaron y marcharon hacia las columnas, cargando en pequeñas unidades contra los rifeños que disparaban desde las alturas, y montando en la grupa a los heridos que podían llevar. Dos días se pasaron así, entre tiro y tiro, y sable y trote, solo para ver cómo, en una de éstas, al volver a la ciudad, se la encontraron ardiendo. Todo el trabajo y las bajas para proteger a heridos y soldados en retirada había sido en vano, pues ya estaban la mayoría muertos, y la ciudad devastada. Y aún no había llegado lo más difícil. 

Llegó, poco después, una nueva orden, que sería la última para este regimiento: debían cargar contra los marroquíes que se apostaban al otro lado del río Igan y que, desde sus seguras posiciones, masacraban a los españoles que salían de la ciudad en llamas en dirección a Arruit. Y de ahí no saldrían vivos, y lo sabían. Lo cual no les impidió montar de nuevo, por vez última, en sus caballos. Orgullosos caballeros que sabían de su final cabalgaron una última vez hacia el que sería su destino; disciplinados, silenciosos y con el corazón satisfecho. Qué mejor forma hay de dar la vida que por tus hermanos, por tus amigos. Sea, pues; debieron pensar. El Teniente Coronel, sabedor de la situación, se dirigió a sus hombres y les dijo:

''Caballeros, ha llegado para nosotros la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. ¡Por España! ¡Carguen!''

Dirigidos por el Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera -hermano del dictador de mismo apellido-, los 691 jinetes del Regimiento Alcántara cargaron contra los rifeños, a sable, sin armas de fuego; el escaso espacio del que disponían se lo impedía. Tras infinidad de escaramuzas, es en el seco lecho del río Igar donde se encuentran con su destino: casi cercados por los miles de marroquíes que disparan sin cesar contra ellos, el Teniente Coronel decide darles ánimos de la única manera en que, en vista de cómo están las cosas, se pueden dar. ''Si no lo hacemos, hombres, vuestras madres, vuestras mujeres y vuestras novias dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.''


                                                         La última carga del Alcántara, de Ferrer Dalmau.


Siete veces cargaron aquellos caballeros que se sabían muertos, siendo cada vez menos, estando cada vez menos vivos. Perdiendo una parte de su alma en cada carga, con su sable ensangrentado en mano y viendo morir uno tras de otro a sus hermanos, no cesaron en el empeño. Estaban tan diezmados y el agotamiento era tal que la octava carga tuvo que ser al paso; pues los caballos no podían dar más; y aún después volvieron a cargar, esta vez a pie, y todos a una: el trompeta -apenas un niño de quince años- que transmitía las órdenes, el capellán, los veterinarios. Y cuando no quedaba nadie a quien acudir, cargaron los maestros herradores, y los chiquillos de catorce y quince años que formaban la banda de música del regimiento. De los 691 hombres que componían el regimiento, solo 69 vieron anochecer ese día. Algunos murieron poco después, como el propio Teniente Coronel, fruto de las incontables heridas que sufrieron tras ocho cargas contra un enemigo que les sobrepasaba abrumadoramente en número y armamento, pero no en coraje. Nadie les pudo llamar cobardes. Ninguna madre. Ninguna esposa o novia. Los del Alcántara cumplieron con su deber aquel fatídico día de verano de 1921, cuando las trompetas tocaron al sacrificio, y ellos respondieron. 


                                                       El Teniente Coronel, de Ferrer Dalmau.


En 1966, en la sede de la Academia de Caballería, el Coronel Director de la misma, Conrado Carretero de Pablo diría: 
''Si en algún momento las fuerzas flaquearan, que condición humana es, volved a Valladolid y visitad este viejo solar (la sede de la Academia), contemplad el monumento que preside esta fachada y, cuando veáis la arrogancia marcial de los lanceros y el gesto viril y enfebrecido del pequeño soldado de Alcántara que, con su heroico desprendimiento y total entrega, logró sencillamente lo imposible, tengo la seguridad de que la sangre golpeará con más fuerza vuestras venas, que el corazón subirá a vuestras gargantas, que una nube de lágrimas inundará vuestros ojos y que, en lo más íntimo de vuestro ser, sentiréis el inmenso orgullo de ser los continuadores directos de tanta grandeza, de tanto heroísmo y de tanto desprendimiento; y caeréis de rodillas, pues el peso de tanta gloria no os permitirá permanecer de pie''.

                                 ''¡España!'', gritaban los de Alcántara, mientras cargaban y morían. Ferrer Dalmau.


Fernando Primo de Rivera murió en el Monte Arruit, a causa de una gangrena fruto de la amputación de su brazo derecho; amputación que tuvo que afrontar sin medicamentos ni anestesia alguna, debido a los escasos medios con los que contaban las tropas. De manera póstuma, se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando. A su regimiento de valientes, sin embargo, no. Tuvieron que esperar 92 años para ver condecorada tan valerosa hazaña. 92 años en que nuestros políticos -de derechas e izquierdas, si es que en este país ha habido alguna vez distinción entre una y otra- se han empeñado repetidamente en no remover el tema. De la misma forma en que se empeñan en no desenterrar las fosas comunes de la Guerra Civil. Su estrategia -la de privar al pueblo de la conciencia nacional imprescindible para echarlos- ha resultado ser obstinadamente eficaz con una nación cuya respuesta ante la responsabilidad histórica que acarrea su propio ser ni se ve ni se la espera. 

Pero, volviendo atrás, la historia no acaba ahí. Y debo hacer referencia a los sucesos ocurridos en el Monte Arruit por lo lamentables que resultan -hasta en la guerra se asume que se lucha contra caballeros, no contra salvajes-, y porque los escasos supervivientes de las cargas del río Igar encontraron su muerte en la defensa del lugar que, como tantos otros, resultó un auténtico nido de buitres. No obstante, será de una manera diferente, pues adjunto una carta encontrada hace poco en la tumba de un soldado muerto allí. Una carta dirigida a su novia -aunque sin esperanza alguna de que llegase a esta-, y donde puede leerse, palabra tras palabra, que es una carta de despedida. El soldado que la escribió sabía que iba a morir, y así lo reflejó en un documento que, después de tantos años, hicieron llegar a la nieta de la novia. Según cuenta ésta, la amada del soldado volvió a casarse, pero jamás quitó del lado de su cama la foto del soldado que marchó a defender arena y polvo, y nunca regresó ni se supo más de él. Fue enterrada con la foto de este soldado al que, como les sucedió a otras muchas mujeres con otros hombres, nunca más volvió a ver.

Lo del Monte Arruit es uno de los episodios más lamentables de la Guerra de África, pues los marroquíes olvidaron el significado del honor y de la vergüenza, y ejecutaron como a perros a una guarnición rendida y desarmada, cuando se había pactado la rendición y retirada del contingente por ambas partes.
El 9 de agosto de 1921, el General Navarro pactó con los jefes tribales marroquíes la entrega del Monte Arruit, ante la imposibilidad de seguir defendiéndolo -llevaban tiempo asediados, y la esperanza hacía tiempo que se había desvanecido-. Las condiciones de la rendición eran pocas pero claras: se permitiría que las tropas españolas abandonaran el lugar sin hostigárseles, y se daría transporte para los heridos. Pese al pacto, tan pronto como los 3.000 españoles salieron desarmados del fortín, los rifeños los atacaron desde varios flancos sin piedad alguna. Solo 60 pudieron contarlo. 


                                                            La destrozada puerta de Monte Arruit.


En 2012, un equipo de arqueólogos y antropólogos descubrió, en una excavación del que fue el fortín español de Monte Arruit (a 30 km de Melilla) el cuerpo y pertenencias de un soldado español muerto en la defensa del fortín. Debido a las condiciones climáticas, el cuerpo y las pertenencias -una pitillera de cuero y metal con las iniciales P.G., una foto de una mujer joven, una moneda de plata con la efigie de Alfonso XIII y una extensa carta aún legible- se encontraban en excelente estado de conservación. La carta se encontraba doblada y metida en un sobre. En éste, podía leerse: 
''Hermano de armas, si lees esto será porque yo habré muerto. Por favor, cumple la última voluntad de este soldado español que ha caído por la Patria y haz llegar esta carta a María [...], que vive en Málaga en la calle [...]. Sus padres se llaman Manolo y Antonia''.

Transcribo literalmente lo escrito en la carta:

''Mi dulce María, nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por el enemigo o por efecto del calor, y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria. 

Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que enviará refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de este monte no la he vivido. Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten.

En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, los oficiales nos recuerdan día tras día lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos. 

La verdad es que no sé por qué te estoy contando ésto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches y la única persona por la que suspiro día a día; me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.

Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que el sol africano y que son capaces de convertir a cualquier hombre en estatua de sal con solo regalarle una mirada tuya. 

Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas, pues venías del mercado y como yo, apoyado en la pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan; pero giraste tu preciosa cara, me miraste y sonreíste. ¡Bendito piropo aquel! Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste. Desde entonces fuimos inseparables; me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia ha sido siempre mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando recuerdo aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía. Se nos paró el mundo alrededor en ese instante. 

En fin, hay tantas cosas que podría contar... Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé en escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré. No quiero ser egoísta y por eso te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta, pues yo siempre estaré contigo, en cada momento de tu vida. 

Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti, y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté. 

Monte Arruit, a 8 de agosto de 1921. De tu soldadito, Pedro.''


                                                     La carta original encontrada en la excavación.

A veces la suerte es injusta. Lo que sucedió en Monte Arruit no debió jamás haber sucedido. Las Leyes de la Guerra marcan claro que no se le dispara a un hombre rendido y desarmado. Pero aquel agosto de 1921, todas las leyes parecieron importar una mierda. 

Este es mi pequeño homenaje a los valientes caballeros del Regimiento de Caballería Alcántara Nº 14 y a los bravos que se dejaron el pellejo defendiendo un puñado de tierra que estaba lejos de casa, con un sol que no era el nuestro. Y para Pedro, el soldado cuyo testimonio nos cuenta que el hombre, aún en su estado más extremo y más aún cuando pasa por la crueldad de la guerra y la muerte, tiene en sus pensamientos el cariño y el amor. Pues hasta en la guerra, donde el hombre es más animal que nunca, los que luchan y mueren no son más que personas; más que padres, madres, hermanos, maridos y mujeres. En definitiva, la sangre que tiñe la tierra de los infinitos campos de batalla que escriben nuestra historia no es otra que la de seres humanos; como nosotros. Como todos. 

Zild.